Movimientos feministas en el Mundo Árabe

MOVIMIENTOS FEMINISTAS EN EL MUNDO ÁRABE

Por Airy Domínguez Teruel 

Cuando hablamos de feminismo nos referimos a un movimiento social que engloba sujetos con características e intereses desiguales, que sufren formas de opresión diferentes (racismo, patriarcalismo, clasismo, etc.). Así, del mismo modo que no existe una mujer universal, no puede existir un feminismo universal.

En línea con lo anterior, durante décadas, el pensamiento feminista negro ha conceptualizado la identidad como una formación de vectores entrelazados de raza, género, clase y sexualidad. Noción que servirá de base para la definición de la interconexión entre “género, raza y clase” como pilar esencial de los estudios feministas, así como para el nacimiento de la interseccionalidad con perspectiva de género. Una herramienta que, como señala Sara Salem, ha sido empleada para tratar la naturaleza intersectada de estructuras e identidades. Permitiendo, entre otras cuestiones, la descentralización del feminismo occidental.

La identificación del feminismo como un rasgo propio de las sociedades occidentales no hace sino anular la capacidad de otras sociedades para generarlo. La historia demuestra que el feminismo dista de ser una construcción monolítica de carácter propiamente occidental, al surgir de manera simultánea en Oriente y Occidente. En este sentido, como apunta Sara Salen, el caso de Egipto pone de manifiesto cómo en la década de 1920 las mujeres musulmanas se embarcaron, junto con los cristianos, en un movimiento colectivo organizado en favor de los derechos y la liberación de las mujeres. Aquí, se recurriría al término «feminismo» aproximadamente al tiempo que comenzó a utilizarse en Estados Unidos.

 

El nacimiento del feminismo en el Mundo Árabe

Desde mediados del siglo XIX comienza a abrirse paso en Egipto y en lo que hoy conocemos como Siria y Líbano, un movimiento en defensa de los derechos de las mujeres. Esta tendencia evolucionará en un feminismo de carácter fundamentalmente burgués, vinculado al nacionalismo y el reformismo, que será reproducido en el resto de países de la región. Un movimiento tras el que se encontraban quienes veían una relación directa entre la situación de inferioridad que sufrían las mujeres y el atraso que caracterizaba la región. Así, entendían que un cambio en la primera premisa iría seguido de un cambio en la segunda.

Lo anterior demuestra cómo el feminismo de la región se trata de un movimiento propio que dista de ser tomado de Occidente, el cual estaba impregnado de un carácter nacionalista que contestaba al colonialismo occidental y sus prácticas patriarcales. Un movimiento que sería referido como «feminismo secular».

Los avances en el campo laboral y educativo se encontrarían con muros de contención que dificultarían su expansión a otras áreas. Entre ellos estarían la ausencia de derecho a sufragio y un derecho de familia en el que la discriminación a la mujer quedaba patente. Obstáculos en los que la prensa, las asociaciones y otros foros encontrarían el motor de su crecimiento. Aquí destacan casos como el de la Unión Feminista Egipcia, fundada por Huda Shaarawi (1882-1947). Una asociación cuya internalización y creación de redes con agrupaciones de otros países resulta remarcable, siendo el contacto con los movimientos de mujeres palestinas sobresaliente.

 

En la década de los 50-60, época dorada del nacionalismo árabe, la mujer iría conquistando avances como el derecho a voto y elección (1956), el aumento de su presencia en las universidades e incluso en las instituciones, como es el caso de Hikmat Abu- Zayd (Ministra de Asuntos Sociales egipcia). Pese a lo anterior, las prohibiciones por el régimen nasserista de partidos y asociaciones, supusieron la sustitución del feminismo revolucionario por uno de carácter oficial.

El siguiente punto de inflexión lo encontramos en la década de los 70. Este viene motivado, en gran parte, por el enriquecimiento de los países del Golfo gracias al petróleo. A ello se unen otras cuestiones como el fracaso del panarabismo y la imposibilidad de derrotar a Israel en el campo militar. En este periodo, un modelo de islam tradicional se extendería por los Estados árabes, quienes convencidos de su capacidad para mejorar la situación lo acogerían en su seno. Ello traería como consecuencia el retroceso en la lucha por la igualdad, debido no sólo al cambio en la esfera ideológica sino a los efectos de la crisis económica que forzó el retorno de las mujeres al hogar. En este contexto, la presión social y la incidencia en la identidad musulmana llevaron a que las mujeres volviesen a cubrirse con el hiyab, una cuestión que suscitaría posiciones diversas.

