Las milicias en Libia, un obstáculo para la paz

Las milicias en Libia, un obstáculo para la paz

Por Youssef Bouajaj y Airy Domínguez

Milicianos que respaldan al gobierno de unidad en Sirte// © Reuters

Llegamos, vimos, él murió”. Así celebró la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, la muerte de Muammar Gadafi, quien durante cuarenta y dos años ejerció el control sobre Libia. Durante las Primaveras Árabes, este país vio levantarse en armas contra el régimen a una parte de la población. Aquí,  la respuesta de Gadafi llevaría a la OTAN a intervenir para hacer cumplir la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que instaba a tomar todas las medidas necesarias para proteger a la población civil de la posible represión de las fuerzas de Gadafi.

En este contexto, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, advirtió que la operación militar tenía que centrarse únicamente en proteger a la población, y de ninguna manera buscar un cambio de régimen. Con ello, el presidente norteamericano buscaba evitar los errores cometidos por Bush durante la invasión de Irak en 2003, donde el intento de establecer una democracia en el país costó la vida de miles de soldados americanos y supuso un enorme gasto económico. Sin embargo, la intervención internacional fue más allá de su misión de proteger a la población civil. Francia, Qatar, Estados Unidos y Emiratos Árabes transfirieron armas a los rebeldes libios, incumpliendo con ello la resolución 1970 del Consejo de Seguridad que imponía el embargo de armas a Libia. Las potencias internacionales consideraron que para proteger a la población civil era necesario armar a la oposición libia, un apoyo que resultó clave para la victoria de los rebeldes.

Siete años después de la caída de Gadafi, Libia es un Estado fallido que cuenta con tres Gobiernos distintos y vive una guerra civil, un contexto que ha favorecido la proliferación de grupos terroristas como el Estado Islámico que encuentran en el país el escenario propicio para su desarrollo. Con todo, puede decirse que, en la Libia post-Gadafi, la transición a la democracia ha fracasado. Una cuestión en la que el papel de las milicias y su capacidad de establecerse como actores dominantes ha sido crucial

¿Qué ha favorecido la consolidación de las Milicias?

Hoy día Libia se encuentra dividida bajo el control de una serie de milicias con intereses contrapuestos, que inmersas en su lucha por el poder han impedido la pacificación del país. Esta es una de las consecuencias más directas de la caída del régimen en 2011, y ha sido posible debido a la existencia de un escenario concreto durante la era Gadafi, así como a la tradición histórica y cultural de los libios.

Libia es el país con más reservas de petróleo en África. Este recurso fue descubierto en 1959, durante el mandato del rey Idris, y permitió que el país pasase de ser uno de los más pobres de África a ser el de mayor renta per cápita de la región. Sin embargo, lejos de recaer en manos libias, fueron las compañías extranjeras quienes dominaron el negocio del petróleo, de manera que sólo una pequeña parte de los beneficios procedentes de este recurso era ingresada en las arcas del tesoro libio. Lo anterior, enmarcado en un ambiente donde el panarabismo crecía y el descontento político y social se avivaba, permitiría el triunfo del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1969 que quitó el poder al rey Idris para dárselo al Coronel Muhamad Gadafi.

Distribución de las instalaciones de gas y petróleo en Libia//© AFP

Desde su llegada al poder, Gadafi haría del petróleo su principal herramienta. La renta petrolera pasó a ser la principal fuente de ingresos del Estado libio y fue utilizada para impulsar medidas redistributivas entre la población y generar un nuevo modelo económico social. Alrededor de este recurso, Gadafi desarrolló una política intervencionista y clientelar que, unida a una serie de programas sociales, se tradujo en una mejora de las condiciones de vida de los libios. Esto sin dejar de lado a las élites del país, que fueron quienes realmente se beneficiaron del recurso petrolífero.

La histórica falta de unidad entre la población libia se ha visto favorecida por el marcado carácter tribal de su sociedad. En Libia, la población se ha guiado por los códigos de lealtad, fidelidad y obediencia al líder de la tribu, hasta el punto de que podría decirse que se trata de una federación de comunidades tribales, con leyes consuetudinarias, es decir, normas establecidas a partir de las costumbres de la comunidad y de la cultura. En el país existen unas 140 tribus, diferentes entre sí y sin identidades compartidas, un contexto en el que el petróleo se ha constituido núcleo en torno al cual se han articulado y, por tanto, el interés común.

Gadafi consiguió que esta división de la sociedad en grupos tribales y regionales no hiciera saltar por los aires la paz del país. Para ello, durante su estancia en el poder, procuró que su círculo más cercano lo conformasen miembros de su tribu, Gaddafa. Aunque, para mantener la estabilidad, se vio obligado a establecer alianzas con otras tribus como Magarha, Warfalla y Al-Awagir. Sin embargo, como quedaría patente tras su muerte, esta “unión” escondía una división histórica a la que se uniría la situación de privilegio con la que contaban las tribus de Tripolitania en el periodo de Gadafi y, por tanto, la marginalización y recelo de las tribus del este y el sur.

