El Estado Islámico, más allá de la violencia

El Estado Islámico, más allá de la violencia

Por Airy Domínguez 

El Estado Islámico fue proclamado el 15 de octubre de 2006, ocho días después de la muerte del líder de Al-Qaeda en Irak, Abu Musab al-Zarqawi, tras un ataque aéreo conjunto de las fuerzas estadounidenses e iraquíes a ocho kilómetros de Baquba – ciudad situada a unos 65 kilómetros al norte de Bagdad -. El último deseo del líder era la implantación del Estado del Islam y su muerte sería decisiva para la puesta en marcha de lo que se convertiría, por un corto periodo de tiempo, en una especie de Estado.

Baquba//Fuente: BBC

Tras la muerte de Zarqawi, el adjunto de Osama bin Laden, Al Zawahiri, envió a Irak a un comisario político de nacionalidad egipcia, Abu Hamza al Muhayer. Una imposición de la dirección central que sería rechazada por la rama iraquí de Al Qaeda. Meses después se acordaría una dirección bicéfala donde Abu Hamza al Muhayer sería el jefe de un Estado Islámico, mientras que Abu Omar al-Baghdadi sería proclamado califa. A su muerte, Abu Omar sería sucedido por Abu Bakar al-Baghdadi, quien iría distanciándose progresivamente de Al Qaeda hasta conseguir su autonomía con respecto a la dirección central. En este sentido, tras el asesinato de Bin Laden en 2011 y la ocupación del cargo por al-Zawahiri, al-Baghdadi se negó a jurar lealtad al nuevo “emir” de Al Qaeda porque, como defiende Jean Pierre Filiu, “[…] pretendía convertir su “Estado islámico en Irak” en el eje central del movimiento yihadista mundial”. Todo dentro de un idílico contexto marcado por la impopularidad del Gobierno chií del primer ministro Maliki y de Al Qaeda entre los suníes.

Portada primera entrega de Dabiq: "El regreso del Califato"

En verano de 2014, al-Baghdadi reorganizaría el ejército del Estado Islámico de Irak logrando la incorporación del cinturón de Bagdad a un nuevo Estado. La llamada «operación cinturón de Bagdad» fue ideada por Zarqawi y perseguía la conquista de Bagdad mediante el aislamiento de la capital a través de la conquista de ciudades circundantes. Así, como explica Loretta Napoleoni en El Fénix Islamista, desde los inicios el EI buscará la vuelta al califato de Bagdad por medio de una guerra de conquista contra quienes considera sus enemigos cercanos, es decir, las élites chiíes de Siria e Iraq. Siendo esta una de la principales diferencias con Al Qaeda, cuyo enemigo fundamental es EEUU.

Con todo el 29 de junio de 2014 el grupo proclamaba el Califato islámico, declarando su soberanía en los territorios de Siria e Iraq entonces bajo su control. A partir de ese momento se pondría en marcha toda una maquinaria que permitiría que el grupo funcionase de manera similar a un estado constituyéndose, tal y como señala Napoleoni, como un «Estado caparazón» – por carecer de autodeterminación -. Esto demuestra que no nos encontramos sólo ante un grupo violento, sino que su brutalidad ha ido acompañada de una serie de rasgos y herramientas que lo definen perdurando incluso en un momento en el que parece derrotado.

Recientemente la periodista Rukmini Callimachi, junto con un grupo de expertos, ha publicado The ISIS Files un artículo en el que se muestran los resultados del análisis de más de 15.000 páginas de documentos pertenecientes al Estado Islámico, a partir de los que queda patente el carácter estatal que lo caracterizó. Así, Callimachi apunta que los documentos muestran que

[...] el grupo, aunque por un periodo de tiempo concreto, cumplió su sueño: el establecimiento de su propio Estado, una teocracia que ellos consideraron un califato, el cual funcionaba de acuerdo con su estricta interpretación del islam”.

Su carácter estatal ha sido así mismo reconocido por representantes internacionales como Douglas A. Ollivant, ex director del Consejo de Seguridad de la ONU en Irak, y Brian Fishman, ex director del departamento de investigación del CTC de West Point. Estos se han referido al grupo como Estado  en el artículo State of Jihad: The Reality of the Islamic State in Iraq and Syria, una pieza que será empleada por el propio EI para refutar sus argumentos, tal y como se muestra en la primera entrega de Dabiq – principal revista en inglés del grupo-. Otras voces han llegado incluso a definirlo como un nuevo estado revolucionario.

La puesta en marcha del nuevo “Estado” fue posible gracias a una calculadora maquinaria ideológica motorizada por sus élites, siendo el recurso a la violencia, a la propaganda y a la colaboración de civiles militantes herramientas fundamentales. Aquí, cabe señalar la presencia de una impuesta encrucijada en la que muchos habrían de decidir ente la colaboración, la vida o la muerte. Asimismo, resulta necesario distinguir entre militantes civiles – que realizaban el trabajo social- y combatientes donde, en palabras de Abdel Bari Atwan, los primeros se encontraban inclinados hacia la protección de la población, mientras que los segundos respondían a otro tipo de intereses que les permitían expoliar a la población cuando lo considerasen oportuno.

Administración del territorio

Más allá del ya conocido carácter violento del grupo, resulta interesante atender al proyecto político que este supone, así como a la voluntad de permanencia del mismo. En este sentido, Xavier Servitja advierte que deberíamos aproximarnos a este proyecto no como un intento de crear un Estado-nación, sino a través de la asimilación del concepto de Califato con el de Imperio, pues el objetivo del grupo era y es edificar un Califato global que, como ellos mismos defienden, ha venido para quedarse. Lo anterior motivaría la construcción de una organización administrativa con una estructura central, provincial, sectorial y local. Esta le permitió ejercer la soberanía sobre la población del territorio controlado, poseer el monopolio de la violencia y de la administración de justicia, así como presentarse ante sus ciudadanos como proveedor de bienes y servicios. Todo enmarcado en un contexto de caos, decepción y conflicto.

En definitiva, puede decirse que una vez se hizo con el control territorial el EI ofrecía un contrato social con el que, como señalaba Servitja, buscaba ofrecer a la población servicios, orden y estabilidad a cambio de que esta se sometiese a su autoridad e ideario. Una lección aprendida de su desplome entre 2007-2011, cuando el grupo logró ser penetrado y debilitado por sus enemigos americanos e iraquíes fundamentalmente, que sin duda ha dejado huella.

