24 de Junio de 2018, la última oportunidad para destronar a Erdoğan

24 de Junio de 2018, la última oportunidad para destronar a Erdoğan

Por Xavier Mojal

El 24 de Junio de 2018 se celebran en Turquía las decimoctavas elecciones parlamentarias desde el establecimiento de un sistema democrático multipartidista y de elecciones libres en 1950, así como comicios para escoger al decimotercer presidente de la República. El puesto presidencial, normalmente eclipsado por el rol que la Gran Asamblea Nacional  Turca y el gobierno liderado por el Primer Ministro han tenido en un sistema político tradicionalmente de corte parlamentario, adquirirá una relevancia primaria y fundamental a tenor de la reforma constitucional votada en referéndum el 16 de abril de 2017. En pocas palabras, en esa fecha el pueblo turco decidió –a pesar de las irregularidades acaecidas en campaña y durante las votaciones y por un margen muy estrecho – transformar el sistema parlamentario del país en un sistema ‘superpresidencialista’.

El nuevo sistema político, diseñado por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayiip Erdoğan y apoyado por el ultraderechista  Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) de Devlet Bahçeli, válido a partir de las cruciales elecciones del 24J, difiere de otros sistemas presidencialistas con mecanismos de repartición de poder habilitados, como el ejemplo más claro de los EEUU y su sistema de checks and balances, y se acerca más bien al modelo ruso de Vladimir Putin.

Los principales cambios que el presidencialismo à la turca impondrá en cuanto al reparto del poder público respecto al anterior sistema son los siguientes. El poder ejecutivo se traslada del Primer Ministro, figura que pasará a ser abolida, al Presidente de la República, siendo este el encargado de nombrar a su gobierno sin la aprobación del parlamento. En cuanto al poder legislativo, el Presidente podrá emitir decretos presidenciales sobre una gran variedad de temas sin tener que contar con la admisión del parlamento, que podrá no obstante bloquearlos posteriormente. La Presidencia también elaborará los presupuestos anuales, que habrán de ser aprobados por el parlamento, y podrá declarar o anular el estado de emergencia. Es de resaltar, no obstante, que bajo el nuevo sistema el parlamento y la presidencia sean con toda probabilidad del mismo color político, ya que las elecciones para ambas instituciones se dan al mismo tiempo cada 5 años, evitando así la posible cohabitación ocurrida en el pasado. De todos modos, las funciones del parlamento se ven aún más reducidas: las sesiones de control parlamentario hacia el ejecutivo se suprimen, así como las mociones de censura (excepto en casos de alta traición con un apoyo de 3 quintas partes de la Asamblea) y las investigaciones parlamentarias. Respecto al poder judicial, el Presidente ve aumentado su poder para configurarlo, con un control casi absoluto sobre las dos instituciones judiciales de más importancia, el Tribunal Constitucional (TC) y el Consejo Superior de Jueces y Fiscales (HYSK). El cambio notable se da en concreto con la configuración del HYSK, ya que bajo el sistema vigente el Presidente ya nombra un gran número de jueces y fiscales seniors. Así, el Presidente elegirá 6 de los 13 miembros del HYSK y el parlamento el resto –con el sistema vigente, de los 22 miembros del HYSK el Presidente escoge 4, el Primer Ministro 2,  y 16 por la propia judicatura, que se sumarán a los 12 jueces del TC elegidos por el mismo (los 3 restantes por el Parlamento).

El Presidente Erdoğan, en varios actos de campaña previas a las elecciones del 24 de junio. Fuente: cuenta de Twitter oficial de Recep Tayyip Erdoğan

A pesar de la complejidad de la reforma, mucho más extensa que la previa del párrafo anterior, lo primordial es entender que ésta diluye aún más la separación de poderes en Turquía y las concentra en las manos del Presidente. Es el punto definitivo a la progresiva consolidación de poder por parte del Presidente Recep Tayiip Erdoğan de los últimos años, que ha conseguido del mismo modo tener prácticamente a la mitad del país en su contra absoluta. Así, estas elecciones se verán, tal como fue con el referéndum constitucional del 2017, como un plebiscito hacia la figura de Erdoğan. Pero, ¿cómo ha llegado Turquía a esta situación de regresión democrática y fuerte polarización política?

La República post-Atatürk: la mayoría conservadoras vs. el establishment kemalista

Como bien es sabido, Mustafa Kemal Atatürk, héroe nacional y fundador de la República Turca, es de lejos la figura más importante de la historia moderna del país. Mustafa Kemal, miembro temprano del Comité de la Unión y Progreso (CUP) −el movimiento revolucionario y nacionalista turco en las postrimerías del Imperio Otomano−, ganó su nombre al participar en la revolución constitucional de 1908 de este grupo, y tras múltiples victorias militares durante la Primera Guerra Mundial. Fue después, durante la Guerra de Independencia Turca (1921-1922), cuando Mustafa Kemal forjó su autoridad al seno del Movimiento de Resistencia Nacional. En 1923 culminaría el proceso de independencia turca, tras la victoria militar y expulsión de los Aliados –las potencias occidentales Francia y Reino Unido, Italia, Grecia y Armenia−, la abolición del Califato y el exilio de Sultán Otomano, junto con la firma del Tratado de Lausanne con el que se establecerían las fronteras actuales de Turquía (a excepción de Hatay, que Turquía se anexionaría de Siria años más tarde).

Reconocido por el Parlamento y con una gran popularidad entre el pueblo turco, a Mustafa Kemal se le añadió el apellido Atatürk (padre de los turcos), que gobernaría el país con mano de hierro hasta su muerte. Esta fue la época del régimen autoritario del partido único bajo el control de Atatürk, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), y conseguiría alargarse una década tras de su muerte, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Durante este período autoritario, en el que destacaron episodios represivos de purgas, ejecuciones, o intervenciones militares para doblegar al nacionalismo kurdo, se impuso una auténtica revolución secular y cultural con el fin de construir la nación turca, cohesionar su población bajo una misma ideología y acercarla a la modernidad europea. De entre los principios promulgados de lo que se empezaría a llamar Kemalismo –republicanismo, secularismo, nacionalismo, estatismo y revolucionismo− destacarían el nacionalismo y secularismo extremo; un nacionalismo excluyente que rompería con los vectores de identidad otomanos para poner por delante la etnicidad turca (y la negación y asimilación de las demás), y un secularismo que no sólo  separaría al Estado de la religión, si no que buscaría eliminar al islam de la esfera pública.

El Kemalismo se asentó como la ideología oficial del Estado, de la que no estaba permitido desviarse, y se siguió imponiendo manu militari por el ejército a los actores políticos posteriores a Atatürk y su partido CHP. Así, el primer gobierno democrático del Partido Democrático (DP) surgido de las urnas el 1950, acabaría trágicamente 10 años después tras el primer golpe de estado en la República turca, con la ejecución del Primer Ministro Adnan Menderes y dos ministros de su gobierno. El DP había conseguido conectar con las clases tradicionalmente aliadas del CHP (grandes comerciantes, terratenientes y abogados), pero más importante con las masas gracias a un lenguaje y políticas conciliadores con el islam. El DP, considerado como el precursor del centro-derecha turco actual, continuaría siendo un partido secular que se ocuparía, por ejemplo, de deificar la figura de Atatürk. La sentencia de Menderes fue, no obstante, su intento de desbancar al establishment kemalista (al CHP) de los aparatos burocráticos, judiciales y militares del estado. La deriva autoritaria del gobierno de Menderes y su utilización de la religión para movilizar al electorado, fueron las excusas perfectas de los golpistas para actuar. Hoy la figura de Menderes, a pesar de estar lejos del islamismo de Erdoğan, ha sido apropiada por este último como uno de los símbolos de la voluntad popular contra el autoritarismo kemalista.

