Turquía en los Balcanes occidentales: del Imperio otomano a Erdogan

Turquía en los Balcanes occidentales: del Imperio otomano a Erdogan

Por Martín Madridejos

Durante más de quinientos años el Imperio otomano dominó los Balcanes. Tras su descomposición y la posterior conversión en una república parlamentaria, Turquía mantuvo durante décadas una política exterior poco activa en la región. Sin embargo, el final de la Unión Soviética, los sangrientos conflictos armados y la desintegración de la antigua Yugoslavia derivaron en un nuevo contexto regional e internacional en el que el país quiere volver a ser protagonista. Las nuevas condiciones internas de Turquía recondujeron su política exterior hacia la región balcánica y ahora aspira a reforzar los antiguos lazos culturales, sociales y, por supuesto, económicos.

El Imperio otomano en los Balcanes occidentales

En uno de los puntos álgidos de Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, se encuentra el barrio de Bascarsija, conocido por haber sido el bazar en la época otomana. Hoy en día es una de las principales atracciones turísticas de la ciudad, y por él se puede pasear tranquilamente y disfrutar de la artesanía de origen turco que venden los locales y de los deliciosos cevapcis, un plato de carne picada y condimentada en forma de salchicha, también originarios del periodo otomano. Si uno pide un café le pondrán uno al estilo turco servido en un cezve, caracterizado por su espesor y por su fondo terroso.

Unos cuantos kilómetros más al sur del país podemos llegar a Mostar y encontrar el enorme puente que atraviesa el río Neretva, símbolo también del Imperio otomano.  La construcción fue encargada por Solimán el Magnífico en 1557 con el objetivo de convertir la ciudad en el nexo entre el mar Adriático, en esos momentos dominado por la República de Ragusa, y el interior de la península balcánica, dominada por los otomanos.

Entre los siglos XV y XX, los Balcanes occidentales formaron parte del Imperio otomano, lo que se tradujo en un proceso de asimilación cultural, en diferentes grados, de las poblaciones que habitaban en la región. Fruto de aquella permanencia secular no solo sobrevive el Islam, religión mayoritaria en Bosnia y Herzegovina, Albania y Kosovo, sino que son claramente perceptibles los préstamos lingüísticos como la mismísima palabra Balcanes (Balkan significa «montaña arbolada» en turco) y las costumbres de origen inconfundiblemente otomano, como buena parte de la gastronomía y la música popular. Los turcos siempre tuvieron en cuenta la región como un territorio estratégico: el puente hacia Europa.

La expansión del Imperio Otomano//Fuente: University of Illinois at Urbana-Champaign

El nacimiento del nacionalismo moderno turco

A finales del siglo XIX, el poderío del Imperio comenzaba a tambalearse. Problemas económicos cada vez más pronunciados, derivados de una creciente deuda y constantes guerras, contribuyeron al auge de los nacionalismos de la región. Con cada vez más frecuencia estallaban revueltas contra la administración turca que acabaron concluyendo con la independencia de los territorios del Imperio.

El Congreso de Berlín (1878), celebrado tras la derrota del Imperio otomano contra la Rusia zarista, determinó las nuevas fronteras territoriales en los Balcanes incluyendo, entre otras, la independencia de Serbia y la absorción de Bosnia y Herzegovina por el Imperio austrohúngaro.

El Imperio otomano siguió perdiendo territorios, como en las dos guerras de los Balcanes que acontecieron entre 1912 y 1913, luchando contra la Liga Balcánica y Rumanía. Tan solo un año más tarde estallaba la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la que Turquía participó en el bando del eje. La Gran Guerra, que enfrentaba a los imperios modernos, además de situar los engranajes para el nuevo orden mundial, supuso la pérdida definitiva de la administración territorial y la culminación del proceso de descomposición del antiguo Imperio otomano. Además, Turquía perdió territorios a manos de Grecia y Armenia, entre otros países. 

