MOVIMIENTOS FEMINISTAS EN EL MUNDO ÁRABE

Por Airy Domínguez Teruel 

Cuando hablamos de feminismo nos referimos a un movimiento social que engloba sujetos con características e intereses desiguales, que sufren formas de opresión diferentes (racismo, patriarcalismo, clasismo, etc.). Así, del mismo modo que no existe una mujer universal, no puede existir un feminismo universal.

En línea con lo anterior, durante décadas, el pensamiento feminista negro ha conceptualizado la identidad como una formación de vectores entrelazados de raza, género, clase y sexualidad. Noción que servirá de base para la definición de la interconexión entre “género, raza y clase” como pilar esencial de los estudios feministas, así como para el nacimiento de la interseccionalidad con perspectiva de género. Una herramienta que, como señala Sara Salem, ha sido empleada para tratar la naturaleza intersectada de estructuras e identidades. Permitiendo, entre otras cuestiones, la descentralización del feminismo occidental.

La identificación del feminismo como un rasgo propio de las sociedades occidentales no hace sino anular la capacidad de otras sociedades para generarlo. La historia demuestra que el feminismo dista de ser una construcción monolítica de carácter propiamente occidental, al surgir de manera simultánea en Oriente y Occidente. En este sentido, como apunta Sara Salen, el caso de Egipto pone de manifiesto cómo en la década de 1920 las mujeres musulmanas se embarcaron, junto con los cristianos, en un movimiento colectivo organizado en favor de los derechos y la liberación de las mujeres. Aquí, se recurriría al término «feminismo» aproximadamente al tiempo que comenzó a utilizarse en Estados Unidos.

 

El nacimiento del feminismo en el Mundo Árabe

Desde mediados del siglo XIX comienza a abrirse paso en Egipto y en lo que hoy conocemos como Siria y Líbano, un movimiento en defensa de los derechos de las mujeres. Esta tendencia evolucionará en un feminismo de carácter fundamentalmente burgués, vinculado al nacionalismo y el reformismo, que será reproducido en el resto de países de la región. Un movimiento tras el que se encontraban quienes veían una relación directa entre la situación de inferioridad que sufrían las mujeres y el atraso que caracterizaba la región. Así, entendían que un cambio en la primera premisa iría seguido de un cambio en la segunda.

Lo anterior demuestra cómo el feminismo de la región se trata de un movimiento propio que dista de ser tomado de Occidente, el cual estaba impregnado de un carácter nacionalista que contestaba al colonialismo occidental y sus prácticas patriarcales. Un movimiento que sería referido como «feminismo secular».

Los avances en el campo laboral y educativo se encontrarían con muros de contención que dificultarían su expansión a otras áreas. Entre ellos estarían la ausencia de derecho a sufragio y un derecho de familia en el que la discriminación a la mujer quedaba patente. Obstáculos en los que la prensa, las asociaciones y otros foros encontrarían el motor de su crecimiento. Aquí destacan casos como el de la Unión Feminista Egipcia, fundada por Huda Shaarawi (1882-1947). Una asociación cuya internalización y creación de redes con agrupaciones de otros países resulta remarcable, siendo el contacto con los movimientos de mujeres palestinas sobresaliente.

 

En la década de los 50-60, época dorada del nacionalismo árabe, la mujer iría conquistando avances como el derecho a voto y elección (1956), el aumento de su presencia en las universidades e incluso en las instituciones, como es el caso de Hikmat Abu- Zayd (Ministra de Asuntos Sociales egipcia). Pese a lo anterior, las prohibiciones por el régimen nasserista de partidos y asociaciones, supusieron la sustitución del feminismo revolucionario por uno de carácter oficial.

El siguiente punto de inflexión lo encontramos en la década de los 70. Este viene motivado, en gran parte, por el enriquecimiento de los países del Golfo gracias al petróleo. A ello se unen otras cuestiones como el fracaso del panarabismo y la imposibilidad de derrotar a Israel en el campo militar. En este periodo, un modelo de islam tradicional se extendería por los Estados árabes, quienes convencidos de su capacidad para mejorar la situación lo acogerían en su seno. Ello traería como consecuencia el retroceso en la lucha por la igualdad, debido no sólo al cambio en la esfera ideológica sino a los efectos de la crisis económica que forzó el retorno de las mujeres al hogar. En este contexto, la presión social y la incidencia en la identidad musulmana llevaron a que las mujeres volviesen a cubrirse con el hiyab, una cuestión que suscitaría posiciones diversas.

