El islamismo en Marruecos: la llegada al poder del PJD

El islamismo en Marruecos: la llegada al poder del PJD

Por Youssef Bouajaj

El ex primer ministro, Abdelilah Benkirane, junto al rey de Marruecos, Mohamed VI. Fuente: Maroc.ma

“Nosotros no somos favorables a una monarquía parlamentaria porque consideramos que no es conveniente para nuestro país. El rey es la persona que ha de tener el poder suficiente para intervenir y equilibrar”. Con estas palabras se refería a su relación con la monarquía el político del partido islamista Justicia y Desarrollo (PJD) Abdelilah Benkirane, Primer ministro de Marruecos entre 2011-2017.  

El islam político o islamismo es un conjunto de movimientos que tienen el islam como ideología política y que intentan aplicarla en la sociedad. Todos los grupos islamistas reivindican la centralidad de la sharia para regular la vida social y cuestionan la hegemonía religiosa por parte del clero cercano al poder, es decir, de los ulemas e imanes. Siguiendo al pensador francés François Burgat, se puede hablar de la existencia de tres etapas históricas del movimiento islamista. La primera, a finales del siglo XIX, se caracteriza por su oposición a la colonización europea del mundo árabe/musulmán y por un intento de reivindicación de lo islámico. La segunda etapa, iniciada tras las independencias de los países árabes en los años cincuenta, viene marcada por las tensiones entre los islamistas y los nuevos regímenes de ideología nacionalista y laica. Los gobernantes árabes recurrieron a la represión contra los islamistas, lo que dio lugar a una nueva contestación por parte de estos grupos. Por un lado, hubo movimientos islamistas que moderaron su discurso para evitar la represión de las élites en el poder. Por otro, estaban aquellos que optaron por no renunciar a sus objetivos políticos y que trataron de imponerlos a través del uso de la fuerza, los yihadistas. La tercera etapa tiene su inicio en los años noventa, cuando se empiezan a consolidar formaciones islamistas en los gobiernos, como en el caso de Kuwait o Jordania. En este periodo también aparece un movimiento yihadista transnacional que tuvo su origen en Afganistán y que después se desarrolló con el ascenso del Estado Islámico (ISIS) en Irak y Siria.

En la actualidad, buena parte de los movimientos que se engloban dentro del islam político han moderado su discurso, y optan por la vía democrática para llegar al poder. La idea de establecer un Estado islámico basado en el gobierno de la sharia ha sido rechazada y sustituida por la pretensión de islamizar algunas leyes. Aquí, partidos políticos como el AKP (Turquía), PJD (Marruecos) o Ennahda (Túnez) son un claro ejemplo.      

La situación de los partidos islamistas en la región MENA (Oriente Medio y Mundo Árabe)// Fuente: The Economist

El largo camino hacia la normalización

En Marruecos, la monarquía es el actor político más importante ya que controla las fuerzas de seguridad, la administración, el poder judicial, el Gobierno y fija las reglas del campo económico. La legitimidad de la figura del rey proviene de su dominio sobre los asuntos religiosos, éste es entendido como Comendador de los creyentes, una figura que queda incluida por primera vez en la constitución de 1962. Justificado por su origen jerife (descendiente del profeta Muhammad), este título le atribuye al rey ser el jefe supremo de la nación y de la comunidad musulmana. Sin embargo, la hegemonía de la monarquía en el terreno religioso no es aceptada por todo el mundo, como quedó demostrado tras los atentados yihadistas del 16 de mayo de 2003 en Casablanca. Ante esta situación, la monarquía entendió la necesidad de llegar acuerdos con los movimientos islamistas, tal como lo hizo con el PJD a finales de los 90.

En los años setenta, el Palacio utilizó a los grupos islamistas para combatir el auge de los grupos de izquierda, pero en la década siguiente, la radicalización de algunos movimientos islamistas hizo que el Estado respondiera con la represión. Es en este contexto donde algunos militantes de la Juventud Islámica renuncian a la violencia y muestran su voluntad de participación en la vida política. Tras años de negociaciones, el Palacio permitió que estos grupos pasasen a formar parte del sistema político, siempre y cuando reconocieran al rey como Comendador de los creyentes, defendieran la integridad territorial de Marruecos y aceptaran el orden político vigente.