A la vez que el Imperio se iba descomponiendo, el nacionalismo moderno turco se hacía más poderoso. En 1906 se creó el movimiento de los Jóvenes Turcos, un partido reformista y nacionalista que en 1908 encabezó una revolución con el objetivo de modernizar el país. Poco después, un joven llamado Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938) emergía como líder de un movimiento nacional que propugnaba la creación de un estado nación moderno.

Tras la Gran Guerra, Ataturk encabezó la Guerra por la Independencia Turca (1919-1923), que terminó con la expulsión de las potencias ocupantes. Posteriormente, amparada en el Tratado de Lausana en 1923, se proclamó la República de Turquía con sus límites territoriales actuales. El Imperio pasó de la autocracia a la república  y del carácter multiétnico y multirreligioso a la unificación cultural.  El sultán Mehmet VI había abdicado el año anterior.

Ataturk, junto a las ideas de los Jóvenes Turcos, sentó las bases ideológicas de la Turquía contemporánea. El pensamiento resultante, el llamado kemalismo, se fundamentaba en seis pilares: republicanismo, populismo, secularismo, reformismo, nacionalismo y estatismo. Las reformas acaecidas tenían como fin un acercamiento a los sistemas sociales y políticos occidentales, incluyendo desde la laicización del Estado o el traslado de la capital hasta Ankara hasta la adopción del calendario gregoriano o un cambio de gran calado en la lengua turca, que desde 1929 pasó a escribirse en caracteres latinos.

Una política exterior poco activa en la región

El proceso de descomposición hizo que la influencia otomana en los Balcanes occidentales se diluyera. Sin embargo, a partir de 1923, la nueva Turquía comenzó de nuevo a tejer lazos políticos y militares con la región. De esta manera se firmaron varios tratados que concluyeron con la Entente de los Balcanes en 1934, que creó una alianza militar entre Turquía y el Reino de Yugoslavia, acompañado de otros países de la región como Hungría, Rumanía y Grecia.

Entente de los Balcanes 1934//Fuente: Wikipedia

La Segunda Guerra Mundial puso en jaque la seguridad de la región. El país mantuvo una posición neutral hasta los últimos años de la contienda, en la que finalmente decidió unirse al bando de los aliados. Por otro lado, en la recién nacida república socialista yugoslava tras la victoria de los partisanos, se estaba produciendo un terremoto político debido a la ruptura de mariscal Josif Broz Tito con Stalin en 1948. Yugoslavia fue alejándose parcialmente del socialismo ortodoxo y acercándose a las doctrinas del llamado “socialismo autogestionado” y erigiéndose como uno de los portavoces del Movimiento de Países No Alineados. 

Turquía en esos momentos se estaba convirtiendo en uno de los principales aliados de Occidente en la región.  Fue acercándose paulatinamente a las visiones estadounidenses y adquiriendo un carácter anticomunista. En 1952 ingresó en la OTAN junto a Grecia. Un año más tarde, Ankara, Atenas y Belgrado firmaron el Pacto de los Balcanes, finalmente ratificado en 1954, un tratado de amistad y cooperación basado en la integración de Yugoslavia en el sistema de defensa europeo y en un alejamiento del Pacto de Varsovia.

En líneas generales, la política exterior turca tras la Segunda Guerra Mundial estuvo muy marcada por la Alianza atlántica y las lógicas del bipolarismo internacional entre la URSS y Estados Unidos. En los Balcanes occidentales, Turquía desempeñó un papel poco activo muy marcado por el Telón de Acero que la separó de la región durante prácticamente cincuenta años.

El resurgimiento de Turquía en la década de los 2000

El fin de la Guerra Fría tuvo importantes consecuencias geopolíticas en los Balcanes occidentales. A la estela de la caída del muro de Berlín y del hundimiento de la Unión Soviética resurgieron conflictos sociales, étnicos y religiosos que acabaron desembocando en la independencia de las antiguas repúblicas yugoslavas y en la disolución del país.

