La cuestión kurda en Turquía: Un conflicto interminable

La cuestión kurda en Turquía: Un conflicto interminable

PARTE I: ORÍGENES DEL CONFLICTO Y EVOLUCIÓN HASTA EL NACIMIENTO DEL PKK

Por Xavier Mojal

El presente texto forma parte de una serie de tres artículos sobre la cuestión kurda en Turquía con la que intentaremos comprender las razones por las que el conflicto se ha alargado hasta nuestros días, volviéndose cada vez más complejo al tiempo que los agravios se acumulan, y sin la esperanza de una solución pacífica y efectiva a medio plazo.

En esta primera parte iremos a los orígenes del conflicto turco-kurdo, y repasaremos su evolución hasta el surgimiento del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, más conocido por su acrónimo en kurdo PKK. Una mirada histórica que pone el foco sobre la evolución de la identidad y el nacionalismo en un período tan convulso como fueron las últimas décadas del Imperio Otomano y las primeras de la República de Turquía.

Los kurdos de Siria, la última ramificación del conflicto

Durante los últimos años, en Siria hemos sido testigos de la lucha de un grupo armado, predominantemente kurdo, para expulsar del norte del país al autodenominado “Estado Islámico” (EI). Las Fuerzas de Protección Popular (YPG), apoyadas por los EEUU en especial desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, consiguieron expulsar a los “yihadistas” de Al Raqa, su feudo, el pasado verano.

La mayor parte del territorio bajo las YPG ha demostrado gozar de una cierta paz y estabilidad, un oasis dentro del caos sirio. No obstante, asistimos en el mes de marzo a la derrota de estas milicias en Afrín, el cantón kurdo noroccidental de Siria, ante el avance del poderoso ejército turco y de las milicias sirias predominantemente árabes del Ejército Libre de Siria apoyadas por Turquía. Pero bastante antes de esta ofensiva militar turca, irónicamente apodada como Operación Rama de Olivo, Turquía ya había lanzado otra operación militar para frenar la expansión de las milicias kurdas a lo largo del norte de Siria. Esto sucedía el verano de 2016, cuando este país inició su Operación Escudo del Éufrates en Yarablús –entre Afrin y el resto de territorio kurdo−, justificándola por la presencia del EI que sin embargo hasta entonces había tolerado en cierta forma.

El territorio marcado en verde oscuro en la parte superior de la imagen corresponde con el territorio tomado por Turquía a raíz de la operación Escudo del Éufrates. En amarillo vemos a los territorios bajo control kurdo.

Fuente: https://syria.liveuamap.com/

En esta imagen se puede observar el control territorial turco, marcado en verde oscuro, después de la toma de la mayor parte de la región de Afrín. Comparado con la imagen de la izquierda, vemos como el control kurdo (amarillo) pasa a limitarse a una menor bolsa de resistencia al este de la ciudad de Afrin norte de Alepo, y al vasto territorio al oeste de Yarablús.

Fuente: https://syria.liveuamap.com/

Pero, ¿de dónde viene esta obsesión, por parte del gobierno y también buena parte de la sociedad turca, por acabar con este “autogobierno” kurdo? La justificación oficial de Turquía pasa por equiparar a las YPG con el PKK, la guerrilla más numerosa de Oriente Medio, enfrentada al Estado turco prácticamente desde su fundación en los años ochenta. Los vínculos de las YPG con el PKK son claros, no sólo por la defensa de un mismo ideario político –el llamado confederalismo democrático del líder encarcelado del PKK Öcalan−, sino también por los lazos existentes entre los cuadros militares de ambos. También es cierto que las YPG han hecho un gran esfuerzo para tratar de desvincularse del PKK, así como mantener su lucha y programa político en Siria separado de aquel del PKK en Turquía. A partir de aquí, el gobierno y la mayoría de medios turcos han generado un discurso en el que se ha tratado a las YPG y a su extenso control territorial y militar en el norte de Siria como una amenaza a la seguridad de Turquía. Para corroborar esta idea se ha recurrido, en buena parte, a hechos distorsionados o no confirmados. Si bien existen correas de transmisión de un conflicto a otro (del kurdo-sirio hacia el kurdo-turco), como quedó demostrado en 2015 tras el fracaso del proceso de paz entre el Estado turco y el PKK, es probable que la invasión de Afrín y las posibles operaciones militares que están por venir al resto de territorio sirio bajo control kurdo no hagan más que generar un recrudecimiento mayor del conflicto en tierras turcas, aunque de momento no haya sido así por, entre otras cosas, la estrategia del PKK de separar su lucha de la de las YPG. Y es que, sin ir más lejos, la retórica nacionalista turca y la represión contra los kurdos siempre han sido recetas efectivas para movilizar a una gran parte del electorado turco. Como muestra de ello, la diferencia de votos para el partido islamonacionalista turco AKP –cuyo líder es el actual presidente de Turquía Recep Tayyip Erdoğan− de casi 9 puntos porcentuales entre las elecciones legislativas de junio de 2015 (40,9%) y la repetición de éstas en noviembre de 2015 (49,5%), dos momentos separados por el fracaso definitivo del proceso de paz entre el estado turco y el PKK y la reanudación de las hostilidades.

