El liderazgo femenino en el islam: las imanes​

El liderazgo de la mujer en el islam: las imanes

Por Airy Domínguez

Imam Amina Wadud// © Imagen: Don Emmert/AFP/Getty Images

Según apunta Sayyid Mujtaba Musawi Lari en El Imamato, “el término Imam hace referencia, en relación con la comunidad, a un dirigente que supera a quienes conduce por lo que ha recibido de capacidad intelectual e ideológica, lo que lleva a la sociedad a remitirse a él en cuanto a sus métodos y forma de vida, obedeciendo sus órdenes”. La imamah – liderazgo- posee en el Islam un sentido amplio, abarcando tanto el liderazgo intelectual como la autoridad política, y “el Imam debe ser alguien capaz de enseñar a la gente la cultura coránica, las verdades religiosas y las disposiciones sociales, alguien digno de ser seguido (e imitado) en todos los aspectos, métodos y dimensiones”.

El término imamah también se ha empleado en un sentido más limitado, entendiendo al Imam como el líder que cuida del rumbo de de los asuntos sociales y políticos. Pero como señala Sayyid Mujtaba «cuando la predisposición humana esencial se amalgama con el mensaje religioso, entonces confluyen la autoridad intelectual y el poder político en una sola persona».

Así, como guía espiritual, el imam es un modelo y maestro de la comunidad. En cuanto al plano litúrgico, se trata de quien dirige la oración comunitaria (salat).

En palabras del jurista al-Mawardi el imamato supone “un principio sobre el que reposan las bases de la religión y gracias al cual los asuntos del pueblo son solucionados correcta y ventajosamente; por él se asegura la estabilidad de las cuestiones de interés general y de él emanan las funciones particulares”.

El imamato femenino

Pese a su dilatada trayectoria, puede decirse que el debate en torno a si una mujer puede o no ser imamah estalló de manera clara en el 2005, a raíz de la gran repercusión mediática de la oración dirigida por Amina Wadud en  Nueva York. Esta reivindicación se engloba dentro de un movimiento más amplio conocido como “feminismo islámico”, que encuentra sus raíces en la década de los 70 y se desarrolla de forma paralela al discurso del islam como respuesta a los problemas de la región.

La cuestión del liderazgo femenino no se ausenta de la historia del Islam. En este sentido, una de las esposas del Profeta Muhammad, Aisha, y su hija Fátima son a menudo mencionadas, junto con otras esposas y compañeras de Muhammad, como muhaddithat – mujeres que enseñaban los hadices –. Asimismo, existen historias religiosas donde se menciona a famosas mujeres eruditas y maestras. En este sentido, diversos expertos defienden la existencia de una larga tradición de imamas, así mencionan que el profeta visitaba frecuentemente a Umm Waraqa que incluso le pidió que cogiera a un muezzin – responsable de llamar a la oración – y dirigiera la oración en su casa delante de las mujeres y de los hombres de su familia. Por otra parte, alegan que Muhammad pidió a Aisha y Umm Salama que lideraran el rezo en la mezquita.

A lo largo de la historia toda una serie de pensadores musulmanes han defendido como lícito el hecho de que una mujer dirija las oraciones. Asimismo, destacados expertos en jurisprudencia islámica (alfaquíes) han defendido el imamato de la mujer , a saber, Abu Thawr – de la escuela del Imam Shafi’i -;  Abu Dawud – fundador de la escuela Zahirí- y  Tabari – comentarista coránico y creador de una escuela de jurisprudencia desaparecida- .  Junto a ellos estaría el maestro sufí ibn al-‘Arabi. Recientemente, personalidades como el académico islámico Hamza Yusuf han reconocido la posiblididad del imamato femenino. 

En línea con lo anterior, la imamah y teóloga Sherin Khankan, apunta que el relego de la mujer no data de los inicios del islam, sino que vendría con el califa Omar, quien ordenó a las mujeres que rezaran en casa y no en la mezquita. Así, asegura que en la Edad Media el Corán se posicionaba por delante del cristianismo en lo que a cuestiones éticas y feministas se refiere, lo que motivó un adelantamiento en el campo científico tecnológico que encontraría su punto de inflexión en el Renacimiento.

 

La imam Sherin Khankan
La imam Sherin Khanan// Fuente: The New Arab

Respecto al porqué del imamato femenino, la profesora Ingrid Mattson defiende que un verdadero líder de la comunidad musulmana es aquel que toma en cuenta las opiniones minoritarias y divergentes para crear unidad entre los musulmanes. Así, su enfoque del liderazgo femenino en las comunidades musulmanas se basa en el principio de inclusión, al entender que las mujeres solo se convierten en «miembros plenos de su comunidad » cuando participan en todos los niveles de discusión y tienen el potencial para el liderazgo. Aquí, mientras que Mattson reconoce la necesidad del liderazgo como expresión de la autoridad religiosa y la participación de las mujeres en sus comunidades de manera plena, para ella esto no incluye el liderazgo del salat mixto. Sin embargo, para la profesora Amina Wadud, el tema en juego en la defensa del imamato femenino es el pleno reconocimiento de la humanidad de la mujer y su agencia espiritual y moral. Lo anterior pone de manifiesto una vez más las divergencias entre los colectivos que luchan por la igualdad de género, esta vez a través de la cuestión del imamato. 

Por su parte, en una entrevista realizada por la doctora Sirin Adlbi, Natalia Andújar  defiende que para ella el imamato significa “ser coherente con una concepción igualitaria del islam”. Así, entiende que quien debe presidir la oración es quien mejor conozca el Corán y sea una persona respetada por la comunidad. “El hecho de que sea un hombre o una mujer debería ser irrelevante”, apunta. En este sentido, repara en la inexistencia de textos que prohíban explícitamente que una mujer dirija la oración mixta, aunque recuerda que “la mayoría de los juristas de las cuatro escuelas de jurisprudencia han establecido que todo lo concerniente a las muamalat está permitido menos lo que está prohibido, y todo lo concerniente a la ibada está prohibido menos lo que está permitido”. Siendo esta una elaboración posterior al texto coránico, que podría enmarcarse dentro de las estructuras patriarcales que se han adueñado de la religión.

Además, la experta señala que “las reacciones por parte de las comunidades musulmanas ante este hecho son cada vez menos virulentas ya que no se puede aislar de la labor que llevamos a cabo desde hace muchos años por deconstruir estereotipos, por la defensa de los derechos de los musulmanes en general, etc”. 

Frente a esta postura nos encontramos con la de aquellos que rechazan la posibilidad de imamato femenino. Así, como resume Jordi Moreras en su tesis doctoral, el debate del imamato femenino cuenta con dos posturas claramente enfrentadas cada una de las cuales se basa en tres argumentos principales. Por un lado, sus partidarios se apoyan en la decisión de Muhammad de que una mujer ocupase esta función en su mezquita; la inexistencia tanto en los textos sagrados como en la sunnah de indicaciones que se opongan a ello y la opinión de juristas como al-Tabari, alMuzani o Dawud adh-Dhahiri. Por su parte, los detractores se apoyan en la interpretación de algunos hadices, el consenso doctrinal establecido entre juristas y musulmanes respecto a este principio y la ausencia de evidencias históricas de la práctica del imamato femenino. 

Aquí cabe señalar que pese a la aparente novedad del liderazgo de la mujer dentro del islam, la doctora Mattson apunta que hay varias mujeres que lideran las comunidades musulmanas pero que desean permanecer sin ser reconocidasAsí, defiende que «hay eruditas profundamente conocedoras y líderes espirituales veneradas en todas las sociedades musulmanas. La mayoría no son ampliamente conocidas, pero muchas tienen una influencia significativa sobre un gran número de mujeres e incluso hombres «. En este sentido, señala que a excepción de las recitadoras indonesias las recitadoras musulmanas del Corán no publican sus recitaciones por modestia.