Adnan Menderes, escoltado por soldados hasta su celda en la isla de Imrali, Estambul, antes de ser ejecutado en 1961.

La mayoría conservadora del país quedaría reflejada en las siguientes elecciones permitidas después del golpe de estado en 1961, dividida en tres partidos distintos de los que el Partido de la Justicia (AP) de Süleyman Demirel –partido sucesor del DP de Menderes− se quedaría tan sólo a dos puntos del ganador CHP (36,7%). Cuatro años más tarde, el conservador AP volvería al poder con casi el 53% de los votos. Sin embargo, el gobierno de Demirel sería depuesto el 1971, esta vez pacíficamente, tras el segundo golpe militar de la historia de la República en un contexto de inacción ante la violencia política generada por los disturbios de la izquierda militante y el auge de la ultraderecha paramilitar.

Tras el mencionado golpe, un CHP renovado (con el lema ‘la izquierda del centro) bajo el liderazgo de Bülent Ecevit volvería al poder tras las elecciones generales del 73 con un 33% de los votos, debido al atractivo que su discurso social había generado en las clases trabajadoras de las grandes urbes. La mayoría social votaba, no obstante, a los distintos partidos a la derecha del espectro político, que gobernaron en coalición durante la mayor parte de la década de los 70. Este período estuvo marcado por una fuerte inestabilidad económica que se vería afectada por el fuerte incremento de los precios del petróleo y una crisis política sin precedentes. Esta última quedaría reflejada en la incesante violencia política entre la izquierda revolucionaria y a la ultraderecha nacionalista que ocupaba las calles y los campus, y que se saldó con cifras de muertos que se contaban por miles.

En estos momentos convulsos, concretamente en el 78, se fundó el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una escisión de la izquierda revolucionaria turca y el grupo definitivo del incipiente Movimiento Nacional Kurdo, que en las décadas siguientes monopolizaría la violencia contra el estado turco. Ante el caos de aquella época, en el año 1980 el ejército tomaría por tercera vez, con el General Kenan Evren en cabeza, las riendas del país; su objetivo sería fortalecer el Estado y despolitizar las masas. La represión fue brutal, combinando la lucha implacable contra el terrorismo con la supresión de la disidencia, sobretodo de la izquierda. Se prohibieron todos los partidos políticos existentes y se impuso una nueva Constitución. La Constitución del 82 –vigente hasta que la nueva reforma se aplique el próximo 24 de junio−, concentró el poder en el Ejecutivo, incrementó el del Presidente y el del Consejo de Seguridad Nacional (un órgano militar), limitó las libertades de prensa, reunión y expresión, así como la diversidad política al imponer una barrera de entrada al Parlamento del 10% de los votos. Por último, la junta militar promulgó una re-conceptualización del nacionalismo turco y la ideología oficial del estado, la llamada Síntesis Turco-Islámica, con la que se pretendió despolitizar y aglutinar la sociedad bajo la idea de un nacionalismo islámico sunní. En este nuevo marco, se materializarían políticas tangibles fomentando la religiosidad islámica (sunní): la obligatoriedad del curso de religión en la educación secundaria y pre-universitaria, la construcción de mezquitas y la expansión de la red de escuelas religiosas Imam Hatip. Una política que abriría la puerta al triunfo del islam político en la década siguiente.

La reintroducción de la democracia representativa después del golpe del 80 y las draconianas medidas que siguieron, demostró de nuevo la realidad conservadora del país. El partido estrella de las elecciones del 83, con un 45% de los votos, fue el Partido de la Madre Patria (ANAP) de Turgut özal, el único partido fuera de la órbita militar al que se le permitió participar. Mientras que el ANAP se dedicaba a liberalizar la economía de Turquía, dos nuevas tendencias ganaban peso en el espectro político, el nacionalismo kurdo de izquierdas (la guerrilla kurda del PKK y los posteriores partidos legales pro-kurdos) y el islam político.

El islam político en Turquía tiene sus orígenes con el Partido del Orden Nacional de Necmettin Erbakan tras el primer golpe de 1960. De hecho, el islamismo (político) en el país no se puede entender sin tener en cuenta la impopularidad de un secularismo extremo impuesto por las élites kemalistas a un país mayoritariamente religioso y conservador. Ya en las elecciones del 73, bajo el nombre del Partido de la Salvación Nacional consiguió acumular el 12% de los votos. Sin embargo, el verdadero crecimiento del movimiento islamista ocurriría en la década de los noventa, tras relajamiento del secularismo estatal con el golpe militar del 80 de la mano del rebautizado Partido del Bienestar (RP) liderado por el mismo Erbakan. Su gobierno, formado el 1996 en coalición con el derechista Partido del Camino Correcto (DYP), duraría apenas 2 años, tras el cuarto y último golpe exitoso en el país.

El golpe de 1997 se ha llegado a llamar golpe posmoderno ya que se ejecutó con tan sólo las amenazas verbales del ejército, obligando a Erbakan a dimitir. El poder militar kemalista se desdijo de la Síntesis Turco-Islámica de Kenan Evren y apuntó al islamismo (social y político) y al separatismo kurdo (los años 90 marcaron la fase más violenta del conflicto entre el Estado y el PKK) como las dos grandes amenazas al estado turco. Como resultado del control militar sobre la política, se llegó incluso hasta la absurda prohibición del velo femenino islámico en los edificios públicos, escuelas y universidades. El entonces alcalde de Estambul Recep Tayyip Erdoğan fue encarcelado durante cuatro meses en 1999 por haber recitado un poema islamista. El camino estaba abierto para que tres años después ganara las elecciones al frente del nuevo partido liberal conservador de la Justícia y el Desarrollo (AKP).

Erdoğan y la promesa de la Nueva Turquía

Es probable que aquellos que siguen más de cerca la política actual turca conozcan esta parte de la historia: el auge y acumulación de poder del AKP y Erdoğan, no sin obstáculos, hasta el momento actual. Un período que podemos dividir en dos fases, la reformista liberal y la regresiva conservadora .

Recep Tayyip Erdoğan sabe conectar con las masas por sus orígenes humildes: criado en el barrio popular de Kasimpaşa en Estambul, hijo de un emigrante de la región conservadora del Mar Negro, y educado en una escuela religiosa Imam Hatip, de las primeras que el gobierno de Adnan Menderes abrió en la década de los 50. En los 70, durante su período universitario, y al margen de la violencia política entre la izquierda y la derecha que impregnaba el país, ya era militante de un sindicato estudiantil conservador y anti-comunista donde conocía a muchos de sus futuros compañeros de gobierno, y del Partido de Salvación Nacional de Necmettin Erbakan. Su progreso político se inició en los 80 tras el golpe militar y la relajación de los fundamentos secularistas del estado. En el 94, bajo las siglas del Partido del Bienestar (refundado por Erbakan), se convertiría en el alcalde de Estambul hasta su encarcelamiento.

Erdoğan, un animal político que se ha sabido adaptar a cada momento, decidió entonces abandonar el islamismo romántico de su mentor, Erbakan, y apostar por la moderación. Así, en 2001 fundó  junto con otros compañeros el AKP, mientras que el Partido del Bienestar se pasaría a llamar el Partido de la Felicidad (Saadet Parti). La senda de la moderación –el AKP apostaba por la democratización, el acercamiento a Occidente y la adhesión a la UE, la economía de libre mercado y un secularismo ‘blando’−, la grave crisis económica que atravesaba el país (con la inestimable ayuda del FMI) y los escándalos de corrupción de los 90, permitieron al AKP recibir el 34% de los votos en las elecciones generales del 2002. Esta moderación y popularidad servía, también, para evitar la interferencia de los militares, tan fresca en la memoria política turca. El AKP se convertía en un catch-all party (partido visagra) que convencía a la clase trabajadora, a la clase media liberal y conservadora, a la clase rural nacionalista y a los islamistas urbanitas. Desde entonces, el partido no ha parado de crecer y ha ido acumulando victorias electorales en todos los niveles.