Disposición de las principales tribus en Libia //© Fanak

Junto a estas características del país, otro de los factores que favoreció la dominación de las milicias tras la caída del coronel fue la situación en la que se encontraban las fuerzas de seguridad en el periodo de las revueltas. Éstas habían sido debilitadas por el régimen debido a que Gadafi temía que sus propios hombres le dieran un golpe de Estado, lo que fomentó que la seguridad quedase en manos de diversos actores en competición. Lo anterior quedó reflejado tanto en los levantamientos iniciados en 2011, pues cada ciudad se levantaría por su cuenta contra el régimen, como en el desenlace de los acontecimientos, pues tras la caída del coronel la división sería el patrón reinante que permitiría el inicio de una lucha sin fin entre diversas facciones por el control del país y sus recursos.

Las milicias se interponen en el camino de la política

Tras la caída de Gadafi, las fuerzas políticas se van a posicionar como las principales protagonistas del proceso de transición con la creación del llamado CNT o Consejo Nacional de Transición a finales de febrero de 2011, que actuará como un gobierno provisional y conseguirá, desde muy pronto, el apoyo de la comunidad internacional. Pasado este periodo, el protagonismo de los actores políticos quedó representado en las elecciones de julio de 2012. De estas nació el Congreso General de la Nación (CGN) donde, pese al triunfo de los liberales, con Zeidán a la cabeza, en la práctica fueron los islamistas quienes terminaron controlando el Congreso. Una situación que cambiaría en las elecciones de junio de 2014, cuando los liberales pasaron a hacerse con el control desfavoreciendo la posición de los islamistas.  

Pese a su empeño, la rama política no lograría imponerse a la fuerza de otros actores presentes en el caos del país. A la caída de Gadafi, entre 100 y 300 milicias habían pasado a dominar la escena, una situación que el CNT trató de resolver dando prioridad a su desarme. Sin embargo, esta estrategia supuso un fracaso que llevó al planteamiento de una nueva solución: la creación de la “Fuerza de Escudo Libio” y el “Comité Supremo de Seguridad”. Dos estructuras que nuevamente fallaron en la consecución de su objetivo, pues la integración de las milicias de manera grupal en estas estructuras favoreció el mantenimiento de su autonomía y agenda.

La importancia de estas milicias no hará desaparecer a las fuerzas políticas, sino que se irá generando una dinámica en la que ambos actores – políticos y milicias – se apoyarán dando lugar a alianzas que les permitan alcanzar más poder y fuerza. En este contexto, las milicias de Misrata – aliada con los islamistas – y Zintán – apoyada por los liberales – serán las de mayor importancia. Durante el gobierno de Zeidán, debido a su situación de marginalidad, las milicias de Misrata se vieron abocadas a aliarse con los Hermanos Musulmanes representados por el Partido Justicia y Construcción (PJC) en el CGN. Aquí, el control del Congreso por el PJC favoreció que Misrata adquiriese un mayor peso en la política y en la seguridad, hasta el punto de que se le otorgaron labores de seguridad que normalmente corresponden a órganos e instrumentos del Estado. Por su parte, las milicias Zintán – de carácter laico y liberal – contaron con una posición relevante desde los inicios, pues se encontraban ya presentes en el CNT, debido a su asociación con la Alianza de Fuerzas Nacionales de Mahmoud Jibril. Además, el CGN favoreció que estas consolidasen su poder.  

La relación entre las milicias de Misrata y Zintan será relativamente pacífica hasta las elecciones de 2014, cuando las fuerzas liberales se posicionaron por delante de las islamistas provocando que estos últimos rechazasen el parlamento y recurriesen a la fuerza militar para compensar la situación de desventaja. A partir de entonces, existirán dos gobiernos con sus respectivos apoyos de milicias, por un lado, el Gobierno de Salvación Nacional, con sede en Trípoli y apoyado por una alianza de milicias denominada Amanecer Libio y, por otro, la Cámara de Representantes en Tobruk, que contaba con el reconocimiento internacional y el apoyo del general Jalifa Haftar y el Ejército Nacional Libio (ELN).

Tanto Haftar como su Ejército Nacional Libio resultan fundamentales para entender no sólo el desarrollo, sino la actualidad a la que se enfrenta Libia. La aparición del general en escena de manera determinante se remonta a 2014, cuando anunció en televisión la disolución unilateral del parlamento de Trípoli, la creación de un «comité presidencial» y un gabinete que gobernaría hasta que se celebrasen nuevas elecciones. Desde entonces Haftar pasará a ser el principal actor del este, a ello se suma el poder que le otorga su control sobre los principales pozos de petróleo. Entre sus acciones más destacadas se encuentran el lanzamiento de la operación Dignidad para acabar con la presencia de grupos yihadistas en el este del país (2014) y la liberación de Bengasi -la segunda ciudad más importante de Libia- de las manos de grupos como Ansar Sharia y Estado Islámico (2017).