El feminismo y el velo

Como afirma Nieves Paradela, el desvelamiento se presentó desde los inicios como uno de los rasgos característicos de la nueva mujer. Grandes representantes feministas recurrieron a este gesto para demostrar su posición y erigir su lucha. Tal es el caso de Huda Shaarawi quien pese a mantener el velo en los inicios, tras su regreso del Congreso feminista de Roma protagonizaría uno de los momentos que quedarían grabados en la memoria del feminismo árabe, al desvelarse ante la multitud que la recibía en la estación de El Cairo. Este simbólico acto sería igualmente ejecutado por otras mujeres como las tunecinas Manūbiya al-Wartānī (1921) y Ḥabība Minšārī (1929). Signos que continúan presentes en la lucha contra la violencia y la reivindicación de igualdad de las mujeres de la región, tal y como demuestran las fotos desnudas de Alia El Mahdi y Amina Sboui en el contexto de las revueltas iniciadas en 2011.

Basándose en premisas como estas, desde occidente el velo se ha presentado en numerosas ocasiones como una de las incompatibilidades más flagrantes dentro del movimiento de liberación femenino. Sin embargo, sería un error considerar el desvelamiento como una condición necesaria para el feminismo. Así, desde los inicios, feministas como Zaynab al-Gazzali no ha dudado en defender esta indumentaria.

A partir de los 70, de forma paralela al discurso del islam como solución a los problemas de la región se iría desarrollando otro sobre la mujer, de corte igualmente islamista. Este daría lugar a lo que en los noventa se llamaría “feminismo islámico”. Un feminismo que difiere del feminismo secular o árabe liberal de carácter laico, defendiendo que la liberación de la mujer musulmana no consiste en abandonar su cultura para adoptar una extranjera, sino en el regreso al islam y la sharía. Aquí, las mujeres de este colectivo pasaron de sentirse de un lugar a ser, en primera instancia, musulmanas. El islam se entiende como identidad y el velo como símbolo para visibilizarlo.

Con crecimiento de poblaciones musulmanas compuestas de inmigrantes, ciudadanos nuevos y de segunda generación y un número de conversos en aumento, este pensamiento traspasará fronteras expandiéndose por Occidente. 

El islam puede ser feminista

Junto al velo, otra presunción comúnmente extendida es la incompatibilidad del Corán como base para la lucha contra la desigualdad de género. Idea que choca con la metodología básica del feminismo islámico, basada en el ejercicio del pensamiento racional y la investigación independiente de las fuentes religiosas (Ijtihad). Siendo el punto de partida de su constitución la interpretación del Corán (tafsir).

En la región el patriarcado ya se encontraba enraizado antes de la llegada del islam. Ello impide entender esta religión como un sistema patriarcal, independientemente de que este haya calado en ella. El aspecto patriarcal del islam supone una lectura subjetiva del libro sagrado efectuada por varones en una hegemónica situación preferencial, que ha permitido la contaminación de la religión a lo largo de la historia. Sin embargo, frente a esta lectura existen otras como las del islam reformista, donde se encuentra enmarcado el llamado feminismo islámico, un campo en el que la obra de la feminista Fatima Mernissi (1940- 2015) resulta clave al demostrar que de la aproximación feminista al Corán florecen resultados dispares.

En este sentido, como apunta el académico Helmuth Angulo-Espinoza el islam no es la semilla que ha permitido la construcción de una masculinidad patriarcal en las sociedades musulmanas. Aunque sí es responsable, en cierto modo, del establecimiento de un statu quo en las sociedades de la región, así como de la construcción de la masculinidad patriarcal hoy presente.

Aquí, junto a defensoras del feminismo islámico como Amina Wadud (1950), existen voces como la de Wassyla Tarnzali (l94I). Una abogada argelina residente en Francia que critica la posibilidad de que pueda existir un “feminismo islámico”. Dos posiciones que permiten reflejar la diversidad del feminismo y la imposibilidad de adjudicarle un carácter universal.

