El Estado Islámico, más allá de la violencia

El Estado Islámico, más allá de la violencia

Por Airy Domínguez 

El Estado Islámico fue proclamado el 15 de octubre de 2006, ocho días después de la muerte del líder de Al-Qaeda en Irak, Abu Musab al-Zarqawi, tras un ataque aéreo conjunto de las fuerzas estadounidenses e iraquíes a ocho kilómetros de Baquba – ciudad situada a unos 65 kilómetros al norte de Bagdad -. El último deseo del líder era la implantación del Estado del Islam y su muerte sería decisiva para la puesta en marcha de lo que se convertiría, por un corto periodo de tiempo, en una especie de Estado.

Baquba//Fuente: BBC

Tras la muerte de Zarqawi, el adjunto de Osama bin Laden, Al Zawahiri, envió a Irak a un comisario político de nacionalidad egipcia, Abu Hamza al Muhayer. Una imposición de la dirección central que sería rechazada por la rama iraquí de Al Qaeda. Meses después se acordaría una dirección bicéfala donde Abu Hamza al Muhayer sería el jefe de un Estado Islámico, mientras que Abu Omar al-Baghdadi sería proclamado califa. A su muerte, Abu Omar sería sucedido por Abu Bakar al-Baghdadi, quien iría distanciándose progresivamente de Al Qaeda hasta conseguir su autonomía con respecto a la dirección central. En este sentido, tras el asesinato de Bin Laden en 2011 y la ocupación del cargo por al-Zawahiri, al-Baghdadi se negó a jurar lealtad al nuevo “emir” de Al Qaeda porque, como defiende Jean Pierre Filiu, “[…] pretendía convertir su “Estado islámico en Irak” en el eje central del movimiento yihadista mundial”. Todo dentro de un idílico contexto marcado por la impopularidad del Gobierno chií del primer ministro Maliki y de Al Qaeda entre los suníes.

Portada primera entrega de Dabiq: "El regreso del Califato"

En verano de 2014, al-Baghdadi reorganizaría el ejército del Estado Islámico de Irak logrando la incorporación del cinturón de Bagdad a un nuevo Estado. La llamada «operación cinturón de Bagdad» fue ideada por Zarqawi y perseguía la conquista de Bagdad mediante el aislamiento de la capital a través de la conquista de ciudades circundantes. Así, como explica Loretta Napoleoni en El Fénix Islamista, desde los inicios el EI buscará la vuelta al califato de Bagdad por medio de una guerra de conquista contra quienes considera sus enemigos cercanos, es decir, las élites chiíes de Siria e Iraq. Siendo esta una de la principales diferencias con Al Qaeda, cuyo enemigo fundamental es EEUU.

Con todo el 29 de junio de 2014 el grupo proclamaba el Califato islámico, declarando su soberanía en los territorios de Siria e Iraq entonces bajo su control. A partir de ese momento se pondría en marcha toda una maquinaria que permitiría que el grupo funcionase de manera similar a un estado constituyéndose, tal y como señala Napoleoni, como un «Estado caparazón» – por carecer de autodeterminación -. Esto demuestra que no nos encontramos sólo ante un grupo violento, sino que su brutalidad ha ido acompañada de una serie de rasgos y herramientas que lo definen perdurando incluso en un momento en el que parece derrotado.

Recientemente la periodista Rukmini Callimachi, junto con un grupo de expertos, ha publicado The ISIS Files un artículo en el que se muestran los resultados del análisis de más de 15.000 páginas de documentos pertenecientes al Estado Islámico, a partir de los que queda patente el carácter estatal que lo caracterizó. Así, Callimachi apunta que los documentos muestran que

[...] el grupo, aunque por un periodo de tiempo concreto, cumplió su sueño: el establecimiento de su propio Estado, una teocracia que ellos consideraron un califato, el cual funcionaba de acuerdo con su estricta interpretación del islam”.

Su carácter estatal ha sido así mismo reconocido por representantes internacionales como Douglas A. Ollivant, ex director del Consejo de Seguridad de la ONU en Irak, y Brian Fishman, ex director del departamento de investigación del CTC de West Point. Estos se han referido al grupo como Estado  en el artículo State of Jihad: The Reality of the Islamic State in Iraq and Syria, una pieza que será empleada por el propio EI para refutar sus argumentos, tal y como se muestra en la primera entrega de Dabiq – principal revista en inglés del grupo-. Otras voces han llegado incluso a definirlo como un nuevo estado revolucionario.

La puesta en marcha del nuevo “Estado” fue posible gracias a una calculadora maquinaria ideológica motorizada por sus élites, siendo el recurso a la violencia, a la propaganda y a la colaboración de civiles militantes herramientas fundamentales. Aquí, cabe señalar la presencia de una impuesta encrucijada en la que muchos habrían de decidir ente la colaboración, la vida o la muerte. Asimismo, resulta necesario distinguir entre militantes civiles – que realizaban el trabajo social- y combatientes donde, en palabras de Abdel Bari Atwan, los primeros se encontraban inclinados hacia la protección de la población, mientras que los segundos respondían a otro tipo de intereses que les permitían expoliar a la población cuando lo considerasen oportuno.

Administración del territorio

Más allá del ya conocido carácter violento del grupo, resulta interesante atender al proyecto político que este supone, así como a la voluntad de permanencia del mismo. En este sentido, Xavier Servitja advierte que deberíamos aproximarnos a este proyecto no como un intento de crear un Estado-nación, sino a través de la asimilación del concepto de Califato con el de Imperio, pues el objetivo del grupo era y es edificar un Califato global que, como ellos mismos defienden, ha venido para quedarse. Lo anterior motivaría la construcción de una organización administrativa con una estructura central, provincial, sectorial y local. Esta le permitió ejercer la soberanía sobre la población del territorio controlado, poseer el monopolio de la violencia y de la administración de justicia, así como presentarse ante sus ciudadanos como proveedor de bienes y servicios. Todo enmarcado en un contexto de caos, decepción y conflicto.

En definitiva, puede decirse que una vez se hizo con el control territorial el EI ofrecía un contrato social con el que, como señalaba Servitja, buscaba ofrecer a la población servicios, orden y estabilidad a cambio de que esta se sometiese a su autoridad e ideario. Una lección aprendida de su desplome entre 2007-2011, cuando el grupo logró ser penetrado y debilitado por sus enemigos americanos e iraquíes fundamentalmente, que sin duda ha dejado huella.

Imagen extraída de Dabiq (revista del EI)

El EI se encontraba dividido en provincias (wilayat), cada una de las cuales estaba dirigida por un gobernador (wali), lo que se replicaba a nivel sectorial (distritos), en las provincias de mayor tamaño como Raqqa, y a nivel local. Bajo el califa al-Baghdadi había consejos asesores y varios departamentos, dirigidos por comités, que supervisaban diversos aspectos del estado, formando el líder de cada departamento parte del “gabinete” del califa. Aquí, el cuerpo asesor de mayor peso sería el Consejo de la Shura, encargado de notificar las directrices de al-Baghdadi a través de la cadena de mando. Junto a éste estaba el Consejo de la Sharia, encargado tanto de la elección del Califa como de la implementación de las juzgados de la Sharia. Aquí, las Cortes de la Sharia se presentaron como la herramienta a través de la cual el EI buscaba ejercer el monopolio de la administración de justicia basado en las escuelas del Islam clásico como fuente del derecho.

Por otra parte, existían toda una serie de “ministerios” como el Consejo de Seguridad e Inteligencia; el Consejo Militar; el Consejo de Educación; el Consejo de Servicios; y la Institución del Estado Islámico para la Información Pública, entre otros. 

