Las milicias en Libia, un obstáculo para la paz

Las milicias en Libia, un obstáculo para la paz

Por Youssef Bouajaj y Airy Domínguez

Milicianos que respaldan al gobierno de unidad en Sirte// © Reuters

Llegamos, vimos, él murió”. Así celebró la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, la muerte de Muammar Gadafi, quien durante cuarenta y dos años ejerció el control sobre Libia. Durante las Primaveras Árabes, este país vio levantarse en armas contra el régimen a una parte de la población. Aquí,  la respuesta de Gadafi llevaría a la OTAN a intervenir para hacer cumplir la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que instaba a tomar todas las medidas necesarias para proteger a la población civil de la posible represión de las fuerzas de Gadafi.

En este contexto, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, advirtió que la operación militar tenía que centrarse únicamente en proteger a la población, y de ninguna manera buscar un cambio de régimen. Con ello, el presidente norteamericano buscaba evitar los errores cometidos por Bush durante la invasión de Irak en 2003, donde el intento de establecer una democracia en el país costó la vida de miles de soldados americanos y supuso un enorme gasto económico. Sin embargo, la intervención internacional fue más allá de su misión de proteger a la población civil. Francia, Qatar, Estados Unidos y Emiratos Árabes transfirieron armas a los rebeldes libios, incumpliendo con ello la resolución 1970 del Consejo de Seguridad que imponía el embargo de armas a Libia. Las potencias internacionales consideraron que para proteger a la población civil era necesario armar a la oposición libia, un apoyo que resultó clave para la victoria de los rebeldes.

Siete años después de la caída de Gadafi, Libia es un Estado fallido que cuenta con tres Gobiernos distintos y vive una guerra civil, un contexto que ha favorecido la proliferación de grupos terroristas como el Estado Islámico que encuentran en el país el escenario propicio para su desarrollo. Con todo, puede decirse que, en la Libia post-Gadafi, la transición a la democracia ha fracasado. Una cuestión en la que el papel de las milicias y su capacidad de establecerse como actores dominantes ha sido crucial

¿Qué ha favorecido la consolidación de las Milicias?

Hoy día Libia se encuentra dividida bajo el control de una serie de milicias con intereses contrapuestos, que inmersas en su lucha por el poder han impedido la pacificación del país. Esta es una de las consecuencias más directas de la caída del régimen en 2011, y ha sido posible debido a la existencia de un escenario concreto durante la era Gadafi, así como a la tradición histórica y cultural de los libios.

Libia es el país con más reservas de petróleo en África. Este recurso fue descubierto en 1959, durante el mandato del rey Idris, y permitió que el país pasase de ser uno de los más pobres de África a ser el de mayor renta per cápita de la región. Sin embargo, lejos de recaer en manos libias, fueron las compañías extranjeras quienes dominaron el negocio del petróleo, de manera que sólo una pequeña parte de los beneficios procedentes de este recurso era ingresada en las arcas del tesoro libio. Lo anterior, enmarcado en un ambiente donde el panarabismo crecía y el descontento político y social se avivaba, permitiría el triunfo del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1969 que quitó el poder al rey Idris para dárselo al Coronel Muhamad Gadafi.

Distribución de las instalaciones de gas y petróleo en Libia//© AFP

Desde su llegada al poder, Gadafi haría del petróleo su principal herramienta. La renta petrolera pasó a ser la principal fuente de ingresos del Estado libio y fue utilizada para impulsar medidas redistributivas entre la población y generar un nuevo modelo económico social. Alrededor de este recurso, Gadafi desarrolló una política intervencionista y clientelar que, unida a una serie de programas sociales, se tradujo en una mejora de las condiciones de vida de los libios. Esto sin dejar de lado a las élites del país, que fueron quienes realmente se beneficiaron del recurso petrolífero.

La histórica falta de unidad entre la población libia se ha visto favorecida por el marcado carácter tribal de su sociedad. En Libia, la población se ha guiado por los códigos de lealtad, fidelidad y obediencia al líder de la tribu, hasta el punto de que podría decirse que se trata de una federación de comunidades tribales, con leyes consuetudinarias, es decir, normas establecidas a partir de las costumbres de la comunidad y de la cultura. En el país existen unas 140 tribus, diferentes entre sí y sin identidades compartidas, un contexto en el que el petróleo se ha constituido núcleo en torno al cual se han articulado y, por tanto, el interés común.

Gadafi consiguió que esta división de la sociedad en grupos tribales y regionales no hiciera saltar por los aires la paz del país. Para ello, durante su estancia en el poder, procuró que su círculo más cercano lo conformasen miembros de su tribu, Gaddafa. Aunque, para mantener la estabilidad, se vio obligado a establecer alianzas con otras tribus como Magarha, Warfalla y Al-Awagir. Sin embargo, como quedaría patente tras su muerte, esta “unión” escondía una división histórica a la que se uniría la situación de privilegio con la que contaban las tribus de Tripolitania en el periodo de Gadafi y, por tanto, la marginalización y recelo de las tribus del este y el sur.