Los buenos años de Erdoğan serán recordados como los del boom económico y la inversión pública, en parte gracias el efecto de las reformas económicas dictadas por el FMI a los anteriores gobernantes. La inflación volvió a niveles aceptables, la inversión directa extranjera (FDI) se incrementó, el crédito fluyó y con él se incentivó el consumo, el PIB se multiplicó y la inversión pública en educación, sanidad e infraestructuras mejoró la calidad de vida de la sociedad turca.  En lo político, el gobierno del AKP realizó importantes reformas que mejoraron la calidad democrática del país, especialmente hasta el 2005 incentivado por el proceso de adhesión a la UE. Entre ellas, se reformó el código penal (aboliendo la pena de muerte); se limitó el rol del Consejo de Seguridad Nacional (considerado como el poder militar paralelo al poder civil); se aprobó un nuevo código civil más igualitario, se permitió el uso de otras lenguas en los medios de comunicación (sobretodo, el kurdo) y se introdujeron enmiendas constitucionales restaurando y protegiendo derechos individuales y colectivos –libertad de expresión, asociación, prensa.

El proceso de adhesión de Turquía a la UE iba a ser difícil y exigente, y por esa razón necesitaba de la honestidad y apoyo del club europeo. Mientras tanto, el AKP conseguía, con el apoyo de la UE, imponer el poder civil sobre el militar, a pesar de las reticencias del establishment kemalista, que intentó incluso ilegalizar al partido gobernante. No obstante, el proceso se enfrío definitivamente en 2010 y las relaciones Turquía-EU empezaron a deteriorase, sobre todo por la presión ejercida por la Francia de Sarkozy. Erdoğan supo remodelar su discurso, repleto ahora de mensajes anti-occidentales, para capitalizar el hastío de la sociedad turca respecto a la UE.

El punto de inflexión que marcaría el giro hacia el autoritarismo del gobierno del AKP fue la fuerte represión a las protestas del parque de Gezi en Estambul en 2013. Pero para entonces los elementos kemalistas ya habían sido en gran medida purgados del poder burocrático, judicial y militar gracias a la alianza con la cofradía religiosa Hizmet (liderada por Fetullah Gülen), que se habría ocupado de ‘infiltrar’ a sus fieles en el estado. La competición por el poder se daría, a partir de ese momento, entre las dos fuerzas islamistas −el AKP y los gülenistas− que se precipitaría de forma trágica en el intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016. Entre Gezi y el golpe de Estado, Turquía vivió además una de las mayores esperanzas del gobierno del AKP, el proceso de paz con el PKK, que desgraciadamente colapsaría el verano del 2015 –entre las causas, la ausencia de propuestas valientes por parte del AKP para solucionar el conflicto, el fortalecimiento del PKK en Siria y del partido legal kurdo en Turquía, el HDP, que obstaculizaría el proyecto presidencialista de Erdoğan.

Estos dos momentos, el colapso del proceso de paz con el PKK, y el intento de golpe de estado, arrastrarían a Turquía a la espiral de represión, censura y deterioro democrático que conocemos. Por un lado, el renovado conflicto con el PKK, contra el que el ejército turco fue implacable y brutal, se saldó en tan sólo dos años con más de 3.000 muertos, entre ellos centenares de civiles, y llevaría a la criminalización, represión y censura constante del partido pro-kurdo HDP. Por el otro, como respuesta al golpe fallido, el gobierno liderado por Erdoğan ha impulsado una gran purga de más de 100.000 personas que ha ido mucho más allá de los elementos gülenistas ‘infiltrados’ en el estado.

Pero Erdoğan tiene un plan: la promesa de la Nueva Turquía. Una Turquía que ya no se refleja ni busca la aprobación de una Europa que le ha dado la espalda. Una Turquía que busca reconectar con el pasado glorioso del Imperio Otomano que el kemalismo destruyó y quiso olvidar. Los turcos más conservadores seguirán respetando la figura de Atatürk, el héroe nacional que liberó a Turquía del yugo occidental, pero no a todo lo que supuso el kemalismo. Una Turquía que no se avergüenza de sus valores islámicos, y que busca reemplazar a la sociedad turca actual por unas nuevas generaciones devotas. Una Turquía que mira hacia el mundo musulmán, que quiere influenciar el devenir de Oriente Medio, algo que ya se ha visto con las intervenciones militares en Siria –en Afrin y  la región de Yarablús. Una Turquía que promete seguridad y mano dura. Y por último, una Turquía que combina su islamicidad con el nacionalismo. En definitiva, Erdoğan presenta una propuesta que va mucho más allá del islam político original, integrando a las clases medias conservadoras, trabajadoras, rurales (incluyendo a kurdos) y a una parte del nacionalismo más extremo.

No obstante, el amplio y diverso campo opositor –liberales, izquierdistas, social demócratas, seculares, nacionalistas turcos y kurdos− parece haber aprendido de sus errores del pasado y se muestra en estas elecciones del 24J más unido y esperanzado. Y es que la represión de estos últimos tres años se ha hecho, para una gran diversidad de personas, pero en definitiva para demasiada gente, insostenible.

Principales partidos y candidatos para las Elecciones del 24J

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

Benli, M. & Tür, Ö., 2006. Turkey: Challenges of continuity and change. Nueva York: Routledge Curzon

Cagaptay, S., 2017.  The New Sultan: Erdogan and the crisis of modern Turkey. Londres – Nueva York: I. B. Tauris

J. Zürcher, E., 2017. Turkey: A modern history. Londres – Nueva York: I.B. Tauris.

 

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La cuestión kurda en Turquía: Un conflicto interminable

La cuestión kurda en Turquía: Un conflicto interminable

PARTE I: ORÍGENES DEL CONFLICTO Y EVOLUCIÓN HASTA EL NACIMIENTO DEL PKK

Por Xavier Mojal

El presente texto forma parte de una serie de tres artículos sobre la cuestión kurda en Turquía con la que intentaremos comprender las razones por las que el conflicto se ha alargado hasta nuestros días, volviéndose cada vez más complejo al tiempo que los agravios se acumulan, y sin la esperanza de una solución pacífica y efectiva a medio plazo.

En esta primera parte iremos a los orígenes del conflicto turco-kurdo, y repasaremos su evolución hasta el surgimiento del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, más conocido por su acrónimo en kurdo PKK. Una mirada histórica que pone el foco sobre la evolución de la identidad y el nacionalismo en un período tan convulso como fueron las últimas décadas del Imperio Otomano y las primeras de la República de Turquía.

Los kurdos de Siria, la última ramificación del conflicto

Durante los últimos años, en Siria hemos sido testigos de la lucha de un grupo armado, predominantemente kurdo, para expulsar del norte del país al autodenominado “Estado Islámico” (EI). Las Fuerzas de Protección Popular (YPG), apoyadas por los EEUU en especial desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, consiguieron expulsar a los “yihadistas” de Al Raqa, su feudo, el pasado verano.