Mujeres imanes en China (Ah-hung):

China cuenta con unos 21 millones de musulmanes, los cuales han desarrollado sus propias prácticas islámicas con características propias del país. Aquí, la mayor diferencia es el desarrollo de mezquitas femeninas independientes con imanes femeninas. En este sentido, la China comunista ha sido durante mucho tiempo el único país del mundo donde las mujeres musulmanas tenían sus propias mezquitas, llamadas Nusi. Así, como apunta Nazanín Armanian, desde el siglo XVI las mujeres pueden ser Ah-hung (sacerdote) y hacer de imam dirigiendo el rezo de las mujeres en la mezquita.

En la ciudad de Kaifeng – provincia de Henan – hay 16 mezquitas de mujeres, un tercio del número de mezquitas para hombres. En el callejón Wangjia hutong, de la ciudad las mujeres van a su propia mezquita donde la imamah Yao Baoxia dirige las oraciones. Desde hace 14 años, Yao ha sido una mujer ahong – imam – y afirma que allí el estatus respecto de los hombres es el mismo pues «hombres y mujeres son iguales aquí, tal vez porque somos un país socialista«.

La mezquita  Wangjia Hutong, al igual que otras mezquitas femeninas, comenzó como una escuela coránica para niñas. Estas surgieron a fines del siglo XVII en el centro de China, incluidas las provincias de Shanxi y Shandong y se transformaron en mezquitas femeninas hace unos 100 años, comenzando en la provincia de Henan.

Fuente: Henan University

Pese a que China se presenta como el único país que tiene una larga historia de imanes femeninos hay cosas que, de acuerdo con las prácticas tradicionales de los musulmanes chinos, las mujeres no pueden hacer entre ellas dirigir rituales funerarios o lavar cadáveres masculinos.

La Mezquita Mariam: la primera liderada por una mujer en Escandinavia

En febrero de 2016 se inauguraba la Mezquita Mariam, la primera dirigida por mujeres de toda Escandinavia, cuyo primer rezo tendría lugar seis meses después. Desde entonces, junto a las oraciones, en la mezquita se han realizado bodas interreligiosas – desaprobadas en otras mezquitas –  y divorcios. En este sentido, la Mezquita Mariam posee su propio estatuto del matrimonio, el cual cuenta con cuatro ejes fundamentales, a saber, el rechazo de la poligamia; el derecho de las mujeres al divorcio, la anulación del matrimonio ante violencia psicológica o física; y la igualdad de derechos sobre los hijos por parte de las mujeres ante el divorcio.

Así, según señala su fundadora Sherin Khankan, esta nace en un intento por desafiar las «estructuras patriarcales» y crear debate y diálogo, entendiendo como estructuras patriarcales el carácter que ha quedado impregnado en el islam donde los hombres gozan de una posición preferente fruto de una lectura subjetiva del libro sagrado por los propios varones. La intención de Khankan sería desafiarlas permitiendo la igualdad entre ambos géneros. 

Pese a la controversia sobre la compatibilidad entre la igualdad y el islam, expertas como Dolors Bramon, islamóloga no musulmana, afirman que no son ideas enfrentadas. En este sentido, asegura no sólo su compatibilidad sino que en su libro Ser mujer y musulmana afirma  que “las primeras normativas favorables a la mujer nacen en el libro básico del islam”. Así, Bramon considera que el islam establece una igualdad absoluta desde el punto de vista religioso: la mujer tiene derecho a la vida -antes no lo tenía-, la mujer hereda -antes era heredada-, la mujer tiene derecho a una dote y sin ella no hay matrimonio, se anula prácticamente la costumbre de la poligamia, porque el Corán habla de poligamia pero luego dice que es imposible cumplir con los requisitos…”. 

Mezquita Mariam// Fuente: Maryam Islamic Centre

En línea con lo anterior la danesa Khankan señalaba el pasado marzo, en el Seminari interdisciplinari de recerca del Aula Mediterránea, que siendo hija de padre sirio y madre finlandesa, él musulmán de carácter feminista y ella católica, la religión había permanecido en el seno de la familia sin ser motivo de disputas. Una situación familiar que influiría en el progresivo desarrollo de la idea de crear un espacio en el que, respetando las bases del Islam, todos los imanes serían femeninos y donde, a excepción de los viernes, tanto hombres como mujeres serían recibidos en las oraciones.

Poco después, en una entrevista realizada por La Vanguardia Khankan buscaría romper con distintos mitos que considera creados en el islam. En este sentido, rechazaba la idea de que el feminismo islámico sea un oxímoron para lo que recurre a la persona de su padre, quien afirma desde siempre ha dicho que “el hombre perfecto es una mujer”,  una creencia en la que ella ha sido educada. Asimismo, entre otras cuestiones, mencionaba la cuestión de la yihad afirmando que esta se trata de una lectura interesada posterior realizada por “ciertos caudillos”, mientras que defendía que “en realidad, el Profeta sólo está llamando a una guerra interior contra tu ego”.

Otras imanes

Junto a la Mezquita Mariam existen toda una serie de proyectos similares que han sido realizados por mujeres musulmanas en otros países, incluidos los EE. UU., Canadá y Alemania.

En cuanto a las imanes femeninas, otra de las figuras destacadas dentro de esta corriente en Occidente es la ya mencionada Amina Wadud. Su defensa del imamato femenino le llevaría a dirigir la oración en dos ocasiones, a saber, en 2005 en Nueva York y en 2008 en Barcelona. En ninguna de las ciudades consiguió permiso para hacerlo en una mezquita, lo que le llevaría a que en el caso de Nueva York  sus fieles fueran reunidos en la iglesia presbiteriana de San Juan, mientras que en Barcelona la oración tendría lugar en un salón del hotel en el que se celebraba el congreso al que había sido invitada. Ello daría lugar a una gran polémica y provocaría el rechazo y denuncia por parte de los sectores más conservadores.

Por su parte, Asma Bhol también se considera una «imamah lo que ella misma entiende como la versión femenina del imán. En este sentido, dirige las oraciones del viernes en la Iniciativa de la Mezquita Inclusiva en Londres, que admite a personas de cualquier género, sexualidad o minoría en condiciones de igualdad. Cuentan con  alrededor de 20 a 50 personas en un viernes típico.

Junto a las anteriores existen otras como la Imamah Pamela Taylor y Jamila Ezzani dirigió a un grupo de hombres y mujeres en sus oraciones de Eid en 2012.

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LOS REFUGIADOS SIRIOS ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images

LOS REFUGIADOS SIRIOS, ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Por Airy Domínguez Teruel

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images
Fotografía original: Bulent Kilic/Agence France-Presse

La inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi sería la mecha que encendería la oleada de movimientos sociales que impregnaron la región MENA la primavera de 2011. Un contexto en el que Siria destacaría, no únicamente por la salida a la calle de cientos de miles de personas en búsqueda de reformas y mayores cuotas de libertad, sino por la violenta respuesta del régimen. Los esperados cambios políticos serían sustituidos por una extrema represión por parte del presidente Bashar al-Assad, quien viendo peligrar su privilegiada posición recurriría al sectarismo[1] para confrontar a la sociedad siria y asegurar su permanencia en el poder. De este modo, las protestas se militarizaron dando lugar a un enfrentamiento civil del que se cumplen más de seis años. Un conflicto que ha provocado la mayor emergencia humanitaria desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con más de 5 millones de refugiados, 8 millones de desplazados internos y más de 400.000 víctimas mortales (CEAR, 2017).

Asimismo, la respuesta de al-Assad y la militarización del conflicto han ido acompañadas de la restricción tanto del acceso a la ayuda humanitaria como de productos básicos. Con ello, el régimen consigue dejar a la población al límite de su resistencia, lo que deriva en tres consecuencias, a saber, el aumento del número de refugiados y desplazados; la obtención del control sobre algunos territorios estratégicos por el régimen, y la puesta en evidencia de que el humanitarismo es para los poderosos una labor política. En relación a la última idea, hay que tener en cuenta que la toma de decisiones de los organismos internacionales en torno a las intervenciones humanitarias no sólo responde a la gravedad de la situación o accesibilidad de la zona destinataria de ayuda, sino también de las estrategias que los actores del conflicto lleven a cabo dentro del territorio en disputa (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 369-370)[2]

Desde los inicios del conflicto en 2011, han llegado a Europa en torno a un millón de desplazados sirios – bien como solicitantes de asilo o como refugiados – [3], una situación que se ha traducido en un duro revés para el continente. Ante la llamada “crisis de los refugiados”, Europa respondió con una estrategia cuyo fracaso ha sido públicamente reconocido.

