Los refugiados palestinos: El campamento de Shatila, más de 60 años de injusticia

Los refugiados palestinos: el campamento de Shatila, más de 60 años de injusticia

Por Airy Domínguez y Xavier Mojal

Mujeres en el campamento de Shatila 1987//© gettyimages

El campamento de Shatila se encuentra situado en el sur de Beirut y fue establecido en 1949 por el Comité Internacional de la Cruz Roja. Su finalidad era acoger a los refugiados que llegaron desde Amka, Majed al-Kroum y al-Yajour en el norte de Palestina después de 1948, cuando entró en vigor el Estado de Israel. En la actualidad, más de 60 años después de su creación, el campamento acoge a unas 28,000 personas en un área de menos de un kilómetro cuadrados. Presentándose, según la UNRWA, como uno de los campamentos de refugiados palestinos con las peores condiciones sanitarias en la región. A lo anterior se suman los altos niveles de inseguridad y la ausencia de los servicios más básicos. En este sentido, la UNRWA denuncia que “las condiciones de salud ambiental en Shatila son extremadamente malas. Los refugios están húmedos y abarrotados, y muchos tienen desagües abiertos. El sistema de alcantarillado necesita una expansión considerable. Actualmente se está implementando un proyecto de infraestructura en el campamento para mejorar el alcantarillado, el sistema de aguas pluviales y la red de agua”.

Historia de la creación de los campos de refugiados y asentamientos informales en Líbano// Fuente: The Entangled History of a Refugee Camp. Actors, programs and urban spaces in Nahr el Bared 1949-2016, p. 154

En línea con lo anterior, la abogada y economista Elisabet Saffouri de ascendencia palestina y con experiencia de campo en campamentos de refugiados apunta que “cualquier persona que llegue a Shatila recibirá un gran impacto. El campamento hace daño a los sentidos, la pobreza extrema duele, pero a la vez despierta una enorme curiosidad; un espacio tan concentrado, con callejones como laberintos, edificios apretados entre sí del color más crudo del cemento y tan deteriorados… aunque el bullicio constante producido por personas que van y vienen por las calles más amplias le llena de presencia viva, de fuerza, de colorido”

Un recorrido histórico por el campamento

Desde su nacimiento hasta pasados 20 años, los refugiados de Shatila vivieron en tiendas de campaña pasando posteriormente a alojarse en pequeñas construcciones de hormigón. Aunque  las condiciones de vida seguirían siendo malas, poco a poco se fue construyendo  el campamento, dando paso a la aparición de edificios de 1 o 2 pisos. Durante la guerra civil iniciada en 1975, en medio del caos generalizado, todo el mundo empezaría a construir de manera ilegal sus propias casas. Desde entonces las construcciones continuarían, siendo la década de 1980 el periodo en el que se edificarían la mayoría de las viviendas ilegales, una construcción caótica que dependía de las habilidades de los refugiados. Por su parte, la UNRWA se encargaría de la construcción de casas para los casos especialmente complicados.

En la década de 1990 comenzó la integración de otras comunidades en Shatila, dándose en 1995 el principal proceso urbanístico. La llegada de nuevas comunidades serviría inicialmente de ayuda a los palestinos que construyeron nuevas casas y techos vendidos a quienes llegaban. Sin embargo, la mezcla de personas y nacionalidades también tenía su lado negativo. Se crearían cuatro barrios distintos, a saber, el mercado ocupado en su mayoría por comerciantes sirios migrantes; los barrios palestinos; los barrios chiítas y el de asentamientos ilegales de Sabra.

© Wojtek Arciszewski/Al-Jazeera

Entre los acontecimientos históricos a los que Shatila se vería obligada a hacer frente,  destaca la masacre de Shatila. Esta encuentra sus raíces en la atribución por parte de los servicios secretos israelíes del intento de asesinato de Shlomo Argov – entonces embajador israelí en el Reino Unido- el 4 de junio de 1982 a una organización disidente palestina respaldada por el gobierno iraquí. Basándose en lo anterior, el 6 de junio el ejército israelí invadió Líbano bajo la llamada «Operación Paz para Galilea». El contexto que precedió a esta decisión estaba marcado por una tensión creciente, en la frontera con Líbano, entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP); esta última captaba militantes y organizaba campañas violentas contra objetivos israelíes -incluyendo civiles- desde el sur del Líbano. Sus pretensiones iniciales se verían superadas, pasando del interés por adentrarse 40 kilómetros en Líbano a avanzar hasta Beirut una vez fue ocupado el sur del país y destruida toda resistencia palestina y libanesa en la zona. Así, el 18 de junio consiguieron rodear a las fuerzas armadas de la OLP en la parte oeste de la capital.

Tras dos meses de enfrentamientos en los que perdieron la vida unas 18.000 personas según fuentes libanesas, empezaría la negociación de un alto el fuego con Philip Habib, enviado especial del presidente estadounidense Ronald Reagan, como mediador. En Agosto EEUU, para proteger a Israel, llegó a un acuerdo con el expresidente de la OLP, Yaser Arafat, para que la organización abandonase Beirut. De los Acuerdos Habib nacería el compromiso de la OLP de desalojar Beirut-Oeste a cambio de garantizar la protección internacional de la población palestina emplazada en los campos de refugiados. Los combatientes palestinos abandonan la capital libanesa el 1 de septiembre, y el 10 de septiembre lo hace la fuerza exterior desplegada. Así, la evacuación de la OLP finalizaría el 1 de septiembre de 1982, mientras que el día 10 las fuerzas externas abandonaron Beirut. Al día siguiente Sharon anunciaba que «2.000 terroristas» se habían quedado en los campos de refugiados palestinos que rodean la capital.

En este contexto, el día 14 el líder maronita (cristiano) Bashir Gemayel -elegido presidente hacía un mes- fue asesinado junto con 40 personas más, en un ataque que se cree fue perpetrado por un agente de los servicios secretos sirios. Gemayel pertenecía al Partido de la Falange Libanesa, y era aliado de Israel. Ello llevó a que dos divisiones del Ejército israelí – bajo el mando de Ariel Sharon- ocupasen Beirut, todo con el objetivo de preservar su estrategia en el conflicto. Así, el 15 de septiembre, en contra de lo pactado con EEUU,  el ejército israelí ocupó Beirut este, «rodeo y selló» los campos de Sabra y Chatila en los que habitaban civiles palestinos y libaneses. Desde la mañana, Sharon estaba presente para dirigir la penetración israelí, produciéndose horas más tarde los bombardeos de los campos.

El jueves 16 de septiembre de 1982 el ejército israelí controlaba Beirut este. El portavoz militar israelí declaró: «el Tsahal controla todos los puntos estratégicos en Beirut. Los campos de refugiados, en cuyo interior se concentran terroristas, están rodeados y sellados». Esa mañana, el alto mando del ejército ordenó que «los Falangistas y el ejército libanés llevarán a cabo la búsqueda y limpieza dentro de los campos». Se procedió al lanzamiento de bombas contra los campos, mientras que francotiradores israelíes disparaban contra quienes se encontraban en las calles. En torno al mediodía el mando israelí dio luz verde a la milicia Falangista para entrar en los campos de refugiados. Así, entre los días 16 y el 18 de septiembre las milicias de la Falange -maronitas de extrema derecha- irrumpieron en los campos de refugiados de Sabra y Shatila, «donde torturaron, violaron y mataron entre 800 y 3.500 palestinos y libaneses, según las diversas fuentes». Lo anterior con el consentimiento del Ejército israelí que controlaba entonces los campos.