 

Con todo, para el avance de la mujer en esta zona del planeta, es importante que la perspectiva feminista evite creer en una única visión del feminismo. Asimismo, debería huir de juzgar, entre otras cuestiones, la religión en sí misma como opresiva para las mujeres, sin analizar el contexto y las estructuras que la condicionan. Aquí resulta interesante escuchar las diferentes voces de las mujeres quienes, como señala Elina Voula, se debaten entre sus identidades como mujeres y sus lugares en las comunidades religiosas.

Entendiendo el islam y el velo como rasgos opresores de la mujer no hacemos sino homogeneizar la diversidad existente tras la mujer musulmana, quien ya de por sí ha de enfrentarse a diversas opresiones estructurales. Igualmente omitimos el mensaje de igualdad entre hombres y mujeres como humanos, de los derechos de la mujer y la justicia social que el islam introdujo mediante el Corán y que han sido manipulados por la patriarcal estructura hegemónica.

 

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LAS PROTESTAS EN IRÁN (II):
El acuerdo nuclear y el tablero internacional

LAS PROTESTAS EN IRÁN (II):
El acuerdo nuclear y el tablero internacional

Por Airy Domínguez y Aitor Lekunberri

Edición y montaje de Airy Domínguez a partir de imágenes de El País y Univisión

 

El acuerdo nuclear: una victoria política para Irán

Como mencionábamos en el artículo LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): factores internos y geopolítica , a comienzos de 2002, tras los atentados del 11 de septiembre, el presidente estadounidense George W.Bush acusó a Irán de apoyar el terrorismo internacional, incluyéndolo en el denominado “eje del mal”. Recurriendo a un lenguaje belicista, Bush aseguró que la “guerra no ha hecho más que empezar” y que “Estados Unidos no permitirá que los regímenes más peligrosos del mundo amenacen con las armas más destructivas del mundo” (González, E., 2002).

La invasión de Irak en 2003 hizo saltar por los aires los frágiles equilibrios de la región. Esta facilitó el ascenso al poder de las élites chiitas, aliadas de Irán, permitiendo por tanto el fortalecimiento del denominado eje chiita, lo que se tradujo en un nefasto resultado para los intereses norteamericanos. Por otra parte, la destrucción del aparato estatal iraquí y el vacío de poder resultante crearon el caldo de cultivo para el crecimiento de grupos armados como el Estado Islámico.

En este contexto, se inició una gran batalla diplomática entre Irán y una “coalición” compuesta por EEUU y la Unión Europea, en torno al programa nuclear iraní. Las tensiones por la reactivación de dicho programa se agravaron tras el ascenso a la presidencia iraní de Mahmud Ahmadineyad (2005-2013) – quien sucedió al moderado Mohammad Jatami (1997-2005) –.

Sin embargo, tras la llegada en 2009 de Barack Obama a la Casa Blanca (2009-2017), las tensiones se recondujeron dando lugar a un acercamiento diplomático. Este se materializó en la firma, en 2015, del histórico acuerdo nuclear entre la República Islámica y un grupo de seis potencias occidentales (China, EE.UU., Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania).

En dicho pacto, oficialmente denominado Plan de Acción Conjunto y Completo (PACC), se acordó el levantamiento de las sanciones internacionales occidentales bajo el compromiso expreso de Irán de limitar el desarrollo de su programa nuclear. Entre los puntos clave del citado acuerdo cabe destacar:

    1. El compromiso de Irán de no producir uranio altamente enriquecido durante los próximos 15 años.
    2. El compromiso de Irán de deshacerse del 98% del material nuclear que posee, así como de eliminar 2/3 de las centrifugadoras que tiene instaladas.
    3. A cambio, Naciones Unidas se comprometió a levantar todas las sanciones que pesan sobre Irán vinculadas al programa nuclear.
  1.  

Fuente: BBC Mundo

Junto a lo anterior, el levantamiento de las sanciones permitió a Irán disponer de más de US$100.000 millones en activos congelados en el extranjero, así como vender con libertad su petróleo en el mercado internacional y recuperar el acceso a los instrumentos de comercio existentes en el sistema financiero global (BBC, 2016). De esta forma, se abría la puerta tanto a la entrada masiva de capitales e inversiones extranjeras, como al desarrollo de importantes flujos comerciales entre Irán y Occidente.