De todos modos, para entender la compleja actualidad del conflicto, es imprescindible remontarse al pasado, y entender así que la semilla del mismo se encuentra en el modelo ideológico que Turquía adoptó en su fundación como república moderna, secular y nacionalista.

Orígenes de la cuestión kurda en Turquía: el período otomano

Los kurdos conforman un grupo étnico de 36 a 45 millones de personas repartidos principalmente entre los estados turco, iraquí, sirio e iraní, de los cuales Turquía alberga hasta 20 millones. Siguiendo la definición de Michael E. Brown, por grupo étnico entendemos una comunidad de personas vinculadas por una cultura –una combinación flexible de lengua, religión, costumbres, instituciones, leyes, entre otras−, pasado histórico –real o mitificado− y ascendencia comunes, un sentimiento de pertenencia a un territorio concreto –poblado o no− y la concienciación de su propia existencia como comunidad diferenciada. Así, los kurdos comparten unos hechos culturales diferenciales –el uso de la lengua kurda, la religión islámica (la mayoría), costumbres determinadas, la creación (o la pretensión de hacerlo) de instituciones propias en diversos momentos de la historia −, un sentimiento de pertenencia a un territorio predominantemente kurdo al que llaman Kurdistán, la propia afirmación de conformar un pueblo distinto (al turco, árabe, iraní) y una historia y ascendencia común de orígenes inciertos pero cuyo comienzo se suele situar a partir de la conquista árabe de la histórica Mesopotamia en el año 637. 

La historia de los kurdos, desde entonces caracterizada por episodios de desigual rebelión, sumisión o cooperación de sus distintos núcleos tribales respecto a los gobiernos centrales (árabes, persas o turcos) no adquiere importancia para nuestro objeto de estudio hasta las postrimerías del Imperio Otomano. Es entonces cuando la identidad nacional kurda se conforma como tal al mismo tiempo que las identidades nacionales árabe y turca –en el contexto otomano- pasan por el mismo proceso; es el momento histórico marcado por el auge de los nacionalismos.

Mapa que muestra la distribución de la población kurda en Turquía, Siria, Irak e Irán        Fuente: mapa interactivo de Council on Foreign Relations el mayo de 2018, https://www.cfr.org/interactives/time-kurds#!/#multinational-heritage

Antes de intentar comprender por qué los árabes, turcos y kurdos adoptaron una identidad basada en la etnicidad, es necesario entender que el factor principal de identidad en la sociedad otomana era la religión. De hecho, la división de la sociedad en distintos grupos según el eje religioso era el fundamento básico del sistema de los millet del Imperio Otomano. Dicho sistema garantizaba la autonomía de las comunidades no musulmanas a la vez que aseguraba un control indirecto del Imperio sobre éstas a través de líderes religiosos que actuaban como intermediarios, a cambio de la imposición de impuestos adicionales y obediencia administrativa. En este contexto, la identidad de los kurdos, a pesar de conformar un grupo étnico-lingüístico propio, estaba marcada por la religión, así como también por los vínculos familiares y tribales. Los kurdos, al ser mayoritariamente musulmanes sunníes, formaban parte de la umma o sociedad islámica del Imperio Otomano junto con árabes, turcos y otras minorías. A pesar de esto, la compleja estructura administrativa otomana no se basaba únicamente en el sistema de los millet; en el caso concreto de los territorios predominantemente kurdos –hoy, el este de Turquía y norte de Irak−, éstos tomaron forma de principados o jefaturas con distintos grados de autonomía y privilegios especiales, a partir de su anexión por parte de los otomanos del control del Irán Safavid en el siglo XVI. Ésta fue la manera de premiar a los kurdos por haberse alineado con el Sultán, considerado menos centralista que el Shah persa del momento, pero también de asegurar la protección de la frontera oriental.

Las reformas centralizadoras y modernizadoras en el seno del Imperio Otomano a partir del siglo XIX, planteadas con el objetivo de garantizar la supervivencia de un Estado en retroceso, no sólo en cuanto a dominio militar y territorial −a destacar las derrotas del Imperio Otomano ante Rusia el siglo XVIII, culminando en la pérdida de Crimea, y ya en el siglo XIX la consecución de las independencias de los países cristianos Grecia, Serbia, Rumanía y Bulgaria− sino también en lo económico y comercial, acabaron con el sistema de emiratos feudales instaurado en los territorios kurdos. No obstante, y a pesar del conjunto de revueltas que acaecieron de forma descoordinada e irregular a lo largo del siglo lideradas por jefes tribales kurdos, el vacío de poder tras la abolición de los emiratos favoreció el ascenso de los jeques o líderes de las cofradías religiosas kurdas, mientras que los jefes tribales mantuvieron parte de sus poderes locales. El caso es que, incluso bajo la imposición de las reformas conocidas como Tanzimat en la segunda mitad del siglo XIX, y a pesar de las constantes luchas y encuentros con el poder establecido otomano, el sistema sociopolítico kurdo de características tribales y con privilegios especiales se mantuvo en menor o mayor grado hasta bien entrado el siglo XX. Durante los años de la primera guerra mundial una parte importante de los kurdos participaron activamente en el Genocidio Armenio y en las campañas militares lideradas por el posterior padre de la nación turca, Mustafa Kemal, en la conocida como Guerra de la Independencia turca, para expulsar las tropas de los países occidentales ocupantes después de la firma del tratado de Sèvres. Los kurdos, junto con otras minorías musulmanas, se alinearon con los nacionalistas turcos ya que éstos fueron muy hábiles en el uso de un discurso islámico que movilizaba a una población étnicamente diversa contra los países ocupantes cristianos. También influyeron otros factores, como la presencia de tropas extranjeras y la adjudicación de tierras al futuro estado de Armenia según el tratado de Sèvres.