Financiación

Desde sus inicios, el petróleo se ha presentado como una de las principales fuentes de ingresos del Estado Islámico, junto a ésta estaría la financiación proveniente del exterior; saqueos; ventas de obras de arte y patrimonio cultural; tráfico de drogas y tráfico de personas, entre otros. Aquí cabría mencionar el apoyo por parte de Arabia Saudí a corrientes religiosas radicales que comparten ideología con el EI. Pese a lo anterior, la autofinanciación del califato se ha ido apoyando en otro pilares que parecen haber sido desatendidos donde la recaudación de impuestos y la agricultura se presentan como centrales.

Fuente: elPeriodico

Entre 2013 y 2014 el EI se apoderó de territorios importantes de la región de Jazira en Siria y la provincia de Nínive en Irak, dos importantes graneros. Al igual que ocurría con el petróleo, el grupo decidió aprovechar las infraestructuras alimentarias, entendiendo la agricultura como una herramienta para garantizar el suministro de alimentos y como una fuente de ingresos tributarios. Así, tras la disminución de otros ingresos como los del petróleo, los saqueos y los rescates, y ante la supuesta reducción de las donaciones extranjeras, los beneficios económicos procedentes de la agricultura irían adquiriendo más importancia.

En este sentido, los documentos analizados por Callimachi ponen de manifiesto cómo lograron monetizar cada metro del territorio conquistado y gravar cada producto vendido en los mercados bajo su control. La investigadora defiende que “[e]ran el comercio diario y la agricultura – no el petróleo – lo que motorizó la economía del califato”, una idea fruto de la estratégica conquista de zonas cultivables que hicieron que en junio de 2015 el 15% de las tierras de cultivo de Irak y el 34% de las tierras de cultivo de Siria se encontraran dentro de las zonas bajo mandato del grupo.

Las tierras de aquellos grupos religiosos que fueron expulsados del “Califato” se presentarían como el capital inicial. Es decir, los terrenos pertenecientes a chiíes cristianos, nusairies, yazidíes y “apóstatas”, pasarían a ser del Estado, para posteriormente alquilarse a los granjeros. Aquí, por ejemplo, los suníes que eran demasiado pobres para pagar la renta podrían quedarse en la tierra a cambio de dar un tercio de la futura cosecha.

Sin embargo, los impuestos no quedarían reducidos a este campo, sino que dentro de los territorios del grupo estos se extenderían a otros ámbitos como la recogida de basura, electricidad, agua y licencias de matrimonio, entre otros. Por ejemplo, a modo de IVA, en 2015 los comercios de las ciudades se veían obligados a guardar un porcentaje de sus ventas (del 2% al 5%) para entregárselo al Estado Islámico. Junto a ello, estaban los ingresos derivados de las tasas de actividad, es decir, los impuestos que debían abonar ciertos colectivos profesionales. Ello unido a un tipo medio del 10% en el Impuesto sobre la Renta, del 15% en el Impuesto de Sociedades y las tasas de aduanas en las carreteras. Aquí el zakat – parte de la riqueza personal destinada a los pobres que ha de pagarse anualmente – se presentó como uno de los impuestos más lucrativos, así, como afirma Callimachi el Ministerio del Zakat “[…] actuaba más como una versión de Servicio de Impuestos Internos”.

Ingresos EI//Fuente: CNN en Español

Educación, sanidad y servicios públicos

Los territorios bajo dominio del EI han contado con una serie de servicios que han facilitado su funcionamiento así como la aceptación, por un sector de la población, del pacto ofrecido por el grupo. Por ejemplo, en el campo educativo, ofertaban estudios que iban desde la guardería hasta la educación universitaria, todos ellos bajo el control del Departamento de Educación del Califato. Aquí, en primaria y secundaria destacan materias como educación islámica, lengua árabe, matemáticas, biología, historia, inglés, francés, ciencias sociales, ciencias de la salud, física y química, geografía o economía.

Algunas asignaturas y grados universitarios fueron suspendidos debido a que se consideraban contrarios a la interpretación del Islam del grupo, entre ellos aquellos relacionados con democracia, cultura y derechos civiles, religión cristiana, entre otras. De igual modo, se cerraron los departamentos de ciencias políticas, traducción, bellas artes, arqueología, filosofía, psicología, educación física y gestión de turismo y hoteles.

 

Fuente: Dabiq (revista EI)

Resulta destacable la existencia de escuelas de acogida con enseñanza en inglés-árabe y francés-árabe para los hijos de personas que emigraban al Califato desde Estados occidentales y no tuvieran nociones previas de árabe. Por otra parte, estarían las escuelas militares y los campos de entrenamiento.

 

En el campo de la salud,  contaban con hospitales y los Centros de Atención Primaria (CAP), así como sus plantillas de trabajadores. Aunque los recursos eran escasos tal y como ellos mismos afirman en su comunicación, donde anuncian la necesidad de personal cualificado. Finalmente cabría mencionar la existencia de toda una serie de servicios públicos, entre los que se encontrarían la limpieza, electricidad, agua, etc.

Monopolio de la violencia

El funcionamiento del Estado queda asimismo expresado en su promoción como un territorio de ley y orden, con castigos para aquellos que no lo cumplan. Así, junto a todo lo anterior, la clave se encuentra en el monopolio de la violencia. Este queda expresado en un conjunto de fuerzas, mecanismos e instituciones que fueron desarrolladas para garantizar el cumplimiento de su ley, su interpretación de la sharía. Aquí destacan la hisba o policía religiosa – relacionada con el Departamento de las Cortes de la Sharia – cuya función consistía en supervisar y asegurar el estricto cumplimiento de la Sharia. Dentro estaba la Oficina de inspección y control, centrada en los procesos productivos y en la calidad del producto en los sectores industrial, agrícola y ganadero, así como de los puntos de venta final, balanzas de pesos y el precio del producto en algunos sectores.

Por otra parte, destaca el departamento de Policía que se encargaría de la seguridad pública de las provincias. En este sentido, realizarían patrullas diurnas y nocturnas, así como controles de carretera para mantener el orden y la seguridad. Junto a lo anterior, tenían potestad para detener a personas no relacionadas con delitos competencia de la Hisbah.

A la izquierda se ejecuta el castigo a un ladrón y a la derecha la destrucción de artículos prohibidos //Fuente: Dabiq

Conclusiones:

Con todo, durante su apogeo el Estado Islámico mostró una capacidad administrativa similar a la de otros Estados, lo que le permitió presentarse como un actor con territorio propio capaz de ofrecer servicios; administrar justicia y orden; proveer seguridad; autofinanciarse y ejercer el monopolio de la violencia. Una cuestión peligrosa si tenemos en cuenta, por un lado, lo que esto supone en términos de orden dentro del contexto de caos y conflicto en el que se ha enmarcado la estrategia del grupo y, por otro, su alcance global gracias a la propia estrategia de comunicación del grupo que, además, ha servido como una prueba imborrable de lo que desde el EI consideran que fueron.

Quizá el peligro de la organización no esté tanto en su carácter violento y sus combatientes, sino en su capacidad para gobernar y en las huellas que dejó su periodo de esplendor. Una cuestión que difícilmente ha podido ser resuelta mediante el exclusivo recurso a la violencia que ha caracterizado la lucha internacional contra el EI y su aparente retirada.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

Bari Atwan, A., 2015. Islamic State. The Digital Caliphate. Londres: Saqi Books.