En 1996 este grupo de islamistas se integró en el partido político Movimiento Popular Constitucional y Democrático, donde se unieron a otras organizaciones islamistas como el Movimiento Unicidad y Reforma y formaron el Partido Justicia y Desarrollo. Con su legalización, el PJD tenía la oportunidad de participar en el sistema proponiendo reformas sin cuestionarlo. Por su parte, la monarquía conseguía cooptar a una parte del movimiento islamista marroquí e intentaba debilitar a otras formaciones como la ilegalizada Justicia y Espiritualidad. Fundado en 1981 por Abdelsalam Yasín, este grupo islamista no reconoce al rey como Comendador de creyentes.

El discurso político del PJD ha ido evolucionando desde posiciones más ideológicas hacía otras de carácter más pragmático. Entre los años 1997-2002, el partido se centraba en cuestiones religiosas como la regulación del consumo de alcohol, abogar por una banca islámica, reformar la industria del cine para que se adecuase a los principios islámicos y en denunciar las prácticas inmorales vinculadas al turismo. Sin embargo, a partir de 2002 el discurso del PJD comienza a moderarse, abandona el interés exclusivo en asuntos religiosos y pasa a tratar asuntos económicos y sociales. En este escenario, los atentados de Casablanca (2003) supusieron el giro definitivo al pragmatismo, pues la formación islamista recibió fuertes críticas de buena parte de sus oponentes políticos, quienes los acusaban de ser los responsables morales de los atentados.

La moderación del discurso unido al logro del PJD de no ser percibido como un partido cercano al Palacio, le proporcionó unos resultados electorales positivos elección tras elección. Sin embargo, debido al alto grado de institucionalización y de acercamiento al sistema, cada vez le resulta más complicado ser visto como un partido de oposición . 

Según Beatriz Tomé, el PJD tiene que jugar un doble juego. En primer lugar, al juego del régimen, lo que supondría asumir las reglas del sistema, aceptar la integridad territorial y reconocer al rey como Comendador de los creyentes. En segundo lugar, al juego electoral, donde el objetivo sería presentarse como un actor ciertamente alejado del sistema y diferenciarse de los otros partidos de la oposición. El peligro de llevar a cabo este doble juego, es ser percibido como un “partido islamista de palacio”. Pese a ello, el partido ha conseguido hacer frente a la mencionada situación gracias a una defensa de los valores musulmanes asociados a la nación marroquí y a presentarse como una alternativa política no asociada a la corrupción.

Esquema sobre el Sistema político marroquí//Fuente: Le Desk y Reporteros sin Fronteras

La llegada al Gobierno

Tras el estallido de las protestas en Túnez y Egipto en enero de 2011, en el marco de la denominada Primavera Árabe, Marruecos fue el siguiente país donde se produjeron las manifestaciones bajo el nombre del Movimiento 20 de Febrero (M20F). En un primer momento, los manifestantes demandaban reformas del sistema, entre ellas el establecimiento de una monarquía parlamentaria, pero a medida que pasaba el tiempo los protestantes radicalizaron su discurso pidiendo la derogación de la Constitución y la disolución del Gobierno y del Parlamento. 

El discurso del rey anunciando una reforma constitucional – que fue aprobada con el 98% vía referéndum- desinfló las movilizaciones del Movimiento 20 de febrero. En este contexto, el PJD decidió no apoyar las protestas y mantenerse fiel al sistema siempre que la monarquía aceptara ciertas reformas, y no pusiera trabas a su acceso al gobierno. En las anteriores elecciones, el PJD se había autolimitado no presentando candidatos en todas las circunscripciones, para remarcar su carácter moderado y no preocupar a la monarquía. En términos generales, hubo pocos cambios significativos en la reforma constitucional. Entre ellos destacaron la creación de la figura del Primer Ministro, elegido de la fuerza más votada en las elecciones teniendo el poder para disolver el parlamento. El PJD consiguió que se eliminaran las referencias de la libertad de conciencia en el borrador de la Constitución. El Secretario General del PJD, Benkirane, llegó a decir que la libertad de conciencia tendría efectos negativos por la identidad islámica del país y amenazó de votar en contra de la Constitución si se incluía.