La descomposición de Yugoslavia// Fuente: Xunta de Galicia

En líneas generales, Turquía mantuvo una postura favorable a la paz, la estabilidad y la seguridad de la región, un talante que desarrolló tanto en acciones unilaterales como participando activamente en los grandes foros multilaterales de la OTAN, la Unión Europa y otras organizaciones internacionales, siempre del lado de Occidente. Turquía tuvo una posición muy cercana a Bosnia y Herzegovina y Kosovo en sus respectivos conflictos, en los que ejercía de salvaguarda de un mundo musulmán amenazado por los serbios.

La desintegración de Yugoslavia dejó un gran vacío de poder y un nuevo escenario geopolítico en la región. Las guerras fueron un gran motivo de preocupación para Turquía, puesto que amenazaban la seguridad de la región, pero al mismo tiempo Ankara era consciente de las futuras alianzas que se podrían tejer una vez concluyeran los conflictos bélicos: nuevos estados significaban nuevas relaciones. 

Muchas de las acciones llevadas a cabo por Turquía en los años noventa fueron el germen de lo que en la década siguiente se consolidaría como una política exterior muy activa en los Balcanes occidentales.

A nivel interno, Turquía estaba cambiando profundamente. En primer lugar, el crecimiento económico era acelerado, pasando de los 220.000 millones de su PIB en 2001 a los 521.000 en 2008, creciendo al 9% en algunos años.

Evolución del GDP de Turquía en millones de dólares // Fuente: Trading Economics

En segundo lugar, los cambios políticos eran también intensos, un verdadero terremoto, debido a la irrupción del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y la llegada al poder de su presidente, Recep Tayyip Erdoğan, en 2002. La llegada del AKP suponía un énfasis en un islamismo moderado y un creciente conservadurismo social, acompañado de una profunda reforma económica de corte muy liberal.

Estas nuevas condiciones, sumadas al desencanto de las negociaciones para la incorporación a Europa, llevaron hacia un giro en la política exterior turca. Ankara puso mayor atención en regiones como el Cáucaso, Próximo Oriente o los Balcanes, y dejó de lado tanto el proceso de integración europea como las ideas occidentales. Turquía se estaba alejando del kemalismo de Ataturk y algunos expertos comenzaron a hablar del término «neootomanismo«, que hacía referencia al resurgir de Turquía como potencia histórica.

El nuevo contexto fue interpretado por Ahmet Davutoglu, por aquel entonces un reputado profesor universitario, quien a través de la publicación de su libro Stratejik Derinlik (Profundidad estratégica) en 2001, sentó las bases de la doctrina geopolítica de Turquía. Davutoglu abogaba por un mayor fortalecimiento de las relaciones con los países con un legado más cercano al Imperio otomano y al mundo musulmán en general; por la consolidación geoestratégica de su posición como puente entre Europa y Oriente Medio; y, en último lugar, por unas mejores relaciones con las potencias con intereses en sus esferas de influencia. El académico desarrolló iniciativas como la “cero problemas con nuestros vecinos”, basada en evitar confrontaciones y apostar por el pragmatismo en las relaciones internacionales.

 

Turquía y el mundo musulmán en los Balcanes occidentales

La década de los 2000 fue esencial para el reforzamiento de las relaciones con los Balcanes occidentales. Mientras que las guerras de la década de la guerra anterior habían marcado una agenda basada en el  fortalecimiento de la paz, la seguridad y la estabilidad política, posteriormente empezaron a primar las relaciones económicas y la recuperación de los lazos históricos y culturales.

Turquía comenzó a desarrollar un todo tipo de iniciativas y proyectos, desde pactos bilaterales y multilaterales en aspectos comerciales y militares, hasta inversión extranjera directa y ayuda al desarrollo. Algunos ejemplos destacables son la Agencia Turca para la Cooperación y la Coordinación (TIKA), La Presidencia de Asuntos Religiosos (Diyanet), el Instituo Yunus Emre, el canal TRT Avaz o las telenovelas turcas.