El peso de las fuerzas políticas volvería a destacar a finales de 2015, cuando por mediación de la ONU se creó un Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA). Sin embargo, las milicias continuarían jugando un papel importante, pues serían las encargadas de ayudar al GNA a desplazar al Ejecutivo que se resistía en Trípoli. Pese a ello, el GNA no conseguiría integrar al este, el cual se encuentra dominado por Haftar y su Ejército Nacional Libio (ELN).

Esquema de las instituciones libias según lo establecido en el Acuerdo Político Libio //© IEEE

Junto a las alianzas con las fuerzas políticas, el aumento de poder de las milicias se ha visto favorecido por el uso de la fuerza y su presencia en lugares estratégicos, donde los emplazamientos petrolíferos suponen un terreno crucial, ya que este recurso es el eje central de la economía libia. Dentro de la lucha por el control de los pozos petrolíferos destaca el papel de los Guardias de Defensa, bajo el mando del Comandante Ibrahim Jadhran, pues serán quienes se hagan con su control hasta septiembre de 2016, cuando el ENL se hizo con las cuatro principales terminales de exportación petrolífera del país.

La financiación ha sido otro de los factores que ha determinado la deriva de estos grupos. Entre 2012-2014 las milicias se financiaban a través de fondos del Ministerio Interior y Defensa, un escenario que sería aprovechado por muchos líderes de milicias, que con el fin de enriquecerse inflarían el número de combatientes y los gastos de las operaciones. Sin embargo, a partir de 2014, se redujo el presupuesto destinado al pago de los grupos armados, lo que obligó a las milicias a buscar nuevas formas de financiación, entre las que destacan el secuestro de personas, la extorsión de entidades bancarias y el tráfico ilegal. Solo el tráfico ilegal de personas a través de Libia  genera beneficios económicos cercanos a los 1.000 millones de dólares. El presidente de la Compañía Nacional de Petróleo -institución encargada de gestionar la producción y comercialización del crudo- denuncia que el país pierde 750 millones de dólares al año por culpa del contrabando de petróleo.   

Esquema explicativo de los tres gobiernos presentes en Libia

El repunte de la conflictividad entre milicias

Dos años después de su surgimiento, el GNA sigue sin tener legitimidad debido fundamentalmente a que carece del apoyo del Parlamento de Tobruk. A esta debilidad institucional se le suma su posición como rehén de las milicias, pues el GNA tuvo que recurrir a sus servicios para poder garantizar la seguridad de las instituciones, provocando que éstas se volvieran más poderosas y no tuvieran que rendir cuentas hacia el Gobierno. Esta situación ha desencadenado la existencia de cuatro grandes milicias que controlan Trípoli en la actualidad:

  • La Fuerza Especial de Disuasión: una milicia de ideología salafista liderada por Abdel Rauf Kara, que controla el único aeropuerto operativo en la capital y realiza funciones policiales y antiterroristas.
  • Las Brigadas Revolucionarias de Trípoli: controlada por Haitham Tajouri, es una de las milicias más fuertes de la capital en términos de armamento y personal. Ha perdido poder en detrimento de la Fuerza Especial de Disuasión.
  •  La Brigada Nawasi: es una milicia islamista que se encuentra bajo control de la família Qaddur. En el pasado había apoyado al Gobierno de Salvación Nacional, pero en la actualidad apoya al GNA.
  • La Brigada Abu Salim: dirigida por Abdel Ghani al Kikli, también realiza funciones policiales. Se ha enfrentado militarmente con la Brigada Nawasi.

Mapa de los grupos armados presentes en Trípoli en junio de 2018 // © Small Arms Survey

Inmersas en un escenario de caos, estas cuatro milicias se han convertido en mafias que utilizan el monopolio de la violencia para influir en las decisiones políticas y garantizar grandes ganancias económicas extorsionando al Gobierno y a los bancos. A este desorden se suma la existencia de otras milicias que se oponen al enorme poder acumulado por este cártel, tal es el caso de la Séptima Brigada de Tarhuna-ciudad cercana a la capital, que lanzó una operación militar en septiembre de 2018 junto a una milicia de Misrata liderada por Salah Badi. Ante ello, para parar la ofensiva, el presidente del GNA, Fayez Al Serraj, se vio obligado a pedir ayuda a las milicias de Zintan y Misrata, quienes pese a haber contado con una presencia destacada en la capital, la habían perdido los últimos años. Aquí, el caso de Misrata resulta destacable, pues fue la que más rápidamente perdió poder, entre otras cosas debido a que su alianza con Amanecer Libio (2014) perjudicó su imagen a ojos de la comunidad internacional. Ello llevó a Misrata a liderar la ofensiva que expulsó al Estado Islámico de la ciudad costera de Sirte (2016), donde contaría con la ayuda del Reino Unido y Estados Unidos.

