La intervención internacional en Libia desde 2011 hasta la actualidad

Por Airy Domínguez 

Fotografía: Tiago Petinga - EPA // Fuente: The Guardian

La oleada de movimientos populares surgida en la región MENA en el 2011 y conocida como “Primaveras árabes”, dio lugar en el caso de Libia al fin del régimen de Gadafi y a una interminable guerra que siete años después continúa haciendo mella en el país. Un escenario en el que resulta fundamental el papel de la comunidad internacional y su determinante intervención armada.

Tras la movilización popular del 17 de febrero en Bengasi y la consiguiente respuesta de Gadafi, el día 26 de ese mismo mes el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobaba la Resolución 1970. Esta entendía que los ataques perpetrados por el régimen contra la población civil podían ser considerados como crímenes de lesa humanidad, de modo que actuando bajo el capítulo VII de la Carta exigía el fin de la violencia, así como el respeto de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Junto a lo anterior, remitía la situación a la Corte Penal Internacional, decretaba el embargo de armas, imponía prohibiciones para viajar, congelaba los activos a algunos nacionales del país, y creaba un Comité de Sanciones.

El fallido resultado de dicha resolución, fundamentado tanto en la fuerte concentración del poder en manos de Gadafi como en el apoyo de otros países – Chad y Sudan fundamentalmente –, daría lugar el 17 de marzo a la Resolución 1973. Esta autorizaba a los Estados miembros a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles de Bengasi que se habían levantado contra el régimen, al tiempo que permitía a Europa mostrar una imagen distanciada de la intervención en Irak en 2003, pues contaba con el apoyo de la Liga Árabe.

Pese al aparente carácter humanitario de la acción, los acontecimientos sucesivos evidenciarían que el objetivo de las potencias era más ambicioso, al expandirse más allá de la protección de civiles favoreciendo el cambio de régimen en el país. En línea con lo anterior, resulta interesante acudir a las polémicas declaraciones de Hillary Clinton quien afirmó “Llegamos, vimos y el murió”.

 

Europa como eje central de la intervención en Libia

En el caso libio el papel de Europa resulta fundamental, pues fueron precisamente Francia y Reino Unido quienes lideraron la intervención que daría lugar a la caída de Gadafi y al consiguiente enfrentamiento en el país. Aquí, pese a que el detonante del mencionado cambio puede fundamentarse en la intervención occidental ante los crímenes cometidos por el régimen de Gadafi contra la población movilizada, lo cierto es que la actuación de los distintos actores – tanto regionales como internacionales – responde funamentalmente a intereses económicos y geopolíticos. En este sentido, el experto en Libia Alfred Hackensberger afirma que la implicación de los países miembros de la OTAN en la intervención militar no buscaba el establecimiento de la democracia en Libia sino que “[…]allí se juegan intereses, recursos energéticos, influencia y poderío […]”.

Lo anterior se manifiesta de manera clara en el papel jugado por Francia, principal motor de la intervención. Su liderazgo debe entenderse en un contexto de invisibilización del país ante su primera respuesta a las movilizaciones de Túnez y Egipto. A ello, habría que añadir la necesidad del entonces presidente Nicolas Sarkozy de mejorar su valoración de cara a unas cercanas elecciones, esfera en la que cabe señalar la detención de Sarkozy en marzo de 2018 tras ser acusado de financiar ilegalmente su campaña presidencial de 2007 con dinero procedente del régimen de Gadafi, lo que aumenta las sospechas respecto a la intervención francesa.

Por otra parte, en el caso francés no hay que olvidar la pretensión del país galo de recuperar su liderazgo dentro de la región mediterránea, así como la existencia de intereses económicos en el sector de los hidrocarburos y de armamento, aunque esta última no parece haber sido una motivación tan determinante como en el caso de otros países.  