El ser visto como un partido alejado de la monarquía, favoreció que el PJD no se convirtiese en el blanco de las protestas del M20F y, además, favoreció su posicionamiento como fuerza más votada en las elecciones legislativas de noviembre de 2011, lo que le convirtió en el primer partido islamista en lograrlo. El PJD logró superar al Partido Autenticidad y Modernidad, fundado en 2008 por un consejero del rey, Fouad Ali al-Himma, con el objetivo de contrarrestar el ascenso de los islamistas. Pese a la victoria, la ausencia de una mayoría absoluta obligó a Benkirane a formar un gobierno de coalición con partidos de otras ideologías, donde controlaba un tercio de los 31 ministerios. El sistema electoral marroquí está diseñado de forma que dificulta que un único partido obtenga la mayoría absoluta, forzando a los partidos a formar alianzas de Gobierno. Por su parte, el monarca reforzó su Gabinete Real con el objetivo de controlar al naciente Gobierno islamista.

Resultado de las elecciones legislativas en Marruecos en el 2016. Fuente: El País

El contexto de la región, donde las fuerzas islamistas estaban en retroceso, afectó negativamente al primer Gobierno de coalición, que duró hasta julio de 2013, cuando el partido Istiqlal lo abandonó. La formación de un segundo Gobierno de coalición perjudicó a los intereses del PJD que perdió el control de ministerios como el de Exteriores, mientras que personas cercanas al Palacio ocupaban cargos de relevancia. Esta debilidad para mantener la coalición, unida a la falta de experiencia en el gobierno, provocó impidió que el gobierno llevase a cabo su ambicioso plan de reformas, siendo la lucha contra la corrupción una de las principales promesas electorales que el PJD no logró materializar. Respecto a la política económica, una de sus principales tareas era reducir el gasto público por presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI), abriendo las puertas a un parón en las subvenciones de productos básicos como los hidrocarburos, el azúcar y la harina. Esta impopular medida causó protestas que llevaron al gobierno a modificar su política y optar por subir sólo el precio del petróleo, aprovechando el bajo precio en el mercado internacional.

En materia religiosa, el Gobierno de Benkirane ha legislado para conseguir algunas de sus demandas, sobre la cuestión del alcohol. La postura del PJD ha evolucionado de abogar por la prohibición de la venta de bebidas alcohólicas a musulmanes cuando estaba en la oposición, a decidir aumentar notablemente el precio de los productos alcohólicos una vez en el gobierno. Esto sumado a que la cadena de supermercados Marjane (controlada por el holding financiero de la monarquía) decidió dejar de vender alcohol, ha provocado que su consumo baje durante el mandato del PJD. En el mundo del cine, el PJD ha prohibido la película Much Loved de Nabil Ayouch- que trata el tema de la prostitución en el país- por considerar que la película «comporta un grave ultraje a los valores morales y a la mujer marroquí, además de un atentado flagrante contra la imagen de Marruecos”. La prohibición de la película junto con la presión social obligaron a Lubna Abidar, actriz principal de la película, a marcharse de Marruecos. Respecto a la banca islámica, el partido islamista fue quien impulsó su creación con el apoyo unánime del parlamento en 2014. Los bancos islámicos se caracterizan por no especular, no invierten en sectores haram (alcohol, drogas) y comparten riesgos y beneficios con los clientes. Un foco de tensión entre el PJD y la monarquía fue la propuesta del ministro de Comunicaciones, Mustafa el Khalfi, de reformar la televisión pública para obligar a retransmitir las cinco plegarias al día, reducir la programación en francés, ampliar la programación religiosa y prohibir los anuncios de lotería. Por presiones de la monarquía, la reforma no salió adelante.

La caída de Benkirane

Pese a las dificultades para llevar a cabo su programa de Gobierno a causa de compartir coalición con partidos de diferente ideología y tener la necesidad de ir con cuidado para evitar en todo momento entrar en conflicto con la monarquía, el PJD revalidó victoria electoral en las elecciones legislativas de 2016. Esto se explica por la gran popularidad de Benkirane, fundamentada en su claridad discursiva y su cercanía al hablar en dialecto, y sus enfrentamientos con la gente del entorno del rey, que le creó una imagen de contrapoder del sistema que contaba con el apoyo amplio de la población. Sin embargo, su estilo de hacer política era incómodo para la monarquía y para sus rivales políticos. Esta vez, tal y como ocurrió en 2011, Benkirane tuvo la tarea de formar un nuevo Gobierno de coalición, aunque sin la misma suerte. Los partidos políticos impusieron condiciones que no estaba dispuesto a aceptar, provocando que el rey lo destituyera como Primer ministro por otro político del PJD, Saadedin el Otmani, que sí que aceptó las demandas de los partidos para formar una nueva alianza.