Imagen extraída de Dabiq (revista del EI)

El EI se encontraba dividido en provincias (wilayat), cada una de las cuales estaba dirigida por un gobernador (wali), lo que se replicaba a nivel sectorial (distritos), en las provincias de mayor tamaño como Raqqa, y a nivel local. Bajo el califa al-Baghdadi había consejos asesores y varios departamentos, dirigidos por comités, que supervisaban diversos aspectos del estado, formando el líder de cada departamento parte del “gabinete” del califa. Aquí, el cuerpo asesor de mayor peso sería el Consejo de la Shura, encargado de notificar las directrices de al-Baghdadi a través de la cadena de mando. Junto a éste estaba el Consejo de la Sharia, encargado tanto de la elección del Califa como de la implementación de las juzgados de la Sharia. Aquí, las Cortes de la Sharia se presentaron como la herramienta a través de la cual el EI buscaba ejercer el monopolio de la administración de justicia basado en las escuelas del Islam clásico como fuente del derecho.

Por otra parte, existían toda una serie de “ministerios” como el Consejo de Seguridad e Inteligencia; el Consejo Militar; el Consejo de Educación; el Consejo de Servicios; y la Institución del Estado Islámico para la Información Pública, entre otros. 

Financiación

Desde sus inicios, el petróleo se ha presentado como una de las principales fuentes de ingresos del Estado Islámico, junto a ésta estaría la financiación proveniente del exterior; saqueos; ventas de obras de arte y patrimonio cultural; tráfico de drogas y tráfico de personas, entre otros. Aquí cabría mencionar el apoyo por parte de Arabia Saudí a corrientes religiosas radicales que comparten ideología con el EI. Pese a lo anterior, la autofinanciación del califato se ha ido apoyando en otro pilares que parecen haber sido desatendidos donde la recaudación de impuestos y la agricultura se presentan como centrales.

Fuente: elPeriodico

Entre 2013 y 2014 el EI se apoderó de territorios importantes de la región de Jazira en Siria y la provincia de Nínive en Irak, dos importantes graneros. Al igual que ocurría con el petróleo, el grupo decidió aprovechar las infraestructuras alimentarias, entendiendo la agricultura como una herramienta para garantizar el suministro de alimentos y como una fuente de ingresos tributarios. Así, tras la disminución de otros ingresos como los del petróleo, los saqueos y los rescates, y ante la supuesta reducción de las donaciones extranjeras, los beneficios económicos procedentes de la agricultura irían adquiriendo más importancia.

En este sentido, los documentos analizados por Callimachi ponen de manifiesto cómo lograron monetizar cada metro del territorio conquistado y gravar cada producto vendido en los mercados bajo su control. La investigadora defiende que “[e]ran el comercio diario y la agricultura – no el petróleo – lo que motorizó la economía del califato”, una idea fruto de la estratégica conquista de zonas cultivables que hicieron que en junio de 2015 el 15% de las tierras de cultivo de Irak y el 34% de las tierras de cultivo de Siria se encontraran dentro de las zonas bajo mandato del grupo.

Las tierras de aquellos grupos religiosos que fueron expulsados del “Califato” se presentarían como el capital inicial. Es decir, los terrenos pertenecientes a chiíes cristianos, nusairies, yazidíes y “apóstatas”, pasarían a ser del Estado, para posteriormente alquilarse a los granjeros. Aquí, por ejemplo, los suníes que eran demasiado pobres para pagar la renta podrían quedarse en la tierra a cambio de dar un tercio de la futura cosecha.

Sin embargo, los impuestos no quedarían reducidos a este campo, sino que dentro de los territorios del grupo estos se extenderían a otros ámbitos como la recogida de basura, electricidad, agua y licencias de matrimonio, entre otros. Por ejemplo, a modo de IVA, en 2015 los comercios de las ciudades se veían obligados a guardar un porcentaje de sus ventas (del 2% al 5%) para entregárselo al Estado Islámico. Junto a ello, estaban los ingresos derivados de las tasas de actividad, es decir, los impuestos que debían abonar ciertos colectivos profesionales. Ello unido a un tipo medio del 10% en el Impuesto sobre la Renta, del 15% en el Impuesto de Sociedades y las tasas de aduanas en las carreteras. Aquí el zakat – parte de la riqueza personal destinada a los pobres que ha de pagarse anualmente – se presentó como uno de los impuestos más lucrativos, así, como afirma Callimachi el Ministerio del Zakat “[…] actuaba más como una versión de Servicio de Impuestos Internos”.

Ingresos EI//Fuente: CNN en Español

Educación, sanidad y servicios públicos

Los territorios bajo dominio del EI han contado con una serie de servicios que han facilitado su funcionamiento así como la aceptación, por un sector de la población, del pacto ofrecido por el grupo. Por ejemplo, en el campo educativo, ofertaban estudios que iban desde la guardería hasta la educación universitaria, todos ellos bajo el control del Departamento de Educación del Califato. Aquí, en primaria y secundaria destacan materias como educación islámica, lengua árabe, matemáticas, biología, historia, inglés, francés, ciencias sociales, ciencias de la salud, física y química, geografía o economía.

Algunas asignaturas y grados universitarios fueron suspendidos debido a que se consideraban contrarios a la interpretación del Islam del grupo, entre ellos aquellos relacionados con democracia, cultura y derechos civiles, religión cristiana, entre otras. De igual modo, se cerraron los departamentos de ciencias políticas, traducción, bellas artes, arqueología, filosofía, psicología, educación física y gestión de turismo y hoteles.

 

Fuente: Dabiq (revista EI)

Resulta destacable la existencia de escuelas de acogida con enseñanza en inglés-árabe y francés-árabe para los hijos de personas que emigraban al Califato desde Estados occidentales y no tuvieran nociones previas de árabe. Por otra parte, estarían las escuelas militares y los campos de entrenamiento.