Refugiado Convención

Entre las acciones mas destacables de la UE en materia de refugiados se encuentran el acuerdo con Turquía y la política de reparto. El acuerdo UE-Turquía entró en vigor en marzo de 2016, fruto de la reunión de los dirigentes europeos en Bruselas donde, saltándose sus obligaciones internacionales, acordaron que toda persona que llegara de forma irregular a las islas griegas sería devuelta a Turquía – incluidos los solicitantes de asilo –. Por su parte, Turquía recibiría una ayuda de hasta 6.000 millones de euros para atender a los refugiados que acogía en su seno, las personas de nacionalidad turca podrían viajar a Europa sin visado y, tras el descenso en el flujo de llegadas irregulares, se activaría un programa humanitario para trasladar a personas sirias de Turquía a países europeos. El resultado fue, a grandes rasgos, la dudosa protección de parte de los refugiados por Turquía y una comunidad refugiada atrapada en las islas griegas bajo míseras e inseguras condiciones (Gogou, K., 2017). Además del incumplimiento de sus dos principios fundamentales, pues ni ha habido expulsiones masivas de Grecia a Turquía, ni se han abierto vías legales y seguras desde Turquía a la UE (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017).

Por su parte, la política de reparto de refugiados que constituía la espina dorsal de la respuesta europea para la reducción de la crisis, manifestaba su fracaso el pasado septiembre de 2017. Así, de los 1,4 millones de migrantes que llegaron a las costas mediterráneas entre 2015 y 2016, el reparto solo alcanzó a 160.000, de los cuales finalmente solo fueron distribuidos 29.144 candidatos (Abellán, L., 2017). Unos decepcionantes resultados que responden a la falta de voluntad política de gran parte de los Estados europeos. 

Pese al papel de Europa como receptor de refugiados, la mayor parte de estos no se encuentran dentro de sus fronteras, sino que, como muestra el Gráfico 1, se hallan en los países limítrofes, siendo Turquía , Líbano y Jordania los receptores más destacados. Alrededor de tres millones están registrados en Turquía; mientras que Líbano ha acogido a más de un millón, convirtiéndose en el país con el ratio más alto de refugiados por habitante —183 por cada 1.000 residentes—. En torno a un millón se marchó a Egipto, Irak o Jordania – siendo Jordania el mayor receptor – (Delle Femmine, L., 2017). 

Fuente: Pew Research Centre

Ante estos movimientos masivos de población y su extensión en el tiempo, la cuestión de los refugiados ha sido securitizada [4]. Estos son tratados como una amenaza para la seguridad societal, un problema o, como afirmaba el sociólogo Zygmunt Baumann, “residuos humanos […] fuera de lugar” en las sociedades a las que migran (Zygmunt B, 2004:16).

La aparición, a nivel legal, del refugiado como concepto y problema se remonta a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, que se propuso hacer frente a la situación de los refugiados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, así como a las expulsiones masivas producidas tras la guerra en la URSS y en países de Europa del Este (González, C., 2017). Para ello se determinó un cambio de actitudes y prácticas en los procesos de toma de decisiones bajo un modelo multilateral – consideraba la aceptación de acuerdos sobre temas de seguridad, derechos humanos, desarrollo y las responsabilidades para los países que la ratificaron –.

Dicha Convención cuenta con una serie de características que pueden derivar en consecuencias negativas para los refugiados. En este sentido, el ordenamiento legal internacional vigente reconoce un sistema de Estados-nación que se basan en su soberanía a la hora de abordar este “problema”. Es decir, la Convención no asegura ni la mejora de las condiciones de los refugiados ni obliga a su aceptación, dando a los países la libertad de definir quién puede ser susceptible de recibir el estatus de refugiado en función de sus intereses de seguridad, sus preferencias y sus leyes (Ghotme , R., y García Sicard, N., 2016: 367). Además, como afirma la investigadora Carmen González Enriquez, se trata de una regulación obsoleta, no cuenta con la firma de todos los países, las normas no abordan la cuestión de cómo financiar la atención a los refugiados – principal problema para el cumplimiento de la Convención – y fue diseñada para resolver una crisis acotada en un tiempo y un espacio, presentándose en la actualidad como el marco para gestionar un problema permanente que traspasa fronteras.

IMPACTO REGIONAL: los casos de Turquía, Líbano y Jordania.

Los casos de Turquía, Líbano y Jordania, sirven para exponer tanto la situación en la que se encuentran los refugiados sirios en la región, así como el papel que juega la securitización o consideración de estos como amenaza – tanto por parte de los Estados, como por parte de la población –. Pues, estos tres países comparten frontera con Siria y reciben un número importante de refugiados.

Turquía:

Turquía cuenta con unos 3´4 millones de refugiados sirios, los cuales se encuentran asentados fundamentalmente en Estambul, Mersin, Adana, y el sudeste del país – donde se encuentran la mayoría de los campos de refugiados – .

Se trata de uno de los países signatarios de la Convención de Refugiados de 1951, aunque ha conservado las restricciones geográficas originales de la misma. Así, sólo se les concede el estatus de refugiado a quienes buscan asilo como resultado de los acontecimientos en Europa. Aquellos que huyen de la persecución de otros países son percibidos como ‘refugiados condicionales’, y aceptados bajo la condición de que estén transitando hacia un tercer país en el que asentarse.

Sin embargo, ante la crisis de refugiados sirios Turquía ha introducido un nuevo estatus legal nacional para estos solicitantes de asilo, incluida la concesión de ‘protección temporal’ y la introducción de un restricción temporal y geográfica (HPG, 2017: 9).

En lo que a la actuación de las autoridades se refiere, durante los primeros meses de la crisis siria Erdogan decidió optar por una posición mediadora. Así, buscaría el diálogo entre Assad y el pueblo sirio, alentándole a realizar reformas con cierto éxito[5]. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos provocaría que la propia Turquía padeciese las consecuencias del enfrentamiento, al tener que hacer frente, en otras cuestiones, al flujo de ciudadanos sirios que se instalaron dentro de sus fronteras (Meneses, R., 2013: 131). Ello se tradujo en un gran reto para el gobierno turco quien, desde entonces, ha liderado la coordinación e implementación del apoyo a los refugiados dejando un espacio limitado para la intervención de otros actores – incluidos la sociedad civil local, cooperativas comerciales, agencias humanitarias –. Todo dentro de un contexto de agitación política, lucha contra el Estado Islámico, y reavivación del conflicto con los kurdos. Entre las acciones más destacadas se encuentra el ya mencionado acuerdo con la Unión Europea de una serie de medidas para reducir la llegada de refugiados a Grecia. Cuestión que ha permitido la deportación de cerca de 2000 personas, reduciéndose las expulsiones a la mitad en 2017, al tiempo que las fronteras orientales de la Unión Europa parecen prácticamente selladas (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017) .

Respecto a la situación de los refugiados sirios en el país, esta ha sido mundialmente cuestionada debido a las precarias condiciones laborales y de vida que han de sufrir. En el campo laboral, las estimaciones apuntan a que entre 750,000 y 950,000 sirios trabajan en el sector informal, mientras que los sirios con permisos necesarios para encontrar empleo formal descienden a 15.000. Una situación que responde a múltiples cuestiones, entre ellas, el bajo nivel educativo y la escasa cualificación de quienes permanecen en tierras turcas; el desconocimiento de la lengua vehicular; y las barreras burocráticas que disuaden a los empresarios sirios de establecer empresas formales (International Crisis Group, 2018). En esta línea, la frustración general de la mayoría de los refugiados sirios en el país es la precariedad laboral – un trabajo mal pagado[6], no cualificado y sin protección –. Junto a ello se encuentran situaciones de acoso y maltrato generalizadas (HPG: 22)[7].

