Turquía en los Balcanes occidentales: del Imperio otomano a Erdogan

Turquía en los Balcanes occidentales: del Imperio otomano a Erdogan

Por Martín Madridejos

Durante más de quinientos años el Imperio otomano dominó los Balcanes. Tras su descomposición y la posterior conversión en una república parlamentaria, Turquía mantuvo durante décadas una política exterior poco activa en la región. Sin embargo, el final de la Unión Soviética, los sangrientos conflictos armados y la desintegración de la antigua Yugoslavia derivaron en un nuevo contexto regional e internacional en el que el país quiere volver a ser protagonista. Las nuevas condiciones internas de Turquía recondujeron su política exterior hacia la región balcánica y ahora aspira a reforzar los antiguos lazos culturales, sociales y, por supuesto, económicos.

El Imperio otomano en los Balcanes occidentales

En uno de los puntos álgidos de Sarajevo, la capital de Bosnia y Herzegovina, se encuentra el barrio de Bascarsija, conocido por haber sido el bazar en la época otomana. Hoy en día es una de las principales atracciones turísticas de la ciudad, y por él se puede pasear tranquilamente y disfrutar de la artesanía de origen turco que venden los locales y de los deliciosos cevapcis, un plato de carne picada y condimentada en forma de salchicha, también originarios del periodo otomano. Si uno pide un café le pondrán uno al estilo turco servido en un cezve, caracterizado por su espesor y por su fondo terroso.

Unos cuantos kilómetros más al sur del país podemos llegar a Mostar y encontrar el enorme puente que atraviesa el río Neretva, símbolo también del Imperio otomano.  La construcción fue encargada por Solimán el Magnífico en 1557 con el objetivo de convertir la ciudad en el nexo entre el mar Adriático, en esos momentos dominado por la República de Ragusa, y el interior de la península balcánica, dominada por los otomanos.

Entre los siglos XV y XX, los Balcanes occidentales formaron parte del Imperio otomano, lo que se tradujo en un proceso de asimilación cultural, en diferentes grados, de las poblaciones que habitaban en la región. Fruto de aquella permanencia secular no solo sobrevive el Islam, religión mayoritaria en Bosnia y Herzegovina, Albania y Kosovo, sino que son claramente perceptibles los préstamos lingüísticos como la mismísima palabra Balcanes (Balkan significa «montaña arbolada» en turco) y las costumbres de origen inconfundiblemente otomano, como buena parte de la gastronomía y la música popular. Los turcos siempre tuvieron en cuenta la región como un territorio estratégico: el puente hacia Europa.

La expansión del Imperio Otomano//Fuente: University of Illinois at Urbana-Champaign

El nacimiento del nacionalismo moderno turco

A finales del siglo XIX, el poderío del Imperio comenzaba a tambalearse. Problemas económicos cada vez más pronunciados, derivados de una creciente deuda y constantes guerras, contribuyeron al auge de los nacionalismos de la región. Con cada vez más frecuencia estallaban revueltas contra la administración turca que acabaron concluyendo con la independencia de los territorios del Imperio.

El Congreso de Berlín (1878), celebrado tras la derrota del Imperio otomano contra la Rusia zarista, determinó las nuevas fronteras territoriales en los Balcanes incluyendo, entre otras, la independencia de Serbia y la absorción de Bosnia y Herzegovina por el Imperio austrohúngaro.

El Imperio otomano siguió perdiendo territorios, como en las dos guerras de los Balcanes que acontecieron entre 1912 y 1913, luchando contra la Liga Balcánica y Rumanía. Tan solo un año más tarde estallaba la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la que Turquía participó en el bando del eje. La Gran Guerra, que enfrentaba a los imperios modernos, además de situar los engranajes para el nuevo orden mundial, supuso la pérdida definitiva de la administración territorial y la culminación del proceso de descomposición del antiguo Imperio otomano. Además, Turquía perdió territorios a manos de Grecia y Armenia, entre otros países. 

A la vez que el Imperio se iba descomponiendo, el nacionalismo moderno turco se hacía más poderoso. En 1906 se creó el movimiento de los Jóvenes Turcos, un partido reformista y nacionalista que en 1908 encabezó una revolución con el objetivo de modernizar el país. Poco después, un joven llamado Mustafá Kemal Ataturk (1881-1938) emergía como líder de un movimiento nacional que propugnaba la creación de un estado nación moderno.

Tras la Gran Guerra, Ataturk encabezó la Guerra por la Independencia Turca (1919-1923), que terminó con la expulsión de las potencias ocupantes. Posteriormente, amparada en el Tratado de Lausana en 1923, se proclamó la República de Turquía con sus límites territoriales actuales. El Imperio pasó de la autocracia a la república  y del carácter multiétnico y multirreligioso a la unificación cultural.  El sultán Mehmet VI había abdicado el año anterior.

Ataturk, junto a las ideas de los Jóvenes Turcos, sentó las bases ideológicas de la Turquía contemporánea. El pensamiento resultante, el llamado kemalismo, se fundamentaba en seis pilares: republicanismo, populismo, secularismo, reformismo, nacionalismo y estatismo. Las reformas acaecidas tenían como fin un acercamiento a los sistemas sociales y políticos occidentales, incluyendo desde la laicización del Estado o el traslado de la capital hasta Ankara hasta la adopción del calendario gregoriano o un cambio de gran calado en la lengua turca, que desde 1929 pasó a escribirse en caracteres latinos.

Una política exterior poco activa en la región

El proceso de descomposición hizo que la influencia otomana en los Balcanes occidentales se diluyera. Sin embargo, a partir de 1923, la nueva Turquía comenzó de nuevo a tejer lazos políticos y militares con la región. De esta manera se firmaron varios tratados que concluyeron con la Entente de los Balcanes en 1934, que creó una alianza militar entre Turquía y el Reino de Yugoslavia, acompañado de otros países de la región como Hungría, Rumanía y Grecia.

Entente de los Balcanes 1934//Fuente: Wikipedia

La Segunda Guerra Mundial puso en jaque la seguridad de la región. El país mantuvo una posición neutral hasta los últimos años de la contienda, en la que finalmente decidió unirse al bando de los aliados. Por otro lado, en la recién nacida república socialista yugoslava tras la victoria de los partisanos, se estaba produciendo un terremoto político debido a la ruptura de mariscal Josif Broz Tito con Stalin en 1948. Yugoslavia fue alejándose parcialmente del socialismo ortodoxo y acercándose a las doctrinas del llamado “socialismo autogestionado” y erigiéndose como uno de los portavoces del Movimiento de Países No Alineados. 

Turquía en esos momentos se estaba convirtiendo en uno de los principales aliados de Occidente en la región.  Fue acercándose paulatinamente a las visiones estadounidenses y adquiriendo un carácter anticomunista. En 1952 ingresó en la OTAN junto a Grecia. Un año más tarde, Ankara, Atenas y Belgrado firmaron el Pacto de los Balcanes, finalmente ratificado en 1954, un tratado de amistad y cooperación basado en la integración de Yugoslavia en el sistema de defensa europeo y en un alejamiento del Pacto de Varsovia.

En líneas generales, la política exterior turca tras la Segunda Guerra Mundial estuvo muy marcada por la Alianza atlántica y las lógicas del bipolarismo internacional entre la URSS y Estados Unidos. En los Balcanes occidentales, Turquía desempeñó un papel poco activo muy marcado por el Telón de Acero que la separó de la región durante prácticamente cincuenta años.

El resurgimiento de Turquía en la década de los 2000

El fin de la Guerra Fría tuvo importantes consecuencias geopolíticas en los Balcanes occidentales. A la estela de la caída del muro de Berlín y del hundimiento de la Unión Soviética resurgieron conflictos sociales, étnicos y religiosos que acabaron desembocando en la independencia de las antiguas repúblicas yugoslavas y en la disolución del país.

La descomposición de Yugoslavia// Fuente: Xunta de Galicia

En líneas generales, Turquía mantuvo una postura favorable a la paz, la estabilidad y la seguridad de la región, un talante que desarrolló tanto en acciones unilaterales como participando activamente en los grandes foros multilaterales de la OTAN, la Unión Europa y otras organizaciones internacionales, siempre del lado de Occidente. Turquía tuvo una posición muy cercana a Bosnia y Herzegovina y Kosovo en sus respectivos conflictos, en los que ejercía de salvaguarda de un mundo musulmán amenazado por los serbios.

La desintegración de Yugoslavia dejó un gran vacío de poder y un nuevo escenario geopolítico en la región. Las guerras fueron un gran motivo de preocupación para Turquía, puesto que amenazaban la seguridad de la región, pero al mismo tiempo Ankara era consciente de las futuras alianzas que se podrían tejer una vez concluyeran los conflictos bélicos: nuevos estados significaban nuevas relaciones. 

Muchas de las acciones llevadas a cabo por Turquía en los años noventa fueron el germen de lo que en la década siguiente se consolidaría como una política exterior muy activa en los Balcanes occidentales.

A nivel interno, Turquía estaba cambiando profundamente. En primer lugar, el crecimiento económico era acelerado, pasando de los 220.000 millones de su PIB en 2001 a los 521.000 en 2008, creciendo al 9% en algunos años.

Evolución del GDP de Turquía en millones de dólares // Fuente: Trading Economics

En segundo lugar, los cambios políticos eran también intensos, un verdadero terremoto, debido a la irrupción del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) y la llegada al poder de su presidente, Recep Tayyip Erdoğan, en 2002. La llegada del AKP suponía un énfasis en un islamismo moderado y un creciente conservadurismo social, acompañado de una profunda reforma económica de corte muy liberal.

Estas nuevas condiciones, sumadas al desencanto de las negociaciones para la incorporación a Europa, llevaron hacia un giro en la política exterior turca. Ankara puso mayor atención en regiones como el Cáucaso, Próximo Oriente o los Balcanes, y dejó de lado tanto el proceso de integración europea como las ideas occidentales. Turquía se estaba alejando del kemalismo de Ataturk y algunos expertos comenzaron a hablar del término «neootomanismo«, que hacía referencia al resurgir de Turquía como potencia histórica.