La transición a la República de Turquía: asimilación, rebelión y represión

La realidad se presentó distinta una vez que las fuerzas occidentales fueron expulsadas del país, el sultanato abolido, y los nacionalistas turcos tomasen el poder para fundar una república basada en los principios kemalistas: republicanismo, populismo, laicismo, revolucionismo (reformismo), nacionalismo y estatismo. Y es que como explicaba Andrew Mango, Mustafa Kemal, durante los años anteriores a la creación de la República turca (1923) reconocía la kurdicidad en las regiones orientales, incluso usando el término Kurdistán (posteriormente proscrito), y abogaba por la creación de gobiernos autónomos con los que los kurdos se sintiesen cómodos dentro del nuevo estado. No obstante, una vez la nueva república fue formada, bajo las ventajosas condiciones del tratado de Lausanne, el presidente Mustafa Kemal entendió que para lograr construir una república moderna y secular necesitaba acaparar el poder absoluto, y en consecuencia la concesión de cualquier tipo de autonomía a los kurdos, considerados como atrasados, sería un obstáculo para dicho objetivo.

 

El nacionalismo turco que se impuso en la ideología oficial del estado, aparentemente cívico −en el que todos los ciudadanos de Turquía se reconocían como iguales−, era en realidad fuertemente etnicista. Turquía se constituía como un estado-nación en el que, para mantenerse unido e inquebrantable, la identidad de la etnia mayoritaria –la turquicidad− se debía imponer a las minorías, forzadas a ser asimiladas. En la práctica esto se tradujo, a partir de 1924, en la prohibición de la lengua kurda, las escuelas, asociaciones y publicaciones kurdas, así como las cofradías religiosas, que suponían verdaderos ejes vertebradores de la sociedad kurda. Es en este contexto de revolución cultural y políticas asimilacionistas del estado turco cuando, paradójicamente, el sentimiento nacional kurdo se unificó gradualmente pasando la etnia a ser el factor principal de movilización. Junto a este proceso, el nacionalismo kurdo se transformó y expandió: el nacionalismo kurdo original, más bien un movimiento cultural de élites intelectuales urbanas, adoptó reivindicaciones políticas radicales y se expandió hacia las clases sociales inferiores del Kurdistán.

Fotografía de Mustafa Kemal Atatürk, tomada en Ankara el 1931. Obtenida del archivo fotográfico de la página oficial de la Presidencia de Turquía

El nacionalismo kurdo de los años 20 y 30, cada vez más etnicizado, se caracterizaba también por sus reivindicaciones islamistas ante las draconianas medidas secularizantes de la nueva república. Distintos líderes nacionalistas kurdos se sucedieron en la apuesta por rebeliones violentas que pudieran subvertir el orden establecido y expulsar a las autoridades turcas de territorio kurdo. Entre ellas, las más conocidas fueron la revuelta del jeque Saïd (1925), la revuelta del monte Ararat (1927-31) y la de Dersim (1936-38). La respuesta militarizada del gobierno turco fue en cada una de ellas más brutal e implacable. Además de la militarización de las regiones orientales, desde el gobierno se pretendió también modificar su realidad demográfica –y diluir las ‘fronteras étnicas’ del Kurdistán− a través de deportaciones de kurdos y repoblación con turcos. En Dersim, el último lugar en Turquía donde el poder central no había conseguido establecer su control, el gobierno ejecutó una política de tierra quemada que significó el punto y final de un período de resistencias tribales infructuosas.

Habría que esperar hasta la década de los 70 para que el nacionalismo kurdo en Turquía resurgiera, con una nueva generación de jóvenes influenciados por los sucesos acaecidos en el vecino Kurdistán iraquí –las revueltas kurdas lideradas por el guerrillero Mustafa Barzani− y por las ideas marxistas revolucionarias. Una nueva fase del nacionalismo kurdo que se asentaría con la fundación del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en 1978.

EN LA PRÓXIMA ENTREGA

Repasaremos el período desde la fundación del PKK hasta 2013, fijándonos en el contexto histórico y social en el que surgió, su evolución tanto a nivel ideológico como organizativo, así como la respuesta del estado turco.

BIBLIOGRAFÍA:

Barkey, K. & Gavrilis, G., 2016. The Ottoman Millet System: Non-Territorial Autonomy and its Contemporary Legacy, Ethnopolitics, 15:1, 24-42, DOI: 10.1080/17449057.2015.1101845

Bozarslan, H., 2009. Conflit kurde: le brasier oublié du Moyen-Orient. Paris : Editions Autrement.