Disposición de las principales tribus en Libia //© Fanak

Junto a estas características del país, otro de los factores que favoreció la dominación de las milicias tras la caída del coronel fue la situación en la que se encontraban las fuerzas de seguridad en el periodo de las revueltas. Éstas habían sido debilitadas por el régimen debido a que Gadafi temía que sus propios hombres le dieran un golpe de Estado, lo que fomentó que la seguridad quedase en manos de diversos actores en competición. Lo anterior quedó reflejado tanto en los levantamientos iniciados en 2011, pues cada ciudad se levantaría por su cuenta contra el régimen, como en el desenlace de los acontecimientos, pues tras la caída del coronel la división sería el patrón reinante que permitiría el inicio de una lucha sin fin entre diversas facciones por el control del país y sus recursos.

Las milicias se interponen en el camino de la política

Tras la caída de Gadafi, las fuerzas políticas se van a posicionar como las principales protagonistas del proceso de transición con la creación del llamado CNT o Consejo Nacional de Transición a finales de febrero de 2011, que actuará como un gobierno provisional y conseguirá, desde muy pronto, el apoyo de la comunidad internacional. Pasado este periodo, el protagonismo de los actores políticos quedó representado en las elecciones de julio de 2012. De estas nació el Congreso General de la Nación (CGN) donde, pese al triunfo de los liberales, con Zeidán a la cabeza, en la práctica fueron los islamistas quienes terminaron controlando el Congreso. Una situación que cambiaría en las elecciones de junio de 2014, cuando los liberales pasaron a hacerse con el control desfavoreciendo la posición de los islamistas.  

Pese a su empeño, la rama política no lograría imponerse a la fuerza de otros actores presentes en el caos del país. A la caída de Gadafi, entre 100 y 300 milicias habían pasado a dominar la escena, una situación que el CNT trató de resolver dando prioridad a su desarme. Sin embargo, esta estrategia supuso un fracaso que llevó al planteamiento de una nueva solución: la creación de la “Fuerza de Escudo Libio” y el “Comité Supremo de Seguridad”. Dos estructuras que nuevamente fallaron en la consecución de su objetivo, pues la integración de las milicias de manera grupal en estas estructuras favoreció el mantenimiento de su autonomía y agenda.

La importancia de estas milicias no hará desaparecer a las fuerzas políticas, sino que se irá generando una dinámica en la que ambos actores – políticos y milicias – se apoyarán dando lugar a alianzas que les permitan alcanzar más poder y fuerza. En este contexto, las milicias de Misrata – aliada con los islamistas – y Zintán – apoyada por los liberales – serán las de mayor importancia. Durante el gobierno de Zeidán, debido a su situación de marginalidad, las milicias de Misrata se vieron abocadas a aliarse con los Hermanos Musulmanes representados por el Partido Justicia y Construcción (PJC) en el CGN. Aquí, el control del Congreso por el PJC favoreció que Misrata adquiriese un mayor peso en la política y en la seguridad, hasta el punto de que se le otorgaron labores de seguridad que normalmente corresponden a órganos e instrumentos del Estado. Por su parte, las milicias Zintán – de carácter laico y liberal – contaron con una posición relevante desde los inicios, pues se encontraban ya presentes en el CNT, debido a su asociación con la Alianza de Fuerzas Nacionales de Mahmoud Jibril. Además, el CGN favoreció que estas consolidasen su poder.  

La relación entre las milicias de Misrata y Zintan será relativamente pacífica hasta las elecciones de 2014, cuando las fuerzas liberales se posicionaron por delante de las islamistas provocando que estos últimos rechazasen el parlamento y recurriesen a la fuerza militar para compensar la situación de desventaja. A partir de entonces, existirán dos gobiernos con sus respectivos apoyos de milicias, por un lado, el Gobierno de Salvación Nacional, con sede en Trípoli y apoyado por una alianza de milicias denominada Amanecer Libio y, por otro, la Cámara de Representantes en Tobruk, que contaba con el reconocimiento internacional y el apoyo del general Jalifa Haftar y el Ejército Nacional Libio (ELN).

Tanto Haftar como su Ejército Nacional Libio resultan fundamentales para entender no sólo el desarrollo, sino la actualidad a la que se enfrenta Libia. La aparición del general en escena de manera determinante se remonta a 2014, cuando anunció en televisión la disolución unilateral del parlamento de Trípoli, la creación de un «comité presidencial» y un gabinete que gobernaría hasta que se celebrasen nuevas elecciones. Desde entonces Haftar pasará a ser el principal actor del este, a ello se suma el poder que le otorga su control sobre los principales pozos de petróleo. Entre sus acciones más destacadas se encuentran el lanzamiento de la operación Dignidad para acabar con la presencia de grupos yihadistas en el este del país (2014) y la liberación de Bengasi -la segunda ciudad más importante de Libia- de las manos de grupos como Ansar Sharia y Estado Islámico (2017).