El nuevo contexto fue interpretado por Ahmet Davutoglu, por aquel entonces un reputado profesor universitario, quien a través de la publicación de su libro Stratejik Derinlik (Profundidad estratégica) en 2001, sentó las bases de la doctrina geopolítica de Turquía. Davutoglu abogaba por un mayor fortalecimiento de las relaciones con los países con un legado más cercano al Imperio otomano y al mundo musulmán en general; por la consolidación geoestratégica de su posición como puente entre Europa y Oriente Medio; y, en último lugar, por unas mejores relaciones con las potencias con intereses en sus esferas de influencia. El académico desarrolló iniciativas como la “cero problemas con nuestros vecinos”, basada en evitar confrontaciones y apostar por el pragmatismo en las relaciones internacionales.

 

Turquía y el mundo musulmán en los Balcanes occidentales

La década de los 2000 fue esencial para el reforzamiento de las relaciones con los Balcanes occidentales. Mientras que las guerras de la década de la guerra anterior habían marcado una agenda basada en el  fortalecimiento de la paz, la seguridad y la estabilidad política, posteriormente empezaron a primar las relaciones económicas y la recuperación de los lazos históricos y culturales.

Turquía comenzó a desarrollar un todo tipo de iniciativas y proyectos, desde pactos bilaterales y multilaterales en aspectos comerciales y militares, hasta inversión extranjera directa y ayuda al desarrollo. Algunos ejemplos destacables son la Agencia Turca para la Cooperación y la Coordinación (TIKA), La Presidencia de Asuntos Religiosos (Diyanet), el Instituo Yunus Emre, el canal TRT Avaz o las telenovelas turcas.

En primer lugar, la Agencia Turca para la Cooperación y la Coordinación (TIKA), que se ha encargado de la restauración de edificios históricos como mezquitas, puentes y madrazas, así como de diferentes proyectos en materias de educación, institucionalización y salud. En 2015, la TIKA destinó a los Balcanes un total de 154 millones de dólares.

 

Seguidamente, la Presidencia de Asuntos Religiosos (Diyanet), una organización que se encarga de cuestiones sobre la religión sunita a lo largo del mundo, ha servido de proveedor de servicios religiosos en los Balcanes occidentales, como cursos de preparación para ser Imán o grados universitarios en teología.  Diyanet ha financiado más de 100 mezquitas y mantiene vínculos con 2000 fuera de Turquía.

Religión en los Balcanes//Fuente: Wikipedia

En tercer lugar, el Instituto Yunus Emre, que tiene la labor de promover la cultura turca a través del mundo y que promueve cursos de lengua turca. Además, se han ido desarrollando paulatinamente consorcios entre universidades de Turquía y los Balcanes, e incluso creando universidades propias. El instituto cuenta con sedes en Albania, Bosnia y Kosovo.

El multicanal TRT creó en 2009 su versión balcánica llamada AVAZ, que proporciona temas de interés de la región en idiomas como el bosnio o el albanés. Por último, cabe destacar el impacto notable de las telenovelas turcas, las llamadas televizyon dizileri, que gozan de mucha audiencia en los Balcanes occidentales y en el mundo árabe e incluso en LatinoaméricaEl Sultán (Muhteşem Yüzyıl), es ampliamente exitoso a lo largo del mundo y ha llegado a más de cincuenta países.  Hoy en día Turquía es el segundo mayor exportador de series del mundo.

La política exterior en Bosnia, Kosovo, Albania y Macedonia

La política exterior de Turquía en los Balcanes occidentales está centrada principalmente en los países con los que comparte lazos históricos y culturales,  entre ellos Bosnia, Kosovo, Albania y Macedonia.

 

Bosnia y Herzegovina ha estado muy presente en la política exterior de Turquía, tanto en el periodo bélico como en la década de los 2000. Los bosníacos (bosnios musulmanes, una de las tres comunidades del país)  mantienen muchas costumbres de la época otomana y muestran interés en la actualidad turca. En aspectos de seguridad, hoy en día Turquía cuenta con 250 militares en la Operación Althea –una misión de seguridad en Bosnia- y ejerce un papel activo en la pacificación del país.

Otro de los países importantes es Albania, un país con un notable legado otomano y con una mayoría musulmana. Turquía financia proyectos como la gran mezquita de Tirana, que va camino de ser una de las mayores de Europa, y una aerolínea llamada Air Albania, de la cual Turkish Airlines controla el 49,12%. Además, también tiene desplegados militares y ambos son aliados debido a su pertenencia a la OTAN.

Turquía también despliega una política exterior considerable en Kosovo, un país con una mayoría albanesa y musulmana. Apoyó a Kosovo durante la guerra –de un modo más liviano que en Bosnia- y unos años más tarde, en 2008, fue uno de los primeros países en reconocer su independencia. En la actualidad, Turquía sigue destinando 400 soldados en Kosovo en misiones de la OTAN.

La República de Macedonia,  país cuya independencia fue reconocida por Turquía  internacionalmente al país en 1991, cuenta con una notable comunidad de albaneses musulmanes, principalmente en el norte, así como prácticamente 80.000 ciudadanos de origen turco. En las disputas entre Grecia y Macedonia acerca del nombre de la ex república yugoslava, un contencioso no resuelto hasta junio de 2018, Turquía siempre se posicionó a su favor. Macedonia fue, entre otras cosas,  el lugar donde vivió y estudió Ataturk durante su etapa juvenil.

Despliegue militar de Turquía en la región// Fuente: El País

La consolidación

En general, Turquía ha logrado mejorar las relaciones con estos países y su imagen exterior. Al mismo tiempo, ha empezado a tejer relaciones con otros países con menor presencia musulmana como Serbia, Croacia y Montenegro, especialmente en aspectos económicos.

La década de los 2000 fue muy exitosa para las aspiraciones del proyecto de Turquía en los Balcanes occidentales, siguiendo las directrices de Erdogan y Davutoglu. Pese a que la Unión Europea es el gran objetivo de los países de  la región –Serbia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina, Macedonia, Albania y Kosovo son candidatos al ingreso- Turquía ha aumentado notablemente su influencia.

La crisis económica que estalló en 2008 y que azotó a Europa con intensidad, permitió a Turquía -que se vio menos afectada-  reforzar su presencia en la región. Los factores geopolíticos no se pueden obviar, por lo que las iniciativas de Turquía empezadas en las guerras en materia de estabilidad y seguridad siguen estando muy presentes.

El giro de la política exterior turca avanzó bajo los dictados cada vez más presentes de Davutoglu, que dejó su labor de académico y entró en el Gobierno como ministro de Exteriores (2009-2014) y luego como primer ministro (2014-2016), hasta que fue destituido por sus reticencias hacia el presidencialismo propuesto por Erdogan.

En la actualidad existen muchas incógnitas derivadas del golpe de estado de 2016, de las disputas religiosas y del alejamiento de Davutoglu de las esferas de poder, así como del surgimiento de otras potencias como China, que ha comenzado a realizar proyectos a raíz de su Nueva Ruta de la Seda, de las tensiones aún existentes entre Serbia y Kosovo y entre las comunidades étnicas en Bosnia y de la reciente extradición de kosovares.

Para saber más

MEHMET UĞUR EKİNCİ (2014): “A Golden Age of Relations: Turkey and the Western Balkans During the AK Party Period” en Insight Turkey, Vol. 16, No. 1, pp. 103-125; ALIDA VRAČIĆ (2016): “Turkey’s Role in the Western Balkans” en German Institute for International and Security Affairs; BIRGÜL DEMİRTAŞ (2013): “Turkey and the Balkans: Overcoming Prejudices, Building Bridges and Constructing a Common Future” en PERCEPTIONS, Vol 18, No. 2, pp. 163-184; DIMITAR BECHEV (2012): “Turkey in the Balkans: Taking a Broader View” en Insight Turkey, Vol. 14, No. 1, pp. 131-146.

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24 de Junio de 2018, la última oportunidad para destronar a Erdoğan

24 de Junio de 2018, la última oportunidad para destronar a Erdoğan

Por Xavier Mojal

El 24 de Junio de 2018 se celebran en Turquía las decimoctavas elecciones parlamentarias desde el establecimiento de un sistema democrático multipartidista y de elecciones libres en 1950, así como comicios para escoger al decimotercer presidente de la República. El puesto presidencial, normalmente eclipsado por el rol que la Gran Asamblea Nacional  Turca y el gobierno liderado por el Primer Ministro han tenido en un sistema político tradicionalmente de corte parlamentario, adquirirá una relevancia primaria y fundamental a tenor de la reforma constitucional votada en referéndum el 16 de abril de 2017. En pocas palabras, en esa fecha el pueblo turco decidió –a pesar de las irregularidades acaecidas en campaña y durante las votaciones y por un margen muy estrecho – transformar el sistema parlamentario del país en un sistema ‘superpresidencialista’.

El nuevo sistema político, diseñado por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayiip Erdoğan y apoyado por el ultraderechista  Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) de Devlet Bahçeli, válido a partir de las cruciales elecciones del 24J, difiere de otros sistemas presidencialistas con mecanismos de repartición de poder habilitados, como el ejemplo más claro de los EEUU y su sistema de checks and balances, y se acerca más bien al modelo ruso de Vladimir Putin.