En primer lugar, la Agencia Turca para la Cooperación y la Coordinación (TIKA), que se ha encargado de la restauración de edificios históricos como mezquitas, puentes y madrazas, así como de diferentes proyectos en materias de educación, institucionalización y salud. En 2015, la TIKA destinó a los Balcanes un total de 154 millones de dólares.

 

Seguidamente, la Presidencia de Asuntos Religiosos (Diyanet), una organización que se encarga de cuestiones sobre la religión sunita a lo largo del mundo, ha servido de proveedor de servicios religiosos en los Balcanes occidentales, como cursos de preparación para ser Imán o grados universitarios en teología.  Diyanet ha financiado más de 100 mezquitas y mantiene vínculos con 2000 fuera de Turquía.

Religión en los Balcanes//Fuente: Wikipedia

En tercer lugar, el Instituto Yunus Emre, que tiene la labor de promover la cultura turca a través del mundo y que promueve cursos de lengua turca. Además, se han ido desarrollando paulatinamente consorcios entre universidades de Turquía y los Balcanes, e incluso creando universidades propias. El instituto cuenta con sedes en Albania, Bosnia y Kosovo.

El multicanal TRT creó en 2009 su versión balcánica llamada AVAZ, que proporciona temas de interés de la región en idiomas como el bosnio o el albanés. Por último, cabe destacar el impacto notable de las telenovelas turcas, las llamadas televizyon dizileri, que gozan de mucha audiencia en los Balcanes occidentales y en el mundo árabe e incluso en LatinoaméricaEl Sultán (Muhteşem Yüzyıl), es ampliamente exitoso a lo largo del mundo y ha llegado a más de cincuenta países.  Hoy en día Turquía es el segundo mayor exportador de series del mundo.

La política exterior en Bosnia, Kosovo, Albania y Macedonia

La política exterior de Turquía en los Balcanes occidentales está centrada principalmente en los países con los que comparte lazos históricos y culturales,  entre ellos Bosnia, Kosovo, Albania y Macedonia.

 

Bosnia y Herzegovina ha estado muy presente en la política exterior de Turquía, tanto en el periodo bélico como en la década de los 2000. Los bosníacos (bosnios musulmanes, una de las tres comunidades del país)  mantienen muchas costumbres de la época otomana y muestran interés en la actualidad turca. En aspectos de seguridad, hoy en día Turquía cuenta con 250 militares en la Operación Althea –una misión de seguridad en Bosnia- y ejerce un papel activo en la pacificación del país.

Otro de los países importantes es Albania, un país con un notable legado otomano y con una mayoría musulmana. Turquía financia proyectos como la gran mezquita de Tirana, que va camino de ser una de las mayores de Europa, y una aerolínea llamada Air Albania, de la cual Turkish Airlines controla el 49,12%. Además, también tiene desplegados militares y ambos son aliados debido a su pertenencia a la OTAN.

Turquía también despliega una política exterior considerable en Kosovo, un país con una mayoría albanesa y musulmana. Apoyó a Kosovo durante la guerra –de un modo más liviano que en Bosnia- y unos años más tarde, en 2008, fue uno de los primeros países en reconocer su independencia. En la actualidad, Turquía sigue destinando 400 soldados en Kosovo en misiones de la OTAN.

La República de Macedonia,  país cuya independencia fue reconocida por Turquía  internacionalmente al país en 1991, cuenta con una notable comunidad de albaneses musulmanes, principalmente en el norte, así como prácticamente 80.000 ciudadanos de origen turco. En las disputas entre Grecia y Macedonia acerca del nombre de la ex república yugoslava, un contencioso no resuelto hasta junio de 2018, Turquía siempre se posicionó a su favor. Macedonia fue, entre otras cosas,  el lugar donde vivió y estudió Ataturk durante su etapa juvenil.

Despliegue militar de Turquía en la región// Fuente: El País

La consolidación

En general, Turquía ha logrado mejorar las relaciones con estos países y su imagen exterior. Al mismo tiempo, ha empezado a tejer relaciones con otros países con menor presencia musulmana como Serbia, Croacia y Montenegro, especialmente en aspectos económicos.