El peso de las fuerzas políticas volvería a destacar a finales de 2015, cuando por mediación de la ONU se creó un Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA). Sin embargo, las milicias continuarían jugando un papel importante, pues serían las encargadas de ayudar al GNA a desplazar al Ejecutivo que se resistía en Trípoli. Pese a ello, el GNA no conseguiría integrar al este, el cual se encuentra dominado por Haftar y su Ejército Nacional Libio (ELN).

Esquema de las instituciones libias según lo establecido en el Acuerdo Político Libio //© IEEE

Junto a las alianzas con las fuerzas políticas, el aumento de poder de las milicias se ha visto favorecido por el uso de la fuerza y su presencia en lugares estratégicos, donde los emplazamientos petrolíferos suponen un terreno crucial, ya que este recurso es el eje central de la economía libia. Dentro de la lucha por el control de los pozos petrolíferos destaca el papel de los Guardias de Defensa, bajo el mando del Comandante Ibrahim Jadhran, pues serán quienes se hagan con su control hasta septiembre de 2016, cuando el ENL se hizo con las cuatro principales terminales de exportación petrolífera del país.

La financiación ha sido otro de los factores que ha determinado la deriva de estos grupos. Entre 2012-2014 las milicias se financiaban a través de fondos del Ministerio Interior y Defensa, un escenario que sería aprovechado por muchos líderes de milicias, que con el fin de enriquecerse inflarían el número de combatientes y los gastos de las operaciones. Sin embargo, a partir de 2014, se redujo el presupuesto destinado al pago de los grupos armados, lo que obligó a las milicias a buscar nuevas formas de financiación, entre las que destacan el secuestro de personas, la extorsión de entidades bancarias y el tráfico ilegal. Solo el tráfico ilegal de personas a través de Libia  genera beneficios económicos cercanos a los 1.000 millones de dólares. El presidente de la Compañía Nacional de Petróleo -institución encargada de gestionar la producción y comercialización del crudo- denuncia que el país pierde 750 millones de dólares al año por culpa del contrabando de petróleo.   

Esquema explicativo de los tres gobiernos presentes en Libia

El repunte de la conflictividad entre milicias

Dos años después de su surgimiento, el GNA sigue sin tener legitimidad debido fundamentalmente a que carece del apoyo del Parlamento de Tobruk. A esta debilidad institucional se le suma su posición como rehén de las milicias, pues el GNA tuvo que recurrir a sus servicios para poder garantizar la seguridad de las instituciones, provocando que éstas se volvieran más poderosas y no tuvieran que rendir cuentas hacia el Gobierno. Esta situación ha desencadenado la existencia de cuatro grandes milicias que controlan Trípoli en la actualidad:

  • La Fuerza Especial de Disuasión: una milicia de ideología salafista liderada por Abdel Rauf Kara, que controla el único aeropuerto operativo en la capital y realiza funciones policiales y antiterroristas.
  • Las Brigadas Revolucionarias de Trípoli: controlada por Haitham Tajouri, es una de las milicias más fuertes de la capital en términos de armamento y personal. Ha perdido poder en detrimento de la Fuerza Especial de Disuasión.
  •  La Brigada Nawasi: es una milicia islamista que se encuentra bajo control de la família Qaddur. En el pasado había apoyado al Gobierno de Salvación Nacional, pero en la actualidad apoya al GNA.
  • La Brigada Abu Salim: dirigida por Abdel Ghani al Kikli, también realiza funciones policiales. Se ha enfrentado militarmente con la Brigada Nawasi.

Mapa de los grupos armados presentes en Trípoli en junio de 2018 // © Small Arms Survey

Inmersas en un escenario de caos, estas cuatro milicias se han convertido en mafias que utilizan el monopolio de la violencia para influir en las decisiones políticas y garantizar grandes ganancias económicas extorsionando al Gobierno y a los bancos. A este desorden se suma la existencia de otras milicias que se oponen al enorme poder acumulado por este cártel, tal es el caso de la Séptima Brigada de Tarhuna-ciudad cercana a la capital, que lanzó una operación militar en septiembre de 2018 junto a una milicia de Misrata liderada por Salah Badi. Ante ello, para parar la ofensiva, el presidente del GNA, Fayez Al Serraj, se vio obligado a pedir ayuda a las milicias de Zintan y Misrata, quienes pese a haber contado con una presencia destacada en la capital, la habían perdido los últimos años. Aquí, el caso de Misrata resulta destacable, pues fue la que más rápidamente perdió poder, entre otras cosas debido a que su alianza con Amanecer Libio (2014) perjudicó su imagen a ojos de la comunidad internacional. Ello llevó a Misrata a liderar la ofensiva que expulsó al Estado Islámico de la ciudad costera de Sirte (2016), donde contaría con la ayuda del Reino Unido y Estados Unidos.