Los principales cambios que el presidencialismo à la turca impondrá en cuanto al reparto del poder público respecto al anterior sistema son los siguientes. El poder ejecutivo se traslada del Primer Ministro, figura que pasará a ser abolida, al Presidente de la República, siendo este el encargado de nombrar a su gobierno sin la aprobación del parlamento. En cuanto al poder legislativo, el Presidente podrá emitir decretos presidenciales sobre una gran variedad de temas sin tener que contar con la admisión del parlamento, que podrá no obstante bloquearlos posteriormente. La Presidencia también elaborará los presupuestos anuales, que habrán de ser aprobados por el parlamento, y podrá declarar o anular el estado de emergencia. Es de resaltar, no obstante, que bajo el nuevo sistema el parlamento y la presidencia sean con toda probabilidad del mismo color político, ya que las elecciones para ambas instituciones se dan al mismo tiempo cada 5 años, evitando así la posible cohabitación ocurrida en el pasado. De todos modos, las funciones del parlamento se ven aún más reducidas: las sesiones de control parlamentario hacia el ejecutivo se suprimen, así como las mociones de censura (excepto en casos de alta traición con un apoyo de 3 quintas partes de la Asamblea) y las investigaciones parlamentarias. Respecto al poder judicial, el Presidente ve aumentado su poder para configurarlo, con un control casi absoluto sobre las dos instituciones judiciales de más importancia, el Tribunal Constitucional (TC) y el Consejo Superior de Jueces y Fiscales (HYSK). El cambio notable se da en concreto con la configuración del HYSK, ya que bajo el sistema vigente el Presidente ya nombra un gran número de jueces y fiscales seniors. Así, el Presidente elegirá 6 de los 13 miembros del HYSK y el parlamento el resto –con el sistema vigente, de los 22 miembros del HYSK el Presidente escoge 4, el Primer Ministro 2,  y 16 por la propia judicatura, que se sumarán a los 12 jueces del TC elegidos por el mismo (los 3 restantes por el Parlamento).

El Presidente Erdoğan, en varios actos de campaña previas a las elecciones del 24 de junio. Fuente: cuenta de Twitter oficial de Recep Tayyip Erdoğan

A pesar de la complejidad de la reforma, mucho más extensa que la previa del párrafo anterior, lo primordial es entender que ésta diluye aún más la separación de poderes en Turquía y las concentra en las manos del Presidente. Es el punto definitivo a la progresiva consolidación de poder por parte del Presidente Recep Tayiip Erdoğan de los últimos años, que ha conseguido del mismo modo tener prácticamente a la mitad del país en su contra absoluta. Así, estas elecciones se verán, tal como fue con el referéndum constitucional del 2017, como un plebiscito hacia la figura de Erdoğan. Pero, ¿cómo ha llegado Turquía a esta situación de regresión democrática y fuerte polarización política?

La República post-Atatürk: la mayoría conservadoras vs. el establishment kemalista

Como bien es sabido, Mustafa Kemal Atatürk, héroe nacional y fundador de la República Turca, es de lejos la figura más importante de la historia moderna del país. Mustafa Kemal, miembro temprano del Comité de la Unión y Progreso (CUP) −el movimiento revolucionario y nacionalista turco en las postrimerías del Imperio Otomano−, ganó su nombre al participar en la revolución constitucional de 1908 de este grupo, y tras múltiples victorias militares durante la Primera Guerra Mundial. Fue después, durante la Guerra de Independencia Turca (1921-1922), cuando Mustafa Kemal forjó su autoridad al seno del Movimiento de Resistencia Nacional. En 1923 culminaría el proceso de independencia turca, tras la victoria militar y expulsión de los Aliados –las potencias occidentales Francia y Reino Unido, Italia, Grecia y Armenia−, la abolición del Califato y el exilio de Sultán Otomano, junto con la firma del Tratado de Lausanne con el que se establecerían las fronteras actuales de Turquía (a excepción de Hatay, que Turquía se anexionaría de Siria años más tarde).

Reconocido por el Parlamento y con una gran popularidad entre el pueblo turco, a Mustafa Kemal se le añadió el apellido Atatürk (padre de los turcos), que gobernaría el país con mano de hierro hasta su muerte. Esta fue la época del régimen autoritario del partido único bajo el control de Atatürk, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), y conseguiría alargarse una década tras de su muerte, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Durante este período autoritario, en el que destacaron episodios represivos de purgas, ejecuciones, o intervenciones militares para doblegar al nacionalismo kurdo, se impuso una auténtica revolución secular y cultural con el fin de construir la nación turca, cohesionar su población bajo una misma ideología y acercarla a la modernidad europea. De entre los principios promulgados de lo que se empezaría a llamar Kemalismo –republicanismo, secularismo, nacionalismo, estatismo y revolucionismo− destacarían el nacionalismo y secularismo extremo; un nacionalismo excluyente que rompería con los vectores de identidad otomanos para poner por delante la etnicidad turca (y la negación y asimilación de las demás), y un secularismo que no sólo  separaría al Estado de la religión, si no que buscaría eliminar al islam de la esfera pública.

El Kemalismo se asentó como la ideología oficial del Estado, de la que no estaba permitido desviarse, y se siguió imponiendo manu militari por el ejército a los actores políticos posteriores a Atatürk y su partido CHP. Así, el primer gobierno democrático del Partido Democrático (DP) surgido de las urnas el 1950, acabaría trágicamente 10 años después tras el primer golpe de estado en la República turca, con la ejecución del Primer Ministro Adnan Menderes y dos ministros de su gobierno. El DP había conseguido conectar con las clases tradicionalmente aliadas del CHP (grandes comerciantes, terratenientes y abogados), pero más importante con las masas gracias a un lenguaje y políticas conciliadores con el islam. El DP, considerado como el precursor del centro-derecha turco actual, continuaría siendo un partido secular que se ocuparía, por ejemplo, de deificar la figura de Atatürk. La sentencia de Menderes fue, no obstante, su intento de desbancar al establishment kemalista (al CHP) de los aparatos burocráticos, judiciales y militares del estado. La deriva autoritaria del gobierno de Menderes y su utilización de la religión para movilizar al electorado, fueron las excusas perfectas de los golpistas para actuar. Hoy la figura de Menderes, a pesar de estar lejos del islamismo de Erdoğan, ha sido apropiada por este último como uno de los símbolos de la voluntad popular contra el autoritarismo kemalista.

Adnan Menderes, escoltado por soldados hasta su celda en la isla de Imrali, Estambul, antes de ser ejecutado en 1961.

La mayoría conservadora del país quedaría reflejada en las siguientes elecciones permitidas después del golpe de estado en 1961, dividida en tres partidos distintos de los que el Partido de la Justicia (AP) de Süleyman Demirel –partido sucesor del DP de Menderes− se quedaría tan sólo a dos puntos del ganador CHP (36,7%). Cuatro años más tarde, el conservador AP volvería al poder con casi el 53% de los votos. Sin embargo, el gobierno de Demirel sería depuesto el 1971, esta vez pacíficamente, tras el segundo golpe militar de la historia de la República en un contexto de inacción ante la violencia política generada por los disturbios de la izquierda militante y el auge de la ultraderecha paramilitar.

Tras el mencionado golpe, un CHP renovado (con el lema ‘la izquierda del centro) bajo el liderazgo de Bülent Ecevit volvería al poder tras las elecciones generales del 73 con un 33% de los votos, debido al atractivo que su discurso social había generado en las clases trabajadoras de las grandes urbes. La mayoría social votaba, no obstante, a los distintos partidos a la derecha del espectro político, que gobernaron en coalición durante la mayor parte de la década de los 70. Este período estuvo marcado por una fuerte inestabilidad económica que se vería afectada por el fuerte incremento de los precios del petróleo y una crisis política sin precedentes. Esta última quedaría reflejada en la incesante violencia política entre la izquierda revolucionaria y a la ultraderecha nacionalista que ocupaba las calles y los campus, y que se saldó con cifras de muertos que se contaban por miles.

En estos momentos convulsos, concretamente en el 78, se fundó el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una escisión de la izquierda revolucionaria turca y el grupo definitivo del incipiente Movimiento Nacional Kurdo, que en las décadas siguientes monopolizaría la violencia contra el estado turco. Ante el caos de aquella época, en el año 1980 el ejército tomaría por tercera vez, con el General Kenan Evren en cabeza, las riendas del país; su objetivo sería fortalecer el Estado y despolitizar las masas. La represión fue brutal, combinando la lucha implacable contra el terrorismo con la supresión de la disidencia, sobretodo de la izquierda. Se prohibieron todos los partidos políticos existentes y se impuso una nueva Constitución. La Constitución del 82 –vigente hasta que la nueva reforma se aplique el próximo 24 de junio−, concentró el poder en el Ejecutivo, incrementó el del Presidente y el del Consejo de Seguridad Nacional (un órgano militar), limitó las libertades de prensa, reunión y expresión, así como la diversidad política al imponer una barrera de entrada al Parlamento del 10% de los votos. Por último, la junta militar promulgó una re-conceptualización del nacionalismo turco y la ideología oficial del estado, la llamada Síntesis Turco-Islámica, con la que se pretendió despolitizar y aglutinar la sociedad bajo la idea de un nacionalismo islámico sunní. En este nuevo marco, se materializarían políticas tangibles fomentando la religiosidad islámica (sunní): la obligatoriedad del curso de religión en la educación secundaria y pre-universitaria, la construcción de mezquitas y la expansión de la red de escuelas religiosas Imam Hatip. Una política que abriría la puerta al triunfo del islam político en la década siguiente.

La reintroducción de la democracia representativa después del golpe del 80 y las draconianas medidas que siguieron, demostró de nuevo la realidad conservadora del país. El partido estrella de las elecciones del 83, con un 45% de los votos, fue el Partido de la Madre Patria (ANAP) de Turgut özal, el único partido fuera de la órbita militar al que se le permitió participar. Mientras que el ANAP se dedicaba a liberalizar la economía de Turquía, dos nuevas tendencias ganaban peso en el espectro político, el nacionalismo kurdo de izquierdas (la guerrilla kurda del PKK y los posteriores partidos legales pro-kurdos) y el islam político.

El islam político en Turquía tiene sus orígenes con el Partido del Orden Nacional de Necmettin Erbakan tras el primer golpe de 1960. De hecho, el islamismo (político) en el país no se puede entender sin tener en cuenta la impopularidad de un secularismo extremo impuesto por las élites kemalistas a un país mayoritariamente religioso y conservador. Ya en las elecciones del 73, bajo el nombre del Partido de la Salvación Nacional consiguió acumular el 12% de los votos. Sin embargo, el verdadero crecimiento del movimiento islamista ocurriría en la década de los noventa, tras relajamiento del secularismo estatal con el golpe militar del 80 de la mano del rebautizado Partido del Bienestar (RP) liderado por el mismo Erbakan. Su gobierno, formado el 1996 en coalición con el derechista Partido del Camino Correcto (DYP), duraría apenas 2 años, tras el cuarto y último golpe exitoso en el país.