Motivado por las presiones internacionales, Israel crearía una comisión de investigación sobre los acontecimientos narrados, la Comisión Kahan. En el informe resultante Sharon, quien sería el futuro primer ministro israelí, fue señalado como responsable indirecto lo que derivaría en su dimisión, sin embargo, nunca sería procesado.

A día de hoy no se sabe cuáles fueron las consecuencias reales de la masacre, pues la cifra de fallecidos varía entre 400 según fuentes libanesas y 4.000 según los palestinos. Esta es una brecha que no fue ni ha sido sanada, pues como defiende Mikel Ayestaran en lugar de recordar y buscar el perdón entre comunidades, en Líbano se limitaron a dedicar un parque a los fallecidos “[…] como si nada hubiera ocurrido en este suceso que Naciones Unidas reconoce como ‘genocidio’”.

Tras la destrucción del campamento en 1982, este fue reconstruido por los palestinos. Sin embargo, Shatila sufriría un nuevo golpe en 1985 con los enfrentamientos palestino-chiíes.  Aquí Beatrice Benatti y Sarah Rita Kattan defienden que “ […] el asentamiento masivo de chiitas desplazados y trabajadores sirios dentro del campo después de la guerra civil, no sólo es atribuible a alquileres baratos, sino también a la aprobación tácita del estado libanés, que condujo a un fuerte aumento en el precio de los alquileres”.  Así, la presión sobre los palestinos para que abandonaran Shatila había ido en aumento, lo que se transformaría en un fuerte descontento entre los residentes palestinos.

Campamento de Shatila // © BBC

En la historia más reciente, destaca el incremento de la diversidad en el campamento a raíz del conflicto sirio (2011-actualidad). Este ha llevado a que los nacionales del país huyan hacia zonas en las que los refugiados palestinos se encontraban instalados desde hacía décadas, siendo Shatila una de ellas. Lo anterior ha contribuido al empeoramiento de las condiciones de vida; en este sentido en febrero de 2016 la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja afirmaba que la población del campo había aumentado entre 10,000 y 16,000 personas desde el comienzo de la guerra civil siria en 2011, unas cifras que parecen ser muy superiores según informan desde el interior del campamento. Con todo, como apunta Elisabet Saffouri “la clave, la pregunta inmediata que debemos hacernos sobre Shatila es: ¿Por qué sigue existiendo un campamento de refugiados desde el año 1948?”

La precaria situación de los Palestinos en Líbano no se reduce a Shatila

En Líbano están registrados más de 500.000 refugiados, representando los refugiados de Palestina cerca del 10% de la población de Líbano. Según el informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados de 2016, en general la calidad de vida de los palestinos en Líbano, al igual que ocurre con los sirios, es mala.  Ello, como apunta Youssef Bouajaj, responde a toda una serie de cuestiones entre las que se encuentran la negación del país a otorgar terreno para la ampliación de los campos de refugiados superpoblados; la imposibilidad de los refugiados de tener propiedades, acceder a servicios públicos y dedicarse a trabajos liberales en campos como la educación, medicina o el derecho , así como la ausencia de  derechos laborales. En este sentido  La UNRWA denuncia que los refugiados palestinos tienen dificultades para trabajar, que el 90% están bajo el umbral de la pobreza y un 95% tienen dificultades para acceder a la alimentación.

En este sentido, uno de los principales problemas que impiden que la situación a la que se enfrentan los palestinos cambie es el desconocimiento y banalización de esta realidad en el resto del mundo. Como afirma Elisabet Saffouri, “a la palabra palestino se le ha añadido la de “refugiado” y se repite mecánicamente sin que se cuestione lo trascendental: ¿por qué son refugiados?, ¿por qué no pueden dejar de serlo si ellos lo ansían por encima de todo, y si la legislación internacional reiteradamente lo ha exigido? Los refugiados palestinos del Líbano siguen reclamando el derecho de retorno reconocido por las Naciones Unidas. La cuestión, entonces, está en por qué no se aplica”.

Junto a lo anterior se encuentra su catalogación como amenaza. En esta línea, Saffouri denuncia que desde las Administraciones globales con poder de decisión, los refugiados son vistos “como amenaza, estorbo incómodo y carga económica, todo a la vez”. “En cuanto a la ciudadanía… ahí cada cual debería despojarse del matiz que considere políticamente correcto y alzar su voz. Porque “los otros”, los refugiados, somos todos”, apunta. 

El arte como vía para la preservación de la identidad palestina

En los campos de refugiados el arte urbano se ha convertido en la vía para mantener la identidad y ejercer la resistencia. En este sentido, Mohammad Daher afirma que “No hay muchas maneras de resistir, por lo que los murales crean conciencia y son nuestra forma de resistencia”. En este campamento las paredes acogen símbolos nacionales palestinos como la mezquita Al-Aqsa en Jerusalén, mapas y banderas de Palestina y retratos de Yasser Arafat, entre otros.

En Shatila, Abu Marwan, ha realizado varios murales y pinturas que reproducen monumentos en Jerusalén y conmemoran la intifada palestina en Shatila. En este sentido, afirma que «[p]ersonalmente no tengo esperanza, pero [pinto] porque quiero que nuestros hijos sepan cuánto sufrimos y que recordemos nuestros pueblos y nuestra tierra». 

El arte como denuncia ha pasado las fronteras de los campos de refugiados llegando a ciudades europeas que hacen de este una vía para la causa palestina, que no deja de ser una de las muchas causas que unen a los defensores de los derechos humanos. En España destaca en la actualidad HOME, un proyecto que busca preservar la identidad de los refugiados palestinos a través del arte y la cultura, y que organizó un evento en la Nau Bostik (Barcelona) el pasado 20 de abril de 2018 donde MENAnalisis tuvo la oportunidad de estar presente.

Una ciudad palestina en os muros de Shatila. Un grupo de artistas palestinos e internacionales realizaron varios murales para conmemorar la masacre de Sabra y Shatila de 1982 (MEE / Marta Vidal)
Una representación de las tradiciones y pueblos palestinos en un muro de Shatila (MEE / Marta Vidal)

Sobre HOME

“¿Qué es el hogar (home)? El hogar es la tierra, la familia, la religión, el género, la comunidad nacional imaginada… El hogar puede estar en todas partes porque lo conforman todos los elementos que definen la identidad del individuo y la comunidad. El hogar es, pues, un concepto subjetivo, ya que la identidad depende de la perspectiva que se tome”.