 

En el campo de la salud,  contaban con hospitales y los Centros de Atención Primaria (CAP), así como sus plantillas de trabajadores. Aunque los recursos eran escasos tal y como ellos mismos afirman en su comunicación, donde anuncian la necesidad de personal cualificado. Finalmente cabría mencionar la existencia de toda una serie de servicios públicos, entre los que se encontrarían la limpieza, electricidad, agua, etc.

Monopolio de la violencia

El funcionamiento del Estado queda asimismo expresado en su promoción como un territorio de ley y orden, con castigos para aquellos que no lo cumplan. Así, junto a todo lo anterior, la clave se encuentra en el monopolio de la violencia. Este queda expresado en un conjunto de fuerzas, mecanismos e instituciones que fueron desarrolladas para garantizar el cumplimiento de su ley, su interpretación de la sharía. Aquí destacan la hisba o policía religiosa – relacionada con el Departamento de las Cortes de la Sharia – cuya función consistía en supervisar y asegurar el estricto cumplimiento de la Sharia. Dentro estaba la Oficina de inspección y control, centrada en los procesos productivos y en la calidad del producto en los sectores industrial, agrícola y ganadero, así como de los puntos de venta final, balanzas de pesos y el precio del producto en algunos sectores.

Por otra parte, destaca el departamento de Policía que se encargaría de la seguridad pública de las provincias. En este sentido, realizarían patrullas diurnas y nocturnas, así como controles de carretera para mantener el orden y la seguridad. Junto a lo anterior, tenían potestad para detener a personas no relacionadas con delitos competencia de la Hisbah.

A la izquierda se ejecuta el castigo a un ladrón y a la derecha la destrucción de artículos prohibidos //Fuente: Dabiq

Conclusiones:

Con todo, durante su apogeo el Estado Islámico mostró una capacidad administrativa similar a la de otros Estados, lo que le permitió presentarse como un actor con territorio propio capaz de ofrecer servicios; administrar justicia y orden; proveer seguridad; autofinanciarse y ejercer el monopolio de la violencia. Una cuestión peligrosa si tenemos en cuenta, por un lado, lo que esto supone en términos de orden dentro del contexto de caos y conflicto en el que se ha enmarcado la estrategia del grupo y, por otro, su alcance global gracias a la propia estrategia de comunicación del grupo que, además, ha servido como una prueba imborrable de lo que desde el EI consideran que fueron.

Quizá el peligro de la organización no esté tanto en su carácter violento y sus combatientes, sino en su capacidad para gobernar y en las huellas que dejó su periodo de esplendor. Una cuestión que difícilmente ha podido ser resuelta mediante el exclusivo recurso a la violencia que ha caracterizado la lucha internacional contra el EI y su aparente retirada.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

Bari Atwan, A., 2015. Islamic State. The Digital Caliphate. Londres: Saqi Books.

Callimachi, R., 2018. The ISIS Files. The New York Times, 2 abril. Disponible en: https://www.nytimes.com/interactive/2018/04/04/world/middleeast/isis-documents-mosul-iraq.html (Consultado: 10 abril 2018)

Domínguez, A., 2017. La estrategia de comunicación de Estado Islámico en Occidente [Tesis inédita]. Universidad Autónoma de Barcelona, Barcelona.

Ollivant, D.A., y Fishman, B.,  2014. STATE OF JIHAD: THE REALITY OF THE ISLAMIC STATE IN IRAQ AND SYRIA. War on the rocks, 21 mayo. Disponible en: https://warontherocks.com/2014/05/state-of-jihad-the-reality-of-the-islamic-state-in-iraq-and-syria/  (Consultado: 12 abril 2018)

Filiu, J.P., 2014. En nombre de un ‘islam verdadero’ con vocación totalitaria, Al Bagdadi ha implantado en la frontera sirio-iraquí un ‘Yihadistán’ bien dotado de armas, petróleo y fondos. Afkar/ideas. Disponible en: http://www.iemed.org/observatori/arees-danalisi/arxius-adjunts/afkar/afkar-ideas-43/Califato_terror_JeanPierreFiliu.pdf (Consultado: 12 abril 2018)

McCants, W., 2015. ISIS The Apocalypse. The history, strategy, and doomsday vision of the Islamic State. Nueva York: Picador.

Napoleoni, L., 2015. El Fénix Islamista. Barcelona: Paidós

Sánchez, D., 2017. No, no es Arabia Saudí: ISIS se financia con impuestos, petróleo y saqueos. Libre Mercado, 28 agosto. Disponible en: https://www.libremercado.com/2017-08-29/no-no-es-arabia-saudi-isis-se-financia-con-impuestos-petroleo-y-saqueos-1276604955/

Servitja, X., 2015. EL ESTADO ISLÁMICO Y LA ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA DEL CALIFATO A NIVEL PROVINCIAL. GESI, 8 septiembre. Disponible en: http://www.seguridadinternacional.es/?q=es/content/el-estado-isl%C3%A1mico-y-la-organizaci%C3%B3n-administrativa-del-califato-nivel-provincial (Consultado: 12 abril 2018)

Woertz, E., 2016. La financiación no solo proviene del petróleo y el saqueo. Cómo el Estado Islámico utiliza la agricultura. CIBOB opinión, 436. Disponible en: https://www.cidob.org/es/publicaciones/serie_de_publicacion/opinion/seguridad_y_politica_mundial/la_financiacion_no_solo_proviene_del_petroleo_y_el_saqueo_como_el_estado_islamico_utiliza_la_agricultura (Consultado: 10 abril 2018)

 

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AFGANISTÁN EN CLAVE SECURITARIA (II)

AFGANISTÁN EN CLAVE SECURITARIA​

LA GUERRA DE AFGANISTÁN (2001-2018) Y LA REACTIVACIÓN DEL MOVIMIENTO TALIBÁN

Por Aitor Lekunberri

La guerra de Afganistán (2001-2018)

Los atentados del 11 de septiembre de 2001, cometidos por 19 miembros de la red Al Qaeda, dejaron un saldo de 3016 muertos y 6000 heridos. Estos marcaron un punto de inflexión en la política estadounidense hacia Oriente Próximo que se materializó en la denominada “guerra contra el terrorismo”[1]. Asimismo, los ataques proporcionaron a la administración Bush (2001-2009) una coartada para impulsar nuevas guerras en la región, materializadas en las invasiones de Afganistán (2001) e Irak (2003).