El nuevo Primer ministro marroquí a diferencia de su predecesor, tiene un perfil más discreto y prefiere tener un tono más conciliador con el Palacio. En el nuevo Gobierno de Marruecos, el PJD no controla ningún ministerio importante, pese a ser el vencedor de las elecciones.  A ojos de los votantes la caída de Benkirane debilita al PJD, porque renuncia a ser un partido de oposición crítico con ciertos aspectos del sistema, lo que podría tener consecuencias negativas para el partido de cara a las próximas contiendas electorales

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24 de Junio de 2018, la última oportunidad para destronar a Erdoğan

24 de Junio de 2018, la última oportunidad para destronar a Erdoğan

Por Xavier Mojal

El 24 de Junio de 2018 se celebran en Turquía las decimoctavas elecciones parlamentarias desde el establecimiento de un sistema democrático multipartidista y de elecciones libres en 1950, así como comicios para escoger al decimotercer presidente de la República. El puesto presidencial, normalmente eclipsado por el rol que la Gran Asamblea Nacional  Turca y el gobierno liderado por el Primer Ministro han tenido en un sistema político tradicionalmente de corte parlamentario, adquirirá una relevancia primaria y fundamental a tenor de la reforma constitucional votada en referéndum el 16 de abril de 2017. En pocas palabras, en esa fecha el pueblo turco decidió –a pesar de las irregularidades acaecidas en campaña y durante las votaciones y por un margen muy estrecho – transformar el sistema parlamentario del país en un sistema ‘superpresidencialista’.

El nuevo sistema político, diseñado por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayiip Erdoğan y apoyado por el ultraderechista  Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) de Devlet Bahçeli, válido a partir de las cruciales elecciones del 24J, difiere de otros sistemas presidencialistas con mecanismos de repartición de poder habilitados, como el ejemplo más claro de los EEUU y su sistema de checks and balances, y se acerca más bien al modelo ruso de Vladimir Putin.

Los principales cambios que el presidencialismo à la turca impondrá en cuanto al reparto del poder público respecto al anterior sistema son los siguientes. El poder ejecutivo se traslada del Primer Ministro, figura que pasará a ser abolida, al Presidente de la República, siendo este el encargado de nombrar a su gobierno sin la aprobación del parlamento. En cuanto al poder legislativo, el Presidente podrá emitir decretos presidenciales sobre una gran variedad de temas sin tener que contar con la admisión del parlamento, que podrá no obstante bloquearlos posteriormente. La Presidencia también elaborará los presupuestos anuales, que habrán de ser aprobados por el parlamento, y podrá declarar o anular el estado de emergencia. Es de resaltar, no obstante, que bajo el nuevo sistema el parlamento y la presidencia sean con toda probabilidad del mismo color político, ya que las elecciones para ambas instituciones se dan al mismo tiempo cada 5 años, evitando así la posible cohabitación ocurrida en el pasado. De todos modos, las funciones del parlamento se ven aún más reducidas: las sesiones de control parlamentario hacia el ejecutivo se suprimen, así como las mociones de censura (excepto en casos de alta traición con un apoyo de 3 quintas partes de la Asamblea) y las investigaciones parlamentarias. Respecto al poder judicial, el Presidente ve aumentado su poder para configurarlo, con un control casi absoluto sobre las dos instituciones judiciales de más importancia, el Tribunal Constitucional (TC) y el Consejo Superior de Jueces y Fiscales (HYSK). El cambio notable se da en concreto con la configuración del HYSK, ya que bajo el sistema vigente el Presidente ya nombra un gran número de jueces y fiscales seniors. Así, el Presidente elegirá 6 de los 13 miembros del HYSK y el parlamento el resto –con el sistema vigente, de los 22 miembros del HYSK el Presidente escoge 4, el Primer Ministro 2,  y 16 por la propia judicatura, que se sumarán a los 12 jueces del TC elegidos por el mismo (los 3 restantes por el Parlamento).

El Presidente Erdoğan, en varios actos de campaña previas a las elecciones del 24 de junio. Fuente: cuenta de Twitter oficial de Recep Tayyip Erdoğan

A pesar de la complejidad de la reforma, mucho más extensa que la previa del párrafo anterior, lo primordial es entender que ésta diluye aún más la separación de poderes en Turquía y las concentra en las manos del Presidente. Es el punto definitivo a la progresiva consolidación de poder por parte del Presidente Recep Tayiip Erdoğan de los últimos años, que ha conseguido del mismo modo tener prácticamente a la mitad del país en su contra absoluta. Así, estas elecciones se verán, tal como fue con el referéndum constitucional del 2017, como un plebiscito hacia la figura de Erdoğan. Pero, ¿cómo ha llegado Turquía a esta situación de regresión democrática y fuerte polarización política?