La década de los 2000 fue muy exitosa para las aspiraciones del proyecto de Turquía en los Balcanes occidentales, siguiendo las directrices de Erdogan y Davutoglu. Pese a que la Unión Europea es el gran objetivo de los países de  la región –Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Albania y Kosovo son candidatos al ingreso- Turquía ha aumentado notablemente su influencia.

La crisis económica que estalló en 2008 y que azotó a Europa con intensidad, permitió a Turquía -que se vio menos afectada-  reforzar su presencia en la región. Los factores geopolíticos no se pueden obviar, por lo que las iniciativas de Turquía empezadas en las guerras en materia de estabilidad y seguridad siguen estando muy presentes.

El giro de la política exterior turca avanzó bajo los dictados cada vez más presentes de Davutoglu, que dejó su labor de académico y entró en el Gobierno como ministro de Exteriores (2009-2014) y luego como primer ministro (2014-2016), hasta que fue destituido por sus reticencias hacia el presidencialismo propuesto por Erdogan.

En la actualidad existen muchas incógnitas derivadas del golpe de estado de 2016, de las disputas religiosas y del alejamiento de Davutoglu de las esferas de poder, así como del surgimiento de otras potencias como China, que ha comenzado a realizar proyectos a raíz de su Nueva Ruta de la Seda, de las tensiones aún existentes entre Serbia y Kosovo y entre las comunidades étnicas en Bosnia y de la reciente extradición de kosovares.

Para saber más

MEHMET UĞUR EKİNCİ (2014): “A Golden Age of Relations: Turkey and the Western Balkans During the AK Party Period” en Insight Turkey, Vol. 16, No. 1, pp. 103-125; ALIDA VRAČIĆ (2016): “Turkey’s Role in the Western Balkans” en German Institute for International and Security Affairs; BIRGÜL DEMİRTAŞ (2013): “Turkey and the Balkans: Overcoming Prejudices, Building Bridges and Constructing a Common Future” en PERCEPTIONS, Vol 18, No. 2, pp. 163-184; DIMITAR BECHEV (2012): “Turkey in the Balkans: Taking a Broader View” en Insight Turkey, Vol. 14, No. 1, pp. 131-146.

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El islamismo en Marruecos: la llegada al poder del PJD

El islamismo en Marruecos: la llegada al poder del PJD

Por Youssef Bouajaj

El ex primer ministro, Abdelilah Benkirane, junto al rey de Marruecos, Mohamed VI. Fuente: Maroc.ma

“Nosotros no somos favorables a una monarquía parlamentaria porque consideramos que no es conveniente para nuestro país. El rey es la persona que ha de tener el poder suficiente para intervenir y equilibrar”. Con estas palabras se refería a su relación con la monarquía el político del partido islamista Justicia y Desarrollo (PJD) Abdelilah Benkirane, Primer ministro de Marruecos entre 2011-2017.  

El islam político o islamismo es un conjunto de movimientos que tienen el islam como ideología política y que intentan aplicarla en la sociedad. Todos los grupos islamistas reivindican la centralidad de la sharia para regular la vida social y cuestionan la hegemonía religiosa por parte del clero cercano al poder, es decir, de los ulemas e imanes. Siguiendo al pensador francés François Burgat, se puede hablar de la existencia de tres etapas históricas del movimiento islamista. La primera, a finales del siglo XIX, se caracteriza por su oposición a la colonización europea del mundo árabe/musulmán y por un intento de reivindicación de lo islámico. La segunda etapa, iniciada tras las independencias de los países árabes en los años cincuenta, viene marcada por las tensiones entre los islamistas y los nuevos regímenes de ideología nacionalista y laica. Los gobernantes árabes recurrieron a la represión contra los islamistas, lo que dio lugar a una nueva contestación por parte de estos grupos. Por un lado, hubo movimientos islamistas que moderaron su discurso para evitar la represión de las élites en el poder. Por otro, estaban aquellos que optaron por no renunciar a sus objetivos políticos y que trataron de imponerlos a través del uso de la fuerza, los yihadistas. La tercera etapa tiene su inicio en los años noventa, cuando se empiezan a consolidar formaciones islamistas en los gobiernos, como en el caso de Kuwait o Jordania. En este periodo también aparece un movimiento yihadista transnacional que tuvo su origen en Afganistán y que después se desarrolló con el ascenso del Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria.