Con esta premisa, en su evento del 20 de abril de 2018, el proyecto Home nos incitaba a reflexionar sobre el hogar, la identidad, y su realidad flexible y mutable, mediante la exposición de diversas piezas artísticas y actividades culturales. Todo a partir de los refugiados palestinos, un colectivo que entre otras cuestiones ha de enfrentarse a la lucha por la preservación de su identidad, su hogar.

Desde HOME se definen como “ un proyecto benéfico enfocado a los refugiados palestinos del campamento de Shatila y a través de una organización concreta del campamento (Majd del Korom)”. Afirman que sus objetivos “[…]han sido discretos. En lo posible, crear consciencia y dar a conocer las terribles condiciones de vida dentro de Shatila, al mismo tiempo que acercarnos a los más jóvenes del campamento a través de un proyecto cultural y de creatividad artística”.

En cuanto a la cantidad recaudada servirá, como ellos mismos explican en su web, para que la ONG Majd del Korom, que organiza actividades culturales, talleres y espacios de creación artística y libre en el campo de refugiados de Shatila, desarrolle un nuevo proyecto con el fin de reivindicar y seguir modelando la identidad de las personas palestinas.

Como hemos mencionado, MENAnalisis tuvo el placer de asistir al evento, formando parte del proceso de reflexión sobre aquello que llamamos hogar. La primera obra en la que fijamos nuestra mirada fueron las instantáneas del fotógrafo Agostino Amato sobre la vida en Kobane, la población kurda situada en el lado sirio de la frontera con Turquía después de la expulsión del autodenominado Estado Islámico. Llama la atención observar cómo la destrucción presente en los edificios y calles, y que esta no suponga un freno para todos aquellos residentes que se habían quedado o que deciden volver a su hogar, para reconstruirlo, vivir y educar a las nuevas generaciones [imágenes 1 y 2]. Justo al lado nos encontramos con la obra de Mira Chelala, harapos reciclados y diseñados que recrean las texturas y los colores de los muros de Beirut, en los que la guerra –las balas, el fuego, la artillería− dejó su huella [imágenes 3 y 4]. La artista consigue transportarnos a aquella época oscura del Líbano, en la que la guerra indudablemente marcó y reformuló el hogar y por tanto la identidad de los que la sufrieron.

FOTOGRAFÍA 1
FOTOGRAFÍA 2

En otro espacio de la Nau Bostik, una combinación de esculturas de arcilla y fotografía de la artista Melle Skärfstad consiguen evocarnos la fragilidad del cuerpo humano, y sus infinitas interpretaciones –especialmente sobre el cuerpo femenino –  [imágenes 5 y 6]. A la derecha, una muestra de la serie fotográfica –que incluye un foto-film que se proyectó al final del evento− “I am 14” de la fotógrafa Benedicte  Vanderreydt, nos muestra las semejanzas y diferencias de la vida adolescente de tres chicas de origen distinto –Bélgica, Congo y Palestina− que miran directo a la cámara, como si de un espejo se tratara [imágenes 7, 8 y 9]. Y justo al lado de esta última pieza, nos espera la actividad más aclamada. Se trata de una propuesta de realidad virtual interactiva en la que nos adentramos en una parte, por desgracia habitual, de la vida del percibido como inmigrante: el racismo de aquellos que se consideran los autóctonos, que se transforma en prejuicios, discriminación laboral o agresiones.

Por último, no podemos ignorar la música, otro de los aspectos fundamentales que crean y transforman nuestra identidad. En este caso, en el evento nos acompañaron el fantástico grupo de instrumentistas de cuerda Cordaire Ensemble [imagen 11], el DJ Nabil Saffouri, y los cantautores y guitarristas Davy Lyons [imagen 12] y Rasha Nahas [imagen 13].

No nos queda si no dar la enhorabuena a Elisabet Saffouri y Firas Safieddine por haber elaborado el proyecto HOME, y haber organizado el evento con el mismo nombre. Una muy buena experiencia que invita a reflexionar sobre los distintos factores que juegan en el proceso de construcción de identidades, un trabajo que  ha dado sus frutos, y contribuirá en la tan necesaria reivindicación de la identidad de los refugiados palestinos. Como la propia Elisabet Saffouri apunta “solamente el no hacer nada lleva al fracaso”.

Bibliografía esencial:

Ayestaran,M., 2008. Sabra y Shatila, mikelayestaran.com, 16 septiembre. Disponible en: http://www.mikelayestaran.com/sabra-y-shatila/ [Consultado 5 mayo 2018].

Benatti, B., y  Kattan, S.R., 2017. The Entangled History of a Refugee Camp. Actors, programs and urban spaces in Nahr el Bared 1949-2016 [Tesis Doctoral].  Milán: Politecnico di Milano. Disponible en: https://www.politesi.polimi.it/handle/10589/134250 [Consultado 3 mayo 2018].

Cohen, S., 2010. Israel’s Assymmetric Wars, New York: Palgrave MacMillan

Shahid, L., 2002. The Sabra and Shatila Massacres: Eye-Witness Reports, Journal of Palestine Studies, Vol. 32, Núm. 1 (Otoño 2002), pp. 36-58, DOI: 10.1525/jps.2002.32.1.36

UNRWA, s.f. Shatila camp, UNRWA. Disponible en: https://www.unrwa.org/where-we-work/lebanon/shatila-camp [Consultado 3 mayo 2018]

Vidal, M., 2017. Palestinian refugees use street art to keep hope alive, Middle East Eye, 14 septiembre. Disponible en: http://www.middleeasteye.net/in-depth/features/palestinian-artists-fight-against-effacement-refugee-camps-lebanon-1853516309 [Consultado 5 mayo 2018].

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Los refugiados sirios en la región MENA

Los refugiados palestinos, 70 años de injusticia

Los refugiados palestinos, 70 años de injusticia

Por Youssef Bouajaj Hadiq

Refugiados palestinos
Palestinos en 1948 expulsados de sus casas por Israel. Fuente: AFP/Getty Images

Se cumplen 100 años de la Declaración Balfour, donde el ministro de exteriores británico Arthur Balfour prometió al Barón Rothschild que apoyaría la creación de un Estado para los judíos en Palestina. Una demanda que provenía del movimiento sionista, el cual ante el aumento del antisemitismo en Europa vio la necesidad de crear un Estado para garantizar la seguridad de los judíos. La promesa se hizo sin tener en cuenta que Palestina ya contaba con una población propia, de la cual el 90% era árabe. La declaración se hizo en medio de la Primera Guerra Mundial, donde el Reino Unido alentó a los árabes a que se rebelarán contra el Imperio Otomano, con la promesa de que darían apoyo a unos Estados árabes independientes. Sin embargo, Reino Unido y Francia pactaron en secreto el acuerdo Sykes-Picot, donde acordaron establecer zonas de influencia en las posesiones otomanas dentro del Mundo Árabe.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, Palestina quedó bajo control británico. Los judíos, ante la promesa del Reino Unido de otorgarles un Estado, empezaron a llegar a Palestina. Estos pertenecían a clases pudientes y gozaban de una buena educación, lo que les permitió prosperar. Una cuestión que generó animadversión en los palestinos, muchos de ellos en la pobreza, dando lugar a las primeras tensiones entre árabes y judíos.