E. Brown, M., 1993. Causes and Implications of Ethnic Conflict. en E. Brown, M. (ed.): Ethnic Conflict and International Security, New Jersey, Princeton University Press, pp. 3-26

Eppel, M., 2008. The Demise of the Kurdish Emirates: The Impact of Ottoman Reforms and International Relations on Kurdistan during the First Half of the Nineteenth Century, Middle Eastern Studies, 44:2, 237-258, DOI: 10.1080/00263200701874883

Feroz, A., 1993. The Making of Modern Turkey. Londres: Routledge

Mango, A., 1999. Atatürk and the Kurds. Middle Eastern Studies, 35, 4

McDowall, D., 2004. A Modern History of the Kurds. Nueva York: I.B. Tauris, 3ª edición

Mongay, A. & Tejel, J., 2002. Kurdistan, el complot del silenci. Barcelona: Edicions de 1984

Natali, D., 2005. The Kurds and the State. Syracuse, Nueva York: Syracuse University Press

 

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“LA REPÚBLICA HEREDITARIA SIRIA: EL FRACASO DE UNA TRANSICIÓN»

Por Aitor Lekunberri

LA REPÚBLICA HEREDITARIA SIRIA: EL FRACASO DE UNA TRANSICIÓN

ÁLVAREZ-OSSORIO, Ignacio y GUTIÉRREZ DE TERÁN, Ignacio (2009) «La república hereditaria siria: el fracaso de una transición». En IZQUIERDO, F. (Ed.) Poder y regímenes en el mundo árabe actual. Barcelona, CIBOB/Bellaterra, pags 265-300.

CONTENIDO

Para más información sobre la familia Asad véase: ¿Es el sectarismo la base explicativa del conflicto sirio?

AUTORES

Ignacio Gutiérrez de Terán

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid, y ha publicado diversas obras como “Yemen, la clave olvidada del mundo árabe” (2014), o el “Informe sobre las revueltas árabes” (2012), este último coordinado junto a Ignacio Álvarez-Ossorio.

Ignacio Álvarez Ossorio

Profesor titular de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante e investigador del Taller de Estudios Internacionales Mediterráneos de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado varios libros, como "Siria contemporánea" (2009); "¿Por qué ha fracasado la paz? Claves para entender el conflicto palestino-israelí" (2007); "Elecciones sin elección. Procesos electorales en Oriente Medio y el Magreb" (2009) y “Siria: revolución, sectarismo y yihad” (2016).

ANÁLISIS

Núcleo del artículo:

El artículo “La república hereditaria siria: el fracaso de una transición” aporta elementos muy valiosos para analizar y comprender la evolución política de la Siria actual, planteando un análisis certero de cuál es la aritmética de poder presente en el seno del régimen sirio. Fue publicado en el año 2009, es decir, dos años antes del inicio de la Primavera Árabe y de la Guerra Civil Siria, pero presenta una gran actualidad, en la medida en que ayuda a entender algunas de las principales razones que explican la prolongada supervivencia del régimen sirio tras más de 50 años en el poder.

Tal y como señalan Álvarez-Ossorio y Gutiérrez de Terán, la República Árabe Siria es un estado gobernado desde hace más de 50 años por una alianza establecida entre el Partido Árabe Socialista (Baaz) y las Fuerzas Armadas. Entre 1970 y 2000 el país fue gobernado por Hafez al-Asad, quien presidía de forma simultánea el país, el Baaz y las Fuerzas Armadas. De su gobierno destacaron, entre otros aspectos, la militarización de la vida política, su preocupación por controlar a los servicios de inteligencia, el predominio del control estatal sobre la economía y sobre la vida de la población, así como la adopción de una política exterior basada en el panarabismo y el secularismo.

“Hafez al-Asad asentó las bases del sistema en el interior, cimentado en el control del Estado sobre todos los aspectos de la vida pública y privada de la población, desde la férrea supervisión de la seguridad nacional por parte de los servicios de inteligencia hasta la llamada estatalización o predominio de las empresas e intereses públicos”

(pág. 266-267)

Como militar, Hafez ideó una “cadena de mando que empezaba y terminaba en su persona, esto es, que los máximos responsables del ejército y los diversos servicios de inteligencia dependían directamente de él”. Esta estrategia de control del poder habría tenido, en opinión de los autores, una enorme importancia para asegurar la perduración del régimen. Así, el monopolio de los recursos de poder habría sido un aspecto central del régimen sirio, de forma que los principales puestos de poder quedarían en manos de familiares directos del presidente, pudiéndose hablar de una “asadización de Siria”.

“La verdadera naturaleza del sistema de poder sirio no reposa tanto en factores confesionales, ideológicos o regionalistas como clánico-familiares, ya que es en la familia – nuclear y extendida - de los Asad y toda su red de alianzas estratégicas donde debe buscarse la esencia de aquella”

Tras su muerte en el 2000, Hafez fue sucedido por su hijo Bashar al-Asad (actual presidente), quien ha intentado modernizar las estructuras administrativas y gubernamentales, colocando en puestos de responsabilidad a una nueva guardia integrada por tecnócratas y economistas formados en el extranjero, afianzándose la figura del “consejero presidencial”. Pero, en opinión de los autores, pese a este ascenso de nuevas élites, el “núcleo duro del estamento militar permanece fiel a las directrices de su padre”.