La mayor parte del territorio bajo las YPG ha demostrado gozar de una cierta paz y estabilidad, un oasis dentro del caos sirio. No obstante, asistimos en el mes de marzo a la derrota de estas milicias en Afrín, el cantón kurdo noroccidental de Siria, ante el avance del poderoso ejército turco y de las milicias sirias predominantemente árabes del Ejército Libre de Siria apoyadas por Turquía. Pero bastante antes de esta ofensiva militar turca, irónicamente apodada como Operación Rama de Olivo, Turquía ya había lanzado otra operación militar para frenar la expansión de las milicias kurdas a lo largo del norte de Siria. Esto sucedía el verano de 2016, cuando este país inició su Operación Escudo del Éufrates en Yarablús –entre Afrin y el resto de territorio kurdo−, justificándola por la presencia del EI que sin embargo hasta entonces había tolerado en cierta forma.

El territorio marcado en verde oscuro en la parte superior de la imagen corresponde con el territorio tomado por Turquía a raíz de la operación Escudo del Éufrates. En amarillo vemos a los territorios bajo control kurdo.

Fuente: https://syria.liveuamap.com/

En esta imagen se puede observar el control territorial turco, marcado en verde oscuro, después de la toma de la mayor parte de la región de Afrín. Comparado con la imagen de la izquierda, vemos como el control kurdo (amarillo) pasa a limitarse a una menor bolsa de resistencia al este de la ciudad de Afrin norte de Alepo, y al vasto territorio al oeste de Yarablús.

Fuente: https://syria.liveuamap.com/

Pero, ¿de dónde viene esta obsesión, por parte del gobierno y también buena parte de la sociedad turca, por acabar con este “autogobierno” kurdo? La justificación oficial de Turquía pasa por equiparar a las YPG con el PKK, la guerrilla más numerosa de Oriente Medio, enfrentada al Estado turco prácticamente desde su fundación en los años ochenta. Los vínculos de las YPG con el PKK son claros, no sólo por la defensa de un mismo ideario político –el llamado confederalismo democrático del líder encarcelado del PKK Öcalan−, sino también por los lazos existentes entre los cuadros militares de ambos. También es cierto que las YPG han hecho un gran esfuerzo para tratar de desvincularse del PKK, así como mantener su lucha y programa político en Siria separado de aquel del PKK en Turquía. A partir de aquí, el gobierno y la mayoría de medios turcos han generado un discurso en el que se ha tratado a las YPG y a su extenso control territorial y militar en el norte de Siria como una amenaza a la seguridad de Turquía. Para corroborar esta idea se ha recurrido, en buena parte, a hechos distorsionados o no confirmados. Si bien existen correas de transmisión de un conflicto a otro (del kurdo-sirio hacia el kurdo-turco), como quedó demostrado en 2015 tras el fracaso del proceso de paz entre el Estado turco y el PKK, es probable que la invasión de Afrín y las posibles operaciones militares que están por venir al resto de territorio sirio bajo control kurdo no hagan más que generar un recrudecimiento mayor del conflicto en tierras turcas, aunque de momento no haya sido así por, entre otras cosas, la estrategia del PKK de separar su lucha de la de las YPG. Y es que, sin ir más lejos, la retórica nacionalista turca y la represión contra los kurdos siempre han sido recetas efectivas para movilizar a una gran parte del electorado turco. Como muestra de ello, la diferencia de votos para el partido islamonacionalista turco AKP –cuyo líder es el actual presidente de Turquía Recep Tayyip Erdoğan− de casi 9 puntos porcentuales entre las elecciones legislativas de junio de 2015 (40,9%) y la repetición de éstas en noviembre de 2015 (49,5%), dos momentos separados por el fracaso definitivo del proceso de paz entre el estado turco y el PKK y la reanudación de las hostilidades.

De todos modos, para entender la compleja actualidad del conflicto, es imprescindible remontarse al pasado, y entender así que la semilla del mismo se encuentra en el modelo ideológico que Turquía adoptó en su fundación como república moderna, secular y nacionalista.

Orígenes de la cuestión kurda en Turquía: el período otomano

Los kurdos conforman un grupo étnico de 36 a 45 millones de personas repartidos principalmente entre los estados turco, iraquí, sirio e iraní, de los cuales Turquía alberga hasta 20 millones. Siguiendo la definición de Michael E. Brown, por grupo étnico entendemos una comunidad de personas vinculadas por una cultura –una combinación flexible de lengua, religión, costumbres, instituciones, leyes, entre otras−, pasado histórico –real o mitificado− y ascendencia comunes, un sentimiento de pertenencia a un territorio concreto –poblado o no− y la concienciación de su propia existencia como comunidad diferenciada. Así, los kurdos comparten unos hechos culturales diferenciales –el uso de la lengua kurda, la religión islámica (la mayoría), costumbres determinadas, la creación (o la pretensión de hacerlo) de instituciones propias en diversos momentos de la historia −, un sentimiento de pertenencia a un territorio predominantemente kurdo al que llaman Kurdistán, la propia afirmación de conformar un pueblo distinto (al turco, árabe, iraní) y una historia y ascendencia común de orígenes inciertos pero cuyo comienzo se suele situar a partir de la conquista árabe de la histórica Mesopotamia en el año 637. 

La historia de los kurdos, desde entonces caracterizada por episodios de desigual rebelión, sumisión o cooperación de sus distintos núcleos tribales respecto a los gobiernos centrales (árabes, persas o turcos) no adquiere importancia para nuestro objeto de estudio hasta las postrimerías del Imperio Otomano. Es entonces cuando la identidad nacional kurda se conforma como tal al mismo tiempo que las identidades nacionales árabe y turca –en el contexto otomano- pasan por el mismo proceso; es el momento histórico marcado por el auge de los nacionalismos.

Mapa que muestra la distribución de la población kurda en Turquía, Siria, Irak e Irán        Fuente: mapa interactivo de Council on Foreign Relations el mayo de 2018, https://www.cfr.org/interactives/time-kurds#!/#multinational-heritage

Antes de intentar comprender por qué los árabes, turcos y kurdos adoptaron una identidad basada en la etnicidad, es necesario entender que el factor principal de identidad en la sociedad otomana era la religión. De hecho, la división de la sociedad en distintos grupos según el eje religioso era el fundamento básico del sistema de los millet del Imperio Otomano. Dicho sistema garantizaba la autonomía de las comunidades no musulmanas a la vez que aseguraba un control indirecto del Imperio sobre éstas a través de líderes religiosos que actuaban como intermediarios, a cambio de la imposición de impuestos adicionales y obediencia administrativa. En este contexto, la identidad de los kurdos, a pesar de conformar un grupo étnico-lingüístico propio, estaba marcada por la religión, así como también por los vínculos familiares y tribales. Los kurdos, al ser mayoritariamente musulmanes sunníes, formaban parte de la umma o sociedad islámica del Imperio Otomano junto con árabes, turcos y otras minorías. A pesar de esto, la compleja estructura administrativa otomana no se basaba únicamente en el sistema de los millet; en el caso concreto de los territorios predominantemente kurdos –hoy, el este de Turquía y norte de Irak−, éstos tomaron forma de principados o jefaturas con distintos grados de autonomía y privilegios especiales, a partir de su anexión por parte de los otomanos del control del Irán Safavid en el siglo XVI. Ésta fue la manera de premiar a los kurdos por haberse alineado con el Sultán, considerado menos centralista que el Shah persa del momento, pero también de asegurar la protección de la frontera oriental.