El golpe de 1997 se ha llegado a llamar golpe posmoderno ya que se ejecutó con tan sólo las amenazas verbales del ejército, obligando a Erbakan a dimitir. El poder militar kemalista se desdijo de la Síntesis Turco-Islámica de Kenan Evren y apuntó al islamismo (social y político) y al separatismo kurdo (los años 90 marcaron la fase más violenta del conflicto entre el Estado y el PKK) como las dos grandes amenazas al estado turco. Como resultado del control militar sobre la política, se llegó incluso hasta la absurda prohibición del velo femenino islámico en los edificios públicos, escuelas y universidades. El entonces alcalde de Estambul Recep Tayyip Erdoğan fue encarcelado durante cuatro meses en 1999 por haber recitado un poema islamista. El camino estaba abierto para que tres años después ganara las elecciones al frente del nuevo partido liberal conservador de la Justícia y el Desarrollo (AKP).

Erdoğan y la promesa de la Nueva Turquía

Es probable que aquellos que siguen más de cerca la política actual turca conozcan esta parte de la historia: el auge y acumulación de poder del AKP y Erdoğan, no sin obstáculos, hasta el momento actual. Un período que podemos dividir en dos fases, la reformista liberal y la regresiva conservadora .

Recep Tayyip Erdoğan sabe conectar con las masas por sus orígenes humildes: criado en el barrio popular de Kasimpaşa en Estambul, hijo de un emigrante de la región conservadora del Mar Negro, y educado en una escuela religiosa Imam Hatip, de las primeras que el gobierno de Adnan Menderes abrió en la década de los 50. En los 70, durante su período universitario, y al margen de la violencia política entre la izquierda y la derecha que impregnaba el país, ya era militante de un sindicato estudiantil conservador y anti-comunista donde conocía a muchos de sus futuros compañeros de gobierno, y del Partido de Salvación Nacional de Necmettin Erbakan. Su progreso político se inició en los 80 tras el golpe militar y la relajación de los fundamentos secularistas del estado. En el 94, bajo las siglas del Partido del Bienestar (refundado por Erbakan), se convertiría en el alcalde de Estambul hasta su encarcelamiento.

Erdoğan, un animal político que se ha sabido adaptar a cada momento, decidió entonces abandonar el islamismo romántico de su mentor, Erbakan, y apostar por la moderación. Así, en 2001 fundó  junto con otros compañeros el AKP, mientras que el Partido del Bienestar se pasaría a llamar el Partido de la Felicidad (Saadet Parti). La senda de la moderación –el AKP apostaba por la democratización, el acercamiento a Occidente y la adhesión a la UE, la economía de libre mercado y un secularismo ‘blando’−, la grave crisis económica que atravesaba el país (con la inestimable ayuda del FMI) y los escándalos de corrupción de los 90, permitieron al AKP recibir el 34% de los votos en las elecciones generales del 2002. Esta moderación y popularidad servía, también, para evitar la interferencia de los militares, tan fresca en la memoria política turca. El AKP se convertía en un catch-all party (partido visagra) que convencía a la clase trabajadora, a la clase media liberal y conservadora, a la clase rural nacionalista y a los islamistas urbanitas. Desde entonces, el partido no ha parado de crecer y ha ido acumulando victorias electorales en todos los niveles.

Los buenos años de Erdoğan serán recordados como los del boom económico y la inversión pública, en parte gracias el efecto de las reformas económicas dictadas por el FMI a los anteriores gobernantes. La inflación volvió a niveles aceptables, la inversión directa extranjera (FDI) se incrementó, el crédito fluyó y con él se incentivó el consumo, el PIB se multiplicó y la inversión pública en educación, sanidad e infraestructuras mejoró la calidad de vida de la sociedad turca.  En lo político, el gobierno del AKP realizó importantes reformas que mejoraron la calidad democrática del país, especialmente hasta el 2005 incentivado por el proceso de adhesión a la UE. Entre ellas, se reformó el código penal (aboliendo la pena de muerte); se limitó el rol del Consejo de Seguridad Nacional (considerado como el poder militar paralelo al poder civil); se aprobó un nuevo código civil más igualitario, se permitió el uso de otras lenguas en los medios de comunicación (sobretodo, el kurdo) y se introdujeron enmiendas constitucionales restaurando y protegiendo derechos individuales y colectivos –libertad de expresión, asociación, prensa.

El proceso de adhesión de Turquía a la UE iba a ser difícil y exigente, y por esa razón necesitaba de la honestidad y apoyo del club europeo. Mientras tanto, el AKP conseguía, con el apoyo de la UE, imponer el poder civil sobre el militar, a pesar de las reticencias del establishment kemalista, que intentó incluso ilegalizar al partido gobernante. No obstante, el proceso se enfrío definitivamente en 2010 y las relaciones Turquía-EU empezaron a deteriorase, sobre todo por la presión ejercida por la Francia de Sarkozy. Erdoğan supo remodelar su discurso, repleto ahora de mensajes anti-occidentales, para capitalizar el hastío de la sociedad turca respecto a la UE.

El punto de inflexión que marcaría el giro hacia el autoritarismo del gobierno del AKP fue la fuerte represión a las protestas del parque de Gezi en Estambul en 2013. Pero para entonces los elementos kemalistas ya habían sido en gran medida purgados del poder burocrático, judicial y militar gracias a la alianza con la cofradía religiosa Hizmet (liderada por Fetullah Gülen), que se habría ocupado de ‘infiltrar’ a sus fieles en el estado. La competición por el poder se daría, a partir de ese momento, entre las dos fuerzas islamistas −el AKP y los gülenistas− que se precipitaría de forma trágica en el intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016. Entre Gezi y el golpe de Estado, Turquía vivió además una de las mayores esperanzas del gobierno del AKP, el proceso de paz con el PKK, que desgraciadamente colapsaría el verano del 2015 –entre las causas, la ausencia de propuestas valientes por parte del AKP para solucionar el conflicto, el fortalecimiento del PKK en Siria y del partido legal kurdo en Turquía, el HDP, que obstaculizaría el proyecto presidencialista de Erdoğan.

Estos dos momentos, el colapso del proceso de paz con el PKK, y el intento de golpe de estado, arrastrarían a Turquía a la espiral de represión, censura y deterioro democrático que conocemos. Por un lado, el renovado conflicto con el PKK, contra el que el ejército turco fue implacable y brutal, se saldó en tan sólo dos años con más de 3.000 muertos, entre ellos centenares de civiles, y llevaría a la criminalización, represión y censura constante del partido pro-kurdo HDP. Por el otro, como respuesta al golpe fallido, el gobierno liderado por Erdoğan ha impulsado una gran purga de más de 100.000 personas que ha ido mucho más allá de los elementos gülenistas ‘infiltrados’ en el estado.

Pero Erdoğan tiene un plan: la promesa de la Nueva Turquía. Una Turquía que ya no se refleja ni busca la aprobación de una Europa que le ha dado la espalda. Una Turquía que busca reconectar con el pasado glorioso del Imperio Otomano que el kemalismo destruyó y quiso olvidar. Los turcos más conservadores seguirán respetando la figura de Atatürk, el héroe nacional que liberó a Turquía del yugo occidental, pero no a todo lo que supuso el kemalismo. Una Turquía que no se avergüenza de sus valores islámicos, y que busca reemplazar a la sociedad turca actual por unas nuevas generaciones devotas. Una Turquía que mira hacia el mundo musulmán, que quiere influenciar el devenir de Oriente Medio, algo que ya se ha visto con las intervenciones militares en Siria –en Afrin y  la región de Yarablús. Una Turquía que promete seguridad y mano dura. Y por último, una Turquía que combina su islamicidad con el nacionalismo. En definitiva, Erdoğan presenta una propuesta que va mucho más allá del islam político original, integrando a las clases medias conservadoras, trabajadoras, rurales (incluyendo a kurdos) y a una parte del nacionalismo más extremo.

No obstante, el amplio y diverso campo opositor –liberales, izquierdistas, social demócratas, seculares, nacionalistas turcos y kurdos− parece haber aprendido de sus errores del pasado y se muestra en estas elecciones del 24J más unido y esperanzado. Y es que la represión de estos últimos tres años se ha hecho, para una gran diversidad de personas, pero en definitiva para demasiada gente, insostenible.

Principales partidos y candidatos para las Elecciones del 24J

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

Benli, M. & Tür, Ö., 2006. Turkey: Challenges of continuity and change. Nueva York: Routledge Curzon

Cagaptay, S., 2017.  The New Sultan: Erdogan and the crisis of modern Turkey. Londres – Nueva York: I. B. Tauris

J. Zürcher, E., 2017. Turkey: A modern history. Londres – Nueva York: I.B. Tauris.

 

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La cuestión kurda en Turquía: Un conflicto interminable

La cuestión kurda en Turquía: Un conflicto interminable

PARTE I: ORÍGENES DEL CONFLICTO Y EVOLUCIÓN HASTA EL NACIMIENTO DEL PKK

Por Xavier Mojal

El presente texto forma parte de una serie de tres artículos sobre la cuestión kurda en Turquía con la que intentaremos comprender las razones por las que el conflicto se ha alargado hasta nuestros días, volviéndose cada vez más complejo al tiempo que los agravios se acumulan, y sin la esperanza de una solución pacífica y efectiva a medio plazo.

En esta primera parte iremos a los orígenes del conflicto turco-kurdo, y repasaremos su evolución hasta el surgimiento del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, más conocido por su acrónimo en kurdo PKK. Una mirada histórica que pone el foco sobre la evolución de la identidad y el nacionalismo en un período tan convulso como fueron las últimas décadas del Imperio Otomano y las primeras de la República de Turquía.

Los kurdos de Siria, la última ramificación del conflicto

Durante los últimos años, en Siria hemos sido testigos de la lucha de un grupo armado, predominantemente kurdo, para expulsar del norte del país al autodenominado “Estado Islámico” (EI). Las Fuerzas de Protección Popular (YPG), apoyadas por los EEUU en especial desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, consiguieron expulsar a los “yihadistas” de Al Raqa, su feudo, el pasado verano.