La firma del acuerdo nuclear supuso una importante derrota política y diplomática para Israel y Arabia Saudí, partidarios de la vía dura – incluso militar – para presionar a la República Islámica. En este sentido, ambos países se presentarán como fervientes defensores del mantenimiento y agravamiento del régimen de sanciones contra Teherán. Un contexto en el que la firma del PACC supuso el reconocimiento de Irán como potencia regional por parte de Occidente (Zamora, 2016:168).

Otra cuestión que despierta recelos e incluso atemoriza a los rivales regionales de Irán, – entre ellos Israel y Arabia Saudí –, es el hecho de que, a medio plazo, la política de apaciguamiento hacia Irán podría redundar en mayores niveles de desarrollo económico y social, dando mayor estabilidad y legitimidad a la élite política iraní. A ello hay que añadir la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y su reacia posición al mantenimiento del acuerdo nuclear.

 

El actual tablero internacional

La presente situación de confrontación diplomática entre EEUU e Irán, junto con las reacciones a las protestas protagonizadas en el país persa, han manifestado nuevamente la existencia de dos ejes, y por tanto, de sus intereses regionales e internacionales. Aquí, cabe aludir a la ausencia de bloques sólidos en Oriente Medio. En este sentido, Soler i Lecha señala que “ […] cuando se forja una alianza [esta] no se fundamenta en una identidad o proyecto común sino en el miedo. La percepción de qué o quién representa una amenaza cambia en función de acontecimientos puntuales y es así como proliferan alianzas que se circunscriben a un tema y suelen tener fecha de caducidad” (Soler i Lecha, E., 2016). El mencionado carácter líquido de los bloques queda igualmente plasmado las rivalidades, así, nos encontramos con actores tradicionalmente enemistados que hacen frente común en un tema concreto – sin que ello suponga su reconocimiento como aliados –. Un contexto en el que potencias como Arabia Saudí y, probablemente, Irán, continúan aspirando a liderar bloques sólidos (Ídem).

 

Eje EEUU – Israel – Arabia Saudí

Israel, tradicional aliado de EEUU en la región, se presenta como el primer país que aplaude el cambio de actitud estadounidense. Entre las principales motivaciones de su posicionamiento se encuentran el tradicional apoyo de Irán a grupos militantes palestinos y libaneses contrarios a Israel[1], así como el temor a que el país chií aumente su influencia en la región. Junto a él se encuentra Arabia Saudí, tradicional rival de Irán en el Golfo Pérsico, que ve en Irán una amenaza – tanto por su carácter influyente como por su programa nuclear y su marcada ideología –.

Pese a la tradicional frialdad entre Arabia Saudí e Israel, los lazos entre ambos países se han ido estrechando tal y como pone de manifiesto la entrevista concedida el pasado mes de noviembre por el jefe militar de Israel, Gadi Eisenkot, al periódico saudita Elaph. Un llamamiento a la acción conjunta de ambos países contra Teherán, donde Eisenkot señalaba el modo en que ambos podrían unirse para contrarrestar la influencia iraní en la región. Además, el militar israelí aseguró que Irán constituía la «mayor amenaza para la región» y que estaban dispuestos a compartir información con estados árabes «moderados» como Arabia Saudita (Beaumont, P., 2017).

En cuanto a las relaciones entre Arabia Saudí y Estados Unidos, cabe destacar que si bien estas rompieron su acostumbrada trayectoria de amabilidad con los atentados del 11S, el programa nuclear de Irán y sus guerras proxy han contribuido, junto con la lucha contra Al-Qaeda, a la mejoría de las relaciones. Ello sin olvidar lo que esta relación supone en términos de venta armamentística y, por tanto, en beneficios económicos para EEUU (Cooper, H. Y Lander, M., 2012).