Las reformas centralizadoras y modernizadoras en el seno del Imperio Otomano a partir del siglo XIX, planteadas con el objetivo de garantizar la supervivencia de un Estado en retroceso, no sólo en cuanto a dominio militar y territorial −a destacar las derrotas del Imperio Otomano ante Rusia el siglo XVIII, culminando en la pérdida de Crimea, y ya en el siglo XIX la consecución de las independencias de los países cristianos Grecia, Serbia, Rumanía y Bulgaria− sino también en lo económico y comercial, acabaron con el sistema de emiratos feudales instaurado en los territorios kurdos. No obstante, y a pesar del conjunto de revueltas que acaecieron de forma descoordinada e irregular a lo largo del siglo lideradas por jefes tribales kurdos, el vacío de poder tras la abolición de los emiratos favoreció el ascenso de los jeques o líderes de las cofradías religiosas kurdas, mientras que los jefes tribales mantuvieron parte de sus poderes locales. El caso es que, incluso bajo la imposición de las reformas conocidas como Tanzimat en la segunda mitad del siglo XIX, y a pesar de las constantes luchas y encuentros con el poder establecido otomano, el sistema sociopolítico kurdo de características tribales y con privilegios especiales se mantuvo en menor o mayor grado hasta bien entrado el siglo XX. Durante los años de la primera guerra mundial una parte importante de los kurdos participaron activamente en el Genocidio Armenio y en las campañas militares lideradas por el posterior padre de la nación turca, Mustafa Kemal, en la conocida como Guerra de la Independencia turca, para expulsar las tropas de los países occidentales ocupantes después de la firma del tratado de Sèvres. Los kurdos, junto con otras minorías musulmanas, se alinearon con los nacionalistas turcos ya que éstos fueron muy hábiles en el uso de un discurso islámico que movilizaba a una población étnicamente diversa contra los países ocupantes cristianos. También influyeron otros factores, como la presencia de tropas extranjeras y la adjudicación de tierras al futuro estado de Armenia según el tratado de Sèvres.

La transición a la República de Turquía: asimilación, rebelión y represión

La realidad se presentó distinta una vez que las fuerzas occidentales fueron expulsadas del país, el sultanato abolido, y los nacionalistas turcos tomasen el poder para fundar una república basada en los principios kemalistas: republicanismo, populismo, laicismo, revolucionismo (reformismo), nacionalismo y estatismo. Y es que como explicaba Andrew Mango, Mustafa Kemal, durante los años anteriores a la creación de la República turca (1923) reconocía la kurdicidad en las regiones orientales, incluso usando el término Kurdistán (posteriormente proscrito), y abogaba por la creación de gobiernos autónomos con los que los kurdos se sintiesen cómodos dentro del nuevo estado. No obstante, una vez la nueva república fue formada, bajo las ventajosas condiciones del tratado de Lausanne, el presidente Mustafa Kemal entendió que para lograr construir una república moderna y secular necesitaba acaparar el poder absoluto, y en consecuencia la concesión de cualquier tipo de autonomía a los kurdos, considerados como atrasados, sería un obstáculo para dicho objetivo.

 

El nacionalismo turco que se impuso en la ideología oficial del estado, aparentemente cívico −en el que todos los ciudadanos de Turquía se reconocían como iguales−, era en realidad fuertemente etnicista. Turquía se constituía como un estado-nación en el que, para mantenerse unido e inquebrantable, la identidad de la etnia mayoritaria –la turquicidad− se debía imponer a las minorías, forzadas a ser asimiladas. En la práctica esto se tradujo, a partir de 1924, en la prohibición de la lengua kurda, las escuelas, asociaciones y publicaciones kurdas, así como las cofradías religiosas, que suponían verdaderos ejes vertebradores de la sociedad kurda. Es en este contexto de revolución cultural y políticas asimilacionistas del estado turco cuando, paradójicamente, el sentimiento nacional kurdo se unificó gradualmente pasando la etnia a ser el factor principal de movilización. Junto a este proceso, el nacionalismo kurdo se transformó y expandió: el nacionalismo kurdo original, más bien un movimiento cultural de élites intelectuales urbanas, adoptó reivindicaciones políticas radicales y se expandió hacia las clases sociales inferiores del Kurdistán.

Fotografía de Mustafa Kemal Atatürk, tomada en Ankara el 1931. Obtenida del archivo fotográfico de la página oficial de la Presidencia de Turquía

El nacionalismo kurdo de los años 20 y 30, cada vez más etnicizado, se caracterizaba también por sus reivindicaciones islamistas ante las draconianas medidas secularizantes de la nueva república. Distintos líderes nacionalistas kurdos se sucedieron en la apuesta por rebeliones violentas que pudieran subvertir el orden establecido y expulsar a las autoridades turcas de territorio kurdo. Entre ellas, las más conocidas fueron la revuelta del jeque Saïd (1925), la revuelta del monte Ararat (1927-31) y la de Dersim (1936-38). La respuesta militarizada del gobierno turco fue en cada una de ellas más brutal e implacable. Además de la militarización de las regiones orientales, desde el gobierno se pretendió también modificar su realidad demográfica –y diluir las ‘fronteras étnicas’ del Kurdistán− a través de deportaciones de kurdos y repoblación con turcos. En Dersim, el último lugar en Turquía donde el poder central no había conseguido establecer su control, el gobierno ejecutó una política de tierra quemada que significó el punto y final de un período de resistencias tribales infructuosas.

Habría que esperar hasta la década de los 70 para que el nacionalismo kurdo en Turquía resurgiera, con una nueva generación de jóvenes influenciados por los sucesos acaecidos en el vecino Kurdistán iraquí –las revueltas kurdas lideradas por el guerrillero Mustafa Barzani− y por las ideas marxistas revolucionarias. Una nueva fase del nacionalismo kurdo que se asentaría con la fundación del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en 1978.

EN LA PRÓXIMA ENTREGA

Repasaremos el período desde la fundación del PKK hasta 2013, fijándonos en el contexto histórico y social en el que surgió, su evolución tanto a nivel ideológico como organizativo, así como la respuesta del estado turco.

BIBLIOGRAFÍA:

Barkey, K. & Gavrilis, G., 2016. The Ottoman Millet System: Non-Territorial Autonomy and its Contemporary Legacy, Ethnopolitics, 15:1, 24-42, DOI: 10.1080/17449057.2015.1101845

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Natali, D., 2005. The Kurds and the State. Syracuse, Nueva York: Syracuse University Press

 

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LAS PROTESTAS EN IRÁN (II):
El acuerdo nuclear y el tablero internacional

LAS PROTESTAS EN IRÁN (II):
El acuerdo nuclear y el tablero internacional

Por Airy Domínguez y Aitor Lekunberri

Edición y montaje de Airy Domínguez a partir de imágenes de El País y Univisión

 

El acuerdo nuclear: una victoria política para Irán

Como mencionábamos en el artículo LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): factores internos y geopolítica , a comienzos de 2002, tras los atentados del 11 de septiembre, el presidente estadounidense George W.Bush acusó a Irán de apoyar el terrorismo internacional, incluyéndolo en el denominado “eje del mal”. Recurriendo a un lenguaje belicista, Bush aseguró que la “guerra no ha hecho más que empezar” y que “Estados Unidos no permitirá que los regímenes más peligrosos del mundo amenacen con las armas más destructivas del mundo” (González, E., 2002).

La invasión de Irak en 2003 hizo saltar por los aires los frágiles equilibrios de la región. Esta facilitó el ascenso al poder de las élites chiitas, aliadas de Irán, permitiendo por tanto el fortalecimiento del denominado eje chiita, lo que se tradujo en un nefasto resultado para los intereses norteamericanos. Por otra parte, la destrucción del aparato estatal iraquí y el vacío de poder resultante crearon el caldo de cultivo para el crecimiento de grupos armados como el Estado Islámico.