En los últimos tiempos, Misrata y Zintan han dado un paso muy importante, pues han dejado atrás las diferencias que les llevaron a enfrentarse militarmente en 2014, con el fin de sellar un acuerdo de paz. La mencionada reconciliación abre la posibilidad una alianza en el futuro que les permita recuperar protagonismo y romper el equilibrio de poder en Trípoli.

El actual retorno del conflicto a Trípoli parece beneficiar al Ejército Nacional Libio (ELN), que apoya militarmente al Gobierno de Tobruk y es el principal foco de poder que cuestiona el GNA. El ELN, compuesto por un conjunto de unidades militares como las fuerzas especiales Saiqa y milicias tribales de la región de Cirenaica, cuenta hoy con el apoyo militar de Egipto y Emiratos Árabes, sin embargo no ha estado exento de problemas.

Pese a expandir su control sobre la región, los últimos años Haftar ha tenido que hacer frente a una serie de dificultades. En el pasado mes de abril, su estado de salud empeoró y tuvo que ser tratado en un hospital militar en París. Esta situación permitió el surgimiento de voces críticas dentro del seno del ELN y hizo aflorar dudas sobre quién sucedería a Haftar en caso de que falleciese. Junto a lo anterior, se encuentran otras cuestiones como las críticas de los Awaquir, una de las principales tribus de la Región de Cirenaica, que acusan a Haftar y a gente de su entorno de matar y encarcelar líderes tribales. Aquí, las victorias militares han permitido a Haftar acallar a la oposición interna y consolidar su poder. Por eso, con el fin de mostrarse fuerte ante sus enemigo de Trípoli y sus rivales internos, tras volver de Francia, Haftar emprendió una ofensiva militar contra la ciudad de Derna -bajo el control de las fuerzas islamistas-.

Por otro lado, Haftar ha tenido que hacer frente a la crisis de los pozos de petróleo. En junio de 2018 las fuerzas de Jadhran le arrebataron el control de los principales pozos de petróleo. Tras recuperarlos, Haftar puso la gestión de la exportación petrolífera en manos de una empresa paralela no reconocida internacionalmente, provocando que nadie comprara el petróleo que esta vendía. Una presión que forzó a Haftar a ceder nuevamente el control de los pozos a la Compañía Nacional de Petróleo. Esta crisis puso de manifiesto, una vez más, el conflicto sobre la repartición  de los beneficios de la exportación de este recurso en el país.

Dentro del caos presente en Libia, el sur se presenta como la zona más preocupante, pues cuenta con una mínima presencia del Estado, y constituye una ruta de paso para los migrantes que buscan llegar a Europa. Aquí, aparte de los árabes, residen otras etnias como los Tuaregs y Tubu, que siempre han sufrido discriminación y falta de oportunidades. Tras la caída de Gadafi, las principales tribus presentes en la zona se han enfrentado entre sí por el control de las principales redes de tráfico ilegal, las fronteras y control de los pozos de petróleo como el de Sharara, el yacimiento petrolero más grande de Libia. A ello se suma el incremento del conflicto en el sur debido a la intervención de las milicias del norte del país. En este sentido, las milicias de Misrata han apoyado militarmente a los Tuareg, mientras que el ELN a los Tebu. Por su parte, el GNA ejerce poca influencia en el sur de Libia y cuenta con pocos apoyos locales, a diferencia de las fuerzas de Haftar.

Esta zona del país ha sido asimismo aprovechada por grupos armados como es el caso del Estado Islámico, que ha aprovechado la debilidad institucional y la falta de control policial para establecerse en el sur.

Con todo, la realidad es que Libia se encuentra bajo el yugo de centenares de milicias que actúan como organizaciones criminales que anteponen sus intereses personales al bienestar del pueblo. La falta de instituciones fuertes que controlen a las milicias les ha otorgado impunidad para cometer violaciones de derechos humanos. En este sentido, el Ministro de Exteriores del GNA, Mohamed Tahar Siala, reconoce publicamente que las milicias son el mayor obstáculo que ha de hacer frente el Gobierno, pero las necesitan para proteger a las administraciones. Así, las milicias se presentan como un obstáculo para la pacificación del país, fundamentalmente debido a que sedientas de poder y con intereses contrapuestos, se oponen a apoyar una solución que suponga su desaparición.