 

Eje Irán – Turquía – Rusia

Entre las causas que han aumentado la percepción de Irán como amenaza se encuentran, por un lado, el estrechamiento de las relaciones entre este país, Turquía y Rusia y, por otro, la posibilidad de creación de un nuevo eje geopolítico que socave la política estadounidense. Esta aproximación se plasma en la cumbre trilateral de Sochi, donde se reunieron los mandatarios de Rusia, Turquía e Irán para sentar las bases del posconflicto sirio, así como en la visita a Ankara del presidente ruso Vladímir Putin. En este contexto, el reciente reconocimiento de Jerusalén como capital histórica de Israel por parte del presidente Donald Trump ha jugado un papel importante, entre otras cosas incidiendo en este aparente nuevo eje, siendo Turquía el principal detractor (Mansilla, B., 2017).

En relación a la aparente constitución de un nuevo eje euroasiático, el transcurso de los recientes acontecimientos ha servido como oportunidad para mostrar unidad. En este sentido, Rusia – aliada de Irán en el apoyo a Bashar Al Assad – se ha posicionado en contra de la injerencia extranjera en los asuntos internos del país, así como de los planes de revisión del acuerdo nuclear. Asimismo, tanto Erdogán como Siria han condenado los intentos de injerencia de EEUU e Israel.

NOTAS AL PIE:

[1] Entre ellos se encuentran el apoyo al movimiento nacional de liberación en la ocupación israelí de Líbano (1982) que llevaría al nacimiento de Hezbolá. Por otro lado, el caso más significativo en Palestina es el de Hamás.

 

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Zamora, A., (2016): “Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos”, Madrid: Ediciones Akal

 

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LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): Factores internos y geopolítica

LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): Factores internos y geopolítica

Por Airy Domínguez y Aitor Lekunberri

Edición y montaje de Airy Domínguez a partir de imágenes de El País y Univisión

Con más de 80 millones de habitantes, una enorme riqueza en recursos naturales y energéticos, y una envidiable posición geoestratégica – en pleno golfo Pérsico -, Irán enfrenta un momento de gran tensión e incertidumbre. Aquí, las recientes protestas antigubernamentales y la voluntad de la administración Trump de poner fin al acuerdo nuclear de 2015, se presentan como motores fundamentales.

La reciente ola de protestas en Irán debe ser analizada no sólo en el contexto de dificultades económicas a las que se enfrenta el país, sino también en el marco de la disputa geopolítica presente en la región entre un eje suní, liderado por Riad, y un eje chií, liderado por Teherán. En el marco de esta disputa, países como Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí estarían tratando de influir en la política interna de la República Islámica mediante la presión económica y el apoyo político brindado a las protestas.

Las protestas antigubernamentales (diciembre de 2017 – enero de 2018):

Desde finales de diciembre de 2017, Irán se ha visto sacudido por una importante ola de protestas de carácter esencialmente descentralizado y ausentes de un liderazgo claro. Estas se han llevado a cabo en diferentes capitales de provincias y ciudades del país como Mashad, Neyshabur, Kamshmar o Shahrud (Hurtado, L.M., 2018) dejando, al menos, 20 fallecidos.

En opinión de la politóloga exiliada kurdo-iraní Nazanín Armanian, las recientes protestas han de entenderse en el contexto de una profunda crisis política, económica y social que azota al país. A lo anterior, habría que añadir la presencia de una lucha de poder entre dos facciones en el interior de la República Islámica: por un lado, un sector conservador liderado por una alianza entre el ayatolá Ali Jamenei y los jefes militares de los Guardianes de la Revolución Islámica; por otro, un sector “moderado” cuyo principal exponente es Hasan Rohaní, actual presidente del país (Armanian, N., 2017).

En cuanto la crisis socioeconómica, entre los principales problemas presentes en el país destacan el elevado índice de desempleo, el elevado coste de la vida, la corrupción, y las dificultades de ascenso social para una juventud[1]. Todo ello en un contexto de dificultades financieras fruto de la brusca caída de los precios de los hidrocarburos a partir de 2014.