Fuente: elaboración propia a partir de datos de The immigration cycle in Palestine and Israel, 1919–1954

Durante los años treinta y cuarenta, los judíos en Europa sufrieron el ascenso de Hitler que mató a 6 millones. El holocausto judío convenció más a los sionistas de la necesidad de tener un Estado propio y la inmigración hacia Palestina aumentó. Por su parte, los palestinos estaban en contra de que por culpa de los errores de los europeos, tuvieran que pagarlo renunciando a Palestina.

El Reino Unido se mostró incapaz de poner fin a la violencia entre judíos y árabes. Así, las Naciones Unidas asumieron el problema y propusieron un plan de partición que era favorable a los judíos. En 1947 había 608.000 judíos que poseían el 10,6 por ciento de la tierra de Palestina, mientras los musulmanes eran 1.100.000 de personas y controlaban el 89,4% del territorio. El plan de la ONU otorgaba el 56,5% de las tierras a los judíos y el 43,5% a los árabes. Tras la retirada de Reino Unido de Palestina, el 14 de mayo de 1948 nació el Estado de Israel. La milicia israelí Haganah, creada en 1920 para proteger a los inmigrantes judíos, tuvo un papel muy destacado en la consolidación y expansión del Estado judío. Formada por 35.000 personas, de las cuales 20.000 tenían experiencia en la Segunda Guerra Mundial, venció en la guerra de 1948 contra los Estados árabes de Egipto, Jordania, Siria e Irak.

Expansión de Israel en los territorios palestinos
Expansión de Israel en los territorios palestinos Fuente: Graphic News

La guerra del 1948 tuvo como consecuencia la expansión de las fronteras de Israel que pasó a controlar 20.850 kilómetros cuadrados del total de 26.323 de la Palestina histórica y la expulsión de 700.000 palestinos. Los refugiados palestinos huyeron a distintas zonas de la región: 70.000 a Jordania, 97.000 a Líbano, 75.000 a Siria, 200.000 a la Franja de Gaza, 280.000 en la Palestina ocupada por Jordania y 31.000 a Israel.

El éxodo de los palestinos de su tierra es referido por ellos como la Nakba, que en árabe significa la catástrofe. Las razones que llevaron a la huida forzosa son: 1) el miedo que infundían las fuerzas israelíes por su violencia como quedó claro en la matanza que perpretaron en el pueblo de Deir Yassin en 1948, donde murieron 100 palestinos. 2) Durante la guerra de 1948, el ejército de Israel expulsó por la fuerza a palestinos para expandir las fronteras del nuevo Estado israelí; y 3) Los ejércitos árabes pidieron a los palestinos que abandonaran sus casas para facilitar el ataque.

Antes de finalizar el conflicto, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución 194, donde reconocía el derecho al retorno de los refugiados palestinos que quisieran regresar a sus hogares y compensar aquellos refugiados que no desearan volver. Más de 70 años después, los refugiados palestinos siguen sin poder volver a sus hogares.

 

La Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Medio

La Agencia de Naciones Unidas para los refugiados de Palestina en Oriente Medio (UNRWA) nació en 1949 para dar apoyo de emergencia e iniciar programas de asistencia social a los refugiados palestinos. La UNRWA define como refugiados palestinos aquellas personas que vivían en Palestina entre el 1 de junio de 1946 y el 15 de mayo de 1948 y que perdieron su hogar y su modo de vida por culpa de la guerra del 1948. Asimismo, los descendientes de los refugiados palestinos de sexo masculino también son considerados refugiados.

El mandato actual de la UNRWA es proveer servicios de educación, salud, servicios sociales, protección de Derechos Humanos y actuar en situaciones de emergencia a los más de 6 millones de refugiados y desplazados palestinos de la guerra del 1967, que viven en los campos de Jordania, Líbano, Siria, Cisjordania, y la Franja de Gaza.

En cuanto a la situación de los refugiados palestinos, cabe destacar que no es homogénea, difiere según el país de destino. En el caso de Líbano la calidad de vida de los palestinos es mala según apunta el informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados de 2016. Una situación que responde a distintas cuestiones. Por un lado, Líbano no otorga más terreno para ampliar los campos de refugiados que se encuentran sobrepoblados. Por otro, los refugiados no pueden tener propiedades, no tienen acceso a servicios públicos, no tienen derechos laborales y no pueden dedicarse a trabajos liberales en campos como la educación, medicina o el derecho. Aquí, las autoridades libanesas justifican no mejorar la situación de los Palestinos, para no comprometer su derecho de retorno a Palestina. Muchos campos de la UNRWA tienen controles de seguridad que limitan la libertad de movimiento en momentos de crisis.

Situación de los campos de refugiados de la UNRWA
Situación de los campos de refugiados de la UNRWA Fuente: Agence France-Presse

Pese a lo anterior, los refugiados palestinos de Gaza son los que tienen peores condiciones de vida. Desde la victoria del partido islamista Hamas en las elecciones de 2006, Israel impone un bloqueo por tierra, mar y aire que convierte a Gaza en una prisión. Además, la población civil ha sufrido ataques devastadores por parte del ejército de Israel, los cuales han dejado miles de muertos y destruido las infraestructuras. Tal como apunta la UNRWA, en Gaza el 80% de la población depende de la ayuda internacional, el paro es del 40% y 1 millón de refugiados palestinos dependen de la UNRWA para comer.

En el caso de Jordania, hay un trato diferencial hacia los refugiados palestinos. Los palestinos llegados en 1948 tienen la nacionalidad jordana y acceso a todos los derechos. Por el contrario, los palestinos llegados a Jordania tras la guerra de 1967 procedentes de Cisjordania y Gaza, no tienen nacionalidad y tienen un pasaporte temporal que han de renovar cada dos años. Tampoco pueden trabajar en el sector público, sólo en el privado. Pese a que los palestinos sin nacionalidad pueden acceder a servicios públicos de sanidad y educación, han de pagar un plus como si fueran extranjeros. Además, el tener un permiso de residencia de 2 años limita mucho su libertad de expresión porque las autoridades pueden castigar con no renovar el pasaporte a aquellas voces críticas.  

 

La condición de doble refugiados

Más allá de no poder volver a su tierra y de sufrir unas malas condiciones de vida, miles de refugiados palestinos también han sufrido la situación de ser doblemente refugiados, al verse obligados a huir de nuevo. El primer caso de palestinos que tuvieron que huir por segunda vez fue después de la Guerra de los Seis Días, donde más de 250.000 palestinos, muchos de ellos desplazados de la guerra del 1948, huyeron de Gaza y Cisjordania hacia países vecinos como Jordania.

En 2003, tras la invasión americana de Irak, la vida de los 30.000 palestinos empeoró considerablemente debido a que las milicias chiís los detenían, torturaban y mataban de forma arbitraria. Según Human Rights Watch, los palestinos eran acusados de tener muchos privilegios durante el gobierno de Saddam Hussein, así como de estar vinculados con las fuerzas insurgentes que luchaban contra los Estados Unidos y los grupos chiitas (algunos miles pudieron huir a Siria).