Callimachi, R., 2018. The ISIS Files. The New York Times, 2 abril. Disponible en: https://www.nytimes.com/interactive/2018/04/04/world/middleeast/isis-documents-mosul-iraq.html (Consultado: 10 abril 2018)

Domínguez, A., 2017. La estrategia de comunicación de Estado Islámico en Occidente [Tesis inédita]. Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona.

Ollivant, D.A., y Fishman, B.,  2014. STATE OF JIHAD: THE REALITY OF THE ISLAMIC STATE IN IRAQ AND SYRIA. War on the rocks, 21 mayo. Disponible en: https://warontherocks.com/2014/05/state-of-jihad-the-reality-of-the-islamic-state-in-iraq-and-syria/  (Consultado: 12 abril 2018)

Filiu, J.P., 2014. En nombre de un ‘islam verdadero’ con vocación totalitaria, Al Bagdadi ha implantado en la frontera sirio-iraquí un ‘Yihadistán’ bien dotado de armas, petróleo y fondos. Afkar/ideas. Disponible en: http://www.iemed.org/observatori/arees-danalisi/arxius-adjunts/afkar/afkar-ideas-43/Califato_terror_JeanPierreFiliu.pdf (Consultado: 12 abril 2018)

McCants, W., 2015. ISIS The Apocalypse. The history, strategy, and doomsday vision of the Islamic State. Nueva York: Picador.

Napoleoni, L., 2015. El Fénix Islamista. Barcelona: Paidós

Sánchez, D., 2017. No, no es Arabia Saudí: ISIS se financia con impuestos, petróleo y saqueos. Libre Mercado, 28 agosto. Disponible en: https://www.libremercado.com/2017-08-29/no-no-es-arabia-saudi-isis-se-financia-con-impuestos-petroleo-y-saqueos-1276604955/

Servitja, X., 2015. EL ESTADO ISLÁMICO Y LA ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA DEL CALIFATO A NIVEL PROVINCIAL. GESI, 8 septiembre. Disponible en: http://www.seguridadinternacional.es/?q=es/content/el-estado-isl%C3%A1mico-y-la-organizaci%C3%B3n-administrativa-del-califato-nivel-provincial (Consultado: 12 abril 2018)

Woertz, E., 2016. La financiación no solo proviene del petróleo y el saqueo. Cómo el Estado Islámico utiliza la agricultura. CIBOB opinión, 436. Disponible en: https://www.cidob.org/es/publicaciones/serie_de_publicacion/opinion/seguridad_y_politica_mundial/la_financiacion_no_solo_proviene_del_petroleo_y_el_saqueo_como_el_estado_islamico_utiliza_la_agricultura (Consultado: 10 abril 2018)

 

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AFGANISTÁN EN CLAVE SECURITARIA (II)

AFGANISTÁN EN CLAVE SECURITARIA​

LA GUERRA DE AFGANISTÁN (2001-2018) Y LA REACTIVACIÓN DEL MOVIMIENTO TALIBÁN

Por Aitor Lekunberri

La guerra de Afganistán (2001-2018)

Los atentados del 11 de septiembre de 2001, cometidos por 19 miembros de la red Al Qaeda, dejaron un saldo de 3016 muertos y 6000 heridos. Estos marcaron un punto de inflexión en la política estadounidense hacia Oriente Próximo que se materializó en la denominada “guerra contra el terrorismo”[1]. Asimismo, los ataques proporcionaron a la administración Bush (2001-2009) una coartada para impulsar nuevas guerras en la región, materializadas en las invasiones de Afganistán (2001) e Irak (2003).

Invasión Afganistán//Fuente: Telesur

En el caso de Afganistán, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la creación de una coalición internacional para atacar el país, con el objetivo de derrotar al Emirato Islámico de Afganistán, gobernado por el emir mulá Omar, bajo el pretexto de que dicho gobierno – en manos de los talibanes –  daba cobijo a Osama bin Laden y otros líderes de Al Qaeda. La denominada “Operación Libertad Duradera” contó con el apoyo de países como Australia y Canadá, así como de países de la Unión Europea y de la OTAN, estableciéndose asimismo una Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF).

Tras el derrocamiento de los talibanes la presidencia del país quedó en manos de Hamiz Karzai, quien en el pasado había sido consultor del holding petrolero Unocal, compañero de trabajo de Condoleeza Rice en Asia central, amigo personal de la familia Bush, ex agente de la CIA, e incluso había llegado a ser candidato de los talibanes para ocupar un sillón en la ONU (Amirian y Zein, 2007: 123). De esta forma, el país quedaba bajo la influencia y el control occidentales.

Karzai gobernó durante 13 años (2001-2014), y su gobierno tomó medidas como la imposición de la sharía, a pesar de que la intervención occidental de 2001 se había vendido ante la opinión pública como necesaria para liberar a las mujeres del burka (Amirian y Zein, 2007). Su gobierno estuvo salpicado por casos de corrupción, como el envío desde 2001 por parte de la CIA de decenas de millones de dólares a su oficina presidencial en Kabul. Gran parte de estos fondos fueron a parar a manos de jefes militares y líderes políticos, muchos de ellos vinculados con el tráfico de drogas e incluso con grupos talibanes, reforzando de esta forma a las mismas redes delictivas y terroristas contra las que teóricamente luchaban las fuerzas estadounidenses (Público, 2013)

A partir de 2003, la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) pasó a estar bajo mando directo de la OTAN, y para el año 2009 contaba con más de 64.000 efectivos en el país. Con el paso de los años, se intensificó su presencia en la parte sur del país – en provincias como Kandahar, Nimruz, Helmand o Zabul-, ante la importante presencia talibán en la zona.

Las elecciones de 2014 pusieron fin a la etapa de Karzai, siendo sustituido por el actual presidente Ashraf Ghani, antiguo analista del Banco Mundial así como ex ministro de Finanzas de Karzai. Pese a su fama de tecnócrata y buen gestor y sus propuestas para impulsar una triple lucha contra la corrupción, la pobreza y la inseguridad, Ghani no ha podido evitar que Afganistán continúe siendo una nación arruinada y sin tejido productivo, totalmente dependiente de la ayuda exterior y extenuada por una sucesión de conflictos bélicos que no ha cesado desde el lejano año de 1978 (CIDOB, s.f.).

Control gubernamental en Afganistán

Claves sociales del Afganistán post-2001:

La invasión de 2001 marcó a sangre y fuego el devenir del país, abriéndose un período marcado por la inestabilidad, las luchas por el control territorial, y la violencia. La guerra se ha convertido en un fenómeno persistente que está desangrando al país, poniéndolo al borde del colapso.

Entre los principales factores de inestabilidad a los que tiene que hacer frente Afganistán destacan la pobreza – la población afgana es la más pobre y analfabeta de Asia-, la presencia de una economía tambaleante y cada vez más dependiente de las ayudas externas y del dinero proveniente de las drogas, así como la elevada y persistente corrupción gubernamental; pero por encima de todo destacan las viejas divisiones entre pashtunes y tayikos, que constituyen la principal brecha étnica del Afganistán moderno (Dalrymple, 2017).

Pasados casi 17 años desde el inicio de la invasión liderada por Estados Unidos – que se trazó como objetivos centrales destruir a Al Qaeda y expulsar a los talibanes del poder- la realidad es que los talibanes controlan el 80% del sur de Afganistán y el 43% del conjunto del país, lo cual significa que el gobierno de Kabul únicamente controla el 57% del territorio – cifra que se ha venido reduciendo-. Por su parte, Al Qaeda está presente en el territorio fronterizo con Paquistán (Dalrymple, 2017). A todo ello hay que añadir el aumento de la presencia del Estado Islámico en el país, protagonista de una mortífera ola de atentados, como el ejecutado contra un centro cultural chií en Kabul, el atentado contra el hotel Intercontinental de Kabul, la explosión de una ambulancia cargada de explosivos en el centro de la capital, o el asalto suicida a la sede de la ONG Save the Children en Jalalabad.