Por lo que respecta a la lucha interna de poder, el sector conservador estaría tratando de instrumentalizar el descontento social para tratar de debilitar la posición del presidente Rohaní, bajo el entendimiento de que las políticas moderadas de este estarían socavando el liderazgo religioso y la autoridad de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (Kozhanov, N. 2018). Dicho sector conservador, ha utilizado una retórica antiimperialista, denunciando las injerencias exteriores que estaría sufriendo la República Islámica, en particular de EEUU e Israel, a quienes se apunta como responsables principales de alentar la ola de protestas. Así, el ayatolá Jamenei ha denunciado a “los enemigos de Irán que con diferentes herramientas como dinero, armas, política y servicios secretos se han aliado para crear problemas al sistema islámico” (Falahi, A., 2018). En esta línea, el embajador de Irán en la ONU, Gholamali Khoshroo, argumentó en el Consejo de Seguridad que su gobierno tenía «pruebas contundentes» de que las recientes protestas fueron «muy claramente dirigidas desde el exterior». La injerencia estadounidense en el país, de momento, sólo ha sido demostrada en lo retórico. En este sentido, en sus declaraciones, Trump manifiesta su apoyo a las protestas contra lo que considera un régimen corrupto, garantizando que recibirán un “gran apoyo de Estados Unidos en el momento apropiado”.

 

La relación entre EEUU e Irán

Fuente: whitehouse.gov

Más de dos años después del histórico acercamiento entre EEUU e Irán, la escalada de tensión entre ambos países es un hecho. Junto a la oleada de insultos hacia los líderes del país persa, la llegada de Donald Trump a la presidencia se ha manifestado en un giro diplomático en el que se encuentran acciones como el veto migratorio, la decisión de crear la designada ‘fuerza de seguridad’ en el noreste de Siria[2], o la pretensión de endurecer el acuerdo nuclear[3], entre otros.

Si bien la hostilidad de EEUU hacia Irán ha sido una constante, con la administración Obama daba la sensación de que las relaciones diplomáticas entre ambos países asistían a un cambio de rumbo. Los movimientos de Donald Trump se muestran encaminados a una dinámica del enfrentamiento, donde los aparentes deseos de viraje de la política internacional estadounidense y su distanciamiento de la región se desvanecen, siendo Irán el país en el punto de mira. Una política que lleva a EEUU a incumplir nuevamente Los Acuerdos de Argel de 1981[4], recurriendo, una vez más, al irónico discurso de actuar en nombre de los derechos humanos[5]. Pero, ¿por qué Irán?

 

Irán en clave geopolítica regional e internacional

El hasta 1935 reconocido por Occidente como Persia, es un país de historia milenaria que goza de una importante pluralidad étnica – persas, azeríes, kurdos, árabes, etc. –. A nivel religioso, el Islam se presenta como la corriente más extendida, siendo el islam chií predominante – religión oficial del Estado profesada por un 89% de la población – . En cuanto a su extensión, Irán cuenta con una superficie de 1.648.000 kilómetros cuadrados – más de tres veces la superficie de España –, poblada por más más de 80 millones de habitantes.

La importancia estratégica del país viene marcada por una serie de características políticas, económicas y religiosas, entre las que se encuentran su riqueza en recursos naturales, su carácter islamista, y el negocio de las armas. En lo que a los recursos naturales y energéticos se refiere, es el país del mundo con mayores reservas de gas y el cuarto en reservas de petróleo, cuestión que le ha llevado a ser codiciado por las grandes potencias internacionales. Así, a lo largo del siglo XX, “[…] Inglaterra primero, EEUU e Israel después, maniobraron para controlar Irán, para convertirlo en uno de los principales «Estados gendarmes» de Occidente en Oriente Medio” (Zamora, 2016: 163).

Políticamente hablando, la historia contemporánea del país está profundamente marcada por el impacto de la Revolución Islámica de 1979. Un levantamiento de carácter popular, antiimperialista y antioccidental que derribó a la dictadura del Shah – Mohammed Reza Pahlevi – y sacudió los cimientos geopolíticos de la región, al tiempo que propició la animadversión de países como Estados Unidos, Europa, Israel y Arabia Saudí, quienes no cesaron en su intento por debilitar a la naciente República Islámica[6]. Una implicación de las potencias occidentales que ha sido referida por Nazanín Armanian:

“Ya en 1980, y tras la caída inesperada del Sha, Henry Kissinger elaboró la ‘Doctrina de Doble Contención’ de impedir el desarrollo de Irak e Irán a beneficio de la hegemonía de Israel, como el único garante estable de sus intereses en la región. EEUU provocó la guerra entre Irak e Irán y después sometió a Irak a una continua destrucción que aun hoy continua. Y ha pretendido contener a Irán con sanciones económica, amenazas militares, incluso creando monstruos como el Estado Islámico (sunnita y wahabí), para arrastrar a la teocracia chiita de Irán a una guerra religiosa” (Anmanian, N., 2018).