La República post-Atatürk: la mayoría conservadoras vs. el establishment kemalista

Como bien es sabido, Mustafa Kemal Atatürk, héroe nacional y fundador de la República Turca, es de lejos la figura más importante de la historia moderna del país. Mustafa Kemal, miembro temprano del Comité de la Unión y Progreso (CUP) −el movimiento revolucionario y nacionalista turco en las postrimerías del Imperio Otomano−, ganó su nombre al participar en la revolución constitucional de 1908 de este grupo, y tras múltiples victorias militares durante la Primera Guerra Mundial. Fue después, durante la Guerra de Independencia Turca (1921-1922), cuando Mustafa Kemal forjó su autoridad al seno del Movimiento de Resistencia Nacional. En 1923 culminaría el proceso de independencia turca, tras la victoria militar y expulsión de los Aliados –las potencias occidentales Francia y Reino Unido, Italia, Grecia y Armenia−, la abolición del Califato y el exilio de Sultán Otomano, junto con la firma del Tratado de Lausanne con el que se establecerían las fronteras actuales de Turquía (a excepción de Hatay, que Turquía se anexionaría de Siria años más tarde).

Reconocido por el Parlamento y con una gran popularidad entre el pueblo turco, a Mustafa Kemal se le añadió el apellido Atatürk (padre de los turcos), que gobernaría el país con mano de hierro hasta su muerte. Esta fue la época del régimen autoritario del partido único bajo el control de Atatürk, el Partido Republicano del Pueblo (CHP), y conseguiría alargarse una década tras de su muerte, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. Durante este período autoritario, en el que destacaron episodios represivos de purgas, ejecuciones, o intervenciones militares para doblegar al nacionalismo kurdo, se impuso una auténtica revolución secular y cultural con el fin de construir la nación turca, cohesionar su población bajo una misma ideología y acercarla a la modernidad europea. De entre los principios promulgados de lo que se empezaría a llamar Kemalismo –republicanismo, secularismo, nacionalismo, estatismo y revolucionismo− destacarían el nacionalismo y secularismo extremo; un nacionalismo excluyente que rompería con los vectores de identidad otomanos para poner por delante la etnicidad turca (y la negación y asimilación de las demás), y un secularismo que no sólo  separaría al Estado de la religión, si no que buscaría eliminar al islam de la esfera pública.

El Kemalismo se asentó como la ideología oficial del Estado, de la que no estaba permitido desviarse, y se siguió imponiendo manu militari por el ejército a los actores políticos posteriores a Atatürk y su partido CHP. Así, el primer gobierno democrático del Partido Democrático (DP) surgido de las urnas el 1950, acabaría trágicamente 10 años después tras el primer golpe de estado en la República turca, con la ejecución del Primer Ministro Adnan Menderes y dos ministros de su gobierno. El DP había conseguido conectar con las clases tradicionalmente aliadas del CHP (grandes comerciantes, terratenientes y abogados), pero más importante con las masas gracias a un lenguaje y políticas conciliadores con el islam. El DP, considerado como el precursor del centro-derecha turco actual, continuaría siendo un partido secular que se ocuparía, por ejemplo, de deificar la figura de Atatürk. La sentencia de Menderes fue, no obstante, su intento de desbancar al establishment kemalista (al CHP) de los aparatos burocráticos, judiciales y militares del estado. La deriva autoritaria del gobierno de Menderes y su utilización de la religión para movilizar al electorado, fueron las excusas perfectas de los golpistas para actuar. Hoy la figura de Menderes, a pesar de estar lejos del islamismo de Erdoğan, ha sido apropiada por este último como uno de los símbolos de la voluntad popular contra el autoritarismo kemalista.

Adnan Menderes, escoltado por soldados hasta su celda en la isla de Imrali, Estambul, antes de ser ejecutado en 1961.