En este contexto, se inició una gran batalla diplomática entre Irán y una “coalición” compuesta por EEUU y la Unión Europea, en torno al programa nuclear iraní. Las tensiones por la reactivación de dicho programa se agravaron tras el ascenso a la presidencia iraní de Mahmud Ahmadineyad (2005-2013) – quien sucedió al moderado Mohammad Jatami (1997-2005) –.

Sin embargo, tras la llegada en 2009 de Barack Obama a la Casa Blanca (2009-2017), las tensiones se recondujeron dando lugar a un acercamiento diplomático. Este se materializó en la firma, en 2015, del histórico acuerdo nuclear entre la República Islámica y un grupo de seis potencias occidentales (China, EE.UU., Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania).

En dicho pacto, oficialmente denominado Plan de Acción Conjunto y Completo (PACC), se acordó el levantamiento de las sanciones internacionales occidentales bajo el compromiso expreso de Irán de limitar el desarrollo de su programa nuclear. Entre los puntos clave del citado acuerdo cabe destacar:

    1. El compromiso de Irán de no producir uranio altamente enriquecido durante los próximos 15 años.
    2. El compromiso de Irán de deshacerse del 98% del material nuclear que posee, así como de eliminar 2/3 de las centrifugadoras que tiene instaladas.
    3. A cambio, Naciones Unidas se comprometió a levantar todas las sanciones que pesan sobre Irán vinculadas al programa nuclear.
  1.  

Fuente: BBC Mundo

Junto a lo anterior, el levantamiento de las sanciones permitió a Irán disponer de más de US$100.000 millones en activos congelados en el extranjero, así como vender con libertad su petróleo en el mercado internacional y recuperar el acceso a los instrumentos de comercio existentes en el sistema financiero global (BBC, 2016). De esta forma, se abría la puerta tanto a la entrada masiva de capitales e inversiones extranjeras, como al desarrollo de importantes flujos comerciales entre Irán y Occidente.

La firma del acuerdo nuclear supuso una importante derrota política y diplomática para Israel y Arabia Saudí, partidarios de la vía dura – incluso militar – para presionar a la República Islámica. En este sentido, ambos países se presentarán como fervientes defensores del mantenimiento y agravamiento del régimen de sanciones contra Teherán. Un contexto en el que la firma del PACC supuso el reconocimiento de Irán como potencia regional por parte de Occidente (Zamora, 2016:168).

Otra cuestión que despierta recelos e incluso atemoriza a los rivales regionales de Irán, – entre ellos Israel y Arabia Saudí –, es el hecho de que, a medio plazo, la política de apaciguamiento hacia Irán podría redundar en mayores niveles de desarrollo económico y social, dando mayor estabilidad y legitimidad a la élite política iraní. A ello hay que añadir la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y su reacia posición al mantenimiento del acuerdo nuclear.

 

El actual tablero internacional

La presente situación de confrontación diplomática entre EEUU e Irán, junto con las reacciones a las protestas protagonizadas en el país persa, han manifestado nuevamente la existencia de dos ejes, y por tanto, de sus intereses regionales e internacionales. Aquí, cabe aludir a la ausencia de bloques sólidos en Oriente Medio. En este sentido, Soler i Lecha señala que “ […] cuando se forja una alianza [esta] no se fundamenta en una identidad o proyecto común sino en el miedo. La percepción de qué o quién representa una amenaza cambia en función de acontecimientos puntuales y es así como proliferan alianzas que se circunscriben a un tema y suelen tener fecha de caducidad” (Soler i Lecha, E., 2016). El mencionado carácter líquido de los bloques queda igualmente plasmado las rivalidades, así, nos encontramos con actores tradicionalmente enemistados que hacen frente común en un tema concreto – sin que ello suponga su reconocimiento como aliados –. Un contexto en el que potencias como Arabia Saudí y, probablemente, Irán, continúan aspirando a liderar bloques sólidos (Ídem).

 

Eje EEUU – Israel – Arabia Saudí

Israel, tradicional aliado de EEUU en la región, se presenta como el primer país que aplaude el cambio de actitud estadounidense. Entre las principales motivaciones de su posicionamiento se encuentran el tradicional apoyo de Irán a grupos militantes palestinos y libaneses contrarios a Israel[1], así como el temor a que el país chií aumente su influencia en la región. Junto a él se encuentra Arabia Saudí, tradicional rival de Irán en el Golfo Pérsico, que ve en Irán una amenaza – tanto por su carácter influyente como por su programa nuclear y su marcada ideología –.

Pese a la tradicional frialdad entre Arabia Saudí e Israel, los lazos entre ambos países se han ido estrechando tal y como pone de manifiesto la entrevista concedida el pasado mes de noviembre por el jefe militar de Israel, Gadi Eisenkot, al periódico saudita Elaph. Un llamamiento a la acción conjunta de ambos países contra Teherán, donde Eisenkot señalaba el modo en que ambos podrían unirse para contrarrestar la influencia iraní en la región. Además, el militar israelí aseguró que Irán constituía la «mayor amenaza para la región» y que estaban dispuestos a compartir información con estados árabes «moderados» como Arabia Saudita (Beaumont, P., 2017).

En cuanto a las relaciones entre Arabia Saudí y Estados Unidos, cabe destacar que si bien estas rompieron su acostumbrada trayectoria de amabilidad con los atentados del 11S, el programa nuclear de Irán y sus guerras proxy han contribuido, junto con la lucha contra Al-Qaeda, a la mejoría de las relaciones. Ello sin olvidar lo que esta relación supone en términos de venta armamentística y, por tanto, en beneficios económicos para EEUU (Cooper, H. Y Lander, M., 2012).

 

Eje Irán – Turquía – Rusia

Entre las causas que han aumentado la percepción de Irán como amenaza se encuentran, por un lado, el estrechamiento de las relaciones entre este país, Turquía y Rusia y, por otro, la posibilidad de creación de un nuevo eje geopolítico que socave la política estadounidense. Esta aproximación se plasma en la cumbre trilateral de Sochi, donde se reunieron los mandatarios de Rusia, Turquía e Irán para sentar las bases del posconflicto sirio, así como en la visita a Ankara del presidente ruso Vladímir Putin. En este contexto, el reciente reconocimiento de Jerusalén como capital histórica de Israel por parte del presidente Donald Trump ha jugado un papel importante, entre otras cosas incidiendo en este aparente nuevo eje, siendo Turquía el principal detractor (Mansilla, B., 2017).

En relación a la aparente constitución de un nuevo eje euroasiático, el transcurso de los recientes acontecimientos ha servido como oportunidad para mostrar unidad. En este sentido, Rusia – aliada de Irán en el apoyo a Bashar Al Assad – se ha posicionado en contra de la injerencia extranjera en los asuntos internos del país, así como de los planes de revisión del acuerdo nuclear. Asimismo, tanto Erdogán como Siria han condenado los intentos de injerencia de EEUU e Israel.

NOTAS AL PIE:

[1] Entre ellos se encuentran el apoyo al movimiento nacional de liberación en la ocupación israelí de Líbano (1982) que llevaría al nacimiento de Hezbolá. Por otro lado, el caso más significativo en Palestina es el de Hamás.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Yuhas, A., 2017. Todas las claves del decreto migratorio de Trump: ¿es realmente un veto musulmán? El diario.es. 30 enero. Disponible en: http://www.eldiario.es/theguardian/Explicamos-migratorio-Trump-realmente-musulman_0_607190071.html (Consultado: 15/01/2018)

Zamora, A., (2016): “Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos”, Madrid: Ediciones Akal

 

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LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): Factores internos y geopolítica

LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): Factores internos y geopolítica

Por Airy Domínguez y Aitor Lekunberri

Edición y montaje de Airy Domínguez a partir de imágenes de El País y Univisión

Con más de 80 millones de habitantes, una enorme riqueza en recursos naturales y energéticos, y una envidiable posición geoestratégica – en pleno golfo Pérsico -, Irán enfrenta un momento de gran tensión e incertidumbre. Aquí, las recientes protestas antigubernamentales y la voluntad de la administración Trump de poner fin al acuerdo nuclear de 2015, se presentan como motores fundamentales.