En cuanto a los medios de subsistencia de los refugiados, en Turquía se podría hablar de tres grupos. En primer lugar estaría aquel centrado en la supervivencia (aquellos que se encuentran en situación de extrema pobreza, con limitadas redes de apoyo, que luchan para cubrir sus necesidades básicas). En segundo lugar, aquellos situados en el centro (refugiados con algún tipo de ingreso o apoyo que les permite satisfacer parte importante de las necesidades de subsistencia, pero que resulta insuficiente vivir segura y cómodamente). En tercer y último lugar estarían los refugiados enfocados en la integración (estables a nivel económico y con un capital social, lingüístico y educativo fuerte). Lo anterior, sirve para poner de manifiesto la diversidad de prioridades, objetivos y aspiraciones de los refugiados (HPG: 33), a quienes se suele considerar como una masa homogénea que difiere mucho de la realidad.  

Junto a estas dificultades, se encuentra el progresivo recrudecimiento de las tensiones entre las comunidades de acogida y los refugiados sirios. Estas quedan reflejadas en la triplicación de los enfrentamientos violentos en la segunda mitad de 2017[8] y en la muerte de al menos 35 personas. Una violencia que se revela con mayor intensidad en las zonas metropolitanas de Estambul, Ankara e Izmir, donde los sirios son percibidos como una amenaza tanto a nivel político como económico. Aquí, cabría recurrir de nuevo a la concepción de refugiado como problema, aunque esta vez desde el punto de vista de la propia sociedad. Asimismo, una de las cuestiones más preocupantes de la comunidad de refugiados sirios es la situación que sufren los menores de edad. En este sentido, 370.000 de casi un millón de niños sirios en edad escolar no están inscritos y alrededor de 230.000 asisten a los centros de educación temporaria o TECs (International Crisis Group, 2018).

Líbano

Desde los inicios de la guerra, Líbano se ha presentado como país receptor de refugiados sirios llegando a contar con 1´5 millones, el equivalente a un 25% de su población. Una cifra que en la actualidad, se estima, ha descendido a menos de un millón, de los cuales la inmensa mayoría se encuentra asentada en las provincias de Bekaa, Monte Líbano y Líbano Norte.

En el caso de Líbano, al igual que ocurre en Jordania, se trata de un país no signatario de la Convención del Estatuto de los Refugiados de 1951, lo que se traduce en importantes lagunas a nivel de derechos para los refugiados, quienes ni siquiera son referidos como tales en el país.

Si bien la dinámica del gobierno en los inicios no destacó por la facilitación del camino de los refugiados ni por la expulsión de los mismos, en el transcurso del tiempo se ha ido imponiendo el discurso de los refugiados como amenaza para la seguridad. El punto de inflexión lo encontramos con la toma de la ciudad de Arsal por el Estado Islámico (EI), y otros grupos afines, en agosto de 2014. A partir de ahí, el Estado libanés comenzó a plantear restricciones al acceso desde Siria, entrando en enero en vigor las actuales condiciones de entrada para los sirios. De este modo, las autoridades iniciaron la implantación de un sistema de acceso que en su mayor parte no atiende a la situación de conflicto. En él se establecen distintos tipos de visados – turismo, negocios, estudios, tránsito, estancia médica, etc. –, para cuya obtención se ha de presentar una documentación de difícil obtención. Junto a esta vía de acceso existe la opción de entrar mediante la “esponsorización” por parte de un libanés.

A las dificultades de consecución de visados hay que añadir las exigencias extraordinarias para la renovación de los permisos de residencia, entre ellas se encuentran el pago de 200 dólares anuales por cada persona mayor de 15 años; la acreditación de un patrocinador libanés – persona física o jurídica – y presentar el certificado de alquiler de una vivienda (González-Úbeda, M., 2017: 4 -5). Aquí, cabe detenerse en la cuestión del patrocinio o “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo.

Otra de las medidas tomada por las autoridades libanesas ante la llegada de los refugiados, ha sido la orden dada a la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados de dejar de registrar nuevos casos. Esto se traduce en la imposibilidad de otorgar el estatus de recién llegados como refugiados por ACNUR (Reidy, E., 2018). Además, las autoridades libanesas se han cerrado a la posibilidad de crear campos de refugiados, aunque se han creado algunos de manera improvisada.

La consideración de los refugiados como amenaza a calado igualmente en la población libanesa, que los considera un problema frente a la estancada economía y los débiles servicios públicos del país, así como un posible foco para la proliferación del radicalismo[9]. Una cuestión que repercute en la calidad de vida de los refugiados pero que ha de ser entendida dentro de un contexto. La creciente hostilidad hacia los refugiados sirios cuenta, en el caso libanés, con raíces profundas. Las tropas sirias ocuparon el Líbano desde 1976 hasta 2005 [10], cuestión que ha quedado reflejada en las facciones políticas del Líbano, las cuales se encuentran divididas entre los que apoyan a Assad y los que se posicionan en su contra. Junto a ello se encuentra el temor a que la afluencia de un gran número de refugiados sirios – mayoritariamente sunitas – se altere el débil equilibrio sectario en la base del sistema político libanés[11] (Reidy, E., 2018). Asimismo, Líbano se presenta como veterano a la hora de acoger refugiados, pues no hemos de olvidarnos de la comunidad palestina en Líbano, quien fue obligada a abandonar su tierra en 1948.

Por último, cabría mencionar la precariedad laboral favorecida por la ya mencionada “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo. Junto a ello se encuentra la nefasta situación de los menores, quienes sufren explotación laboral y se enfrentan a importantes dificultades para acceder a la educación. Antes del estallido de la guerra, el 94% de los niños y adolescentes asistían a clases de primaria y secundaria en Siria. Ahora, en Líbano, de la población refugiada menor de 18 años – 49,1% de los sirios en el país – sólo el 40% recibe educación (González-Úbeda, M., 2017: 8).

Jordania:

En Jordania viven en torno a 1´3 millones de refugiados sirios, el 77% de los cuales se encuentra en las zonas fronterizas de Irbid y al-Mafrag, así como en Ammán – la capital –. Según datos de ACNUR, más de 650.000 se encuentran registradas en el país.  A diferencia de las autoridades de otros países, el gobierno jordano se ha posicionado como coordinador en lugar de como implementador de la respuesta a la cuestión de los refugiados (HPG, 2017: 63). Como se señalaba en párrafos anteriores, se trata de un país no signatario de la Convención de 1951, pero ACNUR puede operar en virtud de un Memorando de Entendimiento (MoU) de 1998 con el gobierno. Pese a ello, el gobierno ha rechazado la terminología de “refugiado” de ACNUR, pasando a hablar de “invitados” – carente de significado legal –, con lo que los sirios se encuentran de este modo dentro de un marco legal ambiguo (HPG, 2017: 23).   Al igual que Líbano, en los inicios Jordania mantuvo una política de fronteras abiertas hacia los sirios. En este sentido, Human Rights Watch (HRW) señala que “[h]asta mediados de 2013, Jordania permitió a los sirios entrar a través de todos sus cruces fronterizos informales en el este y el oeste, aunque negó la entrada a muchos hombres sirios que cruzaban sin parientes, refugiados palestinos de Siria y personas indocumentadas” (Human Rights Watch, 2015). Sin embargo, 2013 será el punto de inflexión, pues desde entonces las dificultades de acceso a territorio jordano fueron aumentando hasta el cierre total de las fronteras (González-Úbeda, M., 2017:3).  