Dentro del mandato de Bashar es destacable el proceso de liberalización económica impulsado por el presidente. Este cuenta con una serie de reformas orientadas hacia el establecimiento de una economía de mercado, a partir de un acuerdo tácito entre el régimen y las élites económicas por el que “el poder aporta cobertura legal y política a las oligarquías afines y estas aseguran un respaldo financiero y empresarial”. En general, los intentos de modernización se han topado con problemas estructurales de la economía siria, como el burocratismo, el desempleo o las regulaciones restrictivas al comercio.

Es precisamente la corrupción el principal condicionante de la economía y el factor que garantiza la estabilidad del sistema, basado en el intercambio de prebendas pero, a la par, entorpece cualquier proceso de reforma

Las élites primarias del régimen de Bashar, es decir aquellas que controlan los principales recursos de poder y pueden competir eficazmente por su control, son esencialmente familiares cercanos al presidente, y han tejido una red de alianzas con familias adineradas. Por su parte, las élites secundarias, es decir aquellas cuya acumulación del poder depende de las primarias y que se presentan en forma de secretarios, asesores, gobernadores, etc., son básicamente las que soportan y garantizan la continuidad del sistema, ya que su posición dentro del sistema depende de la pervivencia de las élites primarias en el poder. Para asegurar el predominio y la supervivencia de estas élites en el poder son muy importantes los mecanismos de cohesión, lealtad, la corrupción en el empleo de recursos como el petróleo o el turismo, etc.

Por debajo de estas élites primarias se halla un conglomerado de élites secundarias, representadas principalmente por secretarios y asesores de ministerios, oficiales de segundo grado, altos y medios dirigentes del Baaz, gobernadores y responsables regionales y locales de los servicios de inteligencia. Estos componen el grueso militante y más activo del sistema y son los que, en realidad, mantienen el control directo sobre la población

(Pág.272)

En opinión de Álvarez-Ossorio y Gutiérrez de Terán, las Fuerzas Armadas y, en especial, su cúpula militar, son el pilar central del régimen sirio, con un poder casi absoluto. Es destacable, sin embargo, que el verdadero peso no reside en el Estado Mayor o en el ministerio de Defensa, sino fundamentalmente en los servicios de inteligencia y la guardia pretoriana.

En el artículo se aprecia, asimismo, la importancia adquirida por los servicios de inteligencia (Mujabarat) en manos de allegados de la familia de los Asad y de militares de lealtad absoluta, que tienen la tarea principal de evitar la aparición de disidencias que puedan afectar el sistema de poder de los Asad. Los Mujabarat se dividen en cuatro secciones: Directorio de la Seguridad Pública, Directorio de la Seguridad General, Inteligencia Militar e Inteligencia de las Fuerzas Aéreas.

La guardia pretoriana, por su parte, es una especie de “ejército de élite autónomo dentro de las Fuerzas Armadas” y constituye el “verdadero garante de la estabilidad del sistema diseñado por Asad”. Su misión es ejercer un control sobre las Fuerzas Armadas y hacer frente a cualquier conato de rebelión interna. Está dividida en diversas unidades, entre las que destacan la Guardia Republicana, las Fuerzas Especiales o la Tercera y Cuarta División Armada.

En cuanto al Partido Baaz, gobernante en el país desde 1963, la Constitución le confiere un papel de “líder de la sociedad”, y pese a que sus máximos dirigentes no forman parte de la élite primaria, en esencia guían sus decisiones a partir de los intereses del círculo de poder cercano a la Presidencia.

El artículo resalta la idea de que, a pesar del mencionado control absoluto del poder por parte de los Asad, también ha existido movilización política en Siria protagonizada por diversos grupos. En primer lugar, los sectores islamistas – destacando el papel jugado por los Hermanos Musulmanes- si bien su desafío fue derrotado a principios de los años 80. En segundo lugar, el Frente de Salvación Nacional formado en 2006 a partir de una alianza entre los Hermanos Musulmanes y el exvicepresidente Jaddam. En tercer lugar, la sociedad civil siria, que demanda reformas económicas, políticas y sociales; como iniciativa de la sociedad civil destaca la Declaración de Damasco de 2005, que reclamaba un gobierno democrático, la igualdad entre ciudadanos, etc. Y en cuarto y último lugar, el pueblo kurdo, que representa en torno al 10 % de la población y que demanda una mayor autonomía y respeto a su identidad cultural.

Finalmente, el artículo resalta el papel geopolítico de Siria dentro del contexto de ofensiva estadounidense en Oriente Medio tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Así, destaca cómo la administración Bush tuvo una actitud de oposición al régimen sirio a quien acusó de ser aliado de Irán y de apoyar el terrorismo internacional (al dar apoyo a grupos como Hamás y Hezbolá). Además, para debilitarlo implementó un conjunto de leyes, como la Ley de Responsabilidad en Siria de 2003, y sanciones, como la prohibición de las exportaciones de productos estadounidenses a Siria.

En definitiva, se trata de un artículo riguroso, que aporta elementos muy valiosos para entender cómo, en un escenario como el actual, marcado por un creciente desafío a la autoridad central, las élites del régimen siguen confiando en la permanencia de Bashar en el poder, corroborando la idea de la robustez de la red de alianzas estratégicas tejidas por éste en torno a su persona. Así, las élites primarias y secundarias podrían haber llegado a la conclusión de que su supervivencia como élites está muy ligada a la permanencia del presidente en el poder, la cual se ha visto favorecida por la intervención en el conflicto de países como Rusia e Irán, y de actores no estatales como Hezbolá.