Fuente: Insider Pro
Fuente: El Orden Mundial

Junto a lo anterior, han aumentado las actividades ilegales. Entre ellas, la producción de drogas – especialmente de opio- se ha incrementado notablemente, y en este sentido, en el año 2006 Afganistán produjo el 92 % del opio y la heroína del mundo, convirtiéndose en el principal narcoestado de la escena internacional (Amirian y Zein, 2007: 127).

En cuanto a la situación de la mujer, si bien la invasión promovida por Estados Unidos enarbolaba como una de sus banderas principales la defensa de sus derechos – pisoteados bajo el régimen talibán (1996-2001)-, en realidad poco ha mejorado su situación (Serrano, 2008: 472). Según datos de Naciones Unidas y de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA, por sus siglas en inglés), ocho de cada diez mujeres sufren violencia doméstica, y un 60 por ciento se ve obligada a contraer matrimonio antes de los 18 años (Lobo, 2009).

“El mundo se puso en marcha en nombre de la «liberación de la mujer afgana» y se invadió nuestro país. Sin embargo, el sufrimiento y las privaciones de la mujer afgana no sólo no se han reducido sino que realmente se ha incrementado día a día el nivel de opresión y brutalidad en la población más arruinada de nuestra sociedad”

(RAWA, 2007)

El dilema de la OTAN: entre la retirada y el envío de nuevas tropas

Si bien en 2014 la OTAN puso formalmente fin a sus operaciones militares en Afganistán – transfiriendo la seguridad al nuevo gobierno afgano del presidente Ghani-, en la práctica ha continuado la presencia 13.000 soldados en el país en la forma de una misión de asistencia y capacitación del ejército afgano. En noviembre de 2017, y contradiciendo la estrategia de retirada paulatina planteada por Obama, la administración Trump anunció el envío de 3000 nuevos soldados, poniendo de relieve el deterioro de la situación de seguridad del país ante el creciente avance talibán.  

A la hora de analizar este incremento militar -que eleva a 16.000 el número total de efectivos desplegados-, hay que tener presente cuáles son los objetivos fundamentales que persigue Estados Unidos en el país centroasiático. A juicio de Armanian, estos objetivos podrían resumirse en, por un lado, tratar de impedir que el país se convierta en un aliado de China; y, por otro, en hacer fracasar las negociaciones rusas con los talibanes. El posicionamiento estadounidense partiría, desde esta perspectiva, de la constatación de que pese a su contundente presencia militar y a tener al gobierno de Kabul de su lado, Estados Unidos ha sido incapaz de contener la creciente influencia de China, Rusia, Irán, Pakistán e India en el país (Armanian, 2018).

“Afganistán es el país más estratégico del mundo para la OTAN: le ofrece una ventaja geopolítica única sobre China, Rusia, India e Irán, siendo la plataforma para aplicar la doctrina Wolfowitz, que propone prevenir el surgimiento de un poder regional o global que pueda cuestionar la hegemonía de EEUU”

Las implicaciones geopolíticas de esta presencia también son planteadas por Dinucci, para quien Estados Unidos estaría tratando de ocupar el vacío de poder que el derrumbe de la URSS dejó en Asia Central, siendo esta un área de importancia primordial tanto por su posición geoestratégica en relación con Rusia y China como por sus reservas de petróleo y gas natural en los límites del Mar Caspio. Desde esta perspectiva, Afganistán sería una posición clave para el control del área, hecho que explicaría el enorme despliegue de fuerzas de Estados Unidos y la OTAN (Dinucci, 2016).

Cada vez son más las voces que claman por un acuerdo de paz que ponga fin a la guerra. Los crímenes de guerra y las violaciones a los derechos humanos, la muerte de más de 100.000 personas durante la ocupación del país, y las más de 1,17 millones de denuncias de crímenes de guerra recogidos por la Corte Penal Internacional (Guallar, 2017), reflejan la magnitud de la catástrofe humanitaria que asola al país.

Fuente: El Periódico

En este contexto hay que ubicar la propuesta de conversaciones de paz “sin precondiciones ni restricciones” que el pasado 28 de febrero el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, ofreció a los talibanes, manifestando de esta forma su disposición al reconocimiento político de los insurgentes, la puesta en libertad de prisioneros y la retirada de sanciones, entre otras medidas (Khan Sahel, 2018). Este acercamiento se produce en un momento en el que los talibanes se enfrentan a la ausencia de un liderazgo claro: a la muerte en 2015 de su histórico líder, el mulá Mohammad Omar, le siguió en 2016 la muerte de su sucesor, el mulá Akthar Mansour, asesinado en un ataque con aviones no tripulados en los EE. UU. a lo largo de la frontera entre Afganistán y Pakistán (Castro, 2018). Tras la muerte de Mansour, el liderazgo talibán quedó en manos de Haibatulá Ajundzada.

Pero la búsqueda de la paz con los talibanes podría llevar a poner encima de la mesa la necesidad de acabar con la ocupación militar de la OTAN, hecho que permitiría la recuperación de una soberanía nacional pisoteada por décadas de injerencias extranjeras de un pueblo que no se resigna frente a los intentos de asimilación e imposición.

Notas:

[1] Para entender los efectos de la “revolución conservadora” en la región véase el artículo “Estados Unidos en Medio Oriente”, disponible en http://www.menanalisis.com/estados-unidos-en-oriente-medio/

Bibliografía:

Amirian, Nazanín y Zein, Martha (2007): Irak, Afganistán e Irán. 40 respuestas al conflicto en Oriente Próximo. Ediciones Lengua de Trapo. Madrid.

Armanian, Nazanín (2017): 16 motivos del acercamiento de Rusia al Talibán, Público, 6 de abril de 2017, disponible en http://blogs.publico.es/puntoyseguido/3848/16-motivos-del-acercamiento-de-rusia-al-taliban/ (consultado: 13 de febrero de 2018).

Armanian, Nazanín (2018): Afganistán: la ola de atentados y la estrategia de Trump para Asia Central, Público, 1 de febrero de 2018,  disponible en http://blogs.publico.es/puntoyseguido/4631/afganistan-la-ola-de-atentados-y-la-estrategia-de-trump-para-asia-central/ (consultado: 8 de febrero de 2018)

Brzezinski, Zbigniew (1998): «Sí, la CIA entró en Afganistán antes que los rusos…», Voltairenet, disponible en http://www.voltairenet.org/article185558.html (consultado: 6 de marzo de 2018).

Castro, Ana María (2018): Afganistán ofrece amnistía a los talibanes para poner fin a la guerra, Mercado Militar, 1 de marzo de 2018, disponible en https://www.mercadomilitar.com/afganistan-ofrece-amnistia-a-los-talibanes-para-poner-fin-a-la-guerra-15053/ (consultado: 6 de marzo de 2018).

CIDOB (s.f): Biografia de Ashraf Ghani, disponible en  https://www.cidob.org/biografias_lideres_politicos/asia/afganistan/ashraf_ghani (consultado: 24 de febrero de 2018)

Dalrymple, William (2017): Afganistán, la guerra que nadie ha podido ganar, El País, 20 de agosto de 2017, disponible en https://elpais.com/internacional/2017/08/18/actualidad/1503067055_730227.html (consultado: 17 de febrero de 2018).