En la actualidad, quedan 4.000 refugiados palestinos en Irak, los cuales se enfrentan a una situación difícil debido a la decisión del Gobierno iraquí de quitarles derechos y acceso a servicios públicos. Por su parte, los refugiados palestinos en Siria están sufriendo la guerra de Siria, lo que les ha llevado a huir a otros lugares donde la situación vuelve a ser complicada. Según datos de la UNRWA, antes del conflicto civil en Siria había 560.000 refugiados palestinos. Ahora más de 100.000 han huido hacia el Líbano, Jordania y Europa. La situación de los palestinos de Siria en el Líbano es muy complicada. La UNRWA denuncia que tienen dificultades para trabajar, que el 90% están bajo el umbral de la pobreza y un 95% tienen dificultades para acceder a la alimentación.

 

La cuestión del derecho al retorno

Setenta años después de la Nakba, los refugiados palestinos siguen sin poder ejercer su derecho de retorno a Palestina. Pepijn Van Houwelingen en su artículo “¿No retorno = No paz? El problema de los refugiados palestinos y la solución de los dos Estados en un contexto regional”, muestra cual es la postura de los principales actores sobre el retorno de los palestinos. Aquí, resulta interesante centrarse en el caso de Israel, quien ve como una amenaza a los palestinos en el exilio, ya que si volvieran supondrían un problema para la existencia del Estado. El parlamento israelí aprobó en 2001 una ley que previene al Gobierno intervenir en materia de refugiados palestinos sin el consentimiento del parlamento.

Por su parte, la Autoridad Palestina ve el derecho al retorno como un derecho impracticable que dificulta cualquier acuerdo con Israel. En esta línea, en los acuerdos de Oslo, el asunto de los refugiados no fue incluido.

En cuanto a los refugiados de fuera de los territorios palestinos, estos ven imposible que en un improbable acuerdo de creación de dos Estados, Gaza y Cisjordania, muy superpobladas, pudieran absorber a más de 3 millones de personas. Por lo tanto, los refugiados se encuentran en un limbo donde Israel, la Autoridad Palestina y los Estados Árabes los ven como un problema sin solución.

Este artículo nos lleva una vez más a reflexionar sobre la concepción del refugiado como amenaza, tal y como ocurre con el caso de los refugiados sirios. Se trata de una situación que parece perpetuarse en el tiempo gracias a un discurso en el que queda securitizada y definida como problema, cuando en realidad no son sino víctimas de una ocupación, de una guerra.

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LOS REFUGIADOS SIRIOS ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images

LOS REFUGIADOS SIRIOS, ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Por Airy Domínguez Teruel

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images
Fotografía original: Bulent Kilic/Agence France-Presse

La inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi sería la mecha que encendería la oleada de movimientos sociales que impregnaron la región MENA la primavera de 2011. Un contexto en el que Siria destacaría, no únicamente por la salida a la calle de cientos de miles de personas en búsqueda de reformas y mayores cuotas de libertad, sino por la violenta respuesta del régimen. Los esperados cambios políticos serían sustituidos por una extrema represión por parte del presidente Bashar al-Assad, quien viendo peligrar su privilegiada posición recurriría al sectarismo[1] para confrontar a la sociedad siria y asegurar su permanencia en el poder. De este modo, las protestas se militarizaron dando lugar a un enfrentamiento civil del que se cumplen más de seis años. Un conflicto que ha provocado la mayor emergencia humanitaria desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con más de 5 millones de refugiados, 8 millones de desplazados internos y más de 400.000 víctimas mortales (CEAR, 2017).

Asimismo, la respuesta de al-Assad y la militarización del conflicto han ido acompañadas de la restricción tanto del acceso a la ayuda humanitaria como de productos básicos. Con ello, el régimen consigue dejar a la población al límite de su resistencia, lo que deriva en tres consecuencias, a saber, el aumento del número de refugiados y desplazados; la obtención del control sobre algunos territorios estratégicos por el régimen, y la puesta en evidencia de que el humanitarismo es para los poderosos una labor política. En relación a la última idea, hay que tener en cuenta que la toma de decisiones de los organismos internacionales en torno a las intervenciones humanitarias no sólo responde a la gravedad de la situación o accesibilidad de la zona destinataria de ayuda, sino también de las estrategias que los actores del conflicto lleven a cabo dentro del territorio en disputa (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 369-370)[2]

Desde los inicios del conflicto en 2011, han llegado a Europa en torno a un millón de desplazados sirios – bien como solicitantes de asilo o como refugiados – [3], una situación que se ha traducido en un duro revés para el continente. Ante la llamada “crisis de los refugiados”, Europa respondió con una estrategia cuyo fracaso ha sido públicamente reconocido.

Refugiado Convención

Entre las acciones mas destacables de la UE en materia de refugiados se encuentran el acuerdo con Turquía y la política de reparto. El acuerdo UE-Turquía entró en vigor en marzo de 2016, fruto de la reunión de los dirigentes europeos en Bruselas donde, saltándose sus obligaciones internacionales, acordaron que toda persona que llegara de forma irregular a las islas griegas sería devuelta a Turquía – incluidos los solicitantes de asilo –. Por su parte, Turquía recibiría una ayuda de hasta 6.000 millones de euros para atender a los refugiados que acogía en su seno, las personas de nacionalidad turca podrían viajar a Europa sin visado y, tras el descenso en el flujo de llegadas irregulares, se activaría un programa humanitario para trasladar a personas sirias de Turquía a países europeos. El resultado fue, a grandes rasgos, la dudosa protección de parte de los refugiados por Turquía y una comunidad refugiada atrapada en las islas griegas bajo míseras e inseguras condiciones (Gogou, K., 2017). Además del incumplimiento de sus dos principios fundamentales, pues ni ha habido expulsiones masivas de Grecia a Turquía, ni se han abierto vías legales y seguras desde Turquía a la UE (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017).

Por su parte, la política de reparto de refugiados que constituía la espina dorsal de la respuesta europea para la reducción de la crisis, manifestaba su fracaso el pasado septiembre de 2017. Así, de los 1,4 millones de migrantes que llegaron a las costas mediterráneas entre 2015 y 2016, el reparto solo alcanzó a 160.000, de los cuales finalmente solo fueron distribuidos 29.144 candidatos (Abellán, L., 2017). Unos decepcionantes resultados que responden a la falta de voluntad política de gran parte de los Estados europeos. 

Pese al papel de Europa como receptor de refugiados, la mayor parte de estos no se encuentran dentro de sus fronteras, sino que, como muestra el Gráfico 1, se hallan en los países limítrofes, siendo Turquía , Líbano y Jordania los receptores más destacados. Alrededor de tres millones están registrados en Turquía; mientras que Líbano ha acogido a más de un millón, convirtiéndose en el país con el ratio más alto de refugiados por habitante —183 por cada 1.000 residentes—. En torno a un millón se marchó a Egipto, Irak o Jordania – siendo Jordania el mayor receptor – (Delle Femmine, L., 2017). 