Mapa de la distribución del control territorial en Libia // © Sada

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La intervención internacional en Libia desde 2011 hasta la actualidad​

La intervención internacional en Libia desde 2011 hasta la actualidad

Por Airy Domínguez 

Fotografía: Tiago Petinga - EPA // Fuente: The Guardian

La oleada de movimientos populares surgida en la región MENA en el 2011 y conocida como “Primaveras árabes”, dio lugar en el caso de Libia al fin del régimen de Gadafi y a una interminable guerra que siete años después continúa haciendo mella en el país. Un escenario en el que resulta fundamental el papel de la comunidad internacional y su determinante intervención armada.

Tras la movilización popular del 17 de febrero en Bengasi y la consiguiente respuesta de Gadafi, el día 26 de ese mismo mes el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobaba la Resolución 1970. Esta entendía que los ataques perpetrados por el régimen contra la población civil podían ser considerados como crímenes de lesa humanidad, de modo que actuando bajo el capítulo VII de la Carta exigía el fin de la violencia, así como el respeto de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario. Junto a lo anterior, remitía la situación a la Corte Penal Internacional, decretaba el embargo de armas, imponía prohibiciones para viajar, congelaba los activos a algunos nacionales del país, y creaba un Comité de Sanciones.

El fallido resultado de dicha resolución, fundamentado tanto en la fuerte concentración del poder en manos de Gadafi como en el apoyo de otros países – Chad y Sudan fundamentalmente –, daría lugar el 17 de marzo a la Resolución 1973. Esta autorizaba a los Estados miembros a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles de Bengasi que se habían levantado contra el régimen, al tiempo que permitía a Europa mostrar una imagen distanciada de la intervención en Irak en 2003, pues contaba con el apoyo de la Liga Árabe.

Pese al aparente carácter humanitario de la acción, los acontecimientos sucesivos evidenciarían que el objetivo de las potencias era más ambicioso, al expandirse más allá de la protección de civiles favoreciendo el cambio de régimen en el país. En línea con lo anterior, resulta interesante acudir a las polémicas declaraciones de Hillary Clinton quien afirmó “Llegamos, vimos y el murió”.

 

Europa como eje central de la intervención en Libia

En el caso libio el papel de Europa resulta fundamental, pues fueron precisamente Francia y Reino Unido quienes lideraron la intervención que daría lugar a la caída de Gadafi y al consiguiente enfrentamiento en el país. Aquí, pese a que el detonante del mencionado cambio puede fundamentarse en la intervención occidental ante los crímenes cometidos por el régimen de Gadafi contra la población movilizada, lo cierto es que la actuación de los distintos actores – tanto regionales como internacionales – responde funamentalmente a intereses económicos y geopolíticos. En este sentido, el experto en Libia Alfred Hackensberger afirma que la implicación de los países miembros de la OTAN en la intervención militar no buscaba el establecimiento de la democracia en Libia sino que “[…]allí se juegan intereses, recursos energéticos, influencia y poderío […]”.

Lo anterior se manifiesta de manera clara en el papel jugado por Francia, principal motor de la intervención. Su liderazgo debe entenderse en un contexto de invisibilización del país ante su primera respuesta a las movilizaciones de Túnez y Egipto. A ello, habría que añadir la necesidad del entonces presidente Nicolas Sarkozy de mejorar su valoración de cara a unas cercanas elecciones, esfera en la que cabe señalar la detención de Sarkozy en marzo de 2018 tras ser acusado de financiar ilegalmente su campaña presidencial de 2007 con dinero procedente del régimen de Gadafi, lo que aumenta las sospechas respecto a la intervención francesa.

Por otra parte, en el caso francés no hay que olvidar la pretensión del país galo de recuperar su liderazgo dentro de la región mediterránea, así como la existencia de intereses económicos en el sector de los hidrocarburos y de armamento, aunque esta última no parece haber sido una motivación tan determinante como en el caso de otros países.  

En cuanto a Reino Unido, principal apoyo del gobierno francés para la aprobación de la resolución del Consejo de Seguridad y primer país en proponer la posibilidad de una zona de exclusión aérea, el contexto político era similar. El ejecutivo británico sufría un creciente clima de desprestigio debido, por un lado, a su falta de actuación frente a las “Primaveras Árabes” y, por otro, a su acostumbrada aceptación de las dictaduras de la región.

A nivel económico, tanto su interés en la región como el papel de las compañías petroleras, especialmente la British Petroleum (BP), resultan fundamentales. Prueba de ello es la firma en 2007, por ambos países, de un acuerdo que buscaba extraer recursos por el valor de 1000 millones de dólares, negociación que se vio truncada debido a las reclamaciones libias de liberar al responsable de la bomba de Lockerbie. Un enfrentamiento que se zanjaría con la liberación del preso atendiendo a razones humanitarias, poniendo de manifiesto una vez más la importancia del sector energético en la relación entre Libia y Reino Unido, tal y como defendieron diversas voces. Si a lo anterior le añadimos el accidente de la BP en el Golfo de México y sus consecuencias económicas, la preocupación por el futuro de la BP en EEUU podría presentarse como una coyuntura que haría más urgente el desarrollo de su plan de negocios en Libia.