En la actualidad, buena parte de los movimientos que se engloban dentro del islam político han moderado su discurso, y optan por la vía democrática para llegar al poder. La idea de establecer un Estado islámico basado en el gobierno de la sharia ha sido rechazada y sustituida por la pretensión de islamizar algunas leyes. Aquí, partidos políticos como el AKP (Turquía), PJD (Marruecos) o Ennahda (Túnez) son un claro ejemplo.      

La situación de los partidos islamistas en la región MENA (Oriente Medio y Mundo Árabe)// Fuente: The Economist

El largo camino hacia la normalización

En Marruecos, la monarquía es el actor político más importante ya que controla las fuerzas de seguridad, la administración, el poder judicial, el Gobierno y fija las reglas del campo económico. La legitimidad de la figura del rey proviene de su dominio sobre los asuntos religiosos, éste es entendido como Comendador de los creyentes, una figura que queda incluida por primera vez en la constitución de 1962. Justificado por su origen jerife (descendiente del profeta Muhammad), este título le atribuye al rey ser el jefe supremo de la nación y de la comunidad musulmana. Sin embargo, la hegemonía de la monarquía en el terreno religioso no es aceptada por todo el mundo, como quedó demostrado tras los atentados yihadistas del 16 de mayo de 2003 en Casablanca. Ante esta situación, la monarquía entendió la necesidad de llegar acuerdos con los movimientos islamistas, tal como lo hizo con el PJD a finales de los 90.

En los años setenta, el Palacio utilizó a los grupos islamistas para combatir el auge de los grupos de izquierda, pero en la década siguiente, la radicalización de algunos movimientos islamistas hizo que el Estado respondiera con la represión. Es en este contexto donde algunos militantes de la Juventud Islámica renuncian a la violencia y muestran su voluntad de participación en la vida política. Tras años de negociaciones, el Palacio permitió que estos grupos pasasen a formar parte del sistema político, siempre y cuando reconocieran al rey como Comendador de los creyentes, defendieran la integridad territorial de Marruecos y aceptaran el orden político vigente.

En 1996 este grupo de islamistas se integró en el partido político Movimiento Popular Constitucional y Democrático, donde se unieron a otras organizaciones islamistas como el Movimiento Unicidad y Reforma y formaron el Partido Justicia y Desarrollo. Con su legalización, el PJD tenía la oportunidad de participar en el sistema proponiendo reformas sin cuestionarlo. Por su parte, la monarquía conseguía cooptar a una parte del movimiento islamista marroquí e intentaba debilitar a otras formaciones como la ilegalizada Justicia y Espiritualidad. Fundado en 1981 por Abdelsalam Yasín, este grupo islamista no reconoce al rey como Comendador de creyentes.

El discurso político del PJD ha ido evolucionando desde posiciones más ideológicas hacía otras de carácter más pragmático. Entre los años 1997-2002, el partido se centraba en cuestiones religiosas como la regulación del consumo de alcohol, abogar por una banca islámica, reformar la industria del cine para que se adecuase a los principios islámicos y en denunciar las prácticas inmorales vinculadas al turismo. Sin embargo, a partir de 2002 el discurso del PJD comienza a moderarse, abandona el interés exclusivo en asuntos religiosos y pasa a tratar asuntos económicos y sociales. En este escenario, los atentados de Casablanca (2003) supusieron el giro definitivo al pragmatismo, pues la formación islamista recibió fuertes críticas de buena parte de sus oponentes políticos, quienes los acusaban de ser los responsables morales de los atentados.