Hipótesis:

A partir de un marco teórico: 

El marco teórico del artículo es la sociología del poder[1], que básicamente plantea la presencia de una permanente competición por la acumulación de poder entre las élites. Así, el objetivo prioritario de una élite va a ser siempre la acumulación diferencial de poder, es decir, adquirir más poder que los otros individuos de las élites, estableciendo una relación de tipo circular, que nunca termina. Es decir, según esta perspectiva, en cualquier sistema jerarquizado el poder es el factor analítico fundamental, y para maximizar dicho poder las élites cuentan con una serie de recursos, como el Estado, el petróleo, la ideología, su capacidad de coacción, o su reconocimiento internacional. A diferencia de las élites, cuando la población de una determinada sociedad buscar conseguir un objetivo concreto, establece relaciones de poder lineales, que tienen un principio y un fin, ya que cuando se ha conseguido el objetivo concreto la relación termina.

El marco teórico de la sociología del poder se inscribe y recoge aportes de diversas disciplinas de las Relaciones Internacionales: en primer lugar, tiene un importante componente de realismo, en la medida en que el análisis del poder y la búsqueda de la maximización del mismo juegan un papel central; pero, a diferencia del realismo, no incide en el estado como actor central (no es una aproximación estatocéntrica), si no en las élites, las cuales pueden usar el estado como un recurso para alcanzar sus ganancias en términos de poder.

En segundo lugar, la sociología del poder presenta elementos de teoría crítica, al analizar la posición de poder de una determinada élite desde una perspectiva histórica, entendiendo la realidad como un hecho “histórico” que puede ser modificado por la acción humana. Dentro de la teoría crítica, se relaciona fundamentalmente con la corriente neogramsciana de Cox, la cual a su vez “bebe” de las teorías de Gramsci sobre el poder, la hegemonía como construcción del “sentido común”, la relación entre poder económico, ideas, valores, etc. Esta vinculación con la teoría crítica se aprecia en el reconocimiento del papel que pueden jugar los movimientos sociales y la sociedad civil organizada de cara al establecimiento de un orden social basado en la emancipación.

Basándose en una serie de autores:

 

Haizam Amirah, investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano, especialista en islam político y transiciones a la democracia en el mundo árabe, ha publicado libros como El Magreb: Realidades nacionales y dinámicas regionales(Madrid: Síntesis, 2008)

El alemán Volker Perthes, fue desde 2005 director del instituto alemán de Relaciones Internacionales y Seguridad.

El autor iraní Amir Taheri, de corte conservador, tiene diversos trabajos sobre Oriente Medio y sobre temas de terrorismo internacional.

El estadounidense Flynt Leverett es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Pennsylvania, y es un experto en Oriente Próximo, en temas energéticos, y en las dimensiones económicas de la seguridad internacional.

Stephen Zunes, investigador estadounidense en Relaciones Internacionales, especialista en políticas de Oriente Medio, política exterior norteamericana, y estrategias de acción no violenta.

Steven Heydemann, estadounidense especialista en Oriente Medio, particularmente en Siria, autor de libros como “Autoritarismo en Siria: instituciones y conflicto social” (1999).

NOTAS AL PIE:

[1] Ver IZQUIERDO, FerrAn (2007). “Poder y felicidad: Una propuesta de sociología del poder”. Madrid: La Catarata.

BIBLIOGRAFÍA:

ÁLVAREZ-OSSORIO, Ignacio y GUTIÉRREZ DE TERÁN, Ignacio (2009). «La república hereditaria siria: el fracaso de una transición». En IZQUIERDO, F. (Ed.) Poder y regímenes en el mundo árabe actual. Barcelona, CIBOB/Bellaterra, pags 265-300.

DEL ARENAL, Celestino y SANAHUJA, José Antonio (2015). “Teorías de las Relaciones Internacionales”. Madrid, Editorial Tecnos.

IZQUIERDO, Ferrán (2007). “Poder y felicidad: Una propuesta de sociología del poder”. Madrid: La Catarata.

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¿Es el sectarismo la base del conflicto sirio?

¿Es el sectarismo la base explicativa del conflicto sirio?

Por Airy Domínguez

(Aleppo 20/Septiembre/2012)
Fotografía de Airy Domínguez en la exposición Un día cualquiera de Manu Brabo

Las tendencias sectarias e identitarias predominantes en la historia de Oriente Medio han quedado impresas en el tablero sirio y, pese a no ser la causa única de la situación actual del país, resulta imposible entender lo que está sucediendo sin referirse a la minoría alauí ostentadora del poder en la actualidad. Como afirma Aslam Farouk en Sectarianism in Alawi Syria: Exploring the Paradoxes of Politics and Religion, antes de la división del mundo islámico en estados-nación la identidad se construía en base a la creencia religiosa, quedando los sujetos de los distintos imperios agrupados en función a sus afiliaciones religiosas. Dicha cuestión permitía, incluso antes de la llegada de los otomanos, diferenciar a los alauíes de otros grupos confesionales. Hasta su llegada al poder, el patrón histórico de esta comunidad se movía entre su tolerancia, rechazo o persecución. Opresión y marginación exterior que irán acompañadas de la presencia de divisiones internas más o menos acentuadas. Dicha tendencia, encuentra su punto de inflexión en la conquista de la Gran Siria por Egipto (1834), que resultará en la integración de los alauíes tanto en los aparatos institucionales del Estado como en el tejido social sirio [1].