A nivel económico, Irán se presenta como un territorio clave para el negocio armamentístico. En este sentido, las preocupaciones sobre la creciente amenaza estratégica de Irán, que continúan presentes en el siglo XXI, se han convertido en la base principal de las compras avanzadas de armas de los estados del miembros del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG). Las principales compras de nuevo armamento realizadas en los últimos 20 años en el Cercano Oriente, tienen como cardinal catalizador la crisis del Golfo Pérsico. Dicha crisis culminará en la guerra del Golfo, donde EEUU, a la cabeza de la coalición que buscaba expulsar a Iraq de Kuwait, ocupará una posición de peso. De este conflicto derivarán consecuencias sustanciales para el negocio de las armas, a saber, el establecimiento de la potencia estadounidense como garante de la seguridad del Golfo, y la creación de nuevas demandas de compradores clave como Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y otros miembros de CCG[7] (Richard Grimmett and Paul Kerr, 2012), entre otras[8].

A nivel religioso, hay que tener presente que desde los años 80 del pasado siglo, la política de Oriente Medio ha estado marcada por la división geoestratégica de la región en dos bloques de poder que, aparentemente, responden a una cuestión religiosa. En este sentido, por un lado, estaría el bloque sunnita liderado por Arabia Saudí, con el que estarían países como Estados Unidos y el cada vez más cercano Israel. Por otro, el bloque chiita liderado por Irán, de marcado carácter antiimperialista y que cuenta en sus filas con aliados como Siria, Rusia y organizaciones político-militares como el Hezbolah libanés[9].

 

Las injerencias de EEUU en Irán

El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán requiere de una regresión a las injerencias estadounidenses en el país persa. En este sentido, en la esfera política destaca la participación norteamericana en el golpe que culminó con el derrocamiento de Mohammed Mosaddeq[10]. Así, tal y como refieren informes de la CIA, este acontecimiento fue orquestado por las agencias estadounidenses y británicas, siendo el resultado el establecimiento de un hombre de confianza en el poder, el Shah (1953). Un logro que se vería truncado con la ya mencionada revolución iraní del 79, que dará el poder al Ayatollah Jomeini. Desde entonces el enfrentamiento es la dinámica recurrente en las relaciones entre ambos países, por lo menos hasta la llamada de Obama al presidente Rohuani.

En el campo militar, la carrera iraní se remonta a la década de los 50 cuando se proyectó, con la colaboración de EEUU, la apertura de varias centrales nucleares. Sin embargo, será un año después de la llegada de Jomeini al poder cuando, ante un ataque a la embajada americana en Irán por parte de seguidores del Ayatollah, el presidente estadounidense Jimmy Carter decida romper las relaciones con Irán. Desde ese momento se iniciará una escalada de tensión que culminará en septiembre de 1980 con la declaración de la guerra entre Irán e Irak – donde EEUU jugará un papel importante –. En este contexto, la administración Reagan impondrá las primeras sanciones y embargos a Teherán (1987). El siguiente gran desencuentro lo encontramos en 2002, cuando George W. Bush se decide incluir a Irán, Irak y Corea del Norte en el llamado «eje del mal». Junto a lo anterior, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) denunció el incumplimiento sistemático del tratado de No proliferación Nuclear por parte de Teherán, cuestión que, acompañada de una serie de reacciones y movimientos, generará inquietud en Occidente, siendo su respuesta la imposición de más sanciones y embargos[11]. No será hasta julio de 2015 cuando, tras tres años de negociaciones iniciadas, se firme el histórico pacto nuclear[12] con el que fuera el nuevo presidente – Rouhani – (La Información, 2016).