Si bien Jordania reconoce el estatus de refugiado a quienes huyen del conflicto, al no haber firmado la Convención del Estatuto de los Refugiados las autoridades no están vinculadas a las obligaciones a las que, según establece la Convención, debe hacer frente el país de acogida. Aquí, quienes llegan desde Siria, ya sea a través de pasos fronterizos legales o de forma irregular, son atendidos por ACNUR en alguno de los campos establecidos, y no requieren de visado para entrar, pasando a ser considerados automáticamente refugiados. Asimismo, las autoridades jordanas han permitido la construcción de campos de refugiados – Zaatari, Mrajeeb al-Fahood, Cyber City y Al-Azra –. Cabe señalar, que pese a la existencia de estos campos, sólo el 20% de los refugiados en Jordania se encuentra asentado en ellos, siendo en el caso de las mujeres sin la compañía de un hombre, debido a la inseguridad de los mismos – los casos de violaciones y matrimonios infantiles se han disparado – (González-Úbeda, M., 2017: 6-8 ).

En referencia a los permisos, quienes se encuentran viviendo fuera de los campos requieren de una autorización legal y de una tarjeta de servicios facilitada por el Ministerio del Interior – para poder acceder a la sanidad y a la educación pública –. Por su parte, a nivel laboral la situación vuelve a ser precaria. Los primeros años, Jordania impidió a la población siria acceder al mercado laboral recurriendo para ello a las altas tasas de desempleo del país – cuestión que cambiará 2016, fruto de un acuerdo con la comunidad internacional – . Ello llevó a la integración de los refugiados en la economía sumergida, y a la disposición a trabajar por escasos salarios y en precarias condiciones, lo que una vez más ha provocado enfrentamientos con los locales.

En línea con lo anterior, en la esfera social, al igual que ocurre en Líbano y Turquía, los refugiados han pasado a ser considerados por muchos locales como la causa de la subida del desempleo, como un problema o una amenaza.

Por su parte, en el campo de la educación los datos mejoran, pero siguen siendo preocupantes. En Jordania, los menores suponen el 51% de los refugiados sirios siendo el porcentaje de escolarización del 70% (González-Úbeda, M., 2017: 9 ).

Conclusiones

En Siria, más de once millones y medio de ciudadanos se han visto obligados a dejar sus casas. En diversos momentos los países vecinos han cerrado sus fronteras, mientras que Israel no se ha dignado a abrirlas. Ello ha provocado que miles de personas se queden atrapadas en la frontera, una situación que junto a otras como las desapariciones, el sufrimiento, las violaciones de derechos humanos, se han convertido en el día a día de aquellos que se han visto obligados a huir del conflicto. Frente a esta situación la comunidad internacional parece haber ensordecido. En este sentido, en 2016 – año con mayores muertes en el Mediterráneo – “[…] la UE no solo rechazó la posibilidad de abrir vías legales y seguras para las personas refugiadas, sino que, además, cerró sus fronteras y […] suscribió un acuerdo con Turquía que vulnera la normativa europea e internacional en materia de asilo” (CEAR, 2017: 26).

Así, los países más cercanos, con una situación socioeconómica ya de por sí complicada, han tenido que enfrentarse al “problema” mientras la comunidad internacional buscaba “alejarlo” y “ solucionarlo” desde la distancia, por medio de una financiación y políticas que se tornan insuficientes. Todo en base a la securitización de una situación que ha permitido que en diversas esferas los refugiados hayan ido dejando su carácter de víctima para pasar a ser vistos como una amenaza, generando la dicotomía del nosotros – nuestra seguridad, nuestro bienestar, etc. – o ellos. Una cuestión que debido al contexto se hace más palpable en países como Turquía, Líbano o Jordania, a los que se ha cargado con la mayor parte de la responsabilidad, la cual sin duda es o habría de ser compartida por toda la comunidad internacional. Quizá, si Occidente se hubiese implicado más en una cuestión que no es sino la garantía de unas condiciones de vida digna de aquellos que huyen de una situación de conflicto, en lugar de aferrarse a sus vallas, el panorama sería distinto.

En defiinitiva, podría decirse que la percepción de los refugiados como amenaza, sumada a otras cuestiones, se ha traducido en el sufrimiento de situaciones de pobreza extrema, inseguridad, abusos, costes psicológicos… Una cuestión que está incidiendo tanto en el presente como en el tiempo venidero, ya que las generaciones futuras no sólo están quedando marcadas por todo lo mencionado, sino que en una parte importante de los casos carecen de acceso a la educación, cuestión que podría afectar gravemente a la capacidad de reconstruir Siria.

NOTAS AL PIE

[1] Esta estrategia de “divide y reinarás” ha intensificado la crisis y las diferencias tanto entre las comunidades sunníes, alauíes, cristianos, como entre los grupos étnicos árabes, kurdos, turcomanos, asirios y circasianos. El objetivo no era otro que infundir el miedo y restringir la conformación de una oposición unificada (GHOTME, R., y GARCÍA SICARD, N., 2016: 369)

[2] La ayuda humanitaria como una herramienta de poder y la intransigencia de los actores armados contribuyen a aumentar el flujo de desplazados. Un ‘problema’ que “[…] se refleja en la dimensión internacional de la guerra civil siria, ya que los campos de refugiados sirios, al “camuflar” militantes o generar desequilibrios sociales, se han convertido en fuentes de inestabilidad en los países de mayor acogida” (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 370

[3] Más de 500.000 sirios llegaron a Alemania pidiendo asilo, lo que sitúa al país germano como el quinto cuanto a población siria desplazada. A este le seguirían Suecia (más de 110.000) y Austria (unos 50.000). Junto a los buscadores de asilo, entre 2011 y 2016 en torno a 24.000 sirios se establecieron formalmente como refugiados en Europa (Connor, P., 2018).

[4] La teoría de la securitización es presentada y difundida con la publicación Security: a new framework of analysis (1998). En dicha obra, Buzan, Waever y de Wilde emplean el término securitización para referirse a aquellos actos de habla efectuados por una autoridad considerada como legítima, que se refiere a una “amenaza existencial” la cual requiere de una medida de emergencia. Un proceso que únicamente se define como exitoso si el discurso es aceptado y validado por la opinión pública.

[5] Entre ellas se encuentra la permisión de retorno de los Hermanos Musulmanes, no así su reconocimiento como partido político.

[6] Los sueldos generalmente son insuficientes para pagar los alquileres y gastos de vida, mantener a la familia y ofrecer a los niños la posibilidad de ir a la escuela. Todo dentro de un contexto de precariedad e inseguridad (HPG: 63).

[7] Para más información véase: Syrian refugees: Abuse and exploitation in Turkish garment factories; Turkey detaining, abusing and deporting Syrian refugees, says Amnesty y Turkey’s Syrian refugee problem spirals out of control.

[8] La violencia entre las comunidades de acogida y la de los refugiados se triplicó en la segunda mitad de 2017 con respecto al mismo periodo del año anterior (International Crisis Group, 2018).

[9] A ello habría que añadir el temor por parte de la sociedad a que los asentamientos sean caldo de cultivo del radicalismo. En este sentido, Sheikh al-Rafei, líder de la comunidad salafista en el Líbano – advirtió que los refugiados que sufran una sensación de dislocación y humillación social podrían ser atacados fácilmente por los reclutadores radicales (di Giovanni, J., 2018)

[10] La periodista Patricia Khoder, del diario de Beirut L’Orient Le Jour, contextualiza la presente situación de rechazo afirmando que tuvieron “[…] treinta años de ocupación siria» y que los sirios no se marcharon hasta después del asesinato de Rafik Hariri en 2005. A razón de lo anterior, Khoder compara la actual crisis de refugiados con un escenario imaginario en la Francia de la posguerra, preguntándose cuál habría sido la respuesta de los franceses si 20 millones de refugiados alemanes hubiesen descendido a París tras de la ocupación nazi (di Giovanni, J., 2018).

[11] Como afirma González Úbeda, “Este debate existe desde hace décadas en torno a los refugiados palestinos, también principalmente suníes. La potencial naturalización de ambos colectivos inquieta al resto de comunidades, al repartirse el poder político en el país en función del tamaño de cada una de ellas” (González-Úbeda, M., 2017: 4).