En cuanto a Reino Unido, principal apoyo del gobierno francés para la aprobación de la resolución del Consejo de Seguridad y primer país en proponer la posibilidad de una zona de exclusión aérea, el contexto político era similar. El ejecutivo británico sufría un creciente clima de desprestigio debido, por un lado, a su falta de actuación frente a las “Primaveras Árabes” y, por otro, a su acostumbrada aceptación de las dictaduras de la región.

A nivel económico, tanto su interés en la región como el papel de las compañías petroleras, especialmente la British Petroleum (BP), resultan fundamentales. Prueba de ello es la firma en 2007, por ambos países, de un acuerdo que buscaba extraer recursos por el valor de 1000 millones de dólares, negociación que se vio truncada debido a las reclamaciones libias de liberar al responsable de la bomba de Lockerbie. Un enfrentamiento que se zanjaría con la liberación del preso atendiendo a razones humanitarias, poniendo de manifiesto una vez más la importancia del sector energético en la relación entre Libia y Reino Unido, tal y como defendieron diversas voces. Si a lo anterior le añadimos el accidente de la BP en el Golfo de México y sus consecuencias económicas, la preocupación por el futuro de la BP en EEUU podría presentarse como una coyuntura que haría más urgente el desarrollo de su plan de negocios en Libia.

Así, lo desarrollado en los párrafos anteriores ayuda a explicar, por un lado, los movimientos iniciales del Reino Unido con respecto a la intervención y el apoyo a los rebeldes – incluso al Libya Islámic Fighting Group (LIFG), un grupo que acabaría por jurar lealtad a Al-Qaeda y que ya había intentado matar a Gadafi en los 90, exiliándose parte a Reino Unido –. Por otro, permite entender la actual inclinación del país por ciertos actores que podrían mostrarse agradecidos por el apoyo recibido facilitando así las inversiones y negocios de Reino Unido en la región.

Junto a estas potencias, en el desarrollo del conflicto libio han sido fundamentales otros países europeos entre los que destaca el caso de Italia– principal competidor de Francia por liderar la influencia en el país-. El papel de mencionado país viene condicionado por la ocupación y dominación colonial de Libia hasta 1943, una cicatriz que ha marcado la característica relación de tensión entre ambos países. Esta fluctuante tirantez se suavizaría en 2008 con la firma del “Acuerdo de Amistad, Partnership and Cooperatioon” entre el entonces presidente italiano Silvio Berlusconi y Gadafi, por el que Italia se comprometía a pagar 5000 millones de dólares como compensación por la ocupación. Sin embargo, dicho trato se vería suspendido al inicio de las revueltas.

Al mencionado condicionante histórico hay que añadir otros dos aspectos fundamentales sin los cuales resulta complicado entender la relación entre ambos países, a saber, los flujos migratorios y la dependencia energética. En cuanto a la inmigración, esta se ha presentado como uno de los puntos de interés que ha hecho de Libia una cuestión prioritaria para los políticos italianos. Desde principios de los 90, la zona occidental de Libia ha emergido como uno de los puntos clave en la salida de barcos de migrantes y refugiados que intentan llegar a Italia y el resto de Europa. Aquí, si bien Gadafi actuaba como un guarda fronterizo a cambio de la concesión de ciertos privilegios por parte de occidente, tras su caída, tal y como advirtió él mismo, el caos ha llegado también a este campo, convirtiendo la reducción de las llegadas en una prioridad para el país. Así, Italia entiende la estabilización de Libia un requisito fundamental, tal y como demuestran sus esfuerzos por alcanzar una solución basada en una aproximación multi-track.