Años más tarde, en 1916, el acuerdo Sykes-Picot dejaba a Siria bajo un mandato francés que promovió divisiones y construcciones geográficas artificiales. Este se apoyará en las minorías para su propio beneficio y edificará la política, al igual que hicieron los otomanos, en base a lo que Albert Hourani describe como “política de notables”, es decir, sobre una dependencia de las élites locales predominantemente sunnís que recuerda al sistema tribal de Libia, al menos hasta la caída de Gadafi (2011). La ocupación y el dominio francés provocarán la Gran Revuelta Siria (1925), el primer movimiento masivo contra el gobierno colonial en Oriente Medio; este deja ver la existencia de una identidad árabe al tiempo que vaticina la ruptura de la “política de notables”. Por otra parte, la firma del tratado franco-sirio de independencia (1936) pavimentará la vuelta de los apátridas alauíes a Siria, con su consiguiente integración social y religiosa, siendo el fallo del nuevo régimen continuar privilegiando políticamente a una minoría. Pese a ello, Siria asistirá a un pluralismo que permitirá la entrada de partidos como el de los Hermanos Musulmanes de Siria y el Partido Ba´th – este y la armada resultarán fundamentales para el aumento de poder de los alauíes  –.

De la crisis política que sigue a la independencia nace la Revolución Ba´th (1963), un golpe de Estado que permitió el ascenso de dicho partido al poder y de miembros del Comité Militar, un pequeño colectivo de la armada formado por minorías religiosas entre las que se encontraba Hafiz al-Asad. Aquí, los enfrentamientos políticos entre ba‘tíes y naseríes pronto se transformarán en luchas sectarias, especialmente a raíz de la presencia y participación más directa de los Hermanos Musulmanes, mientras que la lucha sunní contra los alauíes, drusos e ismaelíes[2] se intensificará dentro del Comité Militar, siendo tras el golpe de Estado de 1966 cuando los oficiales del ejército y los líderes del partido pasen a ser mayoritariamente alauíes (Marín Guzman, R., 2001). Además, surgirán disputas internas por el liderazgo que terminarán con la victoria de Hafiz al Asad.

Fuente: elaboración propia

De este modo, los centros de poder quedan en manos de esta minoría alauí, siendo la solidaridad sectaria y la represión las piedras angulares que permitirán no sólo que Asad se consolide en el poder, sino que tras su muerte este pase a manos de su hijo Bashar. Este seguirá los pasos autoritarios de su padre bajo una aparente identidad nacionalista árabe que, como apunta Yasin al-Haj Saleh, uno de los principales intelectuales del levantamiento sirio, responde a una táctica para “mantenerse en el poder hasta que muera y dejar su puesto a su hijo” (Postel y Hashemi, 2014). Serán este recurso al nacionalismo, la aparente política dura hacia Israel, y su “oposición” al imperialismo americano, lo que le permitirá mantener una cohesión hasta las revueltas árabes.

Pese al indudable sectarismo existente en la región, resulta difícil creer que este constituya la base explicativa del conflicto pues, como señala Aslam Farouk, hoy nos encontramos ante una sociedad donde la identidad no queda determinada únicamente por las ambiciones religiosas, pues las comunidades de fe han sido sustituidas por naciones-estado, y la nacionalidad se presenta como la base identitaria. En dicho escenario, los alauíes, afiliados a la rama chií del Islam, parecen haber quedado políticamente asociados con el clan Asad, con el que no necesariamente se identifican pero que ha explotado un discurso sectario para ejercer poder político[3]. Una perorata basada en la política de divide y vencerás de la que se hace eco en occidente. Todo ello enmarcado bajo un régimen coercitivo y autoritario cuya respuesta a las revueltas de 2011 ha supuesto la muerte de cientos de miles de personas, y un escenario ideal para la aparición de grupos armados que permiten al régimen vender la idea de la «guerra contra el terrorismo”, garantizar su interacción con las grandes potencias, adquirir legitimidad internacional, y perpetuarse en el poder.

(Aleppo-Siria el 2/octubre/ 2012)
Fotografía realizada por Airy Domínguez en la exposición Un día cualquiera de Manu Brabo

En esta línea, intelectuales como Yassin al-Haj Saleh rechazan la base sectaria del conflicto defendiendo que “cuando una estructura armada utiliza el ejército, los medios de comunicación y los recursos supuestamente nacionales para matar a su propio pueblo porque se opone a un gobierno tiránico no podemos hablar de sectarismo” sino del “aparato represor del Estado” (Postel,D., y Hashemi,N., 2014), y es que secta y Estado son cosas diferentes pese a que puedan coincidir. En definitiva, a pesar de la innegable existencia de factores relacionados con la identidad o la ideología, las acciones de los Estados actúan de acuerdo con la preservación o expansión del poder y sus intereses (Ghotme, R. A., Garzón, I. y Cifuentes, P., 2015).