En los últimos tiempos, Misrata y Zintan han dado un paso muy importante, pues han dejado atrás las diferencias que les llevaron a enfrentarse militarmente en 2014, con el fin de sellar un acuerdo de paz. La mencionada reconciliación abre la posibilidad una alianza en el futuro que les permita recuperar protagonismo y romper el equilibrio de poder en Trípoli.

El actual retorno del conflicto a Trípoli parece beneficiar al Ejército Nacional Libio (ELN), que apoya militarmente al Gobierno de Tobruk y es el principal foco de poder que cuestiona el GNA. El ELN, compuesto por un conjunto de unidades militares como las fuerzas especiales Saiqa y milicias tribales de la región de Cirenaica, cuenta hoy con el apoyo militar de Egipto y Emiratos Árabes, sin embargo no ha estado exento de problemas.

Pese a expandir su control sobre la región, los últimos años Haftar ha tenido que hacer frente a una serie de dificultades. En el pasado mes de abril, su estado de salud empeoró y tuvo que ser tratado en un hospital militar en París. Esta situación permitió el surgimiento de voces críticas dentro del seno del ELN y hizo aflorar dudas sobre quién sucedería a Haftar en caso de que falleciese. Junto a lo anterior, se encuentran otras cuestiones como las críticas de los Awaquir, una de las principales tribus de la Región de Cirenaica, que acusan a Haftar y a gente de su entorno de matar y encarcelar líderes tribales. Aquí, las victorias militares han permitido a Haftar acallar a la oposición interna y consolidar su poder. Por eso, con el fin de mostrarse fuerte ante sus enemigo de Trípoli y sus rivales internos, tras volver de Francia, Haftar emprendió una ofensiva militar contra la ciudad de Derna -bajo el control de las fuerzas islamistas-.

Por otro lado, Haftar ha tenido que hacer frente a la crisis de los pozos de petróleo. En junio de 2018 las fuerzas de Jadhran le arrebataron el control de los principales pozos de petróleo. Tras recuperarlos, Haftar puso la gestión de la exportación petrolífera en manos de una empresa paralela no reconocida internacionalmente, provocando que nadie comprara el petróleo que esta vendía. Una presión que forzó a Haftar a ceder nuevamente el control de los pozos a la Compañía Nacional de Petróleo. Esta crisis puso de manifiesto, una vez más, el conflicto sobre la repartición  de los beneficios de la exportación de este recurso en el país.

Dentro del caos presente en Libia, el sur se presenta como la zona más preocupante, pues cuenta con una mínima presencia del Estado, y constituye una ruta de paso para los migrantes que buscan llegar a Europa. Aquí, aparte de los árabes, residen otras etnias como los Tuaregs y Tubu, que siempre han sufrido discriminación y falta de oportunidades. Tras la caída de Gadafi, las principales tribus presentes en la zona se han enfrentado entre sí por el control de las principales redes de tráfico ilegal, las fronteras y control de los pozos de petróleo como el de Sharara, el yacimiento petrolero más grande de Libia. A ello se suma el incremento del conflicto en el sur debido a la intervención de las milicias del norte del país. En este sentido, las milicias de Misrata han apoyado militarmente a los Tuareg, mientras que el ELN a los Tebu. Por su parte, el GNA ejerce poca influencia en el sur de Libia y cuenta con pocos apoyos locales, a diferencia de las fuerzas de Haftar.

Esta zona del país ha sido asimismo aprovechada por grupos armados como es el caso del Estado Islámico, que ha aprovechado la debilidad institucional y la falta de control policial para establecerse en el sur.

Con todo, la realidad es que Libia se encuentra bajo el yugo de centenares de milicias que actúan como organizaciones criminales que anteponen sus intereses personales al bienestar del pueblo. La falta de instituciones fuertes que controlen a las milicias les ha otorgado impunidad para cometer violaciones de derechos humanos. En este sentido, el Ministro de Exteriores del GNA, Mohamed Tahar Siala, reconoce publicamente que las milicias son el mayor obstáculo que ha de hacer frente el Gobierno, pero las necesitan para proteger a las administraciones. Así, las milicias se presentan como un obstáculo para la pacificación del país, fundamentalmente debido a que sedientas de poder y con intereses contrapuestos, se oponen a apoyar una solución que suponga su desaparición.