Invasión Afganistán//Fuente: Telesur

En el caso de Afganistán, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la creación de una coalición internacional para atacar el país, con el objetivo de derrotar al Emirato Islámico de Afganistán, gobernado por el emir mulá Omar, bajo el pretexto de que dicho gobierno – en manos de los talibanes –  daba cobijo a Osama bin Laden y otros líderes de Al Qaeda. La denominada “Operación Libertad Duradera” contó con el apoyo de países como Australia y Canadá, así como de países de la Unión Europea y de la OTAN, estableciéndose asimismo una Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF).

Tras el derrocamiento de los talibanes la presidencia del país quedó en manos de Hamiz Karzai, quien en el pasado había sido consultor del holding petrolero Unocal, compañero de trabajo de Condoleeza Rice en Asia central, amigo personal de la familia Bush, ex agente de la CIA, e incluso había llegado a ser candidato de los talibanes para ocupar un sillón en la ONU (Amirian y Zein, 2007: 123). De esta forma, el país quedaba bajo la influencia y el control occidentales.

Karzai gobernó durante 13 años (2001-2014), y su gobierno tomó medidas como la imposición de la sharía, a pesar de que la intervención occidental de 2001 se había vendido ante la opinión pública como necesaria para liberar a las mujeres del burka (Amirian y Zein, 2007). Su gobierno estuvo salpicado por casos de corrupción, como el envío desde 2001 por parte de la CIA de decenas de millones de dólares a su oficina presidencial en Kabul. Gran parte de estos fondos fueron a parar a manos de jefes militares y líderes políticos, muchos de ellos vinculados con el tráfico de drogas e incluso con grupos talibanes, reforzando de esta forma a las mismas redes delictivas y terroristas contra las que teóricamente luchaban las fuerzas estadounidenses (Público, 2013)

A partir de 2003, la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF) pasó a estar bajo mando directo de la OTAN, y para el año 2009 contaba con más de 64.000 efectivos en el país. Con el paso de los años, se intensificó su presencia en la parte sur del país – en provincias como Kandahar, Nimruz, Helmand o Zabul-, ante la importante presencia talibán en la zona.

Las elecciones de 2014 pusieron fin a la etapa de Karzai, siendo sustituido por el actual presidente Ashraf Ghani, antiguo analista del Banco Mundial así como ex ministro de Finanzas de Karzai. Pese a su fama de tecnócrata y buen gestor y sus propuestas para impulsar una triple lucha contra la corrupción, la pobreza y la inseguridad, Ghani no ha podido evitar que Afganistán continúe siendo una nación arruinada y sin tejido productivo, totalmente dependiente de la ayuda exterior y extenuada por una sucesión de conflictos bélicos que no ha cesado desde el lejano año de 1978 (CIDOB, s.f.).

Control gubernamental en Afganistán

Claves sociales del Afganistán post-2001:

La invasión de 2001 marcó a sangre y fuego el devenir del país, abriéndose un período marcado por la inestabilidad, las luchas por el control territorial, y la violencia. La guerra se ha convertido en un fenómeno persistente que está desangrando al país, poniéndolo al borde del colapso.

Entre los principales factores de inestabilidad a los que tiene que hacer frente Afganistán destacan la pobreza – la población afgana es la más pobre y analfabeta de Asia-, la presencia de una economía tambaleante y cada vez más dependiente de las ayudas externas y del dinero proveniente de las drogas, así como la elevada y persistente corrupción gubernamental; pero por encima de todo destacan las viejas divisiones entre pashtunes y tayikos, que constituyen la principal brecha étnica del Afganistán moderno (Dalrymple, 2017).

Pasados casi 17 años desde el inicio de la invasión liderada por Estados Unidos – que se trazó como objetivos centrales destruir a Al Qaeda y expulsar a los talibanes del poder- la realidad es que los talibanes controlan el 80% del sur de Afganistán y el 43% del conjunto del país, lo cual significa que el gobierno de Kabul únicamente controla el 57% del territorio – cifra que se ha venido reduciendo-. Por su parte, Al Qaeda está presente en el territorio fronterizo con Paquistán (Dalrymple, 2017). A todo ello hay que añadir el aumento de la presencia del Estado Islámico en el país, protagonista de una mortífera ola de atentados, como el ejecutado contra un centro cultural chií en Kabul, el atentado contra el hotel Intercontinental de Kabul, la explosión de una ambulancia cargada de explosivos en el centro de la capital, o el asalto suicida a la sede de la ONG Save the Children en Jalalabad.

Fuente: Insider Pro
Fuente: El Orden Mundial

Junto a lo anterior, han aumentado las actividades ilegales. Entre ellas, la producción de drogas – especialmente de opio- se ha incrementado notablemente, y en este sentido, en el año 2006 Afganistán produjo el 92 % del opio y la heroína del mundo, convirtiéndose en el principal narcoestado de la escena internacional (Amirian y Zein, 2007: 127).

En cuanto a la situación de la mujer, si bien la invasión promovida por Estados Unidos enarbolaba como una de sus banderas principales la defensa de sus derechos – pisoteados bajo el régimen talibán (1996-2001)-, en realidad poco ha mejorado su situación (Serrano, 2008: 472). Según datos de Naciones Unidas y de la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA, por sus siglas en inglés), ocho de cada diez mujeres sufren violencia doméstica, y un 60 por ciento se ve obligada a contraer matrimonio antes de los 18 años (Lobo, 2009).

“El mundo se puso en marcha en nombre de la «liberación de la mujer afgana» y se invadió nuestro país. Sin embargo, el sufrimiento y las privaciones de la mujer afgana no sólo no se han reducido sino que realmente se ha incrementado día a día el nivel de opresión y brutalidad en la población más arruinada de nuestra sociedad”

(RAWA, 2007)

El dilema de la OTAN: entre la retirada y el envío de nuevas tropas

Si bien en 2014 la OTAN puso formalmente fin a sus operaciones militares en Afganistán – transfiriendo la seguridad al nuevo gobierno afgano del presidente Ghani-, en la práctica ha continuado la presencia 13.000 soldados en el país en la forma de una misión de asistencia y capacitación del ejército afgano. En noviembre de 2017, y contradiciendo la estrategia de retirada paulatina planteada por Obama, la administración Trump anunció el envío de 3000 nuevos soldados, poniendo de relieve el deterioro de la situación de seguridad del país ante el creciente avance talibán.  