Así, lo desarrollado en los párrafos anteriores ayuda a explicar, por un lado, los movimientos iniciales del Reino Unido con respecto a la intervención y el apoyo a los rebeldes – incluso al Libya Islámic Fighting Group (LIFG), un grupo que acabaría por jurar lealtad a Al-Qaeda y que ya había intentado matar a Gadafi en los 90, exiliándose parte a Reino Unido –. Por otro, permite entender la actual inclinación del país por ciertos actores que podrían mostrarse agradecidos por el apoyo recibido facilitando así las inversiones y negocios de Reino Unido en la región.

Junto a estas potencias, en el desarrollo del conflicto libio han sido fundamentales otros países europeos entre los que destaca el caso de Italia– principal competidor de Francia por liderar la influencia en el país-. El papel de mencionado país viene condicionado por la ocupación y dominación colonial de Libia hasta 1943, una cicatriz que ha marcado la característica relación de tensión entre ambos países. Esta fluctuante tirantez se suavizaría en 2008 con la firma del “Acuerdo de Amistad, Partnership and Cooperatioon” entre el entonces presidente italiano Silvio Berlusconi y Gadafi, por el que Italia se comprometía a pagar 5000 millones de dólares como compensación por la ocupación. Sin embargo, dicho trato se vería suspendido al inicio de las revueltas.

Al mencionado condicionante histórico hay que añadir otros dos aspectos fundamentales sin los cuales resulta complicado entender la relación entre ambos países, a saber, los flujos migratorios y la dependencia energética. En cuanto a la inmigración, esta se ha presentado como uno de los puntos de interés que ha hecho de Libia una cuestión prioritaria para los políticos italianos. Desde principios de los 90, la zona occidental de Libia ha emergido como uno de los puntos clave en la salida de barcos de migrantes y refugiados que intentan llegar a Italia y el resto de Europa. Aquí, si bien Gadafi actuaba como un guarda fronterizo a cambio de la concesión de ciertos privilegios por parte de occidente, tras su caída, tal y como advirtió él mismo, el caos ha llegado también a este campo, convirtiendo la reducción de las llegadas en una prioridad para el país. Así, Italia entiende la estabilización de Libia un requisito fundamental, tal y como demuestran sus esfuerzos por alcanzar una solución basada en una aproximación multi-track.

Además, Italia ha protagonizado toda una serie de movimientos como la reapertura de su embajada en Trípoli en enero de 2017, y la firma de un acuerdo migratorio en febrero por el entonces Primer Ministro italiano – Gentiloni- y el Primer Ministro libio reconocido por por la ONU – Sarraj-, para frenar el paso de inmigrantes irregulares desde Libia a Europa. Un acuerdo que según afirma la directora de la oficina de Amnistía Internacional ante las Instituciones Europeas, Iverna McGowan, “[…] ha dejado a miles de personas atrapadas en condiciones de miseria. Esas personas tienen que soportar tortura, detención arbitraria, extorsión y unas condiciones de vida inimaginables en los centros de detención dirigidos por el gobierno libio”.

Respecto a la cuestión energética, Italia es un país extremadamente dependiente de la importación de energía, presentándose como líder en cuanto a receptor de energía libia – el 25 % del petróleo y 10% gas -. Una cuestión que queda reflejada en el gigante energético ENI, y la posesión de en torno al 30% de la participación de las reservas de oro de la compañía por parte del gobierno italiano (a través del Ministerio de Economía y la Cassa Depositi e Prestiti), siendo una pieza clave de la política exterior y de inteligencia italianas. Tanto es así que el ENI ha sido etiquetado como un «estado paralelo».