La moderación del discurso unido al logro del PJD de no ser percibido como un partido cercano al Palacio, le proporcionó unos resultados electorales positivos elección tras elección. Sin embargo, debido al alto grado de institucionalización y de acercamiento al sistema, cada vez le resulta más complicado ser visto como un partido de oposición . 

Según Beatriz Tomé, el PJD tiene que jugar un doble juego. En primer lugar, al juego del régimen, lo que supondría asumir las reglas del sistema, aceptar la integridad territorial y reconocer al rey como Comendador de los creyentes. En segundo lugar, al juego electoral, donde el objetivo sería presentarse como un actor ciertamente alejado del sistema y diferenciarse de los otros partidos de la oposición. El peligro de llevar a cabo este doble juego, es ser percibido como un “partido islamista de palacio”. Pese a ello, el partido ha conseguido hacer frente a la mencionada situación gracias a una defensa de los valores musulmanes asociados a la nación marroquí y a presentarse como una alternativa política no asociada a la corrupción.

Esquema sobre el Sistema político marroquí//Fuente: Le Desk y Reporteros sin Fronteras

La llegada al Gobierno

Tras el estallido de las protestas en Túnez y Egipto en enero de 2011, en el marco de la denominada Primavera Árabe, Marruecos fue el siguiente país donde se produjeron las manifestaciones bajo el nombre del Movimiento 20 de Febrero (M20F). En un primer momento, los manifestantes demandaban reformas del sistema, entre ellas el establecimiento de una monarquía parlamentaria, pero a medida que pasaba el tiempo los protestantes radicalizaron su discurso pidiendo la derogación de la Constitución y la disolución del Gobierno y del Parlamento. 

El discurso del rey anunciando una reforma constitucional – que fue aprobada con el 98% vía referéndum- desinfló las movilizaciones del Movimiento 20 de febrero. En este contexto, el PJD decidió no apoyar las protestas y mantenerse fiel al sistema siempre que la monarquía aceptara ciertas reformas, y no pusiera trabas a su acceso al gobierno. En las anteriores elecciones, el PJD se había autolimitado no presentando candidatos en todas las circunscripciones, para remarcar su carácter moderado y no preocupar a la monarquía. En términos generales, hubo pocos cambios significativos en la reforma constitucional. Entre ellos destacaron la creación de la figura del Primer Ministro, elegido de la fuerza más votada en las elecciones teniendo el poder para disolver el parlamento. El PJD consiguió que se eliminaran las referencias de la libertad de conciencia en el borrador de la Constitución. El Secretario General del PJD, Benkirane, llegó a decir que la libertad de conciencia tendría efectos negativos por la identidad islámica del país y amenazó de votar en contra de la Constitución si se incluía.

El ser visto como un partido alejado de la monarquía, favoreció que el PJD no se convirtiese en el blanco de las protestas del M20F y, además, favoreció su posicionamiento como fuerza más votada en las elecciones legislativas de noviembre de 2011, lo que le convirtió en el primer partido islamista en lograrlo. El PJD logró superar al Partido Autenticidad y Modernidad, fundado en 2008 por un consejero del rey, Fouad Ali al-Himma, con el objetivo de contrarrestar el ascenso de los islamistas. Pese a la victoria, la ausencia de una mayoría absoluta obligó a Benkirane a formar un gobierno de coalición con partidos de otras ideologías, donde controlaba un tercio de los 31 ministerios. El sistema electoral marroquí está diseñado de forma que dificulta que un único partido obtenga la mayoría absoluta, forzando a los partidos a formar alianzas de Gobierno. Por su parte, el monarca reforzó su Gabinete Real con el objetivo de controlar al naciente Gobierno islamista.