La mayoría conservadora del país quedaría reflejada en las siguientes elecciones permitidas después del golpe de estado en 1961, dividida en tres partidos distintos de los que el Partido de la Justicia (AP) de Süleyman Demirel –partido sucesor del DP de Menderes− se quedaría tan sólo a dos puntos del ganador CHP (36,7%). Cuatro años más tarde, el conservador AP volvería al poder con casi el 53% de los votos. Sin embargo, el gobierno de Demirel sería depuesto el 1971, esta vez pacíficamente, tras el segundo golpe militar de la historia de la República en un contexto de inacción ante la violencia política generada por los disturbios de la izquierda militante y el auge de la ultraderecha paramilitar.

Tras el mencionado golpe, un CHP renovado (con el lema ‘la izquierda del centro) bajo el liderazgo de Bülent Ecevit volvería al poder tras las elecciones generales del 73 con un 33% de los votos, debido al atractivo que su discurso social había generado en las clases trabajadoras de las grandes urbes. La mayoría social votaba, no obstante, a los distintos partidos a la derecha del espectro político, que gobernaron en coalición durante la mayor parte de la década de los 70. Este período estuvo marcado por una fuerte inestabilidad económica que se vería afectada por el fuerte incremento de los precios del petróleo y una crisis política sin precedentes. Esta última quedaría reflejada en la incesante violencia política entre la izquierda revolucionaria y a la ultraderecha nacionalista que ocupaba las calles y los campus, y que se saldó con cifras de muertos que se contaban por miles.

En estos momentos convulsos, concretamente en el 78, se fundó el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), una escisión de la izquierda revolucionaria turca y el grupo definitivo del incipiente Movimiento Nacional Kurdo, que en las décadas siguientes monopolizaría la violencia contra el estado turco. Ante el caos de aquella época, en el año 1980 el ejército tomaría por tercera vez, con el General Kenan Evren en cabeza, las riendas del país; su objetivo sería fortalecer el Estado y despolitizar las masas. La represión fue brutal, combinando la lucha implacable contra el terrorismo con la supresión de la disidencia, sobretodo de la izquierda. Se prohibieron todos los partidos políticos existentes y se impuso una nueva Constitución. La Constitución del 82 –vigente hasta que la nueva reforma se aplique el próximo 24 de junio−, concentró el poder en el Ejecutivo, incrementó el del Presidente y el del Consejo de Seguridad Nacional (un órgano militar), limitó las libertades de prensa, reunión y expresión, así como la diversidad política al imponer una barrera de entrada al Parlamento del 10% de los votos. Por último, la junta militar promulgó una re-conceptualización del nacionalismo turco y la ideología oficial del estado, la llamada Síntesis Turco-Islámica, con la que se pretendió despolitizar y aglutinar la sociedad bajo la idea de un nacionalismo islámico sunní. En este nuevo marco, se materializarían políticas tangibles fomentando la religiosidad islámica (sunní): la obligatoriedad del curso de religión en la educación secundaria y pre-universitaria, la construcción de mezquitas y la expansión de la red de escuelas religiosas Imam Hatip. Una política que abriría la puerta al triunfo del islam político en la década siguiente.

La reintroducción de la democracia representativa después del golpe del 80 y las draconianas medidas que siguieron, demostró de nuevo la realidad conservadora del país. El partido estrella de las elecciones del 83, con un 45% de los votos, fue el Partido de la Madre Patria (ANAP) de Turgut özal, el único partido fuera de la órbita militar al que se le permitió participar. Mientras que el ANAP se dedicaba a liberalizar la economía de Turquía, dos nuevas tendencias ganaban peso en el espectro político, el nacionalismo kurdo de izquierdas (la guerrilla kurda del PKK y los posteriores partidos legales pro-kurdos) y el islam político.

El islam político en Turquía tiene sus orígenes con el Partido del Orden Nacional de Necmettin Erbakan tras el primer golpe de 1960. De hecho, el islamismo (político) en el país no se puede entender sin tener en cuenta la impopularidad de un secularismo extremo impuesto por las élites kemalistas a un país mayoritariamente religioso y conservador. Ya en las elecciones del 73, bajo el nombre del Partido de la Salvación Nacional consiguió acumular el 12% de los votos. Sin embargo, el verdadero crecimiento del movimiento islamista ocurriría en la década de los noventa, tras relajamiento del secularismo estatal con el golpe militar del 80 de la mano del rebautizado Partido del Bienestar (RP) liderado por el mismo Erbakan. Su gobierno, formado el 1996 en coalición con el derechista Partido del Camino Correcto (DYP), duraría apenas 2 años, tras el cuarto y último golpe exitoso en el país.