 

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LAS PROTESTAS EN IRÁN (II):
El acuerdo nuclear y el tablero internacional

LAS PROTESTAS EN IRÁN (II):
El acuerdo nuclear y el tablero internacional

Por Airy Domínguez y Aitor Lekunberri

Edición y montaje de Airy Domínguez a partir de imágenes de El País y Univisión

 

El acuerdo nuclear: una victoria política para Irán

Como mencionábamos en el artículo LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): factores internos y geopolítica , a comienzos de 2002, tras los atentados del 11 de septiembre, el presidente estadounidense George W.Bush acusó a Irán de apoyar el terrorismo internacional, incluyéndolo en el denominado “eje del mal”. Recurriendo a un lenguaje belicista, Bush aseguró que la “guerra no ha hecho más que empezar” y que “Estados Unidos no permitirá que los regímenes más peligrosos del mundo amenacen con las armas más destructivas del mundo” (González, E., 2002).

La invasión de Irak en 2003 hizo saltar por los aires los frágiles equilibrios de la región. Esta facilitó el ascenso al poder de las élites chiitas, aliadas de Irán, permitiendo por tanto el fortalecimiento del denominado eje chiita, lo que se tradujo en un nefasto resultado para los intereses norteamericanos. Por otra parte, la destrucción del aparato estatal iraquí y el vacío de poder resultante crearon el caldo de cultivo para el crecimiento de grupos armados como el Estado Islámico.

En este contexto, se inició una gran batalla diplomática entre Irán y una “coalición” compuesta por EEUU y la Unión Europea, en torno al programa nuclear iraní. Las tensiones por la reactivación de dicho programa se agravaron tras el ascenso a la presidencia iraní de Mahmud Ahmadineyad (2005-2013) – quien sucedió al moderado Mohammad Jatami (1997-2005) –.

Sin embargo, tras la llegada en 2009 de Barack Obama a la Casa Blanca (2009-2017), las tensiones se recondujeron dando lugar a un acercamiento diplomático. Este se materializó en la firma, en 2015, del histórico acuerdo nuclear entre la República Islámica y un grupo de seis potencias occidentales (China, EE.UU., Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania).

En dicho pacto, oficialmente denominado Plan de Acción Conjunto y Completo (PACC), se acordó el levantamiento de las sanciones internacionales occidentales bajo el compromiso expreso de Irán de limitar el desarrollo de su programa nuclear. Entre los puntos clave del citado acuerdo cabe destacar:

    1. El compromiso de Irán de no producir uranio altamente enriquecido durante los próximos 15 años.
    2. El compromiso de Irán de deshacerse del 98% del material nuclear que posee, así como de eliminar 2/3 de las centrifugadoras que tiene instaladas.
    3. A cambio, Naciones Unidas se comprometió a levantar todas las sanciones que pesan sobre Irán vinculadas al programa nuclear.
  1.  

Fuente: BBC Mundo

Junto a lo anterior, el levantamiento de las sanciones permitió a Irán disponer de más de US$100.000 millones en activos congelados en el extranjero, así como vender con libertad su petróleo en el mercado internacional y recuperar el acceso a los instrumentos de comercio existentes en el sistema financiero global (BBC, 2016). De esta forma, se abría la puerta tanto a la entrada masiva de capitales e inversiones extranjeras, como al desarrollo de importantes flujos comerciales entre Irán y Occidente.

La firma del acuerdo nuclear supuso una importante derrota política y diplomática para Israel y Arabia Saudí, partidarios de la vía dura – incluso militar – para presionar a la República Islámica. En este sentido, ambos países se presentarán como fervientes defensores del mantenimiento y agravamiento del régimen de sanciones contra Teherán. Un contexto en el que la firma del PACC supuso el reconocimiento de Irán como potencia regional por parte de Occidente (Zamora, 2016:168).

Otra cuestión que despierta recelos e incluso atemoriza a los rivales regionales de Irán, – entre ellos Israel y Arabia Saudí –, es el hecho de que, a medio plazo, la política de apaciguamiento hacia Irán podría redundar en mayores niveles de desarrollo económico y social, dando mayor estabilidad y legitimidad a la élite política iraní. A ello hay que añadir la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, y su reacia posición al mantenimiento del acuerdo nuclear.

 

El actual tablero internacional

La presente situación de confrontación diplomática entre EEUU e Irán, junto con las reacciones a las protestas protagonizadas en el país persa, han manifestado nuevamente la existencia de dos ejes, y por tanto, de sus intereses regionales e internacionales. Aquí, cabe aludir a la ausencia de bloques sólidos en Oriente Medio. En este sentido, Soler i Lecha señala que “ […] cuando se forja una alianza [esta] no se fundamenta en una identidad o proyecto común sino en el miedo. La percepción de qué o quién representa una amenaza cambia en función de acontecimientos puntuales y es así como proliferan alianzas que se circunscriben a un tema y suelen tener fecha de caducidad” (Soler i Lecha, E., 2016). El mencionado carácter líquido de los bloques queda igualmente plasmado las rivalidades, así, nos encontramos con actores tradicionalmente enemistados que hacen frente común en un tema concreto – sin que ello suponga su reconocimiento como aliados –. Un contexto en el que potencias como Arabia Saudí y, probablemente, Irán, continúan aspirando a liderar bloques sólidos (Ídem).

 

Eje EEUU – Israel – Arabia Saudí

Israel, tradicional aliado de EEUU en la región, se presenta como el primer país que aplaude el cambio de actitud estadounidense. Entre las principales motivaciones de su posicionamiento se encuentran el tradicional apoyo de Irán a grupos militantes palestinos y libaneses contrarios a Israel[1], así como el temor a que el país chií aumente su influencia en la región. Junto a él se encuentra Arabia Saudí, tradicional rival de Irán en el Golfo Pérsico, que ve en Irán una amenaza – tanto por su carácter influyente como por su programa nuclear y su marcada ideología –.

Pese a la tradicional frialdad entre Arabia Saudí e Israel, los lazos entre ambos países se han ido estrechando tal y como pone de manifiesto la entrevista concedida el pasado mes de noviembre por el jefe militar de Israel, Gadi Eisenkot, al periódico saudita Elaph. Un llamamiento a la acción conjunta de ambos países contra Teherán, donde Eisenkot señalaba el modo en que ambos podrían unirse para contrarrestar la influencia iraní en la región. Además, el militar israelí aseguró que Irán constituía la «mayor amenaza para la región» y que estaban dispuestos a compartir información con estados árabes «moderados» como Arabia Saudita (Beaumont, P., 2017).

En cuanto a las relaciones entre Arabia Saudí y Estados Unidos, cabe destacar que si bien estas rompieron su acostumbrada trayectoria de amabilidad con los atentados del 11S, el programa nuclear de Irán y sus guerras proxy han contribuido, junto con la lucha contra Al-Qaeda, a la mejoría de las relaciones. Ello sin olvidar lo que esta relación supone en términos de venta armamentística y, por tanto, en beneficios económicos para EEUU (Cooper, H. Y Lander, M., 2012).

 

Eje Irán – Turquía – Rusia

Entre las causas que han aumentado la percepción de Irán como amenaza se encuentran, por un lado, el estrechamiento de las relaciones entre este país, Turquía y Rusia y, por otro, la posibilidad de creación de un nuevo eje geopolítico que socave la política estadounidense. Esta aproximación se plasma en la cumbre trilateral de Sochi, donde se reunieron los mandatarios de Rusia, Turquía e Irán para sentar las bases del posconflicto sirio, así como en la visita a Ankara del presidente ruso Vladímir Putin. En este contexto, el reciente reconocimiento de Jerusalén como capital histórica de Israel por parte del presidente Donald Trump ha jugado un papel importante, entre otras cosas incidiendo en este aparente nuevo eje, siendo Turquía el principal detractor (Mansilla, B., 2017).