Fuente: Pew Research Centre

Ante estos movimientos masivos de población y su extensión en el tiempo, la cuestión de los refugiados ha sido securitizada [4]. Estos son tratados como una amenaza para la seguridad societal, un problema o, como afirmaba el sociólogo Zygmunt Baumann, “residuos humanos […] fuera de lugar” en las sociedades a las que migran (Zygmunt B, 2004:16).

La aparición, a nivel legal, del refugiado como concepto y problema se remonta a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, que se propuso hacer frente a la situación de los refugiados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, así como a las expulsiones masivas producidas tras la guerra en la URSS y en países de Europa del Este (González, C., 2017). Para ello se determinó un cambio de actitudes y prácticas en los procesos de toma de decisiones bajo un modelo multilateral – consideraba la aceptación de acuerdos sobre temas de seguridad, derechos humanos, desarrollo y las responsabilidades para los países que la ratificaron –.

Dicha Convención cuenta con una serie de características que pueden derivar en consecuencias negativas para los refugiados. En este sentido, el ordenamiento legal internacional vigente reconoce un sistema de Estados-nación que se basan en su soberanía a la hora de abordar este “problema”. Es decir, la Convención no asegura ni la mejora de las condiciones de los refugiados ni obliga a su aceptación, dando a los países la libertad de definir quién puede ser susceptible de recibir el estatus de refugiado en función de sus intereses de seguridad, sus preferencias y sus leyes (Ghotme , R., y García Sicard, N., 2016: 367). Además, como afirma la investigadora Carmen González Enriquez, se trata de una regulación obsoleta, no cuenta con la firma de todos los países, las normas no abordan la cuestión de cómo financiar la atención a los refugiados – principal problema para el cumplimiento de la Convención – y fue diseñada para resolver una crisis acotada en un tiempo y un espacio, presentándose en la actualidad como el marco para gestionar un problema permanente que traspasa fronteras.

IMPACTO REGIONAL: los casos de Turquía, Líbano y Jordania.

Los casos de Turquía, Líbano y Jordania, sirven para exponer tanto la situación en la que se encuentran los refugiados sirios en la región, así como el papel que juega la securitización o consideración de estos como amenaza – tanto por parte de los Estados, como por parte de la población –. Pues, estos tres países comparten frontera con Siria y reciben un número importante de refugiados.

Turquía:

Turquía cuenta con unos 3´4 millones de refugiados sirios, los cuales se encuentran asentados fundamentalmente en Estambul, Mersin, Adana, y el sudeste del país – donde se encuentran la mayoría de los campos de refugiados – .

Se trata de uno de los países signatarios de la Convención de Refugiados de 1951, aunque ha conservado las restricciones geográficas originales de la misma. Así, sólo se les concede el estatus de refugiado a quienes buscan asilo como resultado de los acontecimientos en Europa. Aquellos que huyen de la persecución de otros países son percibidos como ‘refugiados condicionales’, y aceptados bajo la condición de que estén transitando hacia un tercer país en el que asentarse.

Sin embargo, ante la crisis de refugiados sirios Turquía ha introducido un nuevo estatus legal nacional para estos solicitantes de asilo, incluida la concesión de ‘protección temporal’ y la introducción de un restricción temporal y geográfica (HPG, 2017: 9).

En lo que a la actuación de las autoridades se refiere, durante los primeros meses de la crisis siria Erdogan decidió optar por una posición mediadora. Así, buscaría el diálogo entre Assad y el pueblo sirio, alentándole a realizar reformas con cierto éxito[5]. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos provocaría que la propia Turquía padeciese las consecuencias del enfrentamiento, al tener que hacer frente, en otras cuestiones, al flujo de ciudadanos sirios que se instalaron dentro de sus fronteras (Meneses, R., 2013: 131). Ello se tradujo en un gran reto para el gobierno turco quien, desde entonces, ha liderado la coordinación e implementación del apoyo a los refugiados dejando un espacio limitado para la intervención de otros actores – incluidos la sociedad civil local, cooperativas comerciales, agencias humanitarias –. Todo dentro de un contexto de agitación política, lucha contra el Estado Islámico, y reavivación del conflicto con los kurdos. Entre las acciones más destacadas se encuentra el ya mencionado acuerdo con la Unión Europea de una serie de medidas para reducir la llegada de refugiados a Grecia. Cuestión que ha permitido la deportación de cerca de 2000 personas, reduciéndose las expulsiones a la mitad en 2017, al tiempo que las fronteras orientales de la Unión Europa parecen prácticamente selladas (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017) .

Respecto a la situación de los refugiados sirios en el país, esta ha sido mundialmente cuestionada debido a las precarias condiciones laborales y de vida que han de sufrir. En el campo laboral, las estimaciones apuntan a que entre 750,000 y 950,000 sirios trabajan en el sector informal, mientras que los sirios con permisos necesarios para encontrar empleo formal descienden a 15.000. Una situación que responde a múltiples cuestiones, entre ellas, el bajo nivel educativo y la escasa cualificación de quienes permanecen en tierras turcas; el desconocimiento de la lengua vehicular; y las barreras burocráticas que disuaden a los empresarios sirios de establecer empresas formales (International Crisis Group, 2018). En esta línea, la frustración general de la mayoría de los refugiados sirios en el país es la precariedad laboral – un trabajo mal pagado[6], no cualificado y sin protección –. Junto a ello se encuentran situaciones de acoso y maltrato generalizadas (HPG: 22)[7].

En cuanto a los medios de subsistencia de los refugiados, en Turquía se podría hablar de tres grupos. En primer lugar estaría aquel centrado en la supervivencia (aquellos que se encuentran en situación de extrema pobreza, con limitadas redes de apoyo, que luchan para cubrir sus necesidades básicas). En segundo lugar, aquellos situados en el centro (refugiados con algún tipo de ingreso o apoyo que les permite satisfacer parte importante de las necesidades de subsistencia, pero que resulta insuficiente vivir segura y cómodamente). En tercer y último lugar estarían los refugiados enfocados en la integración (estables a nivel económico y con un capital social, lingüístico y educativo fuerte). Lo anterior, sirve para poner de manifiesto la diversidad de prioridades, objetivos y aspiraciones de los refugiados (HPG: 33), a quienes se suele considerar como una masa homogénea que difiere mucho de la realidad.  

Junto a estas dificultades, se encuentra el progresivo recrudecimiento de las tensiones entre las comunidades de acogida y los refugiados sirios. Estas quedan reflejadas en la triplicación de los enfrentamientos violentos en la segunda mitad de 2017[8] y en la muerte de al menos 35 personas. Una violencia que se revela con mayor intensidad en las zonas metropolitanas de Estambul, Ankara e Izmir, donde los sirios son percibidos como una amenaza tanto a nivel político como económico. Aquí, cabría recurrir de nuevo a la concepción de refugiado como problema, aunque esta vez desde el punto de vista de la propia sociedad. Asimismo, una de las cuestiones más preocupantes de la comunidad de refugiados sirios es la situación que sufren los menores de edad. En este sentido, 370.000 de casi un millón de niños sirios en edad escolar no están inscritos y alrededor de 230.000 asisten a los centros de educación temporaria o TECs (International Crisis Group, 2018).