La mayor parte del territorio bajo las YPG ha demostrado gozar de una cierta paz y estabilidad, un oasis dentro del caos sirio. No obstante, asistimos en el mes de marzo a la derrota de estas milicias en Afrín, el cantón kurdo noroccidental de Siria, ante el avance del poderoso ejército turco y de las milicias sirias predominantemente árabes del Ejército Libre de Siria apoyadas por Turquía. Pero bastante antes de esta ofensiva militar turca, irónicamente apodada como Operación Rama de Olivo, Turquía ya había lanzado otra operación militar para frenar la expansión de las milicias kurdas a lo largo del norte de Siria. Esto sucedía el verano de 2016, cuando este país inició su Operación Escudo del Éufrates en Yarablús –entre Afrin y el resto de territorio kurdo−, justificándola por la presencia del EI que sin embargo hasta entonces había tolerado en cierta forma.

El territorio marcado en verde oscuro en la parte superior de la imagen corresponde con el territorio tomado por Turquía a raíz de la operación Escudo del Éufrates. En amarillo vemos a los territorios bajo control kurdo.

Fuente: https://syria.liveuamap.com/

En esta imagen se puede observar el control territorial turco, marcado en verde oscuro, después de la toma de la mayor parte de la región de Afrín. Comparado con la imagen de la izquierda, vemos como el control kurdo (amarillo) pasa a limitarse a una menor bolsa de resistencia al este de la ciudad de Afrin norte de Alepo, y al vasto territorio al oeste de Yarablús.

Fuente: https://syria.liveuamap.com/

Pero, ¿de dónde viene esta obsesión, por parte del gobierno y también buena parte de la sociedad turca, por acabar con este “autogobierno” kurdo? La justificación oficial de Turquía pasa por equiparar a las YPG con el PKK, la guerrilla más numerosa de Oriente Medio, enfrentada al Estado turco prácticamente desde su fundación en los años ochenta. Los vínculos de las YPG con el PKK son claros, no sólo por la defensa de un mismo ideario político –el llamado confederalismo democrático del líder encarcelado del PKK Öcalan−, sino también por los lazos existentes entre los cuadros militares de ambos. También es cierto que las YPG han hecho un gran esfuerzo para tratar de desvincularse del PKK, así como mantener su lucha y programa político en Siria separado de aquel del PKK en Turquía. A partir de aquí, el gobierno y la mayoría de medios turcos han generado un discurso en el que se ha tratado a las YPG y a su extenso control territorial y militar en el norte de Siria como una amenaza a la seguridad de Turquía. Para corroborar esta idea se ha recurrido, en buena parte, a hechos distorsionados o no confirmados. Si bien existen correas de transmisión de un conflicto a otro (del kurdo-sirio hacia el kurdo-turco), como quedó demostrado en 2015 tras el fracaso del proceso de paz entre el Estado turco y el PKK, es probable que la invasión de Afrín y las posibles operaciones militares que están por venir al resto de territorio sirio bajo control kurdo no hagan más que generar un recrudecimiento mayor del conflicto en tierras turcas, aunque de momento no haya sido así por, entre otras cosas, la estrategia del PKK de separar su lucha de la de las YPG. Y es que, sin ir más lejos, la retórica nacionalista turca y la represión contra los kurdos siempre han sido recetas efectivas para movilizar a una gran parte del electorado turco. Como muestra de ello, la diferencia de votos para el partido islamonacionalista turco AKP –cuyo líder es el actual presidente de Turquía Recep Tayyip Erdoğan− de casi 9 puntos porcentuales entre las elecciones legislativas de junio de 2015 (40,9%) y la repetición de éstas en noviembre de 2015 (49,5%), dos momentos separados por el fracaso definitivo del proceso de paz entre el estado turco y el PKK y la reanudación de las hostilidades.

De todos modos, para entender la compleja actualidad del conflicto, es imprescindible remontarse al pasado, y entender así que la semilla del mismo se encuentra en el modelo ideológico que Turquía adoptó en su fundación como república moderna, secular y nacionalista.

Orígenes de la cuestión kurda en Turquía: el período otomano

Los kurdos conforman un grupo étnico de 36 a 45 millones de personas repartidos principalmente entre los estados turco, iraquí, sirio e iraní, de los cuales Turquía alberga hasta 20 millones. Siguiendo la definición de Michael E. Brown, por grupo étnico entendemos una comunidad de personas vinculadas por una cultura –una combinación flexible de lengua, religión, costumbres, instituciones, leyes, entre otras−, pasado histórico –real o mitificado− y ascendencia comunes, un sentimiento de pertenencia a un territorio concreto –poblado o no− y la concienciación de su propia existencia como comunidad diferenciada. Así, los kurdos comparten unos hechos culturales diferenciales –el uso de la lengua kurda, la religión islámica (la mayoría), costumbres determinadas, la creación (o la pretensión de hacerlo) de instituciones propias en diversos momentos de la historia −, un sentimiento de pertenencia a un territorio predominantemente kurdo al que llaman Kurdistán, la propia afirmación de conformar un pueblo distinto (al turco, árabe, iraní) y una historia y ascendencia común de orígenes inciertos pero cuyo comienzo se suele situar a partir de la conquista árabe de la histórica Mesopotamia en el año 637. 

La historia de los kurdos, desde entonces caracterizada por episodios de desigual rebelión, sumisión o cooperación de sus distintos núcleos tribales respecto a los gobiernos centrales (árabes, persas o turcos) no adquiere importancia para nuestro objeto de estudio hasta las postrimerías del Imperio Otomano. Es entonces cuando la identidad nacional kurda se conforma como tal al mismo tiempo que las identidades nacionales árabe y turca –en el contexto otomano- pasan por el mismo proceso; es el momento histórico marcado por el auge de los nacionalismos.

Mapa que muestra la distribución de la población kurda en Turquía, Siria, Irak e Irán        Fuente: mapa interactivo de Council on Foreign Relations el mayo de 2018, https://www.cfr.org/interactives/time-kurds#!/#multinational-heritage

Antes de intentar comprender por qué los árabes, turcos y kurdos adoptaron una identidad basada en la etnicidad, es necesario entender que el factor principal de identidad en la sociedad otomana era la religión. De hecho, la división de la sociedad en distintos grupos según el eje religioso era el fundamento básico del sistema de los millet del Imperio Otomano. Dicho sistema garantizaba la autonomía de las comunidades no musulmanas a la vez que aseguraba un control indirecto del Imperio sobre éstas a través de líderes religiosos que actuaban como intermediarios, a cambio de la imposición de impuestos adicionales y obediencia administrativa. En este contexto, la identidad de los kurdos, a pesar de conformar un grupo étnico-lingüístico propio, estaba marcada por la religión, así como también por los vínculos familiares y tribales. Los kurdos, al ser mayoritariamente musulmanes sunníes, formaban parte de la umma o sociedad islámica del Imperio Otomano junto con árabes, turcos y otras minorías. A pesar de esto, la compleja estructura administrativa otomana no se basaba únicamente en el sistema de los millet; en el caso concreto de los territorios predominantemente kurdos –hoy, el este de Turquía y norte de Irak−, éstos tomaron forma de principados o jefaturas con distintos grados de autonomía y privilegios especiales, a partir de su anexión por parte de los otomanos del control del Irán Safavid en el siglo XVI. Ésta fue la manera de premiar a los kurdos por haberse alineado con el Sultán, considerado menos centralista que el Shah persa del momento, pero también de asegurar la protección de la frontera oriental.

Las reformas centralizadoras y modernizadoras en el seno del Imperio Otomano a partir del siglo XIX, planteadas con el objetivo de garantizar la supervivencia de un Estado en retroceso, no sólo en cuanto a dominio militar y territorial −a destacar las derrotas del Imperio Otomano ante Rusia el siglo XVIII, culminando en la pérdida de Crimea, y ya en el siglo XIX la consecución de las independencias de los países cristianos Grecia, Serbia, Rumanía y Bulgaria− sino también en lo económico y comercial, acabaron con el sistema de emiratos feudales instaurado en los territorios kurdos. No obstante, y a pesar del conjunto de revueltas que acaecieron de forma descoordinada e irregular a lo largo del siglo lideradas por jefes tribales kurdos, el vacío de poder tras la abolición de los emiratos favoreció el ascenso de los jeques o líderes de las cofradías religiosas kurdas, mientras que los jefes tribales mantuvieron parte de sus poderes locales. El caso es que, incluso bajo la imposición de las reformas conocidas como Tanzimat en la segunda mitad del siglo XIX, y a pesar de las constantes luchas y encuentros con el poder establecido otomano, el sistema sociopolítico kurdo de características tribales y con privilegios especiales se mantuvo en menor o mayor grado hasta bien entrado el siglo XX. Durante los años de la primera guerra mundial una parte importante de los kurdos participaron activamente en el Genocidio Armenio y en las campañas militares lideradas por el posterior padre de la nación turca, Mustafa Kemal, en la conocida como Guerra de la Independencia turca, para expulsar las tropas de los países occidentales ocupantes después de la firma del tratado de Sèvres. Los kurdos, junto con otras minorías musulmanas, se alinearon con los nacionalistas turcos ya que éstos fueron muy hábiles en el uso de un discurso islámico que movilizaba a una población étnicamente diversa contra los países ocupantes cristianos. También influyeron otros factores, como la presencia de tropas extranjeras y la adjudicación de tierras al futuro estado de Armenia según el tratado de Sèvres.

La transición a la República de Turquía: asimilación, rebelión y represión

La realidad se presentó distinta una vez que las fuerzas occidentales fueron expulsadas del país, el sultanato abolido, y los nacionalistas turcos tomasen el poder para fundar una república basada en los principios kemalistas: republicanismo, populismo, laicismo, revolucionismo (reformismo), nacionalismo y estatismo. Y es que como explicaba Andrew Mango, Mustafa Kemal, durante los años anteriores a la creación de la República turca (1923) reconocía la kurdicidad en las regiones orientales, incluso usando el término Kurdistán (posteriormente proscrito), y abogaba por la creación de gobiernos autónomos con los que los kurdos se sintiesen cómodos dentro del nuevo estado. No obstante, una vez la nueva república fue formada, bajo las ventajosas condiciones del tratado de Lausanne, el presidente Mustafa Kemal entendió que para lograr construir una república moderna y secular necesitaba acaparar el poder absoluto, y en consecuencia la concesión de cualquier tipo de autonomía a los kurdos, considerados como atrasados, sería un obstáculo para dicho objetivo.