Dinucci, Manlio (2016): Afganistán, ocupación duradera, Voltairenet, 12 de octubre de 2016, disponible en http://www.voltairenet.org/article193677.html (consultado: 14 de marzo de 2018).

Escola de Cultura de Pau (s.f.): Afganistán, disponible en http://escolapau.uab.es/conflictosypaz/ficha.php?paramidioma=0&idfichasubzona=38 (consultado: 12 de marzo de 2018).

Flores, Félix (2018): A los talibanes les sale la peor competencia, La Vanguardia, 30 de enero de 2018, disponible en http://www.lavanguardia.com/internacional/20180130/44406280575/afganistan-talibanes-estado-islamico-isis-irak-siria.html (consultado: 7 de febrero de 2018).

Guallar, Amador (2018): La CPI recoge 1.17 millones de denuncias por crímenes de guerra en Afganistán, El Mundo, 19 de febrero de 2018, disponible en  http://www.elmundo.es/internacional/2018/02/19/5a8adcc2468aebe0328b46d7.html (consultado: 25 de febrero de 2018).

Khan Sahel, Baber (2018): La ambigüedad de los talibanes alienta la esperanza en Afganistán, La Vanguardia, 16 de marzo de 2018, disponible en http://www.lavanguardia.com/politica/20180316/441560701607/la-ambiguedad-de-los-talibanes-alienta-la-esperanza-en-afganistan.html (consultado: 16 de marzo de 2018).

Lobo, Ramón (2009): Afganistán se olvida de las mujeres, El País, 24 de agosto de 2009, disponible en https://elpais.com/diario/2009/08/24/internacional/1251064801_850215.html (consultado: 13 de marzo de 2018).

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Rashid, Ahmed (2002): Los talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo <> en Asia Central. Ediciones Península, S.A. Barcelona.

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Serrano, Pascual (2008): Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo, Ediciones Península, Barcelona.

Zamora, Augusto (2016): Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos. Ediciones Akal. Madrid.

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Evolución política de Afganistán: conflictividad y auge del movimiento talibán

AFGANISTÁN EN CLAVE SECURITARIA

EVOLUCIÓN POLÍTICA DE AFGANISTÁN: CONFLICTIVIDAD Y AUGE DEL MOVIMIENTO TALIBÁN

Por Aitor Lekunberri

Devastado por interminables guerras que asolan el país desde 1978, el futuro de Afganistán se presenta incierto, a tenor de las dificultades económicas, las luchas políticas y religiosas internas, así como las crecientes dificultades del gobierno de Kabul para contener el avance talibán.

Dejando de lado cuestiones históricas como la dominación británica sufrida por el país hasta el año 1919, puede decirse que en la actualidad este se debate entre la necesidad de impulsar la paz con el movimiento talibán y la de hacer frente a los retos de desarrollo. Todo en un escenario dominado por la pobreza, las crisis políticas y la intervención militar de la OTAN.

Fuente: Reuters

Ubicado en Asia Central, Afganistán cuenta con una superficie de más de 655.230 kilómetros cuadrados, y hace frontera con Pakistán, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y China. Su población supera los 35 millones de habitantes, y el 99% profesa la religión musulmana, siendo en un 80% musulmanes sunnitas frente al 19% de chiitas[1]. Su composición étnica es muy diversa, destacando la presencia de pashtunes (42%), tadjikos (27%), hazaras (10%), uzbekos (9%), aimak (4%), turcomanos (3%) y baluchis (2%).

Se trata de uno de los países más empobrecidos del mundo[2], con una esperanza media de vida de 60 años y con más del 40% de la población viviendo bajo el umbral de la pobreza. A ello habría que añadir un gobierno incapaz de hacer frente a los graves problemas estructurales que afronta el país, como la persistencia de conflictos armados, desastres naturales o la limitada participación de la mujer en la vida política y económica.

Para algunos autores, uno de los principales factores de inestabilidad de Afganistán proviene del hecho de no haber sido un Estado construido en base a una lógica étnica o geográfica, sino en función de la política imperialista del siglo XIX. Esto es, el país apenas habría disfrutado de la unidad política necesaria para construir un Estado coherente y autónomo, siendo ante todo un “lugar intermedio, una franja fracturada y disputada, dominada por montañas y desiertos, y situada entre unos países vecinos más organizados”, hecho que habría propiciado que “durante gran parte de su historia, sus provincias [hayan] sido el terreno de batallas entre imperios rivales” (Dalrymple, 2017)

Desde el siglo XIX, la evolución política de Afganistán ha estado marcada por las persistentes guerras e intervenciones foráneas, como parte de un gran “juego de poder” desplegado por las grandes potencias para establecer su dominación sobre el país. Así, a lo largo del siglo XIX el país fue objeto de “disputas imperialistas y geopolíticas entre Rusia e Inglaterra”, siendo convertido en “zona divisoria de sus respectivas zonas de influencia” (Zamora, 2016: 260).

Fuente: El Periódico

Las disputas geopolíticas fueron el telón de fondo de las tres guerras entre Inglaterra y Afganistán que sacudieron el país entre 1839 y 1919. La primera guerra anglo-afgana (1839-1842) terminó con derrota inglesa, y estuvo originada en buena parte por el temor británico a que la esfera de influencia rusa se extendiera hasta las fronteras de India. Esta derrota supuso una auténtica humillación para la que entonces era la potencia militar más poderosa del mundo, y sigue siendo considerada como una de las mayores humillaciones militares sufridas por un ejército occidental en Asia, siendo el ejército inglés derrotado por guerrilleros afganos mal equipados pertenecientes a diversas tribus (Dalrymple, 2017).

Tras la segunda guerra anglo-afgana (1878-1880) -finalizada con victoria inglesa-, Afganistán pasó a ser un protectorado inglés, jugando desde entonces un papel de “estado tapón”[3] entre la Rusia zarista y la India. En 1919, una vez finalizada la tercera guerra anglo-afgana, el país se liberó del protectorado británico y alcanzó su independencia, iniciándose un período monárquico bajo el liderazgo del líder independentista Amanullah Kan, quien se propuso modernizar el país para sacarlo del atraso económico y social, hecho que provocó la reacción de los sectores más conservadores de la sociedad, que acabaron destronándolo.

La guerra de Afganistán (1978-1992): entre la ocupación soviética y el terrorismo muyahidín

A pesar de que durante los primeros años de la Guerra Fría el gobierno afgano buscó mantener una posición de equidistancia entre Estados Unidos y la URSS, buscando mantener buenas relaciones con los dos bloques del sistema bipolar, en la práctica tuvo una mayor sintonía diplomática con Moscú.

Liberado de la dominación británica en 1919, Afganistán se convirtió en el primer Estado del mundo en establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética, abriendo una relación de cercanía que se prolongó durante décadas. La influencia soviética en el país se fue incrementando de forma paralela a la penetración y el desarrollo de las ideas marxistas. La fundación en 1965 del denominado Partido Democrático del Pueblo Afgano (PDPA en adelante), de carácter marxista y antimonárquico, se inscribe en este proceso de acercamiento al bloque soviético, desempeñando este un importante papel en el derrocamiento de la monarquía y en la proclamación de la república en 1973.