Mapa de la distribución del control territorial en Libia // © Sada

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«Fragmentación de Estados, nuevos regímenes: violencia estatal militarizada y transición en Oriente Medio»

Por Airy Domínguez

Fragmentación de Estados, nuevos regímenes: violencia estatal militarizada y transición en Oriente Medio

Stacher, Joshua (2015). “Fragmenting states, new regimes: militarized state violence and transition in the Middle East”. Democratization, vol. 22, 2, pp. 259-275

CONTENIDO

Como punto de partida, Joshua Stacher se centra en la literatura existente sobre las Primaveras Árabes, señalando cómo ésta ha quedado impregnada por las teorías de la modernización y referencias a la “tercera ola de democratización”. Junto a lo anterior, el autor advierte una anomalía pues ha excepción del caso tunecino en el marco de las revueltas de 2011 no se han materializado la democratización y el proceso de transición alejado de la autocracia al que se creía conduciría la oposición de la clase media educada. Así, aprovechando el creciente interés académico por los procesos de transición tras la irrupción de las revueltas, Stacher defiende que la literatura tradicional es limitada e imposible de aplicar en el análisis de las Primaveras Árabes debido a que se focaliza únicamente en las transiciones pactadas, el poder de la movilización popular y el aumento de la democratización a través de elecciones. En este sentido, afirma que “one problematic aspect of a transitions lens is that it suggests a temporary phase that leads either to democracy or a return to a pre-transitory state. Yet, in the Arab case, there has been neither a democratic transition nor a simple return to authoritarian pre-transitory politics” (Stacher, J. 2015: 270).

 

"Un aspecto problemático de una lente de transición es que sugiere una fase temporal que conduce a la democracia o al retorno a un estado pretransitorio. Sin embargo, en el caso árabe, no ha habido ni una transición democrática ni un simple retorno a la política autoritaria previa a la transitoriedad ".

Joshua Stacher

En esta línea, el investigador ofrece una dinámica diferente y señala cómo la movilización popular ha supuesto la ruptura con las prácticas previas, por un lado, y la fragmentación del aparato del Estado, por otro, provocando que las élites militaricen la política y la sociedad empleando elevados niveles de violencia. De este modo, lo que ocurre es que se impide la transición, pues los agentes contra- revolucionarios actúan para bloquear el empoderamiento popular a través de la construcción de nuevos regímenes autoritarios. Así, el objetivo del texto es revisar las asumidas transiciones democráticas a partir de la violencia estatal resultante de estos levantamientos.

Joshua Stacher

Joshua Stacher estudió Políticas comparativas y Movimientos Islamistas en Oriente Medio en The American University en El Cairo, donde recibiría su Máster en Ciencias Políticas en 2002. Posteriormente, en 2007, Stacher fue doctorado por la University of St. Andrews (Escuela de Relaciones internacionales) con su tesis Adapting Authoritarianism: Institutions and Co- optation in Egypt and Syria. Tras ello daría el paso a la carrera docente ejerciendo en la Maxwell School of Citizenship and Public Affairs en Syracuse (Nueva York). Desde 2008 es profesor asociado en el departamento de Ciencias Políticas de la Kent State University, estando su beca focalizada en políticas, violencia estatal, protestas y movimientos sociales. Además, es miembro fundador de Noetheast Ohio Consortium on Middle East Studies (NOCMES), cuya actividad se centra en la educación pública en la región, y entre 2012 y 2013 fue miembro del Centro Internacional para Académicos Woodrow Wilson. Conocedor de la lengua árabe y los dialectos de Egipto y Siria, el autor ha plasmado en su literatura su interés por los partidos de oposición, el activismo de los Derechos Humanos, y el modo en que los regímenes estructuran la cultura política de la población. Así mismo, en sus últimos trabajos se ha centrado en la cuestión del autoritarismo y su adaptabilidad tal y como refleja su obra Adaptable Autocrats: Regime Power in Egypt and Syria

Para construir su argumento, el autor parte del análisis de las aproximaciones teóricas previas atendiendo a lo que él considera como carencias. Así, se centra en la aplicación de los estudios de transitología de Stepan y Linz, en la Tercera Ola de Democratización con O´Donnell y Schmitter y en las transición tras la caída de dictadores post-comunistas en EU con McFaul y Bunce. Todo para llegar a la conclusión de que ninguna de estas aproximaciones tiene en cuenta el papel de la violencia del Estado en la conformación de las tangentes tras la Primavera Árabe. Con ello destaca una falta de trabajo en la violencia política de las élites del Estado tras la ruptura del autoritarismo.

Para encaminar su construcción argumental emplea la teoría designada por Fein como More Murder in the Middle, en la que se afirma que muere más gente en los procesos entre autoritarismo y la democratización que en cualquiera de estos dos polos. Un aportación teórica que admira y problematiza debido a que, pese a ofrecer datos, no habla de las causas y los efectos, asumiendo que el resultado es una transición hacia la democracia. Otra autora sobre la que se apoya para conformar el texto es Laleh Khaliti, quien para el autor es de las pocas que hablan sobre violencia política en el Mundo Árabe. Sin embargo, el artículo es presentado por Stacher como complementario al trabajo de Charles Tilly centrado en cómo la violencia ayuda en el proceso de construcción del Estado, o como el autor prefiere conceptualizarlo, del regime- making.