 

El nacionalismo turco que se impuso en la ideología oficial del estado, aparentemente cívico −en el que todos los ciudadanos de Turquía se reconocían como iguales−, era en realidad fuertemente etnicista. Turquía se constituía como un estado-nación en el que, para mantenerse unido e inquebrantable, la identidad de la etnia mayoritaria –la turquicidad− se debía imponer a las minorías, forzadas a ser asimiladas. En la práctica esto se tradujo, a partir de 1924, en la prohibición de la lengua kurda, las escuelas, asociaciones y publicaciones kurdas, así como las cofradías religiosas, que suponían verdaderos ejes vertebradores de la sociedad kurda. Es en este contexto de revolución cultural y políticas asimilacionistas del estado turco cuando, paradójicamente, el sentimiento nacional kurdo se unificó gradualmente pasando la etnia a ser el factor principal de movilización. Junto a este proceso, el nacionalismo kurdo se transformó y expandió: el nacionalismo kurdo original, más bien un movimiento cultural de élites intelectuales urbanas, adoptó reivindicaciones políticas radicales y se expandió hacia las clases sociales inferiores del Kurdistán.

Fotografía de Mustafa Kemal Atatürk, tomada en Ankara el 1931. Obtenida del archivo fotográfico de la página oficial de la Presidencia de Turquía

El nacionalismo kurdo de los años 20 y 30, cada vez más etnicizado, se caracterizaba también por sus reivindicaciones islamistas ante las draconianas medidas secularizantes de la nueva república. Distintos líderes nacionalistas kurdos se sucedieron en la apuesta por rebeliones violentas que pudieran subvertir el orden establecido y expulsar a las autoridades turcas de territorio kurdo. Entre ellas, las más conocidas fueron la revuelta del jeque Saïd (1925), la revuelta del monte Ararat (1927-31) y la de Dersim (1936-38). La respuesta militarizada del gobierno turco fue en cada una de ellas más brutal e implacable. Además de la militarización de las regiones orientales, desde el gobierno se pretendió también modificar su realidad demográfica –y diluir las ‘fronteras étnicas’ del Kurdistán− a través de deportaciones de kurdos y repoblación con turcos. En Dersim, el último lugar en Turquía donde el poder central no había conseguido establecer su control, el gobierno ejecutó una política de tierra quemada que significó el punto y final de un período de resistencias tribales infructuosas.

Habría que esperar hasta la década de los 70 para que el nacionalismo kurdo en Turquía resurgiera, con una nueva generación de jóvenes influenciados por los sucesos acaecidos en el vecino Kurdistán iraquí –las revueltas kurdas lideradas por el guerrillero Mustafa Barzani− y por las ideas marxistas revolucionarias. Una nueva fase del nacionalismo kurdo que se asentaría con la fundación del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en 1978.

EN LA PRÓXIMA ENTREGA

Repasaremos el período desde la fundación del PKK hasta 2013, fijándonos en el contexto histórico y social en el que surgió, su evolución tanto a nivel ideológico como organizativo, así como la respuesta del estado turco.

BIBLIOGRAFÍA:

Barkey, K. & Gavrilis, G., 2016. The Ottoman Millet System: Non-Territorial Autonomy and its Contemporary Legacy, Ethnopolitics, 15:1, 24-42, DOI: 10.1080/17449057.2015.1101845

Bozarslan, H., 2009. Conflit kurde: le brasier oublié du Moyen-Orient. Paris : Editions Autrement.

E. Brown, M., 1993. Causes and Implications of Ethnic Conflict. en E. Brown, M. (ed.): Ethnic Conflict and International Security, New Jersey, Princeton University Press, pp. 3-26

Eppel, M., 2008. The Demise of the Kurdish Emirates: The Impact of Ottoman Reforms and International Relations on Kurdistan during the First Half of the Nineteenth Century, Middle Eastern Studies, 44:2, 237-258, DOI: 10.1080/00263200701874883

Feroz, A., 1993. The Making of Modern Turkey. Londres: Routledge

Mango, A., 1999. Atatürk and the Kurds. Middle Eastern Studies, 35, 4

McDowall, D., 2004. A Modern History of the Kurds. Nueva York: I.B. Tauris, 3ª edición

Mongay, A. & Tejel, J., 2002. Kurdistan, el complot del silenci. Barcelona: Edicions de 1984

Natali, D., 2005. The Kurds and the State. Syracuse, Nueva York: Syracuse University Press

 

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LOS REFUGIADOS SIRIOS ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images

LOS REFUGIADOS SIRIOS, ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Por Airy Domínguez Teruel

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images
Fotografía original: Bulent Kilic/Agence France-Presse

La inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi sería la mecha que encendería la oleada de movimientos sociales que impregnaron la región MENA la primavera de 2011. Un contexto en el que Siria destacaría, no únicamente por la salida a la calle de cientos de miles de personas en búsqueda de reformas y mayores cuotas de libertad, sino por la violenta respuesta del régimen. Los esperados cambios políticos serían sustituidos por una extrema represión por parte del presidente Bashar al-Assad, quien viendo peligrar su privilegiada posición recurriría al sectarismo[1] para confrontar a la sociedad siria y asegurar su permanencia en el poder. De este modo, las protestas se militarizaron dando lugar a un enfrentamiento civil del que se cumplen más de seis años. Un conflicto que ha provocado la mayor emergencia humanitaria desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con más de 5 millones de refugiados, 8 millones de desplazados internos y más de 400.000 víctimas mortales (CEAR, 2017).

Asimismo, la respuesta de al-Assad y la militarización del conflicto han ido acompañadas de la restricción tanto del acceso a la ayuda humanitaria como de productos básicos. Con ello, el régimen consigue dejar a la población al límite de su resistencia, lo que deriva en tres consecuencias, a saber, el aumento del número de refugiados y desplazados; la obtención del control sobre algunos territorios estratégicos por el régimen, y la puesta en evidencia de que el humanitarismo es para los poderosos una labor política. En relación a la última idea, hay que tener en cuenta que la toma de decisiones de los organismos internacionales en torno a las intervenciones humanitarias no sólo responde a la gravedad de la situación o accesibilidad de la zona destinataria de ayuda, sino también de las estrategias que los actores del conflicto lleven a cabo dentro del territorio en disputa (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 369-370)[2]

Desde los inicios del conflicto en 2011, han llegado a Europa en torno a un millón de desplazados sirios – bien como solicitantes de asilo o como refugiados – [3], una situación que se ha traducido en un duro revés para el continente. Ante la llamada “crisis de los refugiados”, Europa respondió con una estrategia cuyo fracaso ha sido públicamente reconocido.

Refugiado Convención

Entre las acciones mas destacables de la UE en materia de refugiados se encuentran el acuerdo con Turquía y la política de reparto. El acuerdo UE-Turquía entró en vigor en marzo de 2016, fruto de la reunión de los dirigentes europeos en Bruselas donde, saltándose sus obligaciones internacionales, acordaron que toda persona que llegara de forma irregular a las islas griegas sería devuelta a Turquía – incluidos los solicitantes de asilo –. Por su parte, Turquía recibiría una ayuda de hasta 6.000 millones de euros para atender a los refugiados que acogía en su seno, las personas de nacionalidad turca podrían viajar a Europa sin visado y, tras el descenso en el flujo de llegadas irregulares, se activaría un programa humanitario para trasladar a personas sirias de Turquía a países europeos. El resultado fue, a grandes rasgos, la dudosa protección de parte de los refugiados por Turquía y una comunidad refugiada atrapada en las islas griegas bajo míseras e inseguras condiciones (Gogou, K., 2017). Además del incumplimiento de sus dos principios fundamentales, pues ni ha habido expulsiones masivas de Grecia a Turquía, ni se han abierto vías legales y seguras desde Turquía a la UE (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017).

Por su parte, la política de reparto de refugiados que constituía la espina dorsal de la respuesta europea para la reducción de la crisis, manifestaba su fracaso el pasado septiembre de 2017. Así, de los 1,4 millones de migrantes que llegaron a las costas mediterráneas entre 2015 y 2016, el reparto solo alcanzó a 160.000, de los cuales finalmente solo fueron distribuidos 29.144 candidatos (Abellán, L., 2017). Unos decepcionantes resultados que responden a la falta de voluntad política de gran parte de los Estados europeos. 

Pese al papel de Europa como receptor de refugiados, la mayor parte de estos no se encuentran dentro de sus fronteras, sino que, como muestra el Gráfico 1, se hallan en los países limítrofes, siendo Turquía , Líbano y Jordania los receptores más destacados. Alrededor de tres millones están registrados en Turquía; mientras que Líbano ha acogido a más de un millón, convirtiéndose en el país con el ratio más alto de refugiados por habitante —183 por cada 1.000 residentes—. En torno a un millón se marchó a Egipto, Irak o Jordania – siendo Jordania el mayor receptor – (Delle Femmine, L., 2017). 

Fuente: Pew Research Centre

Ante estos movimientos masivos de población y su extensión en el tiempo, la cuestión de los refugiados ha sido securitizada [4]. Estos son tratados como una amenaza para la seguridad societal, un problema o, como afirmaba el sociólogo Zygmunt Baumann, “residuos humanos […] fuera de lugar” en las sociedades a las que migran (Zygmunt B, 2004:16).

La aparición, a nivel legal, del refugiado como concepto y problema se remonta a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, que se propuso hacer frente a la situación de los refugiados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, así como a las expulsiones masivas producidas tras la guerra en la URSS y en países de Europa del Este (González, C., 2017). Para ello se determinó un cambio de actitudes y prácticas en los procesos de toma de decisiones bajo un modelo multilateral – consideraba la aceptación de acuerdos sobre temas de seguridad, derechos humanos, desarrollo y las responsabilidades para los países que la ratificaron –.