A la hora de analizar este incremento militar -que eleva a 16.000 el número total de efectivos desplegados-, hay que tener presente cuáles son los objetivos fundamentales que persigue Estados Unidos en el país centroasiático. A juicio de Armanian, estos objetivos podrían resumirse en, por un lado, tratar de impedir que el país se convierta en un aliado de China; y, por otro, en hacer fracasar las negociaciones rusas con los talibanes. El posicionamiento estadounidense partiría, desde esta perspectiva, de la constatación de que pese a su contundente presencia militar y a tener al gobierno de Kabul de su lado, Estados Unidos ha sido incapaz de contener la creciente influencia de China, Rusia, Irán, Pakistán e India en el país (Armanian, 2018).

“Afganistán es el país más estratégico del mundo para la OTAN: le ofrece una ventaja geopolítica única sobre China, Rusia, India e Irán, siendo la plataforma para aplicar la doctrina Wolfowitz, que propone prevenir el surgimiento de un poder regional o global que pueda cuestionar la hegemonía de EEUU”

Las implicaciones geopolíticas de esta presencia también son planteadas por Dinucci, para quien Estados Unidos estaría tratando de ocupar el vacío de poder que el derrumbe de la URSS dejó en Asia Central, siendo esta un área de importancia primordial tanto por su posición geoestratégica en relación con Rusia y China como por sus reservas de petróleo y gas natural en los límites del Mar Caspio. Desde esta perspectiva, Afganistán sería una posición clave para el control del área, hecho que explicaría el enorme despliegue de fuerzas de Estados Unidos y la OTAN (Dinucci, 2016).

Cada vez son más las voces que claman por un acuerdo de paz que ponga fin a la guerra. Los crímenes de guerra y las violaciones a los derechos humanos, la muerte de más de 100.000 personas durante la ocupación del país, y las más de 1,17 millones de denuncias de crímenes de guerra recogidos por la Corte Penal Internacional (Guallar, 2017), reflejan la magnitud de la catástrofe humanitaria que asola al país.

Fuente: El Periódico

En este contexto hay que ubicar la propuesta de conversaciones de paz “sin precondiciones ni restricciones” que el pasado 28 de febrero el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, ofreció a los talibanes, manifestando de esta forma su disposición al reconocimiento político de los insurgentes, la puesta en libertad de prisioneros y la retirada de sanciones, entre otras medidas (Khan Sahel, 2018). Este acercamiento se produce en un momento en el que los talibanes se enfrentan a la ausencia de un liderazgo claro: a la muerte en 2015 de su histórico líder, el mulá Mohammad Omar, le siguió en 2016 la muerte de su sucesor, el mulá Akthar Mansour, asesinado en un ataque con aviones no tripulados en los EE. UU. a lo largo de la frontera entre Afganistán y Pakistán (Castro, 2018). Tras la muerte de Mansour, el liderazgo talibán quedó en manos de Haibatulá Ajundzada.

Pero la búsqueda de la paz con los talibanes podría llevar a poner encima de la mesa la necesidad de acabar con la ocupación militar de la OTAN, hecho que permitiría la recuperación de una soberanía nacional pisoteada por décadas de injerencias extranjeras de un pueblo que no se resigna frente a los intentos de asimilación e imposición.

Notas:

[1] Para entender los efectos de la “revolución conservadora” en la región véase el artículo “Estados Unidos en Medio Oriente”, disponible en http://www.menanalisis.com/estados-unidos-en-oriente-medio/

Bibliografía:

Amirian, Nazanín y Zein, Martha (2007): Irak, Afganistán e Irán. 40 respuestas al conflicto en Oriente Próximo. Ediciones Lengua de Trapo. Madrid.

Armanian, Nazanín (2017): 16 motivos del acercamiento de Rusia al Talibán, Público, 6 de abril de 2017, disponible en http://blogs.publico.es/puntoyseguido/3848/16-motivos-del-acercamiento-de-rusia-al-taliban/ (consultado: 13 de febrero de 2018).

Armanian, Nazanín (2018): Afganistán: la ola de atentados y la estrategia de Trump para Asia Central, Público, 1 de febrero de 2018,  disponible en http://blogs.publico.es/puntoyseguido/4631/afganistan-la-ola-de-atentados-y-la-estrategia-de-trump-para-asia-central/ (consultado: 8 de febrero de 2018)

Brzezinski, Zbigniew (1998): «Sí, la CIA entró en Afganistán antes que los rusos…», Voltairenet, disponible en http://www.voltairenet.org/article185558.html (consultado: 6 de marzo de 2018).

Castro, Ana María (2018): Afganistán ofrece amnistía a los talibanes para poner fin a la guerra, Mercado Militar, 1 de marzo de 2018, disponible en https://www.mercadomilitar.com/afganistan-ofrece-amnistia-a-los-talibanes-para-poner-fin-a-la-guerra-15053/ (consultado: 6 de marzo de 2018).

CIDOB (s.f): Biografia de Ashraf Ghani, disponible en  https://www.cidob.org/biografias_lideres_politicos/asia/afganistan/ashraf_ghani (consultado: 24 de febrero de 2018)

Dalrymple, William (2017): Afganistán, la guerra que nadie ha podido ganar, El País, 20 de agosto de 2017, disponible en https://elpais.com/internacional/2017/08/18/actualidad/1503067055_730227.html (consultado: 17 de febrero de 2018).

Dinucci, Manlio (2016): Afganistán, ocupación duradera, Voltairenet, 12 de octubre de 2016, disponible en http://www.voltairenet.org/article193677.html (consultado: 14 de marzo de 2018).

Escola de Cultura de Pau (s.f.): Afganistán, disponible en http://escolapau.uab.es/conflictosypaz/ficha.php?paramidioma=0&idfichasubzona=38 (consultado: 12 de marzo de 2018).

Flores, Félix (2018): A los talibanes les sale la peor competencia, La Vanguardia, 30 de enero de 2018, disponible en http://www.lavanguardia.com/internacional/20180130/44406280575/afganistan-talibanes-estado-islamico-isis-irak-siria.html (consultado: 7 de febrero de 2018).