Petróleo e imperialismo

Con todo, si bien las motivaciones que llevaron a la caída de Gadafi son de carácter multifactorial, el petróleo parece presentarse como el denominador común que ha determinado el interés de las diversas potencias por Libia. En este sentido, cabe señalar que en 2011 el petróleo constituía cerca del 65% de su PIB, el 96% de sus exportaciones y el 98% de ingresos del gobierno, siendo Europa el principal destino de las exportaciones debido, entre otras cuestiones, a la proximidad geográfica de Libia y a la calidad de su petróleo. Durante el período de las sanciones, el país sería el centro operativo de numerosas empresas europeas, surgiendo tras la suspensión y el levantamiento progresivo de las mismas, una feroz competencia entre las compañías petroleras occidentales por el control de los recursos libios. Además, tras el 11S y el intento de acercamiento de Libia a EEUU, dicha competición dejaría la puerta abierta a las compañías petroleras estadounidenses. El mencionado escenario resultaba incompatible, bajo una mirada imperialista, con la falta de alineación del país con los intereses del imperialismo occidental. Así, si bien Libia protagonizó una liberalización económica moderada en la década previa a las revueltas, para los líderes occidentales la rama neoliberal del liderazgo libio era considerada demasiado débil, mientras que Gadafi era visto como un obstáculo para las reformas económicas deseadas. Entre las motivaciones de dicha postura se encuentran por ejemplo la obligación a renegociar los contratos impuesta por Gadafi a las principales empresas de petróleo y gas durante 2007 y 2008, así como la amenaza de nacionalizar la industria energética en enero de 2009. En esta línea, el distanciamiento de las grandes petroleras occidentales ya se venía produciendo desde hacía un tiempo debido a las fuertes cargas fiscales y a las deficiencias institucionales y administrativas. Dicha incompatibilidad de fuerzas queda reflejada en los cables de WikiLeaks, donde se demuestra que al tiempo que los estados y las compañías occidentales colaboraban con Gadafi, estos trabajaban en la obtención de información y recursos para eliminarlo. Otra fuente de tensión con Europa sería la red económica y política de Libia en África, pues Gadafi venía prestando una atención cada vez más importante a la diversificación económica, y había empezado a mirar hacia el sur en busca de mercados y alianzas políticas, siendo uno de sus objetivos alcanzar la auto-suficiencia de agua y comida.

Así, si bien el contexto previo a la intervención viene marcado por una aparente mejora de las relaciones de Libia con Occidente, las revueltas se presentarían como el punto de inflexión que ofrecería a Europa la coyuntura perfecta para alejar al país de su creciente participación en los principales organismos regionales e internacionales, así como del cordial trato recibido por las potencias. Es por lo anterior que existen voces expertas que ven el conflicto como una oportunidad para el aumento de poder de Europa tanto sobre los recursos que importa como sobre la región -ya sea mediante influencia o dominación-.

Rusia y EE.UU no quedan al margen

Junto a las potencias europeas y su papel de liderazgo en el escenario libio, resulta determinante la actuación de Rusia y EEUU. Por su parte, Rusia – quien se abstuvo en la votación de la resolución 1973 – cuenta con sus propios intereses militares y geopolíticos en el país, tal y como demuestra su denotado interés por establecer una base naval en Libia en el 2008.

A nivel económico, el país estaría buscando salvaguardar los contratos firmados con Gadafi en materia de energía, construcción, mercado de armas e infraestructura. En este sentido, el actual papel del gigante energético Rosneft y el trato firmado con la compañía estatal del petróleo pone de manifiesto cómo ésta podría emplearse como herramienta de política exterior en la zona sur del mediterráneo. Por otra parte, Libia se plantea como el escenario idóneo para intervenir en búsqueda de una solución ante una Europa bloqueada, lo que le haría aumentar su poder de liderazgo.

En cuanto a Estados Unidos, si bien este fue uno de los tres países que encabezaron la intervención con la llamada «Operación Odisea al Amanecer», resulta interesante su aparente alejamiento de la región debido a la Doctrina Obama y al llamado síndrome Irak que ha dado paso a la justificación moral del uso de la fuerza haciendo que las intervenciones sean vistas como acciones humanitarias. Así, como explica David García, el caso libio se presenta como la quinta esencia de la Doctrina Obama, pues se consiguieron diversos objetivos entre los que se encuentran la imposición de sanciones; una zona de exclusión aérea; una coalición internacional; intervención, etc., sin utilizar fuerzas norteamericanas sobre el terreno, y traspasando las responsabilidades a la OTAN. Con todo, y pese a los intereses económicos, la principal preocupación norteamericana ha sido su interés por continuar liderando la guerra contra el terrorismo.

Dinámicas regionales

A nivel regional, la operación de la OTAN tras la resolución 1973 fue avalada por la Liga Árabe y el Consejo de Cooperación del Golfo, al tiempo que contó con la implicación de Qatar, Jordania y Emiratos Árabes Unidos. En línea con lo anterior, Libia ha sido entendida como una guerra proxy (a través de terceros) regional pues tras el colapso del país diversos Estados entraron a formar parte del conflicto con el objetivo de alcanzar un destino que les resultase favorable. Pasó así a ser parte de una tendencia superior entre los Estados del Golfo por el aumento de su musculatura en el campo internacional.

Si extrapolamos lo anterior al terreno libio vemos, tal como afirma Frederic Wehrey en The burning shores, que en el caso de Qatar su apoyo a los rebeldes ha sido claro desde los inicios mediante el suministro de armas y entrenamiento – incluso a las facciones islamistas -, lo que provocaría la reacción de su rival en la región, Emiratos Árabes Unidos, quien actuaría movido por el miedo frente a cualquier forma de participación islamista en política. Así, atendiendo a sus intereses geopolíticos, Qatar se inclinaría por el apoyo a los islamistas, mientras que Emiratos empezaría a apoyar a la facción compuesta por exoficiales y tecnócratas ligados con el bando contrario. Junto a lo anterior, en el caso de EAU cabría destacar su papel en el desarrollo de la guerra como aliado de EEUU y de sus objetivos en el terreno.