Mujeres afganas en el Afganistán socialista

(1981)

Mujeres en clase

(Kabul, 1981)

En 1978 tuvo lugar la denominada revolución de Saur o revolución de abril, de carácter comunista, pasando el país a denominarse República Democrática de Afganistán, denominación que mantendría hasta el año 1992. El nuevo gobierno comunista impulsó importantes reformas económicas y sociales, como el fuerte impulso a la alfabetización y al acceso a la sanidad, la distribución de tierra entre los campesinos pobres, o las políticas de promoción de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

La toma del poder por parte del PDPA fue vista como una amenaza por parte de las potencias capitalistas occidentales, algunas de las cuales vieron con buenos ojos la entrada en escena de los muyahidines – combatientes fundamentalistas islámicos-, fervientemente anticomunistas, liderados entre otros por el saudí Osama bin Laden. Los muyahidines formaron un ejército irregular compuesto tanto por militantes afganos como por voluntarios llegados desde otros países islámicos ante la llamada a la “guerra santa” contra el gobierno prosoviético. Recibieron financiación, armamento y recursos por parte de Estados Unidos, Arabia Saudí, Pakistán e Irán, y fueron bautizados por el presidente de EEUU Ronald Reagan como “luchadores por la libertad”, recibiendo a su vez entrenamiento e información por parte de los servicios secretos de la OTAN, Israel, Pakistán y Arabia Saudí (Amirian y Zein, 2007: 102).

Fuente: The Independent

Los muyahidines desplegaron una táctica de guerra de guerrillas, recurriendo a la práctica sistemática de atentados terroristas con el objetivo de desgastar y poner en jaque al gobierno comunista de Kabul. En 1979, en este contexto de asedio al gobierno central, se produjo la ocupación soviética del país, que se prolongaría hasta 1989.

‘A pesar de que los medios de comunicación occidental insisten en que “los muyahidines lucharon para expulsar al ejército invasor soviético de Afganistán”, Zbigniew Brzezinski, el asesor de seguridad del presidente Carter, declaró abiertamente que el apoyo directo de EEUU a este grupo terrorista y criminal liderado por Osama bin Laden comenzó seis meses antes de que los soviéticos entraran en Afganistán con el fin de debilitar al régimen de Kabul’ (Amirian y Zein, 2007: 102)[4].

La intervención soviética en Afganistán se insertaba en un contexto de guerra fría (1947-1991), es decir, en un período de las Relaciones Internacionales caracterizado por la división del mundo en dos bloques de poder antagónicos: un bloque capitalista, liderado por Estados Unidos; y otro comunista, liderado por la URSS, estableciéndose un clima de tensión permanente y de pugnas entre ambos bloques por aumentar sus respectivas áreas de influencia.

Tal y como señala Brzezinski, la operación secreta de ayuda a los opositores al gobierno prosoviético de Kabul tenía como finalidad atraer a los rusos a caer en la trampa afgana: «ahora tenemos la oportunidad de darle a la URSS su guerra de Vietnam» fueron las palabras dirigidas por Brzezinski al entonces presidente James Carter. En efecto, Moscú se vio forzado a “librar durante casi 10 años una guerra insoportable para el régimen, un conflicto que provocó la desmoralización y finalmente el estallido del imperio soviético” (Brzezinski,1998).

La guerra contra la ocupación soviética de Afganistán propició la expansión de la ideología integrista islámica, que propugna el retorno a una estricta observancia coránica tanto en el ámbito político como social. La imposibilidad de acabar con los muyahidines, así como la creciente impopularidad de la guerra -ante la creciente sangría de recursos humanos y económicos-, propiciaron la retirada soviética en el año 1989. Esta se produjo en un contexto de debilitamiento interno del régimen soviético[5], que acabaría implosionando en 1991 con la desintegración de la URSS y el surgimiento de un espacio postsoviético formado por 15 nuevas repúblicas de corte capitalista.

La retirada de la URSS abrió en Afganistán un período histórico marcado por las continuas disputas internas por el control territorial, quedando el país a merced de los “señores de la guerra” quienes, tras combatir a los soviéticos, pasaron a reclamar y ejercer su autoridad sobre los territorios bajo su control (Zamora, 2016: 261 y 262). La década de guerra había dejado un país asolado, en situación de caos y pobreza generalizada, generándose el caldo de cultivo que propició el posterior ascenso de los talibanes.

La desaparición del “enemigo soviético” propició el retorno de miles de “muyahidines” como Osama bin Laden a sus países de origen, iniciándose el proceso de expansión internacional de la organización armada Al Qaeda, convirtiéndose esta en una red con ramificaciones en los cinco continentes.

El movimiento talibán: claves de una irrupción fulgurante

En 1994 se produjo la entrada en escena del movimiento talibán en el sur del país. Los talibanes procedían de los pashtunes, grupo étnico mayoritario en Afganistán que había gobernado el país durante tres siglos, pero que había sido relegado por otros grupos étnicos (Rashid, 2002: 32). Los talibanes tenían como objetivo crear un gobierno islámico unido en Afganistán, defendiendo la aplicación estricta de la sharía o ley islámica. Cabe señalar que estos habían sido reclutados, armados, entrenados y financiados en territorio paquistaní por la CIA, Arabia Saudí y los servicios secretos de Pakistán (Zamora, 2016: 262).

Tras su toma de Kabul en el año 1996 el mulá Mohammed Omar fue elegido “comandante de los creyentes” en los territorios bajo su control, imponiendo una interpretación extrema de la sharía, apartando a las mujeres de la esfera pública y expulsándolas del sistema educativo, prohibiendo todo tipo de diversiones, música, televisión, así como la mayor parte de deportes y juegos (Rashid, 2002: 32). Los talibanes fueron consolidando su poder, pasando en 1997 a controlar el 90% del territorio, si bien su gobierno sólo recibió el reconocimiento internacional de Arabia Saudita, Pakistán y Emiratos Árabes Unidos (Escola de Cultura de Pau, sf).

En opinión de Ahmed Rashid, autor de la influyente obra “Los talibán. El Islam, el petróleo y el nuevo <> en Asia Central” y uno de los pocos periodistas internacionales que ha entrevistado a dirigentes talibán, la comprensión del fenómeno talibán se ve dificultada por la “excesiva reserva que rodea a sus estructuras políticas, sus dirigentes y el sistema de toma de decisiones en el interior del movimiento”. Este secretismo del movimiento se constata, entre otros aspectos, en su decisión de no emitir comunicados de prensa, y en la prohibición de las fotografías y la televisión, siendo desconocido incluso el rostro de sus mandos (Rashid, 2002: 38).

El movimiento talibán pronto pasó a adquirir una importante dimensión geopolítica. Así, en el verano de 1998, el creciente avance talibán en el norte de Afganistán, y su control de más del 80 por ciento del país, puso en movimiento un conflicto interregional por el control de las inmensas riquezas de petróleo y gas que contiene Asia central, en una competencia entre los estados y las compañías petroleras occidentales por la construcción de oleoductos y gasoductos (Rashid, 2002: 38-39). Dicha competencia llegaría a su apogeo tras la invasión occidental de 2001, efectuada con el pretexto de detener a Osama bin Laden y otros líderes de Al Qaeda. Esta organización había sido autora de los atentados del 11 de septiembre de 2001 efectuados en Estados Unidos, dejando un saldo de más de 3000 muertos y 6000 heridos. Los atentados proporcionaron a la administración Bush (2001-2009) una coartada para impulsar nuevas guerras en la región, materializadas en la invasión de Afganistán (2001), en la que tomaron parte países como Estados Unidos, Reino Unido, Canadá y Australia.