Guallar, Amador (2018): La CPI recoge 1.17 millones de denuncias por crímenes de guerra en Afganistán, El Mundo, 19 de febrero de 2018, disponible en  http://www.elmundo.es/internacional/2018/02/19/5a8adcc2468aebe0328b46d7.html (consultado: 25 de febrero de 2018).

Khan Sahel, Baber (2018): La ambigüedad de los talibanes alienta la esperanza en Afganistán, La Vanguardia, 16 de marzo de 2018, disponible en http://www.lavanguardia.com/politica/20180316/441560701607/la-ambiguedad-de-los-talibanes-alienta-la-esperanza-en-afganistan.html (consultado: 16 de marzo de 2018).

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Zamora, Augusto (2016): Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos. Ediciones Akal. Madrid.

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La representación de Oriente en la industria audiovisual

Oriente en la industria audiovisual tras el 11S

Por Airy Domínguez Teruel

El francotirador

Durante la última década Oriente Medio se ha convertido en un tema recurrente en películas y series televisivas, lo que ha provocado que esta región del mundo, para Occidente muchas veces remota, pase a entenderse a partir de aquello que se proyecta en la pantalla. Esto responde a que los productos cinematográficos y televisivos influyen en la conformación de la opinión de quien los visualiza, contribuyendo a la imagen que estos conforman de una realidad desconocida. En este sentido, Antonio Malalana señala que debido a su poder persuasivo y manipulador, la cinematografía y las producciones televisivas crean modelos culturales.

Los atentados del 11S como punto de inflexión

Tras los atentados del 11 de septiembre, George Bush buscará impulsar un proceso de transformación de la identidad nacional y de la opinión pública. Una idea que traspasaría las barreras de la acción conjunta política y de los medios de comunicación, adentrándose en otras esferas como la cinematográfica. De este modo, tras los ataques, el asesor especial de George Bush, Karl Rove, convocaría en Beverly Hills (Los Ángeles) una cumbre con los representantes de la industria del entretenimiento, con el fin de incorporar a Hollywood en la lucha contra el terrorismo. Dicho plan recuerda al camino seguido por el Estado de Israel a raíz de la matanza de Múnich y con la Operación Entebbe. Como apunta Malalana, con ambos sucesos Israel y sus ciudadanos – objetivo de las acciones terroristas en el primer caso y de poderosos a nivel militar en el segundo – ganaron la batalla de la imagen y generaron un proceso de victimización que favorecía la puesta en marcha de cualquier tipo de reacción antiterrorista ante su opinión pública[1].

Fuente: Rojo, M., 2012. EL TERRORISMO EN EL CINE. Revista Aequitas, 3, Pp. 253-304.

En definitiva, el 11S se ha presentado como un punto de inflexión que ha servido para consolidar un género propio, donde los guiones cinematrográficos parecen haber dado un vuelco adquiriendo la región MENA un papel relevante. Esta idea ha permitido la representación, no siempre fidedigna, de una región del mundo para muchos remota que, debido al carácter internacional de Hollywood, ha calado en la opinión pública occidental permitiendo la aceptación del derecho a la autodefensa y favoreciendo la imagen de victimización de la sociedad estadounidense, entre otras.

De este modo, en este nuevo producto, la dicotomía nosotros-ellos que diferencia a dos civilizaciones resulta dominante debido a la abrumadora diferencia en la contextualización de entornos y personajes. Junto a ello, el 11S refleja el nacimiento de un nuevo héroe en el cine de acción, los servicios de inteligencia. En este sentido, el estrechamiento de las relaciones entre Hollywood y la CIA es evidente.

La CIA y los servicios de inteligencia, el nuevo héroe de Hollywood

Si bien existen ejemplos anteriores en los que los servicios de inteligencia adquieren un papel protagonista en la trama de series y películas, en los últimos años esta es una tendencia en aumento. En este sentido, entre otras prácticas, la CIA influye en Hollywood ofreciendo su ayuda en el campo del realismo y la verosimilitud, ambos distintivos de este tipo de productos. Ello se lleva a término mediante el asesoramiento de agentes en activo o ex agentes de la CIA.

La relación de los servicios de inteligencia con la industria del cine y la televisión no es nueva. Así, desde el nacimiento de la CIA en 1947, esta ha estado trabajando encubiertamente con Hollywood. Una cuestión que se pone de manifiesto mediante la figura de Luigi Luraschi, jefe de la censura extranjera y nacional para Paramount a principios de los años cincuenta. Este, se ha descubierto que trabajaba para la CIA enviando informes sobre cómo se estaba empleando la censura cinematográfica, con el fin de impulsar la imagen de los EEUU en películas que se verían en el extranjero. Asimismo, los informes de Luraschi revelaron que había persuadido a varios cineastas a mostrar «negros» que estaban «bien vestidos» en sus películas, con el fin de contrarrestar la propaganda soviética sobre la pobreza de las relaciones raciales en EEUU.

Durante la presidencia de Clinton, la CIA llevó su estrategia en la industria del cine a un nuevo nivel. Así, en 1996, se creó la Entertainment Liaison Office, que supuestamente colaboraría en una capacidad estrictamente consultiva con los cineastas. Al frente de la oficina estaba Chase Brandon, uno de sus oficiales veteranos que había servido durante 25 años en la división de servicios clandestinos de élite de la agencia, como oficial de operaciones encubiertas. El fin era actualizar la imagen de la agencia. En este sentido, The Guardian recoge las palabras de Brandon en las que afirma que «[s]iempre hemos sido retratados erróneamente como malvados y maquiavélicos […] nos tomó mucho tiempo apoyar proyectos que nos retrataran en la luz que queremos vernos».

Junto a esta orientación ofrecida por la CIA a los cineastas, se encuentran otras acciones como la oferta de dinero. Así, por ejemplo, en 1950 compraría los derechos de Animal Farm de George Orwell, y financiaría la versión animada británica en 1954.

Si bien desde mediados de la década de 1990 guionistas, directores y productores estadounidenses parecen inclinarse por ofrecer una imagen positiva de la profesión de espía en proyectos de cine o televisión, esta será una práctica más habitual a partir del 11S. El fin consiste en obtener acceso especial y favores en la sede de la CIA. Así, frente al acostumbrado cine de acción hoy nace un nuevo modelo en el que el agente pasa a ser un héroe dentro de la sociedad americana, al enfrentarse al terrorismo.