En relación a la aparente constitución de un nuevo eje euroasiático, el transcurso de los recientes acontecimientos ha servido como oportunidad para mostrar unidad. En este sentido, Rusia – aliada de Irán en el apoyo a Bashar Al Assad – se ha posicionado en contra de la injerencia extranjera en los asuntos internos del país, así como de los planes de revisión del acuerdo nuclear. Asimismo, tanto Erdogán como Siria han condenado los intentos de injerencia de EEUU e Israel.

NOTAS AL PIE:

[1] Entre ellos se encuentran el apoyo al movimiento nacional de liberación en la ocupación israelí de Líbano (1982) que llevaría al nacimiento de Hezbolá. Por otro lado, el caso más significativo en Palestina es el de Hamás.

 

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LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): Factores internos y geopolítica

LAS PROTESTAS EN IRÁN (I): Factores internos y geopolítica

Por Airy Domínguez y Aitor Lekunberri

Edición y montaje de Airy Domínguez a partir de imágenes de El País y Univisión

Con más de 80 millones de habitantes, una enorme riqueza en recursos naturales y energéticos, y una envidiable posición geoestratégica – en pleno golfo Pérsico -, Irán enfrenta un momento de gran tensión e incertidumbre. Aquí, las recientes protestas antigubernamentales y la voluntad de la administración Trump de poner fin al acuerdo nuclear de 2015, se presentan como motores fundamentales.

La reciente ola de protestas en Irán debe ser analizada no sólo en el contexto de dificultades económicas a las que se enfrenta el país, sino también en el marco de la disputa geopolítica presente en la región entre un eje suní, liderado por Riad, y un eje chií, liderado por Teherán. En el marco de esta disputa, países como Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí estarían tratando de influir en la política interna de la República Islámica mediante la presión económica y el apoyo político brindado a las protestas.

Las protestas antigubernamentales (diciembre de 2017 – enero de 2018):

Desde finales de diciembre de 2017, Irán se ha visto sacudido por una importante ola de protestas de carácter esencialmente descentralizado y ausentes de un liderazgo claro. Estas se han llevado a cabo en diferentes capitales de provincias y ciudades del país como Mashad, Neyshabur, Kamshmar o Shahrud (Hurtado, L.M., 2018) dejando, al menos, 20 fallecidos.

En opinión de la politóloga exiliada kurdo-iraní Nazanín Armanian, las recientes protestas han de entenderse en el contexto de una profunda crisis política, económica y social que azota al país. A lo anterior, habría que añadir la presencia de una lucha de poder entre dos facciones en el interior de la República Islámica: por un lado, un sector conservador liderado por una alianza entre el ayatolá Ali Jamenei y los jefes militares de los Guardianes de la Revolución Islámica; por otro, un sector “moderado” cuyo principal exponente es Hasan Rohaní, actual presidente del país (Armanian, N., 2017).

En cuanto la crisis socioeconómica, entre los principales problemas presentes en el país destacan el elevado índice de desempleo, el elevado coste de la vida, la corrupción, y las dificultades de ascenso social para una juventud[1]. Todo ello en un contexto de dificultades financieras fruto de la brusca caída de los precios de los hidrocarburos a partir de 2014.

Por lo que respecta a la lucha interna de poder, el sector conservador estaría tratando de instrumentalizar el descontento social para tratar de debilitar la posición del presidente Rohaní, bajo el entendimiento de que las políticas moderadas de este estarían socavando el liderazgo religioso y la autoridad de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (Kozhanov, N. 2018). Dicho sector conservador, ha utilizado una retórica antiimperialista, denunciando las injerencias exteriores que estaría sufriendo la República Islámica, en particular de EEUU e Israel, a quienes se apunta como responsables principales de alentar la ola de protestas. Así, el ayatolá Jamenei ha denunciado a “los enemigos de Irán que con diferentes herramientas como dinero, armas, política y servicios secretos se han aliado para crear problemas al sistema islámico” (Falahi, A., 2018). En esta línea, el embajador de Irán en la ONU, Gholamali Khoshroo, argumentó en el Consejo de Seguridad que su gobierno tenía «pruebas contundentes» de que las recientes protestas fueron «muy claramente dirigidas desde el exterior». La injerencia estadounidense en el país, de momento, sólo ha sido demostrada en lo retórico. En este sentido, en sus declaraciones, Trump manifiesta su apoyo a las protestas contra lo que considera un régimen corrupto, garantizando que recibirán un “gran apoyo de Estados Unidos en el momento apropiado”.

 

La relación entre EEUU e Irán

Fuente: whitehouse.gov

Más de dos años después del histórico acercamiento entre EEUU e Irán, la escalada de tensión entre ambos países es un hecho. Junto a la oleada de insultos hacia los líderes del país persa, la llegada de Donald Trump a la presidencia se ha manifestado en un giro diplomático en el que se encuentran acciones como el veto migratorio, la decisión de crear la designada ‘fuerza de seguridad’ en el noreste de Siria[2], o la pretensión de endurecer el acuerdo nuclear[3], entre otros.

Si bien la hostilidad de EEUU hacia Irán ha sido una constante, con la administración Obama daba la sensación de que las relaciones diplomáticas entre ambos países asistían a un cambio de rumbo. Los movimientos de Donald Trump se muestran encaminados a una dinámica del enfrentamiento, donde los aparentes deseos de viraje de la política internacional estadounidense y su distanciamiento de la región se desvanecen, siendo Irán el país en el punto de mira. Una política que lleva a EEUU a incumplir nuevamente Los Acuerdos de Argel de 1981[4], recurriendo, una vez más, al irónico discurso de actuar en nombre de los derechos humanos[5]. Pero, ¿por qué Irán?

 

Irán en clave geopolítica regional e internacional

El hasta 1935 reconocido por Occidente como Persia, es un país de historia milenaria que goza de una importante pluralidad étnica – persas, azeríes, kurdos, árabes, etc. –. A nivel religioso, el Islam se presenta como la corriente más extendida, siendo el islam chií predominante – religión oficial del Estado profesada por un 89% de la población – . En cuanto a su extensión, Irán cuenta con una superficie de 1.648.000 kilómetros cuadrados – más de tres veces la superficie de España –, poblada por más más de 80 millones de habitantes.

La importancia estratégica del país viene marcada por una serie de características políticas, económicas y religiosas, entre las que se encuentran su riqueza en recursos naturales, su carácter islamista, y el negocio de las armas. En lo que a los recursos naturales y energéticos se refiere, es el país del mundo con mayores reservas de gas y el cuarto en reservas de petróleo, cuestión que le ha llevado a ser codiciado por las grandes potencias internacionales. Así, a lo largo del siglo XX, “[…] Inglaterra primero, EEUU e Israel después, maniobraron para controlar Irán, para convertirlo en uno de los principales «Estados gendarmes» de Occidente en Oriente Medio” (Zamora, 2016: 163).

Políticamente hablando, la historia contemporánea del país está profundamente marcada por el impacto de la Revolución Islámica de 1979. Un levantamiento de carácter popular, antiimperialista y antioccidental que derribó a la dictadura del Shah – Mohammed Reza Pahlevi – y sacudió los cimientos geopolíticos de la región, al tiempo que propició la animadversión de países como Estados Unidos, Europa, Israel y Arabia Saudí, quienes no cesaron en su intento por debilitar a la naciente República Islámica[6]. Una implicación de las potencias occidentales que ha sido referida por Nazanín Armanian:

“Ya en 1980, y tras la caída inesperada del Sha, Henry Kissinger elaboró la ‘Doctrina de Doble Contención’ de impedir el desarrollo de Irak e Irán a beneficio de la hegemonía de Israel, como el único garante estable de sus intereses en la región. EEUU provocó la guerra entre Irak e Irán y después sometió a Irak a una continua destrucción que aun hoy continua. Y ha pretendido contener a Irán con sanciones económica, amenazas militares, incluso creando monstruos como el Estado Islámico (sunnita y wahabí), para arrastrar a la teocracia chiita de Irán a una guerra religiosa” (Anmanian, N., 2018).