A continuación, basándose en la existencia de una violencia comúnmente aceptada antes de las revueltas en los distintos espacios de la región, Stacher explica cómo las Primaveras dieron lugar al periodo más violento de la relación entre el Estado y la sociedad de la historia contemporánea de la zona. Así, señala cómo en unos casos se dio una militarización y reconfiguración de los regímenes de algunas partes de lo existente en el momento anterior por parte de las élites que sobrevivieron, mientras que en otros se asiste a un colapso de los regímenes que puso al Estado en riesgo y dejó un vacuum en el que la autoridad se volvió una competición. Cuestiones que afirma bloquearon cualquier proceso de democratización, sin que ello haya supuesto la vuelta al status de antes de las revueltas sino a un regime-making que necesitaba de violencia estatal como herramienta e ingeniería política.

Estos argumentos, señala el autor, suponen un giro en el paradigma de la transición pues “rather than regime softliners and opposition moderates winning the day, regime hardliners block, obfuscate, and delay democratization, often using violence against society” (Stacher, J. 2015: 264). En este punto dirá que la oposición tiende a dividirse en los moderados, que quedan desacreditados, y los radicales, que son empoderados y responden con violencia, lo que dará lugar a una espiral entre los extremos del Estado y los de la sociedad, con las consecuencias en términos de violencia y poder que ello supone. Así, el texto defiende que ello “leads to a militarization of states as armies and security forces re-enter the halls of governance. The return of military and security specialists to the centre of power leads to escalated levels of state violence – including both body counts and other types of violence like military courts for civilians, employing third-country mercenaries, and highly coercive crowd-control policing” (Stacher, J. 2015: 264).

Lleva a una militarización de los estados a medida que los ejércitos y las fuerzas de seguridad vuelven a entrar en los pasillos de la gobernanza. El regreso de especialistas militares y de seguridad al centro del poder lleva a niveles de violencia estatal en aumento, incluidos recuentos de cadáveres y otros tipos de violencia como tribunales militares para civiles, recurriendo a mercenarios de terceros países y una política de control de multitudes altamente coercitiva "

Joshua Stacher

Posteriormente, para desarrollar su hipótesis el analista escoge cinco países (Túnez, Egipto, Libia, Siria y Bahrein) ejemplificando cómo ha actuado la violencia en cada uno de ellos. Así, sitúa el caso de Túnez como el más optimista y el de Siria como el opuesto debido a la guerra civil resultante. Posteriormente se centra en Libia, la batalla por el poder y la consiguiente violencia y militarización como eje de lo que ocurre tras el asesinato de Gadafi. Por último, se centra en el caso de Egipto posicionándolo como el gran ejemplo en el que la violencia de Estado se ha empleado para la construcción de un nuevo régimen al ser empleada por las élites para formalizar una coalición de mando más estrecha, estructurar la arena política y regular las relaciones entre el Estado y la sociedad. Con todo, Stacher presenta la violencia del Estado como herramienta que se aplica en mayor o menor medida para permitir la re-acomodación de las élites, así afirma que “becomes a window onto the relative strength of the state. When a regime is in equilibrium with its society, violence is selective and deployed when politics fails. It is also limited. When the state apparatus has been rapidly weakened or under threat, state violence is deployed on a massive scale to smash resistance to the new regime in formation” (Stacher, J. 2015: 269).

La violencia del Estado "[...] se convierte en una ventana a la fuerza relativa del [este]. Cuando un régimen está en equilibrio con su sociedad, la violencia es selectiva y se despliega cuando la política fracasa. También es limitado. Cuando el aparato estatal se ha debilitado rápidamente o está bajo amenaza, la violencia del estado se despliega en una escala masiva para aplastar la resistencia al nuevo régimen en formación ".

Joshua Stacher

Stacher concluye alegando que ha habido cambios políticos en la región, una fragmentación del orden político anterior y un advenimiento en la mayoría de los casos de una aumento de la violencia que ha militarizado el aparato de gobierno. Igualmente señala cómo la ingeniería política de las élites se manifiesta contra los ciudadanos en forma de violencia con el fin de mantener parte del régimen anterior o de construir uno nuevo a partir de sus cenizas. En definitiva, llega a la conclusión de que las movilizaciones por el momento no han llevado a la democratización, al tiempo que presenta la violencia contra-revolucionaria como una nueva forma de reconstitución del régimen al afirmar que “[…] in not sourcing the expansion of counter-revolutionary violence they are prevented from understanding its role, as a new form of regime re-formation” (Stacher, J. 2015: 270) .

"[...] al no obtener la expansión de la violencia contrarrevolucionaria, se les impide comprender su papel, como una nueva forma de reforma del régimen".