NOTAS:

[1] Para un acercamiento a las diferencias doctrinales entre sunnitas y chiitas véase el artículo “El islam y sus dos escuelas mayoritarias: el sunismo y el chiismo”, de Airy Dominguez, disponible en http://www.menanalisis.com/el-islam-y-sus-dos-escuelas-mayoritarias-el-sunismo-y-el-chiismo/

[2] Según un ranking de los 25 países más pobres del mundo, elaborado por la revista Global Finance, Afganistán se encuentra en el puesto número 10, siendo el país no africano más pobre de la lista. Véase: http://www.businessinsider.com/the-23-poorest-countries-in-the-world-2015-7 (consulta: 15 de marzo de 2018).

[3] En geopolítica se entiende por “estado tapón” a un país situado entre dos grandes potencias, que puede jugar un papel amortiguador de posibles tensiones, previniendo el conflicto entre ambas potencias.

[4] Tal y como señala Brzezinski, “fue el 3 de julio de 1979 cuando el presidente Carter firmó la primera directiva sobre la asistencia clandestina para los opositores al régimen prosoviético de Kabul. Y ese día yo escribí una nota al presidente donde le explicaba que en mi opinión esa ayuda provocaría una intervención militar de los soviéticos”. Véase la entrevista a Brzezinski, publicada en el portal Voltairenet, disponible en http://www.voltairenet.org/article185558.html .

[5] En aquellos momentos, la superpotencia soviética estaba inmersa en la perestroika, es decir, en el proceso de apertura y reforma (Glasnost) impulsado por su presidente Gorbachov.

BIBLIOGRAFÍA:

Amirian, Nazanín y Zein, Martha (2007): Irak, Afganistán e Irán. 40 respuestas al conflicto en Oriente Próximo. Ediciones Lengua de Trapo. Madrid.

Armanian, Nazanín (2017): 16 motivos del acercamiento de Rusia al Talibán, Público, 6 de abril de 2017, disponible en http://blogs.publico.es/puntoyseguido/3848/16-motivos-del-acercamiento-de-rusia-al-taliban/ (consultado: 13 de febrero de 2018).

Armanian, Nazanín (2018): Afganistán: la ola de atentados y la estrategia de Trump para Asia Central, Público, 1 de febrero de 2018, disponible en http://blogs.publico.es/puntoyseguido/4631/afganistan-la-ola-de-atentados-y-la-estrategia-de-trump-para-asia-central/ (consultado: 8 de febrero de 2018)

Brzezinski, Zbigniew (1998): «Sí, la CIA entró en Afganistán antes que los rusos…», Voltairenet, disponible en http://www.voltairenet.org/article185558.html (consultado: 6 de marzo de 2018).

Castro, Ana María (2018): Afganistán ofrece amnistía a los talibanes para poner fin a la guerra, Mercado Militar, 1 de marzo de 2018, disponible en https://www.mercadomilitar.com/afganistan-ofrece-amnistia-a-los-talibanes-para-poner-fin-a-la-guerra-15053/ (consultado: 6 de marzo de 2018).

CIDOB (s.f): Biografia de Ashraf Ghani, disponible en https://www.cidob.org/biografias_lideres_politicos/asia/afganistan/ashraf_ghani (consultado: 24 de febrero de 2018)

Dalrymple, William (2017): Afganistán, la guerra que nadie ha podido ganar, El País, 20 de agosto de 2017, disponible en https://elpais.com/internacional/2017/08/18/actualidad/1503067055_730227.html (consultado: 17 de febrero de 2018).

Dinucci, Manlio (2016): Afganistán, ocupación duradera, Voltairenet, 12 de octubre de 2016, disponible en http://www.voltairenet.org/article193677.html (consultado: 14 de marzo de 2018).

Escola de Cultura de Pau (s.f.): Afganistán, disponible en http://escolapau.uab.es/conflictosypaz/ficha.php?paramidioma=0&idfichasubzona=38 (consultado: 12 de marzo de 2018).

Flores, Félix (2018): A los talibanes les sale la peor competencia, La Vanguardia, 30 de enero de 2018, disponible en http://www.lavanguardia.com/internacional/20180130/44406280575/afganistan-talibanes-estado-islamico-isis-irak-siria.html (consultado: 7 de febrero de 2018).

Guallar, Amador (2018): La CPI recoge 1.17 millones de denuncias por crímenes de guerra en Afganistán, El Mundo, 19 de febrero de 2018, disponible en http://www.elmundo.es/internacional/2018/02/19/5a8adcc2468aebe0328b46d7.html (consultado: 25 de febrero de 2018).

Khan Sahel, Baber (2018): La ambigüedad de los talibanes alienta la esperanza en Afganistán, La Vanguardia, 16 de marzo de 2018, disponible en http://www.lavanguardia.com/politica/20180316/441560701607/la-ambiguedad-de-los-talibanes-alienta-la-esperanza-en-afganistan.html (consultado: 16 de marzo de 2018).

Lobo, Ramón (2009): Afganistán se olvida de las mujeres, El País, 24 de agosto de 2009, disponible en https://elpais.com/diario/2009/08/24/internacional/1251064801_850215.html (consultado: 13 de marzo de 2018).

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¿Es el sectarismo la base del conflicto sirio?

¿Es el sectarismo la base explicativa del conflicto sirio?

Por Airy Domínguez

(Aleppo 20/Septiembre/2012)
Fotografía de Airy Domínguez en la exposición Un día cualquiera de Manu Brabo

Las tendencias sectarias e identitarias predominantes en la historia de Oriente Medio han quedado impresas en el tablero sirio y, pese a no ser la causa única de la situación actual del país, resulta imposible entender lo que está sucediendo sin referirse a la minoría alauí ostentadora del poder en la actualidad. Como afirma Aslam Farouk en Sectarianism in Alawi Syria: Exploring the Paradoxes of Politics and Religion, antes de la división del mundo islámico en estados-nación la identidad se construía en base a la creencia religiosa, quedando los sujetos de los distintos imperios agrupados en función a sus afiliaciones religiosas. Dicha cuestión permitía, incluso antes de la llegada de los otomanos, diferenciar a los alauíes de otros grupos confesionales. Hasta su llegada al poder, el patrón histórico de esta comunidad se movía entre su tolerancia, rechazo o persecución. Opresión y marginación exterior que irán acompañadas de la presencia de divisiones internas más o menos acentuadas. Dicha tendencia, encuentra su punto de inflexión en la conquista de la Gran Siria por Egipto (1834), que resultará en la integración de los alauíes tanto en los aparatos institucionales del Estado como en el tejido social sirio [1].

Años más tarde, en 1916, el acuerdo Sykes-Picot dejaba a Siria bajo un mandato francés que promovió divisiones y construcciones geográficas artificiales. Este se apoyará en las minorías para su propio beneficio y edificará la política, al igual que hicieron los otomanos, en base a lo que Albert Hourani describe como “política de notables”, es decir, sobre una dependencia de las élites locales predominantemente sunnís que recuerda al sistema tribal de Libia, al menos hasta la caída de Gadafi (2011). La ocupación y el dominio francés provocarán la Gran Revuelta Siria (1925), el primer movimiento masivo contra el gobierno colonial en Oriente Medio; este deja ver la existencia de una identidad árabe al tiempo que vaticina la ruptura de la “política de notables”. Por otra parte, la firma del tratado franco-sirio de independencia (1936) pavimentará la vuelta de los apátridas alauíes a Siria, con su consiguiente integración social y religiosa, siendo el fallo del nuevo régimen continuar privilegiando políticamente a una minoría. Pese a ello, Siria asistirá a un pluralismo que permitirá la entrada de partidos como el de los Hermanos Musulmanes de Siria y el Partido Ba´th – este y la armada resultarán fundamentales para el aumento de poder de los alauíes  –.