Resultado de las elecciones legislativas en Marruecos en el 2016. Fuente: El País

El contexto de la región, donde las fuerzas islamistas estaban en retroceso, afectó negativamente al primer Gobierno de coalición, que duró hasta julio de 2013, cuando el partido Istiqlal lo abandonó. La formación de un segundo Gobierno de coalición perjudicó a los intereses del PJD que perdió el control de ministerios como el de Exteriores, mientras que personas cercanas al Palacio ocupaban cargos de relevancia. Esta debilidad para mantener la coalición, unida a la falta de experiencia en el gobierno, provocó impidió que el gobierno llevase a cabo su ambicioso plan de reformas, siendo la lucha contra la corrupción una de las principales promesas electorales que el PJD no logró materializar. Respecto a la política económica, una de sus principales tareas era reducir el gasto público por presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), abriendo las puertas a un parón en las subvenciones de productos básicos como los hidrocarburos, el azúcar y la harina. Esta impopular medida causó protestas que llevaron al gobierno a modificar su política y optar por subir sólo el precio del petróleo, aprovechando el bajo precio en el mercado internacional.

En materia religiosa, el Gobierno de Benkirane ha legislado para conseguir algunas de sus demandas, sobre la cuestión del alcohol. La postura del PJD ha evolucionado de abogar por la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas a musulmanes cuando estaba en la oposición, a decidir aumentar notablemente el precio de los productos alcohólicos una vez en el gobierno. Esto sumado a que la cadena de supermercados Marjane (controlada por el holding financiero de la monarquía) decidió dejar de vender alcohol, ha provocado que su consumo baje durante el mandato del PJD. En el mundo del cine, el PJD ha prohibido la película Much Loved de Nabil Ayouch- que trata el tema de la prostitución en el país- por considerar que la película «comporta un grave ultraje a los valores morales y a la mujer marroquí, además de un atentado flagrante contra la imagen de Marruecos”. La prohibición de la película junto con la presión social obligaron a Lubna Abidar, actriz principal de la película, a marcharse de Marruecos. Respecto a la banca islámica, el partido islamista fue quien impulsó su creación con el apoyo unánime del parlamento en 2014. Los bancos islámicos se caracterizan por no especular, no invierten en sectores haram (alcohol, drogas) y comparten riesgos y beneficios con los clientes. Un foco de tensión entre el PJD y la monarquía fue la propuesta del ministro de Comunicaciones, Mustafa el Khalfi, de reformar la televisión pública para obligar a retransmitir las cinco plegarias al día, reducir la programación en francés, ampliar la programación religiosa y prohibir los anuncios de lotería. Por presiones de la monarquía, la reforma no salió adelante.

La caída de Benkirane

Pese a las dificultades para llevar a cabo su programa de Gobierno a causa de compartir coalición con partidos de diferente ideología y tener la necesidad de ir con cuidado para evitar en todo momento entrar en conflicto con la monarquía, el PJD revalidó victoria electoral en las elecciones legislativas de 2016. Esto se explica por la gran popularidad de Benkirane, fundamentada en su claridad discursiva y su cercanía al hablar en dialecto, y sus enfrentamientos con la gente del entorno del rey, que le creó una imagen de contrapoder del sistema que contaba con el apoyo amplio de la población. Sin embargo, su estilo de hacer política era incómodo para la monarquía y para sus rivales políticos. Esta vez, tal y como ocurrió en 2011, Benkirane tuvo la tarea de formar un nuevo Gobierno de coalición, aunque sin la misma suerte. Los partidos políticos impusieron condiciones que no estaba dispuesto a aceptar, provocando que el rey lo destituyera como Primer ministro por otro político del PJD, Saadedin el Otmani, que sí que aceptó las demandas de los partidos para formar una nueva alianza.

El nuevo Primer ministro marroquí a diferencia de su predecesor, tiene un perfil más discreto y prefiere tener un tono más conciliador con el Palacio. En el nuevo Gobierno de Marruecos, el PJD no controla ningún ministerio importante, pese a ser el vencedor de las elecciones.  A ojos de los votantes la caída de Benkirane debilita al PJD, porque renuncia a ser un partido de oposición crítico con ciertos aspectos del sistema, lo que podría tener consecuencias negativas para el partido de cara a las próximas contiendas electorales

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