El golpe de 1997 se ha llegado a llamar golpe posmoderno ya que se ejecutó con tan sólo las amenazas verbales del ejército, obligando a Erbakan a dimitir. El poder militar kemalista se desdijo de la Síntesis Turco-Islámica de Kenan Evren y apuntó al islamismo (social y político) y al separatismo kurdo (los años 90 marcaron la fase más violenta del conflicto entre el Estado y el PKK) como las dos grandes amenazas al estado turco. Como resultado del control militar sobre la política, se llegó incluso hasta la absurda prohibición del velo femenino islámico en los edificios públicos, escuelas y universidades. El entonces alcalde de Estambul Recep Tayyip Erdoğan fue encarcelado durante cuatro meses en 1999 por haber recitado un poema islamista. El camino estaba abierto para que tres años después ganara las elecciones al frente del nuevo partido liberal conservador de la Justícia y el Desarrollo (AKP).

Erdoğan y la promesa de la Nueva Turquía

Es probable que aquellos que siguen más de cerca la política actual turca conozcan esta parte de la historia: el auge y acumulación de poder del AKP y Erdoğan, no sin obstáculos, hasta el momento actual. Un período que podemos dividir en dos fases, la reformista liberal y la regresiva conservadora .

Recep Tayyip Erdoğan sabe conectar con las masas por sus orígenes humildes: criado en el barrio popular de Kasimpaşa en Estambul, hijo de un emigrante de la región conservadora del Mar Negro, y educado en una escuela religiosa Imam Hatip, de las primeras que el gobierno de Adnan Menderes abrió en la década de los 50. En los 70, durante su período universitario, y al margen de la violencia política entre la izquierda y la derecha que impregnaba el país, ya era militante de un sindicato estudiantil conservador y anti-comunista donde conocía a muchos de sus futuros compañeros de gobierno, y del Partido de Salvación Nacional de Necmettin Erbakan. Su progreso político se inició en los 80 tras el golpe militar y la relajación de los fundamentos secularistas del estado. En el 94, bajo las siglas del Partido del Bienestar (refundado por Erbakan), se convertiría en el alcalde de Estambul hasta su encarcelamiento.

Erdoğan, un animal político que se ha sabido adaptar a cada momento, decidió entonces abandonar el islamismo romántico de su mentor, Erbakan, y apostar por la moderación. Así, en 2001 fundó  junto con otros compañeros el AKP, mientras que el Partido del Bienestar se pasaría a llamar el Partido de la Felicidad (Saadet Parti). La senda de la moderación –el AKP apostaba por la democratización, el acercamiento a Occidente y la adhesión a la UE, la economía de libre mercado y un secularismo ‘blando’−, la grave crisis económica que atravesaba el país (con la inestimable ayuda del FMI) y los escándalos de corrupción de los 90, permitieron al AKP recibir el 34% de los votos en las elecciones generales del 2002. Esta moderación y popularidad servía, también, para evitar la interferencia de los militares, tan fresca en la memoria política turca. El AKP se convertía en un catch-all party (partido visagra) que convencía a la clase trabajadora, a la clase media liberal y conservadora, a la clase rural nacionalista y a los islamistas urbanitas. Desde entonces, el partido no ha parado de crecer y ha ido acumulando victorias electorales en todos los niveles.

Los buenos años de Erdoğan serán recordados como los del boom económico y la inversión pública, en parte gracias el efecto de las reformas económicas dictadas por el FMI a los anteriores gobernantes. La inflación volvió a niveles aceptables, la inversión directa extranjera (FDI) se incrementó, el crédito fluyó y con él se incentivó el consumo, el PIB se multiplicó y la inversión pública en educación, sanidad e infraestructuras mejoró la calidad de vida de la sociedad turca.  En lo político, el gobierno del AKP realizó importantes reformas que mejoraron la calidad democrática del país, especialmente hasta el 2005 incentivado por el proceso de adhesión a la UE. Entre ellas, se reformó el código penal (aboliendo la pena de muerte); se limitó el rol del Consejo de Seguridad Nacional (considerado como el poder militar paralelo al poder civil); se aprobó un nuevo código civil más igualitario, se permitió el uso de otras lenguas en los medios de comunicación (sobretodo, el kurdo) y se introdujeron enmiendas constitucionales restaurando y protegiendo derechos individuales y colectivos –libertad de expresión, asociación, prensa.