ANÁLISIS

Stacher construye su propuesta sobre los cimientos de las Ciencias Políticas, así parte del análisis de las premisas básicas de la transitología, tal y como ha sido planteada hasta el momento, para llevarla al marco de las Primaveras Árabes y problematizarla. De este modo, se centra una serie de aproximaciones teóricas y en sus carencias, entre estas se encuentran la aplicación de estudios de transitología de Stepan y Linz, la aproximación teórica de la tercera ola de democratización con las aportaciones de O´Donnel y Schmitter, y el trabajo de McFaul y Bunce en la transición tras la caída de dictadores post-comunistas en la UE. Será el análisis de estos últimos el más aplaudido por el autor debido a que dan importancia a la agencia y la estructura, y al análisis tanto de los pactos de las élites como de la movilización de las masas. Pese a ello, rechaza la idea de que se espere una transición, parcial o completa, hacia la democracia, así como su incapacidad para explicar las ingentes movilizaciones en el caso árabe y las escasas ganancias democráticas.

Como vemos, el autor forma parte del debate existente en torno a los procesos de transición, donde los aparentemente exitosos planteamientos de los 90s se demostraron fallidos al estar en la tradición liberal de la transitología demasiado centrada en el sistema político y en los cambios en las instituciones, lo que limitaba su análisis y lo hacía insuficiente (Feliu y Brichs, 216:198). Este tropiezo provocó la búsqueda de nuevos enfoques que pretendían explicar por qué pervivían las estructuras autoritarias y cuáles eran los mecanismos que posibilitaban la aparición de regímenes autoritarios modernizados que habían perfeccionado sus mecanismos de control sobre la población (Feliu e Izquierdo, 216:198). Con las Primaveras Árabes, tal y como señala Stacher en el texto, el debate se ha abierto de nuevo dando lugar al cuestionamiento de los paradigmas de la democratización. Como resultado asistimos a modificaciones de la literatura anterior, a una autocrítica y la aparición de nuevas agendas de investigación en las que Stacher, junto a otros, ofrecen visiones distintas. Así, frente al excesivo énfasis en el Estado, los actores políticos y sociales más formales y la estabilidad de las instituciones, afloran nuevos focos de análisis con formas más horizontales de movilización, atentos a los efectos de estos procesos sobre la población y a las relaciones entre civiles y militares. Dentro de este resurgimiento del debate, para la construcción de su argumentación, Stacher va a usar como cimiento la teoría denominada por Helen Fein como “More Murder in the Middle” cuyos datos revelan que hay más movilización de conflicto e incentivos para la represión cuando se camina hacia una democracia que no está completamente institucionalizada (Fein, 1995: 170 – 191) y cuyo fallo reside en que da por hecho que habrá democratización.

Pese a lo anterior, Stacher se va a basar fundamentalmente en Charles Tilly, quien reconociendo las vías estructuralistas de la aproximación del proceso político ofrece una visión más dinámica de las protestas, poniendo el foco en los mecanismos sociales que intervienen entre las causas y los efectos. Aquí, junto a otros, Tilly propone la reformulación de la perspectiva de la transitología teniendo en cuenta el papel de la política contenciosa (Della Porta 2014: 10), trabajo que Stacher pretende complementar. Igualmente, resulta interesante detenerse en la presencia de tintes realistas en el texto, pues Stacher centra las acciones en el poder. Sin embargo, no habla de Estados sino de élites, del interés de estas por el poder y del uso de la violencia como herramienta para garantizarlo, lo que lleva a pensar en una proximidad al marco de la Sociología del Poder. Esta distingue entre las relaciones circulares que se dan entre las élites para mejorar su posición relativa en el sistema y las relaciones lineales que caracterizan a los movimientos populares armados que acaban alcanzando alianzas con sectores de la élite (Izquierdo 2008). Aquí, el autor conecta de nuevo con Tilly, quien en el debate sobre el impacto de los movimientos sociales en la democracia defiende una aproximación elitista en la que la democratización se entiende como un proceso esencialmente top-down, frente a las aproximaciones populistas que enfatizan la participación desde abajo.

A partir de este marco y del apoyo en ciertos autores el núcleo del artículo es el siguiente:

 

Así, el autor plantea que “this research joins Charles Tilly’s work about how violence aids the process of state-building. Yet, rather than state-building, it might be better conceptualized as regime-making – how elites and society struggle over the everyday practices and patterns whereby regimes establish the ability to govern. Thus, delving deeper into increased levels of violence and into who is perpetrating the violence is instructive for explaining what is politically occurring in the Arab world” (Stacher, J. 2015: 263).

Esta investigación se une al trabajo de Charles Tilly sobre cómo la violencia ayuda al proceso de construcción del estado. Sin embargo, en lugar de la construcción del estado, podría conceptualizarse mejor como la creación de un régimen: cómo las élites y la sociedad luchan por las prácticas y patrones cotidianos por los cuales los regímenes establecen la capacidad de gobernar. Por lo tanto, ahondar en el aumento de los niveles de violencia y en quién está perpetrando la violencia es instructivo para explicar lo que ocurre políticamente en el mundo árabe ".