Además, Italia ha protagonizado toda una serie de movimientos como la reapertura de su embajada en Trípoli en enero de 2017, y la firma de un acuerdo migratorio en febrero por el entonces Primer Ministro italiano – Gentiloni- y el Primer Ministro libio reconocido por por la ONU – Sarraj-, para frenar el paso de inmigrantes irregulares desde Libia a Europa. Un acuerdo que según afirma la directora de la oficina de Amnistía Internacional ante las Instituciones Europeas, Iverna McGowan, “[…] ha dejado a miles de personas atrapadas en condiciones de miseria. Esas personas tienen que soportar tortura, detención arbitraria, extorsión y unas condiciones de vida inimaginables en los centros de detención dirigidos por el gobierno libio”.

Respecto a la cuestión energética, Italia es un país extremadamente dependiente de la importación de energía, presentándose como líder en cuanto a receptor de energía libia – el 25 % del petróleo y 10% gas -. Una cuestión que queda reflejada en el gigante energético ENI, y la posesión de en torno al 30% de la participación de las reservas de oro de la compañía por parte del gobierno italiano (a través del Ministerio de Economía y la Cassa Depositi e Prestiti), siendo una pieza clave de la política exterior y de inteligencia italianas. Tanto es así que el ENI ha sido etiquetado como un “estado paralelo”.

Petróleo e imperialismo

Con todo, si bien las motivaciones que llevaron a la caída de Gadafi son de carácter multifactorial, el petróleo parece presentarse como el denominador común que ha determinado el interés de las diversas potencias por Libia. En este sentido, cabe señalar que en 2011 el petróleo constituía cerca del 65% de su PIB, el 96% de sus exportaciones y el 98% de ingresos del gobierno, siendo Europa el principal destino de las exportaciones debido, entre otras cuestiones, a la proximidad geográfica de Libia y a la calidad de su petróleo. Durante el período de las sanciones, el país sería el centro operativo de numerosas empresas europeas, surgiendo tras la suspensión y el levantamiento progresivo de las mismas, una feroz competencia entre las compañías petroleras occidentales por el control de los recursos libios. Además, tras el 11S y el intento de acercamiento de Libia a EEUU, dicha competición dejaría la puerta abierta a las compañías petroleras estadounidenses. El mencionado escenario resultaba incompatible, bajo una mirada imperialista, con la falta de alineación del país con los intereses del imperialismo occidental. Así, si bien Libia protagonizó una liberalización económica moderada en la década previa a las revueltas, para los líderes occidentales la rama neoliberal del liderazgo libio era considerada demasiado débil, mientras que Gadafi era visto como un obstáculo para las reformas económicas deseadas. Entre las motivaciones de dicha postura se encuentran por ejemplo la obligación a renegociar los contratos impuesta por Gadafi a las principales empresas de petróleo y gas durante 2007 y 2008, así como la amenaza de nacionalizar la industria energética en enero de 2009. En esta línea, el distanciamiento de las grandes petroleras occidentales ya se venía produciendo desde hacía un tiempo debido a las fuertes cargas fiscales y a las deficiencias institucionales y administrativas. Dicha incompatibilidad de fuerzas queda reflejada en los cables de WikiLeaks, donde se demuestra que al tiempo que los estados y las compañías occidentales colaboraban con Gadafi, estos trabajaban en la obtención de información y recursos para eliminarlo. Otra fuente de tensión con Europa sería la red económica y política de Libia en África, pues Gadafi venía prestando una atención cada vez más importante a la diversificación económica, y había empezado a mirar hacia el sur en busca de mercados y alianzas políticas, siendo uno de sus objetivos alcanzar la auto-suficiencia de agua y comida.

Así, si bien el contexto previo a la intervención viene marcado por una aparente mejora de las relaciones de Libia con Occidente, las revueltas se presentarían como el punto de inflexión que ofrecería a Europa la coyuntura perfecta para alejar al país de su creciente participación en los principales organismos regionales e internacionales, así como del cordial trato recibido por las potencias. Es por lo anterior que existen voces expertas que ven el conflicto como una oportunidad para el aumento de poder de Europa tanto sobre los recursos que importa como sobre la región -ya sea mediante influencia o dominación-.