Dicha Convención cuenta con una serie de características que pueden derivar en consecuencias negativas para los refugiados. En este sentido, el ordenamiento legal internacional vigente reconoce un sistema de Estados-nación que se basan en su soberanía a la hora de abordar este “problema”. Es decir, la Convención no asegura ni la mejora de las condiciones de los refugiados ni obliga a su aceptación, dando a los países la libertad de definir quién puede ser susceptible de recibir el estatus de refugiado en función de sus intereses de seguridad, sus preferencias y sus leyes (Ghotme , R., y García Sicard, N., 2016: 367). Además, como afirma la investigadora Carmen González Enriquez, se trata de una regulación obsoleta, no cuenta con la firma de todos los países, las normas no abordan la cuestión de cómo financiar la atención a los refugiados – principal problema para el cumplimiento de la Convención – y fue diseñada para resolver una crisis acotada en un tiempo y un espacio, presentándose en la actualidad como el marco para gestionar un problema permanente que traspasa fronteras.

IMPACTO REGIONAL: los casos de Turquía, Líbano y Jordania.

Los casos de Turquía, Líbano y Jordania, sirven para exponer tanto la situación en la que se encuentran los refugiados sirios en la región, así como el papel que juega la securitización o consideración de estos como amenaza – tanto por parte de los Estados, como por parte de la población –. Pues, estos tres países comparten frontera con Siria y reciben un número importante de refugiados.

Turquía:

Turquía cuenta con unos 3´4 millones de refugiados sirios, los cuales se encuentran asentados fundamentalmente en Estambul, Mersin, Adana, y el sudeste del país – donde se encuentran la mayoría de los campos de refugiados – .

Se trata de uno de los países signatarios de la Convención de Refugiados de 1951, aunque ha conservado las restricciones geográficas originales de la misma. Así, sólo se les concede el estatus de refugiado a quienes buscan asilo como resultado de los acontecimientos en Europa. Aquellos que huyen de la persecución de otros países son percibidos como ‘refugiados condicionales’, y aceptados bajo la condición de que estén transitando hacia un tercer país en el que asentarse.

Sin embargo, ante la crisis de refugiados sirios Turquía ha introducido un nuevo estatus legal nacional para estos solicitantes de asilo, incluida la concesión de ‘protección temporal’ y la introducción de un restricción temporal y geográfica (HPG, 2017: 9).

En lo que a la actuación de las autoridades se refiere, durante los primeros meses de la crisis siria Erdogan decidió optar por una posición mediadora. Así, buscaría el diálogo entre Assad y el pueblo sirio, alentándole a realizar reformas con cierto éxito[5]. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos provocaría que la propia Turquía padeciese las consecuencias del enfrentamiento, al tener que hacer frente, en otras cuestiones, al flujo de ciudadanos sirios que se instalaron dentro de sus fronteras (Meneses, R., 2013: 131). Ello se tradujo en un gran reto para el gobierno turco quien, desde entonces, ha liderado la coordinación e implementación del apoyo a los refugiados dejando un espacio limitado para la intervención de otros actores – incluidos la sociedad civil local, cooperativas comerciales, agencias humanitarias –. Todo dentro de un contexto de agitación política, lucha contra el Estado Islámico, y reavivación del conflicto con los kurdos. Entre las acciones más destacadas se encuentra el ya mencionado acuerdo con la Unión Europea de una serie de medidas para reducir la llegada de refugiados a Grecia. Cuestión que ha permitido la deportación de cerca de 2000 personas, reduciéndose las expulsiones a la mitad en 2017, al tiempo que las fronteras orientales de la Unión Europa parecen prácticamente selladas (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017) .

Respecto a la situación de los refugiados sirios en el país, esta ha sido mundialmente cuestionada debido a las precarias condiciones laborales y de vida que han de sufrir. En el campo laboral, las estimaciones apuntan a que entre 750,000 y 950,000 sirios trabajan en el sector informal, mientras que los sirios con permisos necesarios para encontrar empleo formal descienden a 15.000. Una situación que responde a múltiples cuestiones, entre ellas, el bajo nivel educativo y la escasa cualificación de quienes permanecen en tierras turcas; el desconocimiento de la lengua vehicular; y las barreras burocráticas que disuaden a los empresarios sirios de establecer empresas formales (International Crisis Group, 2018). En esta línea, la frustración general de la mayoría de los refugiados sirios en el país es la precariedad laboral – un trabajo mal pagado[6], no cualificado y sin protección –. Junto a ello se encuentran situaciones de acoso y maltrato generalizadas (HPG: 22)[7].

En cuanto a los medios de subsistencia de los refugiados, en Turquía se podría hablar de tres grupos. En primer lugar estaría aquel centrado en la supervivencia (aquellos que se encuentran en situación de extrema pobreza, con limitadas redes de apoyo, que luchan para cubrir sus necesidades básicas). En segundo lugar, aquellos situados en el centro (refugiados con algún tipo de ingreso o apoyo que les permite satisfacer parte importante de las necesidades de subsistencia, pero que resulta insuficiente vivir segura y cómodamente). En tercer y último lugar estarían los refugiados enfocados en la integración (estables a nivel económico y con un capital social, lingüístico y educativo fuerte). Lo anterior, sirve para poner de manifiesto la diversidad de prioridades, objetivos y aspiraciones de los refugiados (HPG: 33), a quienes se suele considerar como una masa homogénea que difiere mucho de la realidad.  

Junto a estas dificultades, se encuentra el progresivo recrudecimiento de las tensiones entre las comunidades de acogida y los refugiados sirios. Estas quedan reflejadas en la triplicación de los enfrentamientos violentos en la segunda mitad de 2017[8] y en la muerte de al menos 35 personas. Una violencia que se revela con mayor intensidad en las zonas metropolitanas de Estambul, Ankara e Izmir, donde los sirios son percibidos como una amenaza tanto a nivel político como económico. Aquí, cabría recurrir de nuevo a la concepción de refugiado como problema, aunque esta vez desde el punto de vista de la propia sociedad. Asimismo, una de las cuestiones más preocupantes de la comunidad de refugiados sirios es la situación que sufren los menores de edad. En este sentido, 370.000 de casi un millón de niños sirios en edad escolar no están inscritos y alrededor de 230.000 asisten a los centros de educación temporaria o TECs (International Crisis Group, 2018).

Líbano

Desde los inicios de la guerra, Líbano se ha presentado como país receptor de refugiados sirios llegando a contar con 1´5 millones, el equivalente a un 25% de su población. Una cifra que en la actualidad, se estima, ha descendido a menos de un millón, de los cuales la inmensa mayoría se encuentra asentada en las provincias de Bekaa, Monte Líbano y Líbano Norte.

En el caso de Líbano, al igual que ocurre en Jordania, se trata de un país no signatario de la Convención del Estatuto de los Refugiados de 1951, lo que se traduce en importantes lagunas a nivel de derechos para los refugiados, quienes ni siquiera son referidos como tales en el país.

Si bien la dinámica del gobierno en los inicios no destacó por la facilitación del camino de los refugiados ni por la expulsión de los mismos, en el transcurso del tiempo se ha ido imponiendo el discurso de los refugiados como amenaza para la seguridad. El punto de inflexión lo encontramos con la toma de la ciudad de Arsal por el Estado Islámico (EI), y otros grupos afines, en agosto de 2014. A partir de ahí, el Estado libanés comenzó a plantear restricciones al acceso desde Siria, entrando en enero en vigor las actuales condiciones de entrada para los sirios. De este modo, las autoridades iniciaron la implantación de un sistema de acceso que en su mayor parte no atiende a la situación de conflicto. En él se establecen distintos tipos de visados – turismo, negocios, estudios, tránsito, estancia médica, etc. –, para cuya obtención se ha de presentar una documentación de difícil obtención. Junto a esta vía de acceso existe la opción de entrar mediante la “esponsorización” por parte de un libanés.

A las dificultades de consecución de visados hay que añadir las exigencias extraordinarias para la renovación de los permisos de residencia, entre ellas se encuentran el pago de 200 dólares anuales por cada persona mayor de 15 años; la acreditación de un patrocinador libanés – persona física o jurídica – y presentar el certificado de alquiler de una vivienda (González-Úbeda, M., 2017: 4 -5). Aquí, cabe detenerse en la cuestión del patrocinio o “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo.

Otra de las medidas tomada por las autoridades libanesas ante la llegada de los refugiados, ha sido la orden dada a la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados de dejar de registrar nuevos casos. Esto se traduce en la imposibilidad de otorgar el estatus de recién llegados como refugiados por ACNUR (Reidy, E., 2018). Además, las autoridades libanesas se han cerrado a la posibilidad de crear campos de refugiados, aunque se han creado algunos de manera improvisada.

La consideración de los refugiados como amenaza a calado igualmente en la población libanesa, que los considera un problema frente a la estancada economía y los débiles servicios públicos del país, así como un posible foco para la proliferación del radicalismo[9]. Una cuestión que repercute en la calidad de vida de los refugiados pero que ha de ser entendida dentro de un contexto. La creciente hostilidad hacia los refugiados sirios cuenta, en el caso libanés, con raíces profundas. Las tropas sirias ocuparon el Líbano desde 1976 hasta 2005 [10], cuestión que ha quedado reflejada en las facciones políticas del Líbano, las cuales se encuentran divididas entre los que apoyan a Assad y los que se posicionan en su contra. Junto a ello se encuentra el temor a que la afluencia de un gran número de refugiados sirios – mayoritariamente sunitas – se altere el débil equilibrio sectario en la base del sistema político libanés[11] (Reidy, E., 2018). Asimismo, Líbano se presenta como veterano a la hora de acoger refugiados, pues no hemos de olvidarnos de la comunidad palestina en Líbano, quien fue obligada a abandonar su tierra en 1948.