Más allá de su intervención en la esfera de las sanciones económicas y de su injerencia en asuntos políticos, se encuentra el apoyo a disidentes y grupos armados insurgentes por parte del país americano. Entre ellos se encuentran la «Asociación de Docentes de Irán»; la Fundación para la Democracia en Irán (FDI), y Consejo Nacional Iraní Americano (NIAC). Junto a lo anterior, en septiembre de 2000, quedo abiertamente expresado el apoyo de los senadores al grupo MEK Mojaheddin-e-khalgh. Además, de acuerdo con la Inteligencia pakistaní, los Estados Unidos usaron secretamente a otro grupo terrorista, Jundallah[13] (Sepahpour- Ulrich, S., 2018).

En la segunda parte del presente artículo, LAS PROTESTAS EN IRÁN: sinergias internacionales, se tratarán el acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 y las repercusiones internacionales de la situación presente, así como su reflejo en dos bloques claramente definidos.

NOTAS AL PIE

[1] Para más información véase el artículo Six charts that explain the Iran protests

[2] EEUU y las Fuerzas de Siria Democrática (FSD), alianza encabezada por milicias kurdas, pretenden crear un cuerpo de 30.000 combatientes que será desplegado en áreas fronterizas de la autoproclamada administración autónoma kurdosiria. Para más información véase el artículo Irán denuncia una “conspiración” estadounidense contra la integridad de Siria.

[3] El viernes 12 de enero, Donald Trump lanzó a los europeos un ultimátum para que le ayuden a endurecer el acuerdo en los próximos meses, amenazando con su retirada.

[4] El primer punto recogía la promesa de los Estados Unidos de no intervenir en los asuntos internos de Irán de todos modos.

[5] El pasado 2 de enero la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, afirmó que Trump apoyaba al pueblo iraní y aseguró que el «juego final definitivo de la Casa Blanca sería que los ciudadanos y el pueblo de Irán reciban realmente los derechos humanos básicos» y que el régimen «deje de ser un estado patrocinador del terror» (NBC News).

[6] Con este objetivo, armaron y financiaron al gobierno iraquí de Sadam Hussein en su guerra contra Irán (1980-1988), también conocida como la Primera Guerra del Golfo (Zamora, 2016: 163).

[7] Estados Unidos ocupó el primer lugar en los acuerdos de transferencia de armas con el Cercano Oriente durante el período 2004-2007 con el 30,3% de su valor total (casi $ 20 mil millones en dólares corrientes). El Reino Unido fue el segundo en estos años con el 26.5% ($ 17.5 mil millones en dólares corrientes). Recientemente, de 2008 a 2011, los Estados Unidos dominaron los acuerdos de armamento con esta región con casi $ 92 mil millones (en dólares corrientes), un 78.9% de participación (Richard Grimmett y Paul Kerr, 2012)

[8] En el campo del negocio armamentístico no se puede olvidar la existencia de un eje ruso-iraní, donde Rusia destacaría entre los vendedores de armas a Irán. Para más información véanse los artículos Russia-Iran Arms Trade y

Rusia expande su influencia en Medio Oriente con la venta de armas e inversiones petroleras

[9] Para una mejor comprensión de las diferencias doctrinales entre sunnitas y chiitas consultar el artículo “El islam y sus dos escuelas mayoritarias: el sunismo y el chiismo” disponible en: http://www.menanalisis.com/?p=568

[10] Elegido en 1951 rápidamente optaría por renacionalizar la producción de petróleo iraní – bajo control británico a través de la Compañía Petrolera Anglo Persa, futura British Petroleum (BP) –. Dicha medida preocupó tanto a Estados Unidos como a Reino Unido, para este último el petróleo de Irán era clave para su reconstrucción económica tras la guerra. Para una información más detallada véase el artículo La CIA admite su intervención en golpe de Estado en Irán en 1953. Disponible en: http://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2013/08/130820_ultnot_cia_iran_am

[11] Para una información más detallada sobre las sanciones y embargos por parte de EEUU véase https://www.treasury.gov/resource-center/sanctions/Programs/pages/iran.aspx . Para el caso de la UE véase: http://www.consilium.europa.eu/es/policies/sanctions/iran/

[12] Acuerdo alcanzado por Irán y el Grupo 5+1 (China, Francia, Gran Bretaña, EEUU, Rusia y Alemania).

[13] Organización con base en Balochistan en lucha por los derechos de los musulmanes sunitas en Irán (TRAC, 2018).

 

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