Rusia y EE.UU no quedan al margen

Junto a las potencias europeas y su papel de liderazgo en el escenario libio, resulta determinante la actuación de Rusia y EEUU. Por su parte, Rusia – quien se abstuvo en la votación de la resolución 1973 – cuenta con sus propios intereses militares y geopolíticos en el país, tal y como demuestra su denotado interés por establecer una base naval en Libia en el 2008.

A nivel económico, el país estaría buscando salvaguardar los contratos firmados con Gadafi en materia de energía, construcción, mercado de armas e infraestructura. En este sentido, el actual papel del gigante energético Rosneft y el trato firmado con la compañía estatal del petróleo pone de manifiesto cómo ésta podría emplearse como herramienta de política exterior en la zona sur del mediterráneo. Por otra parte, Libia se plantea como el escenario idóneo para intervenir en búsqueda de una solución ante una Europa bloqueada, lo que le haría aumentar su poder de liderazgo.

En cuanto a Estados Unidos, si bien este fue uno de los tres países que encabezaron la intervención con la llamada «Operación Odisea al Amanecer», resulta interesante su aparente alejamiento de la región debido a la Doctrina Obama y al llamado síndrome Irak que ha dado paso a la justificación moral del uso de la fuerza haciendo que las intervenciones sean vistas como acciones humanitarias. Así, como explica David García, el caso libio se presenta como la quinta esencia de la Doctrina Obama, pues se consiguieron diversos objetivos entre los que se encuentran la imposición de sanciones; una zona de exclusión aérea; una coalición internacional; intervención, etc., sin utilizar fuerzas norteamericanas sobre el terreno, y traspasando las responsabilidades a la OTAN. Con todo, y pese a los intereses económicos, la principal preocupación norteamericana ha sido su interés por continuar liderando la guerra contra el terrorismo.

Dinámicas regionales

A nivel regional, la operación de la OTAN tras la resolución 1973 fue avalada por la Liga Árabe y el Consejo de Cooperación del Golfo, al tiempo que contó con la implicación de Qatar, Jordania y Emiratos Árabes Unidos. En línea con lo anterior, Libia ha sido entendida como una guerra proxy (a través de terceros) regional pues tras el colapso del país diversos Estados entraron a formar parte del conflicto con el objetivo de alcanzar un destino que les resultase favorable. Pasó así a ser parte de una tendencia superior entre los Estados del Golfo por el aumento de su musculatura en el campo internacional.

Si extrapolamos lo anterior al terreno libio vemos, tal como afirma Frederic Wehrey en The burning shores, que en el caso de Qatar su apoyo a los rebeldes ha sido claro desde los inicios mediante el suministro de armas y entrenamiento – incluso a las facciones islamistas -, lo que provocaría la reacción de su rival en la región, Emiratos Árabes Unidos, quien actuaría movido por el miedo frente a cualquier forma de participación islamista en política. Así, atendiendo a sus intereses geopolíticos, Qatar se inclinaría por el apoyo a los islamistas, mientras que Emiratos empezaría a apoyar a la facción compuesta por exoficiales y tecnócratas ligados con el bando contrario. Junto a lo anterior, en el caso de EAU cabría destacar su papel en el desarrollo de la guerra como aliado de EEUU y de sus objetivos en el terreno.

Por último, en el caso de Argelia, Túnez y Egipto cabría basar sus acciones en una cuestión de seguridad nacional, debido a la existencia de fronteras compartidas con Libia.

La inmigración y el terrorismo como eje de la actuación occidental en Libia hoy

En la actualidad, tras más de siete años de conflicto, la misión de la Unión Europea en Libia ha pasado a centrarse en frenar la llegada de migrantes a Europa, ya que este se presenta como el principal país de partida . En este sentido, según afirma el investigador experto en migración Stefano Torelli, “[l]as políticas europeas se han centrado en asegurar las fronteras, dar apoyo a la Guardia Costera libia —íntimamente ligada a las milicias responsables del tráfico de personas— y bloquear los flujos. La UE protege sus propios intereses y no los de Libia; a largo plazo, puede ir en detrimento de la situación de seguridad en el país y de los migrantes”.