De la crisis política que sigue a la independencia nace la Revolución Ba´th (1963), un golpe de Estado que permitió el ascenso de dicho partido al poder y de miembros del Comité Militar, un pequeño colectivo de la armada formado por minorías religiosas entre las que se encontraba Hafiz al-Asad. Aquí, los enfrentamientos políticos entre ba‘tíes y naseríes pronto se transformarán en luchas sectarias, especialmente a raíz de la presencia y participación más directa de los Hermanos Musulmanes, mientras que la lucha sunní contra los alauíes, drusos e ismaelíes[2] se intensificará dentro del Comité Militar, siendo tras el golpe de Estado de 1966 cuando los oficiales del ejército y los líderes del partido pasen a ser mayoritariamente alauíes (Marín Guzman, R., 2001). Además, surgirán disputas internas por el liderazgo que terminarán con la victoria de Hafiz al Asad.

Fuente: elaboración propia

De este modo, los centros de poder quedan en manos de esta minoría alauí, siendo la solidaridad sectaria y la represión las piedras angulares que permitirán no sólo que Asad se consolide en el poder, sino que tras su muerte este pase a manos de su hijo Bashar. Este seguirá los pasos autoritarios de su padre bajo una aparente identidad nacionalista árabe que, como apunta Yasin al-Haj Saleh, uno de los principales intelectuales del levantamiento sirio, responde a una táctica para “mantenerse en el poder hasta que muera y dejar su puesto a su hijo” (Postel y Hashemi, 2014). Serán este recurso al nacionalismo, la aparente política dura hacia Israel, y su “oposición” al imperialismo americano, lo que le permitirá mantener una cohesión hasta las revueltas árabes.

Pese al indudable sectarismo existente en la región, resulta difícil creer que este constituya la base explicativa del conflicto pues, como señala Aslam Farouk, hoy nos encontramos ante una sociedad donde la identidad no queda determinada únicamente por las ambiciones religiosas, pues las comunidades de fe han sido sustituidas por naciones-estado, y la nacionalidad se presenta como la base identitaria. En dicho escenario, los alauíes, afiliados a la rama chií del Islam, parecen haber quedado políticamente asociados con el clan Asad, con el que no necesariamente se identifican pero que ha explotado un discurso sectario para ejercer poder político[3]. Una perorata basada en la política de divide y vencerás de la que se hace eco en occidente. Todo ello enmarcado bajo un régimen coercitivo y autoritario cuya respuesta a las revueltas de 2011 ha supuesto la muerte de cientos de miles de personas, y un escenario ideal para la aparición de grupos armados que permiten al régimen vender la idea de la «guerra contra el terrorismo”, garantizar su interacción con las grandes potencias, adquirir legitimidad internacional, y perpetuarse en el poder.

(Aleppo-Siria el 2/octubre/ 2012)
Fotografía realizada por Airy Domínguez en la exposición Un día cualquiera de Manu Brabo

En esta línea, intelectuales como Yassin al-Haj Saleh rechazan la base sectaria del conflicto defendiendo que “cuando una estructura armada utiliza el ejército, los medios de comunicación y los recursos supuestamente nacionales para matar a su propio pueblo porque se opone a un gobierno tiránico no podemos hablar de sectarismo” sino del “aparato represor del Estado” (Postel,D., y Hashemi,N., 2014), y es que secta y Estado son cosas diferentes pese a que puedan coincidir. En definitiva, a pesar de la innegable existencia de factores relacionados con la identidad o la ideología, las acciones de los Estados actúan de acuerdo con la preservación o expansión del poder y sus intereses (Ghotme, R. A., Garzón, I. y Cifuentes, P., 2015).

El sectarismo no es más que una parte de un conflicto de carácter multidimensional, marcado por un legado colonial, donde participan una gran diversidad de actores. Junto al sectarismo, una guerra por el poder de Al-Assad frente a una población que reclama democracia, una pugna por la supremacía regional entre Arabia Saudí e Irán, un espacio en el que Turquía, Qatar y EAU ven una oportunidad para aumentar su influencia, un escenario de la lucha de las fuerzas kurdas para establecer su propia ‘revolución’, y una oportunidad para el EI, es, a grandes rasgos, lo que tenemos en la región.

NOTAS AL PIE

[1] En octubre de 1831, el ejército egipcio comenzó su campaña para conquistar la Gran Siria (entonces parte del Imperio Otomano). Su superioridad militar y la firma de un tratado de paz en mayo de 1833, harán que Egipto pase a considerar a la Gran Siria – junto con Creta y Adana – parte de su dominio. En lo sucesivo, los otomanos buscarán recuperar estos territorios, mientras que los egipcios comenzarán a reclutar sirios en su ejército. En respuesta a la intrusión, en septiembre de 1834 estallará el primer levantamiento Nusayri (Alawi), donde los rebeldes alauitas serán apoyados por los otomanos. En 1841 los otomanos recuperarán Siria reclutando, al igual que hicieron los egipcios, sirios en su ejército – alauíes entre ellos – . Aquí, pese a que el servicio militar obligatorio siguió siendo motivo de rebelión, este se presentó como “ […] en el primer paso hacia la transformación social y la integración de los alauíes en los aparatos institucionales del Estado y, como tal, en el tejido social más amplio de la sociedad siria” (Farouk, A., 2017: 212).

[2] Para más información sobre las diversas escuelas del islam véase nuestro artículo ¿Oriente Medio, MENA, Mundo Árabe? La diversidad terminológica de la región

[3] Como afirma el académico sirio Yasser Munif en el régimen de Assad priman dos discursos, el que le lleva a presentarse en público como un sistema laico, y uno paralelo de carácter sectario. En este sentido, Munif afirma que para consolidar su poder Assad construyó un “sutil” equilibrio entre sunitas y alauitas, así como entre el partido y el ejército, consiguiendo el imprescindible apoyo sunita mediante la otorgación de “[…] algunas posiciones a ciertos generales y comerciantes etc., pero cada vez que había confrontaciones, y en cada purga, los alauitas ganaban y conseguían más posiciones estratégicas dentro del ejército, el aparato de seguridad y dentro del partido. El régimen de Assad jugaba con estas contradicciones, instigando la oposición entre la clase sunita urbana y la clase sunita rural y sunitas de diversas regiones, aprovechando estas contradicciones y diferencias para consolidar su poder”. Junto a lo anterior, el experto retrocede a la década de los 80 para explicar cómo el régimen sirio aplastó la rebelión de la Hermandad matando entre veinte y cuarenta mil personas en Hama, y cómo recurrió a los saudíes para abrir escuelas religiosas y propagar el wahabismo – todo con la aprobación de Arabia Saudí quien se comprometía a no apoyar a la Hermandad– . Con ello Munif pretende señalar que esta dinámica en la que se pronunciaban discursos sectarios entre ciertos segmentos de la población mientras el régimen se presentaba como laico y moderno se repite en la actualidad. Finalmente señala que el régimen emplea “ […] el sectarismo no como un aparato ideológico, sino […] como una herramienta pragmática: abatir a una parte de la población contra la otra para consolidar su poder, en lugar de usar el sectarismo como lo hace ISIS, como fundamento de su Estado” (Khalil., 2017).

BIBLIOGRAFÍA

Álvarez Osorio, I., 2016. Siria. Revolución, sectarismo y yihad. Los Libros de La Catarata: Madrid.

Farouk –Alli, A., 2014. Sectarianism in Alawi Syria: Exploring the Paradoxes of Politics and Religion. Journal of Muslim Minority Affairs, 34: 3, pp. 207-226.

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