John Doe

A partir del estudio de una serie de casos

Con el fin de demostrar verdadera una Hipótesis:

El autor plantea que la ruptura del autoritarismo no siempre desemboca en la democratización o la vuelta al régimen tras un periodo de incertidumbre tal y como afirma la transitología, sino que da lugar a otras formas como la militarización del aparato del Estado por las élites y el aumento de la violencia estatal contra los ciudadanos en un proceso de “regime re-making”. Basándose en esta carencia y en el marco de las Primaveras Árabes, a través del estudio de cinco casos, Stacher llega a la conclusión la expansión de la violencia contra-revolucionaria como una forma de refundación del régimen. En cuanto a la selección de casos, se observa que todos los países, con características distintas, han sufrido las Primaveras Árabes con resultados parecidos en términos de militarización y violencia estatal, a excepción de Turquía, por lo que esta podría justificarse atendiendo al marco de Most Similar System Desing, pese a la excepción del caso turco.

Para la construcción de su argumento se basa en un conjunto de autores y marcos teóricos

Charles Tilly

Joshua Stacher presenta su aportación como una continuación del trabajo de Charles Tilly sobre cómo ayuda la violencia en el proceso de construcción de Estado, sirviendo esta de base para edificar sus ideas. Charles Tilly (Chicago, 27 de mayo de 1929 – Nueva York, 29 de abril de 2008) era un sociólogo, politólogo e historiador norteamericano, formado en la Universidad de Harvard y en Oxford, que desarrolló su carrera académica como profesor de Ciencias Sociales en diversas instituciones (Harvard, Universidad de Delaware, Universidad de Toronto, Universidad de Míchigan, Universidad Columbia). Su obra European Revolutions, 1942-1992, le llevó a ganar el Premio Europeo Amalfi de Sociología y Ciencias Sociales en 1994, mientras que su trayectoria le llevó a ser calificado por muchos como el fundador de la sociología del siglo XXI (Celis, 2008). En su fructífera obra nos encontramos con más de 600 artículos, y 51 libros y monografías (Calleja, 2011: 1), obras centradas en la inmigración y el fenómeno urbano en Estados Unidos, así como en las relaciones entre política, economía y sociedad. En esta línea, Tilly se ha hecho famoso por sus fuertes polémicas con el individualismo metodológico, la microsociología y la teoría de la elección racional, a las que critica duramente desde la perspectiva de la sociología del conflicto, lo que deja huella en el texto de Stacher. Asimismo, el trabajo de Tilly ha tenido una influencia notable en el estudio de los movimientos sociales.

Helen Fein

En la construcción de su argumento, Stacher también hace referencia a otros autores. Así, para reforzar la idea de que muere menos gente en regímenes autoritarios consolidados y en democracias en funcionamiento que en los procesos a caballo entre uno y otro, el autor se apoya en la teoría que Helen Fein define como “More Murder in the Middle”. Helen Fein (Nueva York 1934) es una socióloga, doctorada el Filosofía por la Universidad de Columbia, especializada en genocidio, derechos humanos y violencia colectiva, entre otros. Autora de 12 libros y monografías, asociada del International Security Program de la Universidad de Harvard, y fundadora y presidenta primera de la International Association of Genocide Scholars. Además, ostenta el cargo de directora ejecutiva del Institute for the Study of Genocide en la Ciudad Universitaria de Nueva York.

Laleh Khalili

La irano-americana Laleh Laleh Khalili nacida en 1940, es representada en el texto como una de las escasas académicas que tratan la violencia política en el Mundo Árabe. Ella es profesora de Políticas en Oriente Medio en la School of Oriental and African Studies de la University of London. Doctorada por la Universidad de Columbia, centró sus primeras investigaciones en logística y comercio, infraestructura, policía y encarcelamiento, género, nacionalismo, movimientos políticos y sociales, refugiados y diásporas en el Medio Oriente. Además, la autora es parte de la coalición antirracista que hizo caer al periodista Kamel Daoud por su artículo sobre la violencia contra las mujeres en Colonia.

A partir de las aportaciones de estos autores y en base a la literatura existente sobre transitología, el autor advierte la necesidad de replantear la teoría en torno a los procesos de transición por ser esta incapaz de explicar los procesos que han seguido a las Primaveras Árabes. Dice que el fallo reside fundamentalmente en no entrar las razones por las que aumenta la violencia de Estado, en no ver el origen de la expansión de la violencia contra-revolucionaria, lo que hace que los distintos expertos pasen por alto su papel como una nueva forma de reformulación del régimen.

Transitología, otros autores

BIBLIOGRAFÍA

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