Líbano

Desde los inicios de la guerra, Líbano se ha presentado como país receptor de refugiados sirios llegando a contar con 1´5 millones, el equivalente a un 25% de su población. Una cifra que en la actualidad, se estima, ha descendido a menos de un millón, de los cuales la inmensa mayoría se encuentra asentada en las provincias de Bekaa, Monte Líbano y Líbano Norte.

En el caso de Líbano, al igual que ocurre en Jordania, se trata de un país no signatario de la Convención del Estatuto de los Refugiados de 1951, lo que se traduce en importantes lagunas a nivel de derechos para los refugiados, quienes ni siquiera son referidos como tales en el país.

Si bien la dinámica del gobierno en los inicios no destacó por la facilitación del camino de los refugiados ni por la expulsión de los mismos, en el transcurso del tiempo se ha ido imponiendo el discurso de los refugiados como amenaza para la seguridad. El punto de inflexión lo encontramos con la toma de la ciudad de Arsal por el Estado Islámico (EI), y otros grupos afines, en agosto de 2014. A partir de ahí, el Estado libanés comenzó a plantear restricciones al acceso desde Siria, entrando en enero en vigor las actuales condiciones de entrada para los sirios. De este modo, las autoridades iniciaron la implantación de un sistema de acceso que en su mayor parte no atiende a la situación de conflicto. En él se establecen distintos tipos de visados – turismo, negocios, estudios, tránsito, estancia médica, etc. –, para cuya obtención se ha de presentar una documentación de difícil obtención. Junto a esta vía de acceso existe la opción de entrar mediante la “esponsorización” por parte de un libanés.

A las dificultades de consecución de visados hay que añadir las exigencias extraordinarias para la renovación de los permisos de residencia, entre ellas se encuentran el pago de 200 dólares anuales por cada persona mayor de 15 años; la acreditación de un patrocinador libanés – persona física o jurídica – y presentar el certificado de alquiler de una vivienda (González-Úbeda, M., 2017: 4 -5). Aquí, cabe detenerse en la cuestión del patrocinio o “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo.

Otra de las medidas tomada por las autoridades libanesas ante la llegada de los refugiados, ha sido la orden dada a la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados de dejar de registrar nuevos casos. Esto se traduce en la imposibilidad de otorgar el estatus de recién llegados como refugiados por ACNUR (Reidy, E., 2018). Además, las autoridades libanesas se han cerrado a la posibilidad de crear campos de refugiados, aunque se han creado algunos de manera improvisada.

La consideración de los refugiados como amenaza a calado igualmente en la población libanesa, que los considera un problema frente a la estancada economía y los débiles servicios públicos del país, así como un posible foco para la proliferación del radicalismo[9]. Una cuestión que repercute en la calidad de vida de los refugiados pero que ha de ser entendida dentro de un contexto. La creciente hostilidad hacia los refugiados sirios cuenta, en el caso libanés, con raíces profundas. Las tropas sirias ocuparon el Líbano desde 1976 hasta 2005 [10], cuestión que ha quedado reflejada en las facciones políticas del Líbano, las cuales se encuentran divididas entre los que apoyan a Assad y los que se posicionan en su contra. Junto a ello se encuentra el temor a que la afluencia de un gran número de refugiados sirios – mayoritariamente sunitas – se altere el débil equilibrio sectario en la base del sistema político libanés[11] (Reidy, E., 2018). Asimismo, Líbano se presenta como veterano a la hora de acoger refugiados, pues no hemos de olvidarnos de la comunidad palestina en Líbano, quien fue obligada a abandonar su tierra en 1948.

Por último, cabría mencionar la precariedad laboral favorecida por la ya mencionada “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo. Junto a ello se encuentra la nefasta situación de los menores, quienes sufren explotación laboral y se enfrentan a importantes dificultades para acceder a la educación. Antes del estallido de la guerra, el 94% de los niños y adolescentes asistían a clases de primaria y secundaria en Siria. Ahora, en Líbano, de la población refugiada menor de 18 años – 49,1% de los sirios en el país – sólo el 40% recibe educación (González-Úbeda, M., 2017: 8).

Jordania:

En Jordania viven en torno a 1´3 millones de refugiados sirios, el 77% de los cuales se encuentra en las zonas fronterizas de Irbid y al-Mafrag, así como en Ammán – la capital –. Según datos de ACNUR, más de 650.000 se encuentran registradas en el país.  A diferencia de las autoridades de otros países, el gobierno jordano se ha posicionado como coordinador en lugar de como implementador de la respuesta a la cuestión de los refugiados (HPG, 2017: 63). Como se señalaba en párrafos anteriores, se trata de un país no signatario de la Convención de 1951, pero ACNUR puede operar en virtud de un Memorando de Entendimiento (MoU) de 1998 con el gobierno. Pese a ello, el gobierno ha rechazado la terminología de “refugiado” de ACNUR, pasando a hablar de “invitados” – carente de significado legal –, con lo que los sirios se encuentran de este modo dentro de un marco legal ambiguo (HPG, 2017: 23).   Al igual que Líbano, en los inicios Jordania mantuvo una política de fronteras abiertas hacia los sirios. En este sentido, Human Rights Watch (HRW) señala que “[h]asta mediados de 2013, Jordania permitió a los sirios entrar a través de todos sus cruces fronterizos informales en el este y el oeste, aunque negó la entrada a muchos hombres sirios que cruzaban sin parientes, refugiados palestinos de Siria y personas indocumentadas” (Human Rights Watch, 2015). Sin embargo, 2013 será el punto de inflexión, pues desde entonces las dificultades de acceso a territorio jordano fueron aumentando hasta el cierre total de las fronteras (González-Úbeda, M., 2017:3).  

Si bien Jordania reconoce el estatus de refugiado a quienes huyen del conflicto, al no haber firmado la Convención del Estatuto de los Refugiados las autoridades no están vinculadas a las obligaciones a las que, según establece la Convención, debe hacer frente el país de acogida. Aquí, quienes llegan desde Siria, ya sea a través de pasos fronterizos legales o de forma irregular, son atendidos por ACNUR en alguno de los campos establecidos, y no requieren de visado para entrar, pasando a ser considerados automáticamente refugiados. Asimismo, las autoridades jordanas han permitido la construcción de campos de refugiados – Zaatari, Mrajeeb al-Fahood, Cyber City y Al-Azra –. Cabe señalar, que pese a la existencia de estos campos, sólo el 20% de los refugiados en Jordania se encuentra asentado en ellos, siendo en el caso de las mujeres sin la compañía de un hombre, debido a la inseguridad de los mismos – los casos de violaciones y matrimonios infantiles se han disparado – (González-Úbeda, M., 2017: 6-8 ).