Junto a lo anterior, resulta destacable el enfrentamiento entre Italia y Francia por la influencia en el país, y cómo esto no está sino entorpeciendo un futuro escenario de paz.

Por su parte, Rusia se muestra inclinada por Haftar, postura con la que estaría buscando consolidar el poder de un hombre fuerte pro-Rusia en la región, lo que le permitiría aumentar su influencia en Oriente Medio. Mencionado apoyo se hace manifiesto en acciones como la visita de Haftar a Moscú como líder extranjero y el acuerdo de otros encuentros con entidades importantes de dicha facción; así como la impresión de 3.000 millones de dólares en dinares libios de parte del el Banco Central de Libia – aliado de Haftar – ; y el envío de técnicos para ayudar a la mejora de las capacidades militares del ANL Ejército Nacional de Liberación, comandado por Haftar.. Con todo, Rusia estaría buscando tres objetivos fundamentales, a saber, un futuro trato preferente en acuerdos comerciales; consolidar su posición militar en el Mar Mediterráneo con lo que el país estaría proyectando poder cerca de las costas europeas; así como los dividendos políticos de poder resolver crisis regionales.

Sin embargo, esta no es su única postura en la región, pues también se ha comprometido con el Gobierno de Acuerdo Nacional respaldado por la ONU, con lo que continúa apoyando de manera formal los esfuerzos de pacificación de la comunidad internacional. Con ello, Putin conseguiría ser visto como algo más que un actor militar, haciendo gala de sus credenciales diplomáticos.

Este interés de Rusia en la región y su expresado deseo por una solución que pase por la comunidad internacional, ha sido visto con recelo por EEUU, quien cambiando el rumbo de su política en Oriente Medio ha basado su papel en Libia en la lucha contra el terrorismo. Así, el ejército de los Estados Unidos ha llevado a cabo diversos ataques aéreos contra militantes del autoproclamado  Estado Islámico, ocho desde enero de 2017. Un repunte que hace ver la consideración de Libia como una amenaza por parte de la administración Trump. Sin embargo, el foco de la lucha contra norteamericana contra el EI no se ha centrado en Libia sino en Siria e Irak, difundido logros de seguridad nacional más importantes de su gobierno.

Con todo, los apoyos internacionales en el tablero libio permiten reflejar una vez más la complejidad de la situación, estando muchos de ellos vagamente definidos.

En definitiva, como apuntan Lucia Pradella y Sahar Taghdisi Rad, hasta 2011 el avance del imperialismo entendido como sistema de acumulación que opera a nivel internacional en Libia era escaso. Un contexto en el que la guerra libia ha servido a los objetivos económicos y geopolíticos de las potencias, al tiempo que ha puesto de manifiesto, por un lado, las divisiones entre el imperialismo estadounidense y el europeo y, por otro, aquellas existentes entre las propias potencias europeas. Asimismo, ha evidenciado una intervención basada en intereses neocoloniales. Todo en un escenario de crisis económica donde el control de la región MENA por parte de las potencias occidentales adquiere mayor importancia y donde las revueltas se presentan como una amenaza.

Pese a los intereses y expectativas iniciales, la  actualidad del país demuestra la ausencia de un plan post-intervención por parte de Occidente, así como la pérdida de control sobre un país en el que únicamente se han conseguido aumentar las divisiones sociales, provocando una situación de caos, abusos, e inseguridad extrema que hace que miles de personas se vean obligadas a abandonar su tierra hacia unos países que cierran sus fronteras. Al mismo tiempo, la situación presente no hace sino amenazar los intereses de aquellos que veían en Libia una oportunidad para el capitalismo europeo.

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