Las milicias en Libia, un obstáculo para la paz

Las milicias en Libia, un obstáculo para la paz

Por Youssef Bouajaj y Airy Domínguez

Milicianos que respaldan al gobierno de unidad en Sirte// © Reuters

Llegamos, vimos, él murió”. Así celebró la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, la muerte de Muammar Gadafi, quien durante cuarenta y dos años ejerció el control sobre Libia. Durante las Primaveras Árabes, este país vio levantarse en armas contra el régimen a una parte de la población. Aquí,  la respuesta de Gadafi llevaría a la OTAN a intervenir para hacer cumplir la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que instaba a tomar todas las medidas necesarias para proteger a la población civil de la posible represión de las fuerzas de Gadafi.

En este contexto, el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, advirtió que la operación militar tenía que centrarse únicamente en proteger a la población, y de ninguna manera buscar un cambio de régimen. Con ello, el presidente norteamericano buscaba evitar los errores cometidos por Bush durante la invasión de Irak en 2003, donde el intento de establecer una democracia en el país costó la vida de miles de soldados americanos y supuso un enorme gasto económico. Sin embargo, la intervención internacional fue más allá de su misión de proteger a la población civil. Francia, Qatar, Estados Unidos y Emiratos Árabes transfirieron armas a los rebeldes libios, incumpliendo con ello la resolución 1970 del Consejo de Seguridad que imponía el embargo de armas a Libia. Las potencias internacionales consideraron que para proteger a la población civil era necesario armar a la oposición libia, un apoyo que resultó clave para la victoria de los rebeldes.

Siete años después de la caída de Gadafi, Libia es un Estado fallido que cuenta con tres Gobiernos distintos y vive una guerra civil, un contexto que ha favorecido la proliferación de grupos terroristas como el Estado Islámico que encuentran en el país el escenario propicio para su desarrollo. Con todo, puede decirse que, en la Libia post-Gadafi, la transición a la democracia ha fracasado. Una cuestión en la que el papel de las milicias y su capacidad de establecerse como actores dominantes ha sido crucial

¿Qué ha favorecido la consolidación de las Milicias?

Hoy día Libia se encuentra dividida bajo el control de una serie de milicias con intereses contrapuestos, que inmersas en su lucha por el poder han impedido la pacificación del país. Esta es una de las consecuencias más directas de la caída del régimen en 2011, y ha sido posible debido a la existencia de un escenario concreto durante la era Gadafi, así como a la tradición histórica y cultural de los libios.

Libia es el país con más reservas de petróleo en África. Este recurso fue descubierto en 1959, durante el mandato del rey Idris, y permitió que el país pasase de ser uno de los más pobres de África a ser el de mayor renta per cápita de la región. Sin embargo, lejos de recaer en manos libias, fueron las compañías extranjeras quienes dominaron el negocio del petróleo, de manera que sólo una pequeña parte de los beneficios procedentes de este recurso era ingresada en las arcas del tesoro libio. Lo anterior, enmarcado en un ambiente donde el panarabismo crecía y el descontento político y social se avivaba, permitiría el triunfo del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1969 que quitó el poder al rey Idris para dárselo al Coronel Muhamad Gadafi.

Distribución de las instalaciones de gas y petróleo en Libia//© AFP

Desde su llegada al poder, Gadafi haría del petróleo su principal herramienta. La renta petrolera pasó a ser la principal fuente de ingresos del Estado libio y fue utilizada para impulsar medidas redistributivas entre la población y generar un nuevo modelo económico social. Alrededor de este recurso, Gadafi desarrolló una política intervencionista y clientelar que, unida a una serie de programas sociales, se tradujo en una mejora de las condiciones de vida de los libios. Esto sin dejar de lado a las élites del país, que fueron quienes realmente se beneficiaron del recurso petrolífero.

La histórica falta de unidad entre la población libia se ha visto favorecida por el marcado carácter tribal de su sociedad. En Libia, la población se ha guiado por los códigos de lealtad, fidelidad y obediencia al líder de la tribu, hasta el punto de que podría decirse que se trata de una federación de comunidades tribales, con leyes consuetudinarias, es decir, normas establecidas a partir de las costumbres de la comunidad y de la cultura. En el país existen unas 140 tribus, diferentes entre sí y sin identidades compartidas, un contexto en el que el petróleo se ha constituido núcleo en torno al cual se han articulado y, por tanto, el interés común.