En referencia a los permisos, quienes se encuentran viviendo fuera de los campos requieren de una autorización legal y de una tarjeta de servicios facilitada por el Ministerio del Interior – para poder acceder a la sanidad y a la educación pública –. Por su parte, a nivel laboral la situación vuelve a ser precaria. Los primeros años, Jordania impidió a la población siria acceder al mercado laboral recurriendo para ello a las altas tasas de desempleo del país – cuestión que cambiará 2016, fruto de un acuerdo con la comunidad internacional – . Ello llevó a la integración de los refugiados en la economía sumergida, y a la disposición a trabajar por escasos salarios y en precarias condiciones, lo que una vez más ha provocado enfrentamientos con los locales.

En línea con lo anterior, en la esfera social, al igual que ocurre en Líbano y Turquía, los refugiados han pasado a ser considerados por muchos locales como la causa de la subida del desempleo, como un problema o una amenaza.

Por su parte, en el campo de la educación los datos mejoran, pero siguen siendo preocupantes. En Jordania, los menores suponen el 51% de los refugiados sirios siendo el porcentaje de escolarización del 70% (González-Úbeda, M., 2017: 9 ).

Conclusiones

En Siria, más de once millones y medio de ciudadanos se han visto obligados a dejar sus casas. En diversos momentos los países vecinos han cerrado sus fronteras, mientras que Israel no se ha dignado a abrirlas. Ello ha provocado que miles de personas se queden atrapadas en la frontera, una situación que junto a otras como las desapariciones, el sufrimiento, las violaciones de derechos humanos, se han convertido en el día a día de aquellos que se han visto obligados a huir del conflicto. Frente a esta situación la comunidad internacional parece haber ensordecido. En este sentido, en 2016 – año con mayores muertes en el Mediterráneo – “[…] la UE no solo rechazó la posibilidad de abrir vías legales y seguras para las personas refugiadas, sino que, además, cerró sus fronteras y […] suscribió un acuerdo con Turquía que vulnera la normativa europea e internacional en materia de asilo” (CEAR, 2017: 26).

Así, los países más cercanos, con una situación socioeconómica ya de por sí complicada, han tenido que enfrentarse al “problema” mientras la comunidad internacional buscaba “alejarlo” y “ solucionarlo” desde la distancia, por medio de una financiación y políticas que se tornan insuficientes. Todo en base a la securitización de una situación que ha permitido que en diversas esferas los refugiados hayan ido dejando su carácter de víctima para pasar a ser vistos como una amenaza, generando la dicotomía del nosotros – nuestra seguridad, nuestro bienestar, etc. – o ellos. Una cuestión que debido al contexto se hace más palpable en países como Turquía, Líbano o Jordania, a los que se ha cargado con la mayor parte de la responsabilidad, la cual sin duda es o habría de ser compartida por toda la comunidad internacional. Quizá, si Occidente se hubiese implicado más en una cuestión que no es sino la garantía de unas condiciones de vida digna de aquellos que huyen de una situación de conflicto, en lugar de aferrarse a sus vallas, el panorama sería distinto.

En defiinitiva, podría decirse que la percepción de los refugiados como amenaza, sumada a otras cuestiones, se ha traducido en el sufrimiento de situaciones de pobreza extrema, inseguridad, abusos, costes psicológicos… Una cuestión que está incidiendo tanto en el presente como en el tiempo venidero, ya que las generaciones futuras no sólo están quedando marcadas por todo lo mencionado, sino que en una parte importante de los casos carecen de acceso a la educación, cuestión que podría afectar gravemente a la capacidad de reconstruir Siria.

NOTAS AL PIE

[1] Esta estrategia de “divide y reinarás” ha intensificado la crisis y las diferencias tanto entre las comunidades sunníes, alauíes, cristianos, como entre los grupos étnicos árabes, kurdos, turcomanos, asirios y circasianos. El objetivo no era otro que infundir el miedo y restringir la conformación de una oposición unificada (GHOTME, R., y GARCÍA SICARD, N., 2016: 369)

[2] La ayuda humanitaria como una herramienta de poder y la intransigencia de los actores armados contribuyen a aumentar el flujo de desplazados. Un ‘problema’ que “[…] se refleja en la dimensión internacional de la guerra civil siria, ya que los campos de refugiados sirios, al “camuflar” militantes o generar desequilibrios sociales, se han convertido en fuentes de inestabilidad en los países de mayor acogida” (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 370

[3] Más de 500.000 sirios llegaron a Alemania pidiendo asilo, lo que sitúa al país germano como el quinto cuanto a población siria desplazada. A este le seguirían Suecia (más de 110.000) y Austria (unos 50.000). Junto a los buscadores de asilo, entre 2011 y 2016 en torno a 24.000 sirios se establecieron formalmente como refugiados en Europa (Connor, P., 2018).

[4] La teoría de la securitización es presentada y difundida con la publicación Security: a new framework of analysis (1998). En dicha obra, Buzan, Waever y de Wilde emplean el término securitización para referirse a aquellos actos de habla efectuados por una autoridad considerada como legítima, que se refiere a una “amenaza existencial” la cual requiere de una medida de emergencia. Un proceso que únicamente se define como exitoso si el discurso es aceptado y validado por la opinión pública.

[5] Entre ellas se encuentra la permisión de retorno de los Hermanos Musulmanes, no así su reconocimiento como partido político.

[6] Los sueldos generalmente son insuficientes para pagar los alquileres y gastos de vida, mantener a la familia y ofrecer a los niños la posibilidad de ir a la escuela. Todo dentro de un contexto de precariedad e inseguridad (HPG: 63).

[7] Para más información véase: Syrian refugees: Abuse and exploitation in Turkish garment factories; Turkey detaining, abusing and deporting Syrian refugees, says Amnesty y Turkey’s Syrian refugee problem spirals out of control.

[8] La violencia entre las comunidades de acogida y la de los refugiados se triplicó en la segunda mitad de 2017 con respecto al mismo periodo del año anterior (International Crisis Group, 2018).

[9] A ello habría que añadir el temor por parte de la sociedad a que los asentamientos sean caldo de cultivo del radicalismo. En este sentido, Sheikh al-Rafei, líder de la comunidad salafista en el Líbano – advirtió que los refugiados que sufran una sensación de dislocación y humillación social podrían ser atacados fácilmente por los reclutadores radicales (di Giovanni, J., 2018)

[10] La periodista Patricia Khoder, del diario de Beirut L’Orient Le Jour, contextualiza la presente situación de rechazo afirmando que tuvieron “[…] treinta años de ocupación siria» y que los sirios no se marcharon hasta después del asesinato de Rafik Hariri en 2005. A razón de lo anterior, Khoder compara la actual crisis de refugiados con un escenario imaginario en la Francia de la posguerra, preguntándose cuál habría sido la respuesta de los franceses si 20 millones de refugiados alemanes hubiesen descendido a París tras de la ocupación nazi (di Giovanni, J., 2018).

[11] Como afirma González Úbeda, “Este debate existe desde hace décadas en torno a los refugiados palestinos, también principalmente suníes. La potencial naturalización de ambos colectivos inquieta al resto de comunidades, al repartirse el poder político en el país en función del tamaño de cada una de ellas” (González-Úbeda, M., 2017: 4).

 

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