Por último, en el caso de Argelia, Túnez y Egipto cabría basar sus acciones en una cuestión de seguridad nacional, debido a la existencia de fronteras compartidas con Libia.

La inmigración y el terrorismo como eje de la actuación occidental en Libia hoy

En la actualidad, tras más de siete años de conflicto, la misión de la Unión Europea en Libia ha pasado a centrarse en frenar la llegada de migrantes a Europa, ya que este se presenta como el principal país de partida . En este sentido, según afirma el investigador experto en migración Stefano Torelli, “[l]as políticas europeas se han centrado en asegurar las fronteras, dar apoyo a la Guardia Costera libia —íntimamente ligada a las milicias responsables del tráfico de personas— y bloquear los flujos. La UE protege sus propios intereses y no los de Libia; a largo plazo, puede ir en detrimento de la situación de seguridad en el país y de los migrantes”.

Junto a lo anterior, resulta destacable el enfrentamiento entre Italia y Francia por la influencia en el país, y cómo esto no está sino entorpeciendo un futuro escenario de paz.

Por su parte, Rusia se muestra inclinada por Haftar, postura con la que estaría buscando consolidar el poder de un hombre fuerte pro-Rusia en la región, lo que le permitiría aumentar su influencia en Oriente Medio. Mencionado apoyo se hace manifiesto en acciones como la visita de Haftar a Moscú como líder extranjero y el acuerdo de otros encuentros con entidades importantes de dicha facción; así como la impresión de 3.000 millones de dólares en dinares libios de parte del el Banco Central de Libia – aliado de Haftar – ; y el envío de técnicos para ayudar a la mejora de las capacidades militares del ANL Ejército Nacional de Liberación, comandado por Haftar.. Con todo, Rusia estaría buscando tres objetivos fundamentales, a saber, un futuro trato preferente en acuerdos comerciales; consolidar su posición militar en el Mar Mediterráneo con lo que el país estaría proyectando poder cerca de las costas europeas; así como los dividendos políticos de poder resolver crisis regionales.

Sin embargo, esta no es su única postura en la región, pues también se ha comprometido con el Gobierno de Acuerdo Nacional respaldado por la ONU, con lo que continúa apoyando de manera formal los esfuerzos de pacificación de la comunidad internacional. Con ello, Putin conseguiría ser visto como algo más que un actor militar, haciendo gala de sus credenciales diplomáticos.

Este interés de Rusia en la región y su expresado deseo por una solución que pase por la comunidad internacional, ha sido visto con recelo por EEUU, quien cambiando el rumbo de su política en Oriente Medio ha basado su papel en Libia en la lucha contra el terrorismo. Así, el ejército de los Estados Unidos ha llevado a cabo diversos ataques aéreos contra militantes del autoproclamado  Estado Islámico, ocho desde enero de 2017. Un repunte que hace ver la consideración de Libia como una amenaza por parte de la administración Trump. Sin embargo, el foco de la lucha contra norteamericana contra el EI no se ha centrado en Libia sino en Siria e Irak, difundido logros de seguridad nacional más importantes de su gobierno.

Con todo, los apoyos internacionales en el tablero libio permiten reflejar una vez más la complejidad de la situación, estando muchos de ellos vagamente definidos.

En definitiva, como apuntan Lucia Pradella y Sahar Taghdisi Rad, hasta 2011 el avance del imperialismo entendido como sistema de acumulación que opera a nivel internacional en Libia era escaso. Un contexto en el que la guerra libia ha servido a los objetivos económicos y geopolíticos de las potencias, al tiempo que ha puesto de manifiesto, por un lado, las divisiones entre el imperialismo estadounidense y el europeo y, por otro, aquellas existentes entre las propias potencias europeas. Asimismo, ha evidenciado una intervención basada en intereses neocoloniales. Todo en un escenario de crisis económica donde el control de la región MENA por parte de las potencias occidentales adquiere mayor importancia y donde las revueltas se presentan como una amenaza.

Pese a los intereses y expectativas iniciales, la  actualidad del país demuestra la ausencia de un plan post-intervención por parte de Occidente, así como la pérdida de control sobre un país en el que únicamente se han conseguido aumentar las divisiones sociales, provocando una situación de caos, abusos, e inseguridad extrema que hace que miles de personas se vean obligadas a abandonar su tierra hacia unos países que cierran sus fronteras. Al mismo tiempo, la situación presente no hace sino amenazar los intereses de aquellos que veían en Libia una oportunidad para el capitalismo europeo.

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