El feminismo y el velo

Como afirma Nieves Paradela, el desvelamiento se presentó desde los inicios como uno de los rasgos característicos de la nueva mujer. Grandes representantes feministas recurrieron a este gesto para demostrar su posición y erigir su lucha. Tal es el caso de Huda Shaarawi quien pese a mantener el velo en los inicios, tras su regreso del Congreso feminista de Roma protagonizaría uno de los momentos que quedarían grabados en la memoria del feminismo árabe, al desvelarse ante la multitud que la recibía en la estación de El Cairo. Este simbólico acto sería igualmente ejecutado por otras mujeres como las tunecinas Manūbiya al-Wartānī (1921) y Ḥabība Minšārī (1929). Signos que continúan presentes en la lucha contra la violencia y la reivindicación de igualdad de las mujeres de la región, tal y como demuestran las fotos desnudas de Alia El Mahdi y Amina Sboui en el contexto de las revueltas iniciadas en 2011.

Basándose en premisas como estas, desde occidente el velo se ha presentado en numerosas ocasiones como una de las incompatibilidades más flagrantes dentro del movimiento de liberación femenino. Sin embargo, sería un error considerar el desvelamiento como una condición necesaria para el feminismo. Así, desde los inicios, feministas como Zaynab al-Gazzali no ha dudado en defender esta indumentaria.

A partir de los 70, de forma paralela al discurso del islam como solución a los problemas de la región se iría desarrollando otro sobre la mujer, de corte igualmente islamista. Este daría lugar a lo que en los noventa se llamaría “feminismo islámico”. Un feminismo que difiere del feminismo secular o árabe liberal de carácter laico, defendiendo que la liberación de la mujer musulmana no consiste en abandonar su cultura para adoptar una extranjera, sino en el regreso al islam y la sharía. Aquí, las mujeres de este colectivo pasaron de sentirse de un lugar a ser, en primera instancia, musulmanas. El islam se entiende como identidad y el velo como símbolo para visibilizarlo.

Con crecimiento de poblaciones musulmanas compuestas de inmigrantes, ciudadanos nuevos y de segunda generación y un número de conversos en aumento, este pensamiento traspasará fronteras expandiéndose por Occidente. 

El islam puede ser feminista

Junto al velo, otra presunción comúnmente extendida es la incompatibilidad del Corán como base para la lucha contra la desigualdad de género. Idea que choca con la metodología básica del feminismo islámico, basada en el ejercicio del pensamiento racional y la investigación independiente de las fuentes religiosas (Ijtihad). Siendo el punto de partida de su constitución la interpretación del Corán (tafsir).

En la región el patriarcado ya se encontraba enraizado antes de la llegada del islam. Ello impide entender esta religión como un sistema patriarcal, independientemente de que este haya calado en ella. El aspecto patriarcal del islam supone una lectura subjetiva del libro sagrado efectuada por varones en una hegemónica situación preferencial, que ha permitido la contaminación de la religión a lo largo de la historia. Sin embargo, frente a esta lectura existen otras como las del islam reformista, donde se encuentra enmarcado el llamado feminismo islámico, un campo en el que la obra de la feminista Fatima Mernissi (1940- 2015) resulta clave al demostrar que de la aproximación feminista al Corán florecen resultados dispares.

En este sentido, como apunta el académico Helmuth Angulo-Espinoza el islam no es la semilla que ha permitido la construcción de una masculinidad patriarcal en las sociedades musulmanas. Aunque sí es responsable, en cierto modo, del establecimiento de un statu quo en las sociedades de la región, así como de la construcción de la masculinidad patriarcal hoy presente.

Aquí, junto a defensoras del feminismo islámico como Amina Wadud (1950), existen voces como la de Wassyla Tarnzali (l94I). Una abogada argelina residente en Francia que critica la posibilidad de que pueda existir un “feminismo islámico”. Dos posiciones que permiten reflejar la diversidad del feminismo y la imposibilidad de adjudicarle un carácter universal.

 

Con todo, para el avance de la mujer en esta zona del planeta, es importante que la perspectiva feminista evite creer en una única visión del feminismo. Asimismo, debería huir de juzgar, entre otras cuestiones, la religión en sí misma como opresiva para las mujeres, sin analizar el contexto y las estructuras que la condicionan. Aquí resulta interesante escuchar las diferentes voces de las mujeres quienes, como señala Elina Voula, se debaten entre sus identidades como mujeres y sus lugares en las comunidades religiosas.

Entendiendo el islam y el velo como rasgos opresores de la mujer no hacemos sino homogeneizar la diversidad existente tras la mujer musulmana, quien ya de por sí ha de enfrentarse a diversas opresiones estructurales. Igualmente omitimos el mensaje de igualdad entre hombres y mujeres como humanos, de los derechos de la mujer y la justicia social que el islam introdujo mediante el Corán y que han sido manipulados por la patriarcal estructura hegemónica.

 

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