En línea con lo anterior, la serie Alias lanzada en septiembre de 2001, pese a su carácter de ficción, reflejaba ya la paranoia generalizada del periodo posterior al 11 de septiembre, ese clima de ansiedad permanente. Creado por J. J. Abrams, el show presentó a Jennifer Garner como un agente encubierto de la CIA que se infiltró en una conspiración mundial, encarnando la integridad, el patriotismo y la inteligencia que la agencia busca en sus oficiales.

Sin embargo, esta tendencia se presenta de manera clara en Syriana, donde la actividad de los agentes es una constante. Lo mismo ocurre con Homeland, una serie que combina un cine tradicional plagado de rasgos propios del drama que se entrelazan con conspiraciones gubernamentales. Todo, obnubilado por los continuados esfuerzos y sacrificios de diversos agentes de la CIA en su intento por derrotar a los terroristas y brindar seguridad, no sólo a nivel nacional sino internacional. 

En La noche más oscura sucede algo similar, pues se tratan los esfuerzos de Langley por capturar a Bin Laden y evitar futuros atentados. Así, desde el 11S la relación de ambos sectores se estrechará siendo una práctica en aumento las visitas personalizadas de celebridades a la sede de la CIA (Harrison Ford y Ben Affleck entre ellos).

Ben Affleck, sirve de ejemplo para manifestar esta tendencia. Este es el director de Argo, una película lanzada en 2012 con Chris Terrio como guionista y basada en el libro The Master of Disguise de la vida real de Tony Méndez y el artículo de Joshuah Bearman «The Great Escape: How the CIA Used a Fake Sci-Fi Flick to Rescue Americans from Iran» en Wired. La película narra cómo la CIA rescató a varios rehenes estadounidenses en Teherán, con la ayuda de Méndez, quien creará una compañía de producción de Hollywood ficticia y fingirá filmar una película fantástica de ciencia ficción en Irán. Según señala Richard Klein, Argo fue la primera película en obtener permiso para grabar dentro de la sede de Langley en quince años. En dicha producción, la agencia y Hollywood juegan el papel de héroes, mientras que se pasan por alto cuestiones como el papel de la embajada de Canadá en la ayuda a los rehenes para escapar. En este sentido, hay quienes defienden que podría calificarse como el golpe propagandístico más exitoso de la agencia en Hollywood.

Por su parte, las memorias See No Evil del ex oficial de la CIA Robert Baer, servirán de apoyo para la película de 2005 Syriana, donde George Clooney se presentaba como un agente ficticio de la CIA basado, en parte, en Baer. En relación a Argo, el mismo Robert Baer «no tenía nada que ver con la realidad» y que cualquier involucrado lo sabe, sin embargo, es muy probable que el efecto no sea el mismo en quienes no conocen los tejidos y modo de proceder de la agencia. En opinión de Robert Baer, The Wire de HBO sería el mejor producto sobre Langley, pues según entiende es la misma burocracia “sin sentido, la política y la ambición” y «[t]oda la otra basura que te encuentras en un departamento de policía, te la encuentras con la inteligencia”.

En cuanto a Homeland, esta nace de una serie de televisión israelí llamada Hatufim o Prisoners of War, que trata sobre soldados israelíes que regresaban tras años en cautiverio. A lo largo de sus temporadas, Homeland se ha convertido en un espacio que permite al productor y guionista Alex Gansa explorar aspectos de la guerra contra el terror desde un punto de vista pro-CIA. De este modo, la puerta giratoria CIA- Hollywood se hace patente con series televisivas como esta.

De entre los obsequios propagandísticos destaca asimismo Zero Dark Thirty (La noche más oscura), un film que nacía en 2012 a la luz del creciente debate sobre la tortura. Dirigida por Kathryn Bigelow y con Mark Boal como guionista, esta película se centraba en la caza de Osama bin Laden. La relación entre la agencia y la película se pone de manifiesto por ejemplo si fijamos la mirada en el entonces director de la CIA, Leon Panetta, quien permitió al guionista asistir a una reunión en Langley en junio de 2011. Esta estuvo cerrada a la prensa y contó con la participación de los principales actores de la operación. Asimismo, el jefe de la CIA ofrecería al guionista los nombres de las personas cuyo papel en la misión era todavía secreto y compartiría otra información clasificada con los realizadores, entre otras acciones. La estrecha y enérgica colaboración entre la CIA y Hollywood permitió aquí argumentar que la captura de Bin Laden no hubiera sido posible sin información extraída bajo tortura.

El discurso nosotros-ellos como eje de los contenidos

La base de análisis del orientalismo se sitúa en el método de «oposición binaria»: dos mundos, dos culturas, Oriente y Occidente. Esta visión política presenta la relación entre Oriente y Occidente como una relación de poder donde el primero queda subordinado al segundo, y ha quedado impresa en diversidad de series y películas.

En línea con lo anterior, los estereotipos contrarios a los árabes y musulmanes no suponen una novedad, sino que cuentan con una larga trayectoria en la cultura popular estadounidense y, cada vez más, en la europea. Sin embargo, los atentados del 11-S han derivado en importantes cambios en el modo de representación de estos colectivos, jugando el cine y la televisión un papel fundamental. En este sentido, a la acostumbrada amenaza árabe se ha ido uniendo la amenaza musulmana. Así, como apunta Jack Shaheen, si bien las imágenes antiárabes y antimusulmanas “[…] habían formado parte del ruido de fondo del fanatismo estadounidense, los árabes y los musulmanes se convirtieron en los principales espectros de nuestras fantasías más paranoicas […] Pasaban de ser el otro malo de allí a ser el otro malo de aquí y de allí”.

En este sentido, series como 24, The Unit, The Agency, NCIS, Sleeper 2 Cell, Threat Matrix y Sue Thomas: F.B.Eye, agitarán los mitos edificados sobre el encarcelamiento, la extradición, la tortura e incluso la muerte de personajes de carácter unidimensional. Mientras que gran parte de las películas centradas en Oriente Medio se focalizarán en la justificación de la “guerra contra el terror”, la firma de la Ley Patriota (USA Patriot Act), las prácticas de la detención indefinida, etc. Todo con la violencia causada por la invasión de Afganistán o Irak y las torturas que tuvieron lugar en las cárceles clandestinas de la CIA como difuso telón de fondo.