La reciente ola de protestas en Irán debe ser analizada no sólo en el contexto de dificultades económicas a las que se enfrenta el país, sino también en el marco de la disputa geopolítica presente en la región entre un eje suní, liderado por Riad, y un eje chií, liderado por Teherán. En el marco de esta disputa, países como Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí estarían tratando de influir en la política interna de la República Islámica mediante la presión económica y el apoyo político brindado a las protestas.

Las protestas antigubernamentales (diciembre de 2017 – enero de 2018):

Desde finales de diciembre de 2017, Irán se ha visto sacudido por una importante ola de protestas de carácter esencialmente descentralizado y ausentes de un liderazgo claro. Estas se han llevado a cabo en diferentes capitales de provincias y ciudades del país como Mashad, Neyshabur, Kamshmar o Shahrud (Hurtado, L.M., 2018) dejando, al menos, 20 fallecidos.

En opinión de la politóloga exiliada kurdo-iraní Nazanín Armanian, las recientes protestas han de entenderse en el contexto de una profunda crisis política, económica y social que azota al país. A lo anterior, habría que añadir la presencia de una lucha de poder entre dos facciones en el interior de la República Islámica: por un lado, un sector conservador liderado por una alianza entre el ayatolá Ali Jamenei y los jefes militares de los Guardianes de la Revolución Islámica; por otro, un sector “moderado” cuyo principal exponente es Hasan Rohaní, actual presidente del país (Armanian, N., 2017).

En cuanto la crisis socioeconómica, entre los principales problemas presentes en el país destacan el elevado índice de desempleo, el elevado coste de la vida, la corrupción, y las dificultades de ascenso social para una juventud[1]. Todo ello en un contexto de dificultades financieras fruto de la brusca caída de los precios de los hidrocarburos a partir de 2014.

Por lo que respecta a la lucha interna de poder, el sector conservador estaría tratando de instrumentalizar el descontento social para tratar de debilitar la posición del presidente Rohaní, bajo el entendimiento de que las políticas moderadas de este estarían socavando el liderazgo religioso y la autoridad de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (Kozhanov, N. 2018). Dicho sector conservador, ha utilizado una retórica antiimperialista, denunciando las injerencias exteriores que estaría sufriendo la República Islámica, en particular de EEUU e Israel, a quienes se apunta como responsables principales de alentar la ola de protestas. Así, el ayatolá Jamenei ha denunciado a “los enemigos de Irán que con diferentes herramientas como dinero, armas, política y servicios secretos se han aliado para crear problemas al sistema islámico” (Falahi, A., 2018). En esta línea, el embajador de Irán en la ONU, Gholamali Khoshroo, argumentó en el Consejo de Seguridad que su gobierno tenía «pruebas contundentes» de que las recientes protestas fueron «muy claramente dirigidas desde el exterior». La injerencia estadounidense en el país, de momento, sólo ha sido demostrada en lo retórico. En este sentido, en sus declaraciones, Trump manifiesta su apoyo a las protestas contra lo que considera un régimen corrupto, garantizando que recibirán un “gran apoyo de Estados Unidos en el momento apropiado”.

 

La relación entre EEUU e Irán

Fuente: whitehouse.gov

Más de dos años después del histórico acercamiento entre EEUU e Irán, la escalada de tensión entre ambos países es un hecho. Junto a la oleada de insultos hacia los líderes del país persa, la llegada de Donald Trump a la presidencia se ha manifestado en un giro diplomático en el que se encuentran acciones como el veto migratorio, la decisión de crear la designada ‘fuerza de seguridad’ en el noreste de Siria[2], o la pretensión de endurecer el acuerdo nuclear[3], entre otros.

Si bien la hostilidad de EEUU hacia Irán ha sido una constante, con la administración Obama daba la sensación de que las relaciones diplomáticas entre ambos países asistían a un cambio de rumbo. Los movimientos de Donald Trump se muestran encaminados a una dinámica del enfrentamiento, donde los aparentes deseos de viraje de la política internacional estadounidense y su distanciamiento de la región se desvanecen, siendo Irán el país en el punto de mira. Una política que lleva a EEUU a incumplir nuevamente Los Acuerdos de Argel de 1981[4], recurriendo, una vez más, al irónico discurso de actuar en nombre de los derechos humanos[5]. Pero, ¿por qué Irán?

 

Irán en clave geopolítica regional e internacional

El hasta 1935 reconocido por Occidente como Persia, es un país de historia milenaria que goza de una importante pluralidad étnica – persas, azeríes, kurdos, árabes, etc. –. A nivel religioso, el Islam se presenta como la corriente más extendida, siendo el islam chií predominante – religión oficial del Estado profesada por un 89% de la población – . En cuanto a su extensión, Irán cuenta con una superficie de 1.648.000 kilómetros cuadrados – más de tres veces la superficie de España –, poblada por más más de 80 millones de habitantes.

La importancia estratégica del país viene marcada por una serie de características políticas, económicas y religiosas, entre las que se encuentran su riqueza en recursos naturales, su carácter islamista, y el negocio de las armas. En lo que a los recursos naturales y energéticos se refiere, es el país del mundo con mayores reservas de gas y el cuarto en reservas de petróleo, cuestión que le ha llevado a ser codiciado por las grandes potencias internacionales. Así, a lo largo del siglo XX, “[…] Inglaterra primero, EEUU e Israel después, maniobraron para controlar Irán, para convertirlo en uno de los principales «Estados gendarmes» de Occidente en Oriente Medio” (Zamora, 2016: 163).

Políticamente hablando, la historia contemporánea del país está profundamente marcada por el impacto de la Revolución Islámica de 1979. Un levantamiento de carácter popular, antiimperialista y antioccidental que derribó a la dictadura del Shah – Mohammed Reza Pahlevi – y sacudió los cimientos geopolíticos de la región, al tiempo que propició la animadversión de países como Estados Unidos, Europa, Israel y Arabia Saudí, quienes no cesaron en su intento por debilitar a la naciente República Islámica[6]. Una implicación de las potencias occidentales que ha sido referida por Nazanín Armanian:

“Ya en 1980, y tras la caída inesperada del Sha, Henry Kissinger elaboró la ‘Doctrina de Doble Contención’ de impedir el desarrollo de Irak e Irán a beneficio de la hegemonía de Israel, como el único garante estable de sus intereses en la región. EEUU provocó la guerra entre Irak e Irán y después sometió a Irak a una continua destrucción que aun hoy continua. Y ha pretendido contener a Irán con sanciones económica, amenazas militares, incluso creando monstruos como el Estado Islámico (sunnita y wahabí), para arrastrar a la teocracia chiita de Irán a una guerra religiosa” (Anmanian, N., 2018).