A nivel económico, Irán se presenta como un territorio clave para el negocio armamentístico. En este sentido, las preocupaciones sobre la creciente amenaza estratégica de Irán, que continúan presentes en el siglo XXI, se han convertido en la base principal de las compras avanzadas de armas de los estados del miembros del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG). Las principales compras de nuevo armamento realizadas en los últimos 20 años en el Cercano Oriente, tienen como cardinal catalizador la crisis del Golfo Pérsico. Dicha crisis culminará en la guerra del Golfo, donde EEUU, a la cabeza de la coalición que buscaba expulsar a Iraq de Kuwait, ocupará una posición de peso. De este conflicto derivarán consecuencias sustanciales para el negocio de las armas, a saber, el establecimiento de la potencia estadounidense como garante de la seguridad del Golfo, y la creación de nuevas demandas de compradores clave como Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y otros miembros de CCG[7] (Richard Grimmett and Paul Kerr, 2012), entre otras[8].

A nivel religioso, hay que tener presente que desde los años 80 del pasado siglo, la política de Oriente Medio ha estado marcada por la división geoestratégica de la región en dos bloques de poder que, aparentemente, responden a una cuestión religiosa. En este sentido, por un lado, estaría el bloque sunnita liderado por Arabia Saudí, con el que estarían países como Estados Unidos y el cada vez más cercano Israel. Por otro, el bloque chiita liderado por Irán, de marcado carácter antiimperialista y que cuenta en sus filas con aliados como Siria, Rusia y organizaciones político-militares como el Hezbolah libanés[9].

 

Las injerencias de EEUU en Irán

El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán requiere de una regresión a las injerencias estadounidenses en el país persa. En este sentido, en la esfera política destaca la participación norteamericana en el golpe que culminó con el derrocamiento de Mohammed Mosaddeq[10]. Así, tal y como refieren informes de la CIA, este acontecimiento fue orquestado por las agencias estadounidenses y británicas, siendo el resultado el establecimiento de un hombre de confianza en el poder, el Shah (1953). Un logro que se vería truncado con la ya mencionada revolución iraní del 79, que dará el poder al Ayatollah Jomeini. Desde entonces el enfrentamiento es la dinámica recurrente en las relaciones entre ambos países, por lo menos hasta la llamada de Obama al presidente Rohuani.

En el campo militar, la carrera iraní se remonta a la década de los 50 cuando se proyectó, con la colaboración de EEUU, la apertura de varias centrales nucleares. Sin embargo, será un año después de la llegada de Jomeini al poder cuando, ante un ataque a la embajada americana en Irán por parte de seguidores del Ayatollah, el presidente estadounidense Jimmy Carter decida romper las relaciones con Irán. Desde ese momento se iniciará una escalada de tensión que culminará en septiembre de 1980 con la declaración de la guerra entre Irán e Irak – donde EEUU jugará un papel importante –. En este contexto, la administración Reagan impondrá las primeras sanciones y embargos a Teherán (1987). El siguiente gran desencuentro lo encontramos en 2002, cuando George W. Bush se decide incluir a Irán, Irak y Corea del Norte en el llamado «eje del mal». Junto a lo anterior, el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) denunció el incumplimiento sistemático del tratado de No proliferación Nuclear por parte de Teherán, cuestión que, acompañada de una serie de reacciones y movimientos, generará inquietud en Occidente, siendo su respuesta la imposición de más sanciones y embargos[11]. No será hasta julio de 2015 cuando, tras tres años de negociaciones iniciadas, se firme el histórico pacto nuclear[12] con el que fuera el nuevo presidente – Rouhani – (La Información, 2016).

Más allá de su intervención en la esfera de las sanciones económicas y de su injerencia en asuntos políticos, se encuentra el apoyo a disidentes y grupos armados insurgentes por parte del país americano. Entre ellos se encuentran la «Asociación de Docentes de Irán»; la Fundación para la Democracia en Irán (FDI), y Consejo Nacional Iraní Americano (NIAC). Junto a lo anterior, en septiembre de 2000, quedo abiertamente expresado el apoyo de los senadores al grupo MEK Mojaheddin-e-khalgh. Además, de acuerdo con la Inteligencia pakistaní, los Estados Unidos usaron secretamente a otro grupo terrorista, Jundallah[13] (Sepahpour- Ulrich, S., 2018).

En la segunda parte del presente artículo, LAS PROTESTAS EN IRÁN: sinergias internacionales, se tratarán el acuerdo nuclear firmado con Irán en 2015 y las repercusiones internacionales de la situación presente, así como su reflejo en dos bloques claramente definidos.

NOTAS AL PIE

[1] Para más información véase el artículo Six charts that explain the Iran protests

[2] EEUU y las Fuerzas de Siria Democrática (FSD), alianza encabezada por milicias kurdas, pretenden crear un cuerpo de 30.000 combatientes que será desplegado en áreas fronterizas de la autoproclamada administración autónoma kurdosiria. Para más información véase el artículo Irán denuncia una “conspiración” estadounidense contra la integridad de Siria.

[3] El viernes 12 de enero, Donald Trump lanzó a los europeos un ultimátum para que le ayuden a endurecer el acuerdo en los próximos meses, amenazando con su retirada.

[4] El primer punto recogía la promesa de los Estados Unidos de no intervenir en los asuntos internos de Irán de todos modos.

[5] El pasado 2 de enero la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, afirmó que Trump apoyaba al pueblo iraní y aseguró que el «juego final definitivo de la Casa Blanca sería que los ciudadanos y el pueblo de Irán reciban realmente los derechos humanos básicos» y que el régimen «deje de ser un estado patrocinador del terror» (NBC News).

[6] Con este objetivo, armaron y financiaron al gobierno iraquí de Sadam Hussein en su guerra contra Irán (1980-1988), también conocida como la Primera Guerra del Golfo (Zamora, 2016: 163).

[7] Estados Unidos ocupó el primer lugar en los acuerdos de transferencia de armas con el Cercano Oriente durante el período 2004-2007 con el 30,3% de su valor total (casi $ 20 mil millones en dólares corrientes). El Reino Unido fue el segundo en estos años con el 26.5% ($ 17.5 mil millones en dólares corrientes). Recientemente, de 2008 a 2011, los Estados Unidos dominaron los acuerdos de armamento con esta región con casi $ 92 mil millones (en dólares corrientes), un 78.9% de participación (Richard Grimmett y Paul Kerr, 2012)

[8] En el campo del negocio armamentístico no se puede olvidar la existencia de un eje ruso-iraní, donde Rusia destacaría entre los vendedores de armas a Irán. Para más información véanse los artículos Russia-Iran Arms Trade y

Rusia expande su influencia en Medio Oriente con la venta de armas e inversiones petroleras

[9] Para una mejor comprensión de las diferencias doctrinales entre sunnitas y chiitas consultar el artículo “El islam y sus dos escuelas mayoritarias: el sunismo y el chiismo” disponible en: http://www.menanalisis.com/?p=568

[10] Elegido en 1951 rápidamente optaría por renacionalizar la producción de petróleo iraní – bajo control británico a través de la Compañía Petrolera Anglo Persa, futura British Petroleum (BP) –. Dicha medida preocupó tanto a Estados Unidos como a Reino Unido, para este último el petróleo de Irán era clave para su reconstrucción económica tras la guerra. Para una información más detallada véase el artículo La CIA admite su intervención en golpe de Estado en Irán en 1953. Disponible en: http://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2013/08/130820_ultnot_cia_iran_am

[11] Para una información más detallada sobre las sanciones y embargos por parte de EEUU véase https://www.treasury.gov/resource-center/sanctions/Programs/pages/iran.aspx . Para el caso de la UE véase: http://www.consilium.europa.eu/es/policies/sanctions/iran/

[12] Acuerdo alcanzado por Irán y el Grupo 5+1 (China, Francia, Gran Bretaña, EEUU, Rusia y Alemania).

[13] Organización con base en Balochistan en lucha por los derechos de los musulmanes sunitas en Irán (TRAC, 2018).

 

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