Tras este enfoque hay una serie de intenciones políticas que llevan a que, en múltiples ocasiones, el islam quede retratado como una religión violenta, retrógrada e incluso salvaje. En relación a esta idea, Jack Shaheen denuncia en The Nation que “estas campañas […] son obra de un pequeño grupo de donantes ricos, especialistas en desinformación como Rush Limbaugh y Glenn Beck, y grupos de organizaciones anti-Islam interconectadas: el Proyecto de Investigación sobre Terrorismo de Steven Emerson, el Foro del Medio Oriente de Daniel Pipes y demás. Juntos crean el mito de que los musulmanes dominantes tienen lazos «terroristas», que el islam es la nueva amenaza ideológica global y que los musulmanes están decididos a destruir la civilización occidental. Luego difunden su mensaje por todas partes”. Aquí, Obsession: Radical Islam’s War Against the West (2005) se presenta como la primera película hecha por la organización pro israelí Clarion Fund. Este producto se muestra como propaganda en la que los musulmanes quedan deshumanizados y presentados como el «otro» malvado, al producirse un continuo desgaste del islam mediante la fusión de imágenes de yihadistas con personas rezando. Junto a ello, se encuentran otras imágenes, siendo una de las más interesantes la relación del discurso de los radicales con el del nazismo.

Diferencia del peso y contextualización de los personajes

Otra de las prácticas comúnmente extendidas en estos productos audiovisuales, que se encuentra vinculada al discurso «nosotros» y «ellos» es la desigualdad de contextualización de los personajes, la focalización en la humanización, el protagonismo y el realismo de un bando que se contrapone al reduccionismo del otro. Una táctica que incita al espectador a tomar parte por uno de los dos, presentándose el primero como el colectivo favorecido.

El francotirador de Clint Eastwood (2014), se presenta aquí como un claro ejemplo en el que el desequilibrio en el trato de los personajes y el universo que representan repercute en el resultado final y, por tanto, en el imaginario y la opinión del receptor. En ella se da prioridad al personaje del soldado americano, su situación y sus sentimientos, mientras que los de árabes o musulmanes a quienes mata se presentan como marginales. Esta película se basa en la biografía del francotirador del cuerpo de los Navy SEAL, Chris Kyle, siendo la crítica de la guerra el impacto que esta ha tenido en el soldado. Frente a lo anterior, las muertes árabes parecen subestimarse e incluso quedar razonadas. Con todo se induce a tomar posición por el bando americano. Una situación que se repite en casos como Zero Dark Thirty donde el criminalizado personaje musulmán queda deshumanizado.

En relación a esta idea, una estrategia habitual que hace que los espectadores empaticen con el bando occidental se basa en exponer el trastorno de estrés postraumático sufrido por quienes vuelven a EEUU tras luchar contra el enemigo por el bien de su nación y, en gran parte de los casos, del mundo. Ello queda reflejado en películas como En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008) o En el valle de Elah y en series como Homeland

El Francotirador

Homeland

Zero Dark Thirty

Así, huyendo del cine de acción de los 80 y 90, hoy la vulnerabilidad del soldado estadounidense se presenta como una práctica habitual en los guiones. Aquí, En el valle de Elah sirve para ilustrar esta idea. En ella se aborda el abuso sufrido por civiles iraquíes a manos de los soldados estadounidenses, pero esta no es sino una idea que acaba por emborronarse en la mente del espectador quien, ante todo, es testigo del trauma y postrauma que han de sufrir los soldados de EEUU. Este sufrimiento acaba por constituir el eje de la película, permitiendo incluso relativizar los abusos hacia los iraquíes. En este sentido, el sufrimiento iraquí parece cosa del pasado mientras que la situación de los americanos se alarga hasta el presente.

Junto al trastorno de estrés postraumático, en este intento por inducir al espectador a decantarse por un bando, se encuentra el recurso a la vida privada de los agentes e, incluso, de los soldados. Ello permite que la audiencia empatice con estos personajes, sintiendo su carácter humano, su sacrificio y su sufrimiento, todo en beneficio de la seguridad nacional. Sin embargo, en el caso de las familias árabes o musulmanas la visión es diferente pues apenas se tratan estas cuestiones y si se hace es de manera muy superficial. Este recurso a la familia queda patente en series como en Homeland, donde se ve el sacrificio del marine Nicholas Brody y su familia en las primeras temporadas, y de la agente Carrie Mathison, después. Asimismo, esta idea queda expresada en películas como Red de Mentiras, La sombra del reino y Syriana, entre otras.

Los rasgos explicados anteriormente conforman, junto con otros, este nuevo género de Hollywood en el que el terrorismo se presenta como uno de los principales ejes narrativos, quedando en la mayor parte de las ocasiones vinculado al islam y a Oriente Medio. Una idea que, si bien cuenta con antecedentes, nace a tenor de los atentados del 11S como parte de una política securitizadora que daña, con o sin intención, la imagen de árabes y musulmanes. Mientras que, por otro lado, sitúa a Estados Unidos, su cuerpo militar y sus agentes como los héroes, salvadores y víctimas. Todo ello en una plataforma de difusión mundial que permite el calado del mensaje en la mente de todo aquel que lo visualiza, contribuyendo a un sentimiento islamófobo creciente en nuestras sociedades y permitiendo la puesta en marcha de actuaciones políticas de otro modo impensables.

NOTAS:

[1] McAlister, Melani, «A Cultural History of the War without End», The Journal of American History, vol. 89, no 2, p. 441 y Huerta, Miguel Ángel, «Cine y política de oposición en la producción estadounidense tras el 11-S», Comunicación y sociedad, vol. XXI, no 1 (2008), pp. 81-102. Citado en Ureña, M., 2014. LA EXÉGESIS DE LA GUERRA GLOBAL CONTRA EL TERRORISMO A TRAVÉS DEL CINE Y LA TELEVISIÓN. HAO, 34, p 44.

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