A nivel económico, Irán se presenta como un territorio clave para el negocio armamentístico. En este sentido, las preocupaciones sobre la creciente amenaza estratégica de Irán, que continúan presentes en el siglo XXI, se han convertido en la base principal de las compras avanzadas de armas de los estados del miembros del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG). Las principales compras de nuevo armamento realizadas en los últimos 20 años en el Cercano Oriente, tienen como cardinal catalizador la crisis del Golfo Pérsico. Dicha crisis culminará en la guerra del Golfo, donde EEUU, a la cabeza de la coalición que buscaba expulsar a Iraq de Kuwait, ocupará una posición de peso. De este conflicto derivarán consecuencias sustanciales para el negocio de las armas, a saber, el establecimiento de la potencia estadounidense como garante de la seguridad del Golfo, y la creación de nuevas demandas de compradores clave como Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y otros miembros de CCG[7] (Richard Grimmett and Paul Kerr, 2012), entre otras[8].

A nivel religioso, hay que tener presente que desde los años 80 del pasado siglo, la política de Oriente Medio ha estado marcada por la división geoestratégica de la región en dos bloques de poder que, aparentemente, responden a una cuestión religiosa. En este sentido, por un lado, estaría el bloque sunnita liderado por Arabia Saudí, con el que estarían países como Estados Unidos y el cada vez más cercano Israel. Por otro, el bloque chiita liderado por Irán, de marcado carácter antiimperialista y que cuenta en sus filas con aliados como Siria, Rusia y organizaciones político-militares como el Hezbolah libanés[9].

 

Las injerencias de EEUU en Irán

El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán requiere de una regresión a las injerencias estadounidenses en el país persa. En este sentido, en la esfera política destaca la participación norteamericana en el golpe que culminó con el derrocamiento de Mohammed Mosaddeq[10]. Así, tal y como refieren informes de la CIA, este acontecimiento fue orquestado por las agencias estadounidenses y británicas, siendo el resultado el establecimiento de un hombre de confianza en el poder, el Shah (1953). Un logro que se vería truncado con la ya mencionada revolución iraní del 79, que dará el poder al Ayatollah Jomeini. Desde entonces el enfrentamiento es la dinámica recurrente en las relaciones entre ambos países, por lo menos hasta la llamada de Obama al presidente Rohuani.

En el campo militar, la carrera iraní se remonta a la década de los 50 cuando se proyectó, con la colaboración de EEUU, la apertura de varias centrales nucleares. Sin embargo, será un año después de la llegada de Jomeini al poder cuando, ante un ataque a la embajada americana en Irán por parte de seguidores del Ayatollah, el presidente estadounidense Jimmy Carter decida romper las relaciones con Irán. Desde ese momento se iniciará una escalada de tensión que culminará en septiembre de 1980 con la declaración de la guerra entre Irán e Irak – donde EEUU jugará un papel importante –. En este contexto, la administración Reagan impondrá las primeras sanciones y embargos a Teherán (1987). El siguiente gran desencuentro lo encontramos en 2002, cuando George W. Bush se decide incluir a Irán, Irak y Corea del Norte en el llamado «eje del mal». Junto a lo anterior, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) denunció el incumplimiento sistemático del tratado de No proliferación Nuclear por parte de Teherán, cuestión que, acompañada de una serie de reacciones y movimientos, generará inquietud en Occidente, siendo su respuesta la imposición de más sanciones y embargos[11]. No será hasta julio de 2015 cuando, tras tres años de negociaciones iniciadas, se firme el histórico pacto nuclear[12] con el que fuera el nuevo presidente – Rouhani – (La Información, 2016).

Más allá de su intervención en la esfera de las sanciones económicas y de su injerencia en asuntos políticos, se encuentra el apoyo a disidentes y grupos armados insurgentes por parte del país americano. Entre ellos se encuentran la «Asociación de Docentes de Irán»; la Fundación para la Democracia en Irán (FDI), y Consejo Nacional Iraní Americano (NIAC). Junto a lo anterior, en septiembre de 2000, quedo abiertamente expresado el apoyo de los senadores al grupo MEK Mojaheddin-e-khalgh. Además, de acuerdo con la Inteligencia pakistaní, los Estados Unidos usaron secretamente a otro grupo terrorista, Jundallah[13] (Sepahpour- Ulrich, S., 2018).

En la segunda parte del presente artículo, LAS PROTESTAS EN IRÁN: sinergias internacionales, se tratarán el acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 y las repercusiones internacionales de la situación presente, así como su reflejo en dos bloques claramente definidos.

NOTAS AL PIE

[1] Para más información véase el artículo Six charts that explain the Iran protests

[2] EEUU y las Fuerzas de Siria Democrática (FSD), alianza encabezada por milicias kurdas, pretenden crear un cuerpo de 30.000 combatientes que será desplegado en áreas fronterizas de la autoproclamada administración autónoma kurdosiria. Para más información véase el artículo Irán denuncia una “conspiración” estadounidense contra la integridad de Siria.

[3] El viernes 12 de enero, Donald Trump lanzó a los europeos un ultimátum para que le ayuden a endurecer el acuerdo en los próximos meses, amenazando con su retirada.

[4] El primer punto recogía la promesa de los Estados Unidos de no intervenir en los asuntos internos de Irán de todos modos.

[5] El pasado 2 de enero la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, afirmó que Trump apoyaba al pueblo iraní y aseguró que el «juego final definitivo de la Casa Blanca sería que los ciudadanos y el pueblo de Irán reciban realmente los derechos humanos básicos» y que el régimen «deje de ser un estado patrocinador del terror» (NBC News).

[6] Con este objetivo, armaron y financiaron al gobierno iraquí de Sadam Hussein en su guerra contra Irán (1980-1988), también conocida como la Primera Guerra del Golfo (Zamora, 2016: 163).

[7] Estados Unidos ocupó el primer lugar en los acuerdos de transferencia de armas con el Cercano Oriente durante el período 2004-2007 con el 30,3% de su valor total (casi $ 20 mil millones en dólares corrientes). El Reino Unido fue el segundo en estos años con el 26.5% ($ 17.5 mil millones en dólares corrientes). Recientemente, de 2008 a 2011, los Estados Unidos dominaron los acuerdos de armamento con esta región con casi $ 92 mil millones (en dólares corrientes), un 78.9% de participación (Richard Grimmett y Paul Kerr, 2012)

[8] En el campo del negocio armamentístico no se puede olvidar la existencia de un eje ruso-iraní, donde Rusia destacaría entre los vendedores de armas a Irán. Para más información véanse los artículos Russia-Iran Arms Trade y

Rusia expande su influencia en Medio Oriente con la venta de armas e inversiones petroleras

[9] Para una mejor comprensión de las diferencias doctrinales entre sunnitas y chiitas consultar el artículo “El islam y sus dos escuelas mayoritarias: el sunismo y el chiismo” disponible en: http://www.menanalisis.com/?p=568

[10] Elegido en 1951 rápidamente optaría por renacionalizar la producción de petróleo iraní – bajo control británico a través de la Compañía Petrolera Anglo Persa, futura British Petroleum (BP) –. Dicha medida preocupó tanto a Estados Unidos como a Reino Unido, para este último el petróleo de Irán era clave para su reconstrucción económica tras la guerra. Para una información más detallada véase el artículo La CIA admite su intervención en golpe de Estado en Irán en 1953. Disponible en: http://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2013/08/130820_ultnot_cia_iran_am

[11] Para una información más detallada sobre las sanciones y embargos por parte de EEUU véase https://www.treasury.gov/resource-center/sanctions/Programs/pages/iran.aspx . Para el caso de la UE véase: http://www.consilium.europa.eu/es/policies/sanctions/iran/

[12] Acuerdo alcanzado por Irán y el Grupo 5+1 (China, Francia, Gran Bretaña, EEUU, Rusia y Alemania).

[13] Organización con base en Balochistan en lucha por los derechos de los musulmanes sunitas en Irán (TRAC, 2018).

 

BIBLIOGRAFÍA

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