El sectarismo no es más que una parte de un conflicto de carácter multidimensional, marcado por un legado colonial, donde participan una gran diversidad de actores. Junto al sectarismo, una guerra por el poder de Al-Assad frente a una población que reclama democracia, una pugna por la supremacía regional entre Arabia Saudí e Irán, un espacio en el que Turquía, Qatar y EAU ven una oportunidad para aumentar su influencia, un escenario de la lucha de las fuerzas kurdas para establecer su propia ‘revolución’, y una oportunidad para el EI, es, a grandes rasgos, lo que tenemos en la región.

NOTAS AL PIE

[1] En octubre de 1831, el ejército egipcio comenzó su campaña para conquistar la Gran Siria (entonces parte del Imperio Otomano). Su superioridad militar y la firma de un tratado de paz en mayo de 1833, harán que Egipto pase a considerar a la Gran Siria – junto con Creta y Adana – parte de su dominio. En lo sucesivo, los otomanos buscarán recuperar estos territorios, mientras que los egipcios comenzarán a reclutar sirios en su ejército. En respuesta a la intrusión, en septiembre de 1834 estallará el primer levantamiento Nusayri (Alawi), donde los rebeldes alauitas serán apoyados por los otomanos. En 1841 los otomanos recuperarán Siria reclutando, al igual que hicieron los egipcios, sirios en su ejército – alauíes entre ellos – . Aquí, pese a que el servicio militar obligatorio siguió siendo motivo de rebelión, este se presentó como “ […] en el primer paso hacia la transformación social y la integración de los alauíes en los aparatos institucionales del Estado y, como tal, en el tejido social más amplio de la sociedad siria” (Farouk, A., 2017: 212).

[2] Para más información sobre las diversas escuelas del islam véase nuestro artículo ¿Oriente Medio, MENA, Mundo Árabe? La diversidad terminológica de la región

[3] Como afirma el académico sirio Yasser Munif en el régimen de Assad priman dos discursos, el que le lleva a presentarse en público como un sistema laico, y uno paralelo de carácter sectario. En este sentido, Munif afirma que para consolidar su poder Assad construyó un “sutil” equilibrio entre sunitas y alauitas, así como entre el partido y el ejército, consiguiendo el imprescindible apoyo sunita mediante la otorgación de “[…] algunas posiciones a ciertos generales y comerciantes etc., pero cada vez que había confrontaciones, y en cada purga, los alauitas ganaban y conseguían más posiciones estratégicas dentro del ejército, el aparato de seguridad y dentro del partido. El régimen de Assad jugaba con estas contradicciones, instigando la oposición entre la clase sunita urbana y la clase sunita rural y sunitas de diversas regiones, aprovechando estas contradicciones y diferencias para consolidar su poder”. Junto a lo anterior, el experto retrocede a la década de los 80 para explicar cómo el régimen sirio aplastó la rebelión de la Hermandad matando entre veinte y cuarenta mil personas en Hama, y cómo recurrió a los saudíes para abrir escuelas religiosas y propagar el wahabismo – todo con la aprobación de Arabia Saudí quien se comprometía a no apoyar a la Hermandad– . Con ello Munif pretende señalar que esta dinámica en la que se pronunciaban discursos sectarios entre ciertos segmentos de la población mientras el régimen se presentaba como laico y moderno se repite en la actualidad. Finalmente señala que el régimen emplea “ […] el sectarismo no como un aparato ideológico, sino […] como una herramienta pragmática: abatir a una parte de la población contra la otra para consolidar su poder, en lugar de usar el sectarismo como lo hace ISIS, como fundamento de su Estado” (Khalil., 2017).

BIBLIOGRAFÍA

Álvarez Osorio, I., 2016. Siria. Revolución, sectarismo y yihad. Los Libros de La Catarata: Madrid.

Farouk –Alli, A., 2014. Sectarianism in Alawi Syria: Exploring the Paradoxes of Politics and Religion. Journal of Muslim Minority Affairs, 34: 3, pp. 207-226.

Ghotme, Rafat Ahmed; Garzón, Ingrid y Cifuentes, Paola., 2015. Las relaciones internacionales de la guerra civil siria a partir de un Enfoque regional: hegemonía y equilibrio en Medio Oriente. Estudios Políticos, 46, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, pp. 13-32.

Postel, D. y Hashemi, N. (18-03-2014). “La conciencia de Siria”. Rebelion. Disponible en: http://rebelion.org/noticia.php?id=182153 (Consultado el 12/12/2017)

Grimal, H., 1989. Historia de las colonizaciones del siglo XX. Madrid: Iepala

Khalil, Y., 2017. Entrevista a Yasser Munif: la tragedia siria es hoy una cuestión moral y política clave. Vientosur. Disponible en: http://vientosur.info/spip.php?article12118 [Consultado: 17/01/2018]

Maiquez, M., 2015. Acuerdo Sykes-Picot (1916). Recortes de Oriente Medio [Blog]. Disponible en: https://recortesdeorientemedio.com/the-sykes-picot-agreement-1916-2/ [Consultado: 19/01/2018]

Marín Guzmán, R., 2013. Origen y desarrollo del fundamentalismo islámico en Siria: lucha de clases y enfrentamiento sunní-ʿalawí. Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos., Norteamérica, 50. Disponible en: http://www.meaharabe.com/index.php/meaharabe/article/view/229/226. [Consultado: 19/01/2018]

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