Por último, cabría mencionar la precariedad laboral favorecida por la ya mencionada “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo. Junto a ello se encuentra la nefasta situación de los menores, quienes sufren explotación laboral y se enfrentan a importantes dificultades para acceder a la educación. Antes del estallido de la guerra, el 94% de los niños y adolescentes asistían a clases de primaria y secundaria en Siria. Ahora, en Líbano, de la población refugiada menor de 18 años – 49,1% de los sirios en el país – sólo el 40% recibe educación (González-Úbeda, M., 2017: 8).

Jordania:

En Jordania viven en torno a 1´3 millones de refugiados sirios, el 77% de los cuales se encuentra en las zonas fronterizas de Irbid y al-Mafrag, así como en Ammán – la capital –. Según datos de ACNUR, más de 650.000 se encuentran registradas en el país.  A diferencia de las autoridades de otros países, el gobierno jordano se ha posicionado como coordinador en lugar de como implementador de la respuesta a la cuestión de los refugiados (HPG, 2017: 63). Como se señalaba en párrafos anteriores, se trata de un país no signatario de la Convención de 1951, pero ACNUR puede operar en virtud de un Memorando de Entendimiento (MoU) de 1998 con el gobierno. Pese a ello, el gobierno ha rechazado la terminología de “refugiado” de ACNUR, pasando a hablar de “invitados” – carente de significado legal –, con lo que los sirios se encuentran de este modo dentro de un marco legal ambiguo (HPG, 2017: 23).   Al igual que Líbano, en los inicios Jordania mantuvo una política de fronteras abiertas hacia los sirios. En este sentido, Human Rights Watch (HRW) señala que “[h]asta mediados de 2013, Jordania permitió a los sirios entrar a través de todos sus cruces fronterizos informales en el este y el oeste, aunque negó la entrada a muchos hombres sirios que cruzaban sin parientes, refugiados palestinos de Siria y personas indocumentadas” (Human Rights Watch, 2015). Sin embargo, 2013 será el punto de inflexión, pues desde entonces las dificultades de acceso a territorio jordano fueron aumentando hasta el cierre total de las fronteras (González-Úbeda, M., 2017:3).  

Si bien Jordania reconoce el estatus de refugiado a quienes huyen del conflicto, al no haber firmado la Convención del Estatuto de los Refugiados las autoridades no están vinculadas a las obligaciones a las que, según establece la Convención, debe hacer frente el país de acogida. Aquí, quienes llegan desde Siria, ya sea a través de pasos fronterizos legales o de forma irregular, son atendidos por ACNUR en alguno de los campos establecidos, y no requieren de visado para entrar, pasando a ser considerados automáticamente refugiados. Asimismo, las autoridades jordanas han permitido la construcción de campos de refugiados – Zaatari, Mrajeeb al-Fahood, Cyber City y Al-Azra –. Cabe señalar, que pese a la existencia de estos campos, sólo el 20% de los refugiados en Jordania se encuentra asentado en ellos, siendo en el caso de las mujeres sin la compañía de un hombre, debido a la inseguridad de los mismos – los casos de violaciones y matrimonios infantiles se han disparado – (González-Úbeda, M., 2017: 6-8 ).

En referencia a los permisos, quienes se encuentran viviendo fuera de los campos requieren de una autorización legal y de una tarjeta de servicios facilitada por el Ministerio del Interior – para poder acceder a la sanidad y a la educación pública –. Por su parte, a nivel laboral la situación vuelve a ser precaria. Los primeros años, Jordania impidió a la población siria acceder al mercado laboral recurriendo para ello a las altas tasas de desempleo del país – cuestión que cambiará 2016, fruto de un acuerdo con la comunidad internacional – . Ello llevó a la integración de los refugiados en la economía sumergida, y a la disposición a trabajar por escasos salarios y en precarias condiciones, lo que una vez más ha provocado enfrentamientos con los locales.

En línea con lo anterior, en la esfera social, al igual que ocurre en Líbano y Turquía, los refugiados han pasado a ser considerados por muchos locales como la causa de la subida del desempleo, como un problema o una amenaza.

Por su parte, en el campo de la educación los datos mejoran, pero siguen siendo preocupantes. En Jordania, los menores suponen el 51% de los refugiados sirios siendo el porcentaje de escolarización del 70% (González-Úbeda, M., 2017: 9 ).

Conclusiones

En Siria, más de once millones y medio de ciudadanos se han visto obligados a dejar sus casas. En diversos momentos los países vecinos han cerrado sus fronteras, mientras que Israel no se ha dignado a abrirlas. Ello ha provocado que miles de personas se queden atrapadas en la frontera, una situación que junto a otras como las desapariciones, el sufrimiento, las violaciones de derechos humanos, se han convertido en el día a día de aquellos que se han visto obligados a huir del conflicto. Frente a esta situación la comunidad internacional parece haber ensordecido. En este sentido, en 2016 – año con mayores muertes en el Mediterráneo – “[…] la UE no solo rechazó la posibilidad de abrir vías legales y seguras para las personas refugiadas, sino que, además, cerró sus fronteras y […] suscribió un acuerdo con Turquía que vulnera la normativa europea e internacional en materia de asilo” (CEAR, 2017: 26).

Así, los países más cercanos, con una situación socioeconómica ya de por sí complicada, han tenido que enfrentarse al “problema” mientras la comunidad internacional buscaba “alejarlo” y “ solucionarlo” desde la distancia, por medio de una financiación y políticas que se tornan insuficientes. Todo en base a la securitización de una situación que ha permitido que en diversas esferas los refugiados hayan ido dejando su carácter de víctima para pasar a ser vistos como una amenaza, generando la dicotomía del nosotros – nuestra seguridad, nuestro bienestar, etc. – o ellos. Una cuestión que debido al contexto se hace más palpable en países como Turquía, Líbano o Jordania, a los que se ha cargado con la mayor parte de la responsabilidad, la cual sin duda es o habría de ser compartida por toda la comunidad internacional. Quizá, si Occidente se hubiese implicado más en una cuestión que no es sino la garantía de unas condiciones de vida digna de aquellos que huyen de una situación de conflicto, en lugar de aferrarse a sus vallas, el panorama sería distinto.

En defiinitiva, podría decirse que la percepción de los refugiados como amenaza, sumada a otras cuestiones, se ha traducido en el sufrimiento de situaciones de pobreza extrema, inseguridad, abusos, costes psicológicos… Una cuestión que está incidiendo tanto en el presente como en el tiempo venidero, ya que las generaciones futuras no sólo están quedando marcadas por todo lo mencionado, sino que en una parte importante de los casos carecen de acceso a la educación, cuestión que podría afectar gravemente a la capacidad de reconstruir Siria.

NOTAS AL PIE

[1] Esta estrategia de “divide y reinarás” ha intensificado la crisis y las diferencias tanto entre las comunidades sunníes, alauíes, cristianos, como entre los grupos étnicos árabes, kurdos, turcomanos, asirios y circasianos. El objetivo no era otro que infundir el miedo y restringir la conformación de una oposición unificada (GHOTME, R., y GARCÍA SICARD, N., 2016: 369)

[2] La ayuda humanitaria como una herramienta de poder y la intransigencia de los actores armados contribuyen a aumentar el flujo de desplazados. Un ‘problema’ que “[…] se refleja en la dimensión internacional de la guerra civil siria, ya que los campos de refugiados sirios, al “camuflar” militantes o generar desequilibrios sociales, se han convertido en fuentes de inestabilidad en los países de mayor acogida” (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 370

[3] Más de 500.000 sirios llegaron a Alemania pidiendo asilo, lo que sitúa al país germano como el quinto cuanto a población siria desplazada. A este le seguirían Suecia (más de 110.000) y Austria (unos 50.000). Junto a los buscadores de asilo, entre 2011 y 2016 en torno a 24.000 sirios se establecieron formalmente como refugiados en Europa (Connor, P., 2018).

[4] La teoría de la securitización es presentada y difundida con la publicación Security: a new framework of analysis (1998). En dicha obra, Buzan, Waever y de Wilde emplean el término securitización para referirse a aquellos actos de habla efectuados por una autoridad considerada como legítima, que se refiere a una “amenaza existencial” la cual requiere de una medida de emergencia. Un proceso que únicamente se define como exitoso si el discurso es aceptado y validado por la opinión pública.

[5] Entre ellas se encuentra la permisión de retorno de los Hermanos Musulmanes, no así su reconocimiento como partido político.

[6] Los sueldos generalmente son insuficientes para pagar los alquileres y gastos de vida, mantener a la familia y ofrecer a los niños la posibilidad de ir a la escuela. Todo dentro de un contexto de precariedad e inseguridad (HPG: 63).

[7] Para más información véase: Syrian refugees: Abuse and exploitation in Turkish garment factories; Turkey detaining, abusing and deporting Syrian refugees, says Amnesty y Turkey’s Syrian refugee problem spirals out of control.

[8] La violencia entre las comunidades de acogida y la de los refugiados se triplicó en la segunda mitad de 2017 con respecto al mismo periodo del año anterior (International Crisis Group, 2018).

[9] A ello habría que añadir el temor por parte de la sociedad a que los asentamientos sean caldo de cultivo del radicalismo. En este sentido, Sheikh al-Rafei, líder de la comunidad salafista en el Líbano – advirtió que los refugiados que sufran una sensación de dislocación y humillación social podrían ser atacados fácilmente por los reclutadores radicales (di Giovanni, J., 2018)

[10] La periodista Patricia Khoder, del diario de Beirut L’Orient Le Jour, contextualiza la presente situación de rechazo afirmando que tuvieron “[…] treinta años de ocupación siria» y que los sirios no se marcharon hasta después del asesinato de Rafik Hariri en 2005. A razón de lo anterior, Khoder compara la actual crisis de refugiados con un escenario imaginario en la Francia de la posguerra, preguntándose cuál habría sido la respuesta de los franceses si 20 millones de refugiados alemanes hubiesen descendido a París tras de la ocupación nazi (di Giovanni, J., 2018).

[11] Como afirma González Úbeda, “Este debate existe desde hace décadas en torno a los refugiados palestinos, también principalmente suníes. La potencial naturalización de ambos colectivos inquieta al resto de comunidades, al repartirse el poder político en el país en función del tamaño de cada una de ellas” (González-Úbeda, M., 2017: 4).

 

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