El proceso de adhesión de Turquía a la UE iba a ser difícil y exigente, y por esa razón necesitaba de la honestidad y apoyo del club europeo. Mientras tanto, el AKP conseguía, con el apoyo de la UE, imponer el poder civil sobre el militar, a pesar de las reticencias del establishment kemalista, que intentó incluso ilegalizar al partido gobernante. No obstante, el proceso se enfrío definitivamente en 2010 y las relaciones Turquía-EU empezaron a deteriorase, sobre todo por la presión ejercida por la Francia de Sarkozy. Erdoğan supo remodelar su discurso, repleto ahora de mensajes anti-occidentales, para capitalizar el hastío de la sociedad turca respecto a la UE.

El punto de inflexión que marcaría el giro hacia el autoritarismo del gobierno del AKP fue la fuerte represión a las protestas del parque de Gezi en Estambul en 2013. Pero para entonces los elementos kemalistas ya habían sido en gran medida purgados del poder burocrático, judicial y militar gracias a la alianza con la cofradía religiosa Hizmet (liderada por Fetullah Gülen), que se habría ocupado de ‘infiltrar’ a sus fieles en el estado. La competición por el poder se daría, a partir de ese momento, entre las dos fuerzas islamistas −el AKP y los gülenistas− que se precipitaría de forma trágica en el intento de golpe de Estado del 15 de julio de 2016. Entre Gezi y el golpe de Estado, Turquía vivió además una de las mayores esperanzas del gobierno del AKP, el proceso de paz con el PKK, que desgraciadamente colapsaría el verano del 2015 –entre las causas, la ausencia de propuestas valientes por parte del AKP para solucionar el conflicto, el fortalecimiento del PKK en Siria y del partido legal kurdo en Turquía, el HDP, que obstaculizaría el proyecto presidencialista de Erdoğan.

Estos dos momentos, el colapso del proceso de paz con el PKK, y el intento de golpe de estado, arrastrarían a Turquía a la espiral de represión, censura y deterioro democrático que conocemos. Por un lado, el renovado conflicto con el PKK, contra el que el ejército turco fue implacable y brutal, se saldó en tan sólo dos años con más de 3.000 muertos, entre ellos centenares de civiles, y llevaría a la criminalización, represión y censura constante del partido pro-kurdo HDP. Por el otro, como respuesta al golpe fallido, el gobierno liderado por Erdoğan ha impulsado una gran purga de más de 100.000 personas que ha ido mucho más allá de los elementos gülenistas ‘infiltrados’ en el estado.

Pero Erdoğan tiene un plan: la promesa de la Nueva Turquía. Una Turquía que ya no se refleja ni busca la aprobación de una Europa que le ha dado la espalda. Una Turquía que busca reconectar con el pasado glorioso del Imperio Otomano que el kemalismo destruyó y quiso olvidar. Los turcos más conservadores seguirán respetando la figura de Atatürk, el héroe nacional que liberó a Turquía del yugo occidental, pero no a todo lo que supuso el kemalismo. Una Turquía que no se avergüenza de sus valores islámicos, y que busca reemplazar a la sociedad turca actual por unas nuevas generaciones devotas. Una Turquía que mira hacia el mundo musulmán, que quiere influenciar el devenir de Oriente Medio, algo que ya se ha visto con las intervenciones militares en Siria –en Afrin y  la región de Yarablús. Una Turquía que promete seguridad y mano dura. Y por último, una Turquía que combina su islamicidad con el nacionalismo. En definitiva, Erdoğan presenta una propuesta que va mucho más allá del islam político original, integrando a las clases medias conservadoras, trabajadoras, rurales (incluyendo a kurdos) y a una parte del nacionalismo más extremo.

No obstante, el amplio y diverso campo opositor –liberales, izquierdistas, social demócratas, seculares, nacionalistas turcos y kurdos− parece haber aprendido de sus errores del pasado y se muestra en estas elecciones del 24J más unido y esperanzado. Y es que la represión de estos últimos tres años se ha hecho, para una gran diversidad de personas, pero en definitiva para demasiada gente, insostenible.

Principales partidos y candidatos para las Elecciones del 24J

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

Benli, M. & Tür, Ö., 2006. Turkey: Challenges of continuity and change. Nueva York: Routledge Curzon

Cagaptay, S., 2017.  The New Sultan: Erdogan and the crisis of modern Turkey. Londres – Nueva York: I. B. Tauris

J. Zürcher, E., 2017. Turkey: A modern history. Londres – Nueva York: I.B. Tauris.

 

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