Gadafi consiguió que esta división de la sociedad en grupos tribales y regionales no hiciera saltar por los aires la paz del país. Para ello, durante su estancia en el poder, procuró que su círculo más cercano lo conformasen miembros de su tribu, Gaddafa. Aunque, para mantener la estabilidad, se vio obligado a establecer alianzas con otras tribus como Magarha, Warfalla y Al-Awagir. Sin embargo, como quedaría patente tras su muerte, esta “unión” escondía una división histórica a la que se uniría la situación de privilegio con la que contaban las tribus de Tripolitania en el periodo de Gadafi y, por tanto, la marginalización y recelo de las tribus del este y el sur.

Disposición de las principales tribus en Libia //© Fanak

Junto a estas características del país, otro de los factores que favoreció la dominación de las milicias tras la caída del coronel fue la situación en la que se encontraban las fuerzas de seguridad en el periodo de las revueltas. Éstas habían sido debilitadas por el régimen debido a que Gadafi temía que sus propios hombres le dieran un golpe de Estado, lo que fomentó que la seguridad quedase en manos de diversos actores en competición. Lo anterior quedó reflejado tanto en los levantamientos iniciados en 2011, pues cada ciudad se levantaría por su cuenta contra el régimen, como en el desenlace de los acontecimientos, pues tras la caída del coronel la división sería el patrón reinante que permitiría el inicio de una lucha sin fin entre diversas facciones por el control del país y sus recursos.

Las milicias se interponen en el camino de la política

Tras la caída de Gadafi, las fuerzas políticas se van a posicionar como las principales protagonistas del proceso de transición con la creación del llamado CNT o Consejo Nacional de Transición a finales de febrero de 2011, que actuará como un gobierno provisional y conseguirá, desde muy pronto, el apoyo de la comunidad internacional. Pasado este periodo, el protagonismo de los actores políticos quedó representado en las elecciones de julio de 2012. De estas nació el Congreso General de la Nación (CGN) donde, pese al triunfo de los liberales, con Zeidán a la cabeza, en la práctica fueron los islamistas quienes terminaron controlando el Congreso. Una situación que cambiaría en las elecciones de junio de 2014, cuando los liberales pasaron a hacerse con el control desfavoreciendo la posición de los islamistas.  

Pese a su empeño, la rama política no lograría imponerse a la fuerza de otros actores presentes en el caos del país. A la caída de Gadafi, entre 100 y 300 milicias habían pasado a dominar la escena, una situación que el CNT trató de resolver dando prioridad a su desarme. Sin embargo, esta estrategia supuso un fracaso que llevó al planteamiento de una nueva solución: la creación de la “Fuerza de Escudo Libio” y el “Comité Supremo de Seguridad”. Dos estructuras que nuevamente fallaron en la consecución de su objetivo, pues la integración de las milicias de manera grupal en estas estructuras favoreció el mantenimiento de su autonomía y agenda.

La importancia de estas milicias no hará desaparecer a las fuerzas políticas, sino que se irá generando una dinámica en la que ambos actores – políticos y milicias – se apoyarán dando lugar a alianzas que les permitan alcanzar más poder y fuerza. En este contexto, las milicias de Misrata – aliada con los islamistas – y Zintán – apoyada por los liberales – serán las de mayor importancia. Durante el gobierno de Zeidán, debido a su situación de marginalidad, las milicias de Misrata se vieron abocadas a aliarse con los Hermanos Musulmanes representados por el Partido Justicia y Construcción (PJC) en el CGN. Aquí, el control del Congreso por el PJC favoreció que Misrata adquiriese un mayor peso en la política y en la seguridad, hasta el punto de que se le otorgaron labores de seguridad que normalmente corresponden a órganos e instrumentos del Estado. Por su parte, las milicias Zintán – de carácter laico y liberal – contaron con una posición relevante desde los inicios, pues se encontraban ya presentes en el CNT, debido a su asociación con la Alianza de Fuerzas Nacionales de Mahmoud Jibril. Además, el CGN favoreció que estas consolidasen su poder.  

La relación entre las milicias de Misrata y Zintan será relativamente pacífica hasta las elecciones de 2014, cuando las fuerzas liberales se posicionaron por delante de las islamistas provocando que estos últimos rechazasen el parlamento y recurriesen a la fuerza militar para compensar la situación de desventaja. A partir de entonces, existirán dos gobiernos con sus respectivos apoyos de milicias, por un lado, el Gobierno de Salvación Nacional, con sede en Trípoli y apoyado por una alianza de milicias denominada Amanecer Libio y, por otro, la Cámara de Representantes en Tobruk, que contaba con el reconocimiento internacional y el apoyo del general Jalifa Haftar y el Ejército Nacional Libio (ELN).

Tanto Haftar como su Ejército Nacional Libio resultan fundamentales para entender no sólo el desarrollo, sino la actualidad a la que se enfrenta Libia. La aparición del general en escena de manera determinante se remonta a 2014, cuando anunció en televisión la disolución unilateral del parlamento de Trípoli, la creación de un «comité presidencial» y un gabinete que gobernaría hasta que se celebrasen nuevas elecciones. Desde entonces Haftar pasará a ser el principal actor del este, a ello se suma el poder que le otorga su control sobre los principales pozos de petróleo. Entre sus acciones más destacadas se encuentran el lanzamiento de la operación Dignidad para acabar con la presencia de grupos yihadistas en el este del país (2014) y la liberación de Bengasi -la segunda ciudad más importante de Libia- de las manos de grupos como Ansar Sharia y Estado Islámico (2017).

El peso de las fuerzas políticas volvería a destacar a finales de 2015, cuando por mediación de la ONU se creó un Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA). Sin embargo, las milicias continuarían jugando un papel importante, pues serían las encargadas de ayudar al GNA a desplazar al Ejecutivo que se resistía en Trípoli. Pese a ello, el GNA no conseguiría integrar al este, el cual se encuentra dominado por Haftar y su Ejército Nacional Libio (ELN).

Esquema de las instituciones libias según lo establecido en el Acuerdo Político Libio //© IEEE

Junto a las alianzas con las fuerzas políticas, el aumento de poder de las milicias se ha visto favorecido por el uso de la fuerza y su presencia en lugares estratégicos, donde los emplazamientos petrolíferos suponen un terreno crucial, ya que este recurso es el eje central de la economía libia. Dentro de la lucha por el control de los pozos petrolíferos destaca el papel de los Guardias de Defensa, bajo el mando del Comandante Ibrahim Jadhran, pues serán quienes se hagan con su control hasta septiembre de 2016, cuando el ENL se hizo con las cuatro principales terminales de exportación petrolífera del país.

La financiación ha sido otro de los factores que ha determinado la deriva de estos grupos. Entre 2012-2014 las milicias se financiaban a través de fondos del Ministerio Interior y Defensa, un escenario que sería aprovechado por muchos líderes de milicias, que con el fin de enriquecerse inflarían el número de combatientes y los gastos de las operaciones. Sin embargo, a partir de 2014, se redujo el presupuesto destinado al pago de los grupos armados, lo que obligó a las milicias a buscar nuevas formas de financiación, entre las que destacan el secuestro de personas, la extorsión de entidades bancarias y el tráfico ilegal. Solo el tráfico ilegal de personas a través de Libia  genera beneficios económicos cercanos a los 1.000 millones de dólares. El presidente de la Compañía Nacional de Petróleo -institución encargada de gestionar la producción y comercialización del crudo- denuncia que el país pierde 750 millones de dólares al año por culpa del contrabando de petróleo.   

Esquema explicativo de los tres gobiernos presentes en Libia

El repunte de la conflictividad entre milicias

Dos años después de su surgimiento, el GNA sigue sin tener legitimidad debido fundamentalmente a que carece del apoyo del Parlamento de Tobruk. A esta debilidad institucional se le suma su posición como rehén de las milicias, pues el GNA tuvo que recurrir a sus servicios para poder garantizar la seguridad de las instituciones, provocando que éstas se volvieran más poderosas y no tuvieran que rendir cuentas hacia el Gobierno. Esta situación ha desencadenado la existencia de cuatro grandes milicias que controlan Trípoli en la actualidad:

  • La Fuerza Especial de Disuasión: una milicia de ideología salafista liderada por Abdel Rauf Kara, que controla el único aeropuerto operativo en la capital y realiza funciones policiales y antiterroristas.
  • Las Brigadas Revolucionarias de Trípoli: controlada por Haitham Tajouri, es una de las milicias más fuertes de la capital en términos de armamento y personal. Ha perdido poder en detrimento de la Fuerza Especial de Disuasión.
  •  La Brigada Nawasi: es una milicia islamista que se encuentra bajo control de la família Qaddur. En el pasado había apoyado al Gobierno de Salvación Nacional, pero en la actualidad apoya al GNA.
  • La Brigada Abu Salim: dirigida por Abdel Ghani al Kikli, también realiza funciones policiales. Se ha enfrentado militarmente con la Brigada Nawasi.

Mapa de los grupos armados presentes en Trípoli en junio de 2018 // © Small Arms Survey

Inmersas en un escenario de caos, estas cuatro milicias se han convertido en mafias que utilizan el monopolio de la violencia para influir en las decisiones políticas y garantizar grandes ganancias económicas extorsionando al Gobierno y a los bancos. A este desorden se suma la existencia de otras milicias que se oponen al enorme poder acumulado por este cártel, tal es el caso de la Séptima Brigada de Tarhuna-ciudad cercana a la capital, que lanzó una operación militar en septiembre de 2018 junto a una milicia de Misrata liderada por Salah Badi. Ante ello, para parar la ofensiva, el presidente del GNA, Fayez Al Serraj, se vio obligado a pedir ayuda a las milicias de Zintan y Misrata, quienes pese a haber contado con una presencia destacada en la capital, la habían perdido los últimos años. Aquí, el caso de Misrata resulta destacable, pues fue la que más rápidamente perdió poder, entre otras cosas debido a que su alianza con Amanecer Libio (2014) perjudicó su imagen a ojos de la comunidad internacional. Ello llevó a Misrata a liderar la ofensiva que expulsó al Estado Islámico de la ciudad costera de Sirte (2016), donde contaría con la ayuda del Reino Unido y Estados Unidos.

En los últimos tiempos, Misrata y Zintan han dado un paso muy importante, pues han dejado atrás las diferencias que les llevaron a enfrentarse militarmente en 2014, con el fin de sellar un acuerdo de paz. La mencionada reconciliación abre la posibilidad una alianza en el futuro que les permita recuperar protagonismo y romper el equilibrio de poder en Trípoli.

El actual retorno del conflicto a Trípoli parece beneficiar al Ejército Nacional Libio (ELN), que apoya militarmente al Gobierno de Tobruk y es el principal foco de poder que cuestiona el GNA. El ELN, compuesto por un conjunto de unidades militares como las fuerzas especiales Saiqa y milicias tribales de la región de Cirenaica, cuenta hoy con el apoyo militar de Egipto y Emiratos Árabes, sin embargo no ha estado exento de problemas.

Pese a expandir su control sobre la región, los últimos años Haftar ha tenido que hacer frente a una serie de dificultades. En el pasado mes de abril, su estado de salud empeoró y tuvo que ser tratado en un hospital militar en París. Esta situación permitió el surgimiento de voces críticas dentro del seno del ELN y hizo aflorar dudas sobre quién sucedería a Haftar en caso de que falleciese. Junto a lo anterior, se encuentran otras cuestiones como las críticas de los Awaquir, una de las principales tribus de la Región de Cirenaica, que acusan a Haftar y a gente de su entorno de matar y encarcelar líderes tribales. Aquí, las victorias militares han permitido a Haftar acallar a la oposición interna y consolidar su poder. Por eso, con el fin de mostrarse fuerte ante sus enemigo de Trípoli y sus rivales internos, tras volver de Francia, Haftar emprendió una ofensiva militar contra la ciudad de Derna -bajo el control de las fuerzas islamistas-.

Por otro lado, Haftar ha tenido que hacer frente a la crisis de los pozos de petróleo. En junio de 2018 las fuerzas de Jadhran le arrebataron el control de los principales pozos de petróleo. Tras recuperarlos, Haftar puso la gestión de la exportación petrolífera en manos de una empresa paralela no reconocida internacionalmente, provocando que nadie comprara el petróleo que esta vendía. Una presión que forzó a Haftar a ceder nuevamente el control de los pozos a la Compañía Nacional de Petróleo. Esta crisis puso de manifiesto, una vez más, el conflicto sobre la repartición  de los beneficios de la exportación de este recurso en el país.

Dentro del caos presente en Libia, el sur se presenta como la zona más preocupante, pues cuenta con una mínima presencia del Estado, y constituye una ruta de paso para los migrantes que buscan llegar a Europa. Aquí, aparte de los árabes, residen otras etnias como los Tuaregs y Tubu, que siempre han sufrido discriminación y falta de oportunidades. Tras la caída de Gadafi, las principales tribus presentes en la zona se han enfrentado entre sí por el control de las principales redes de tráfico ilegal, las fronteras y control de los pozos de petróleo como el de Sharara, el yacimiento petrolero más grande de Libia. A ello se suma el incremento del conflicto en el sur debido a la intervención de las milicias del norte del país. En este sentido, las milicias de Misrata han apoyado militarmente a los Tuareg, mientras que el ELN a los Tebu. Por su parte, el GNA ejerce poca influencia en el sur de Libia y cuenta con pocos apoyos locales, a diferencia de las fuerzas de Haftar.

Esta zona del país ha sido asimismo aprovechada por grupos armados como es el caso del Estado Islámico, que ha aprovechado la debilidad institucional y la falta de control policial para establecerse en el sur.

Con todo, la realidad es que Libia se encuentra bajo el yugo de centenares de milicias que actúan como organizaciones criminales que anteponen sus intereses personales al bienestar del pueblo. La falta de instituciones fuertes que controlen a las milicias les ha otorgado impunidad para cometer violaciones de derechos humanos. En este sentido, el Ministro de Exteriores del GNA, Mohamed Tahar Siala, reconoce publicamente que las milicias son el mayor obstáculo que ha de hacer frente el Gobierno, pero las necesitan para proteger a las administraciones. Así, las milicias se presentan como un obstáculo para la pacificación del país, fundamentalmente debido a que sedientas de poder y con intereses contrapuestos, se oponen a apoyar una solución que suponga su desaparición.

Mapa de la distribución del control territorial en Libia // © Sada

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Energía y Geoestrategia 2018

Energía y Geoestrategia 2018

Por Airy Domínguez Teruel

#ENERGEO18

Basándose en el sabido peso de la energía en la esfera de la política internacional, así como en la importancia del binomio Energía/Geoestrategia, el pasado día 29 de mayo el Instituto Español de Estudios Estratégicos, el Comité Español del Consejo Mundial de la Energía y el Club Español de la Energía presentaban en el campus de Repsol (Madrid) Energía y geoestrategia 2018. Un informe que en palabras del General Miguel Ángel Ballesteros “favorece el conocimiento y la concienciación ciudadana tanto a nivel energético como en temas de geopolítica”.

La quinta edición de Energía y geoestrategia pone el foco sobre cuatro áreas geográficas, a saber, Rusia, Turquía, India y Sahel. Estas son analizadas por una serie de expertos de carácter multidisciplinar entre los que se encuentran Beatriz Mesa, Lara Lázaro, Melike Janine Sökmen, Eduard Soler i Lecha, José Pardo de Santayana, Sunjoy Joshi y Lydia Powell. Todos ellos coordinados por el Ex Ministro de Industria y Energía Claudio Aranzadi. Junto a lo anterior, este libro incluye una entrevista con el responsable de la política energética en la Unión Europea, el comisario de Medio Ambiente y Energía Arias Cañete.

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El transcurso del evento estuvo marcado por dos cuestiones fundamentales: el incremento de la incertidumbre y el aumento riesgo geopolítico en el campo energético dictados por la actualidad. Así, la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos y la consiguiente salida del país de dos acuerdos internacionales estratégicos, el acuerdo nuclear con Irán y el Acuerdo de París, se hicieron con el protagonismo del encuentro. Lo anterior debido a que ambas iniciativas del ejecutivo norteamericano aumentan el riesgo en el escenario estratégico, refutando su papel de primera potencia mundial. Al mismo tiempo, estas acciones han permitido el traslado de la incertidumbre ante la elección del nuevo presidente y el cumplimento de sus promesas electorales, a la incertidumbre respecto a las consecuencias de sus acciones.

Junto a este eje central se tratarán otras cuestiones como el acelerado crecimiento chino – especialmente en el campo tecnológico – sus consecuencias y su posicionamiento como líder mundial en tecnologías bajas en carbono ; el papel de Rusia como potencia; la situación de inseguridad el Sahel; y el papel de India y Turquía en el tablero de la geopolítica. Todo ello con la energía en Europa, especialmente España, como punto de referencia para el análisis.

Tras las presentaciones y el análisis ofrecido por Antonio Brufau Niubó, Íñigo Díaz de Espada, Miguel Antoñanzas Alvear y Arturi Romani, el coordinador de Energía y Geoestratégia, Claudio Aranzadi, dio paso a las intervenciones de los autores del libro. De este modo, los expertos presentarían brevemente el contenido de sus respectivos capítulos, incitando a las más de cuatrocientas personas presentes en la sala a leer el informe. Posteriormente, se daría paso a un turno de preguntas que permitía la participación de los asistentes.

La intervención de los expertos empezaba con la investigadora del Real Instituto El Cano Lara Lázaro, quien durante su exposición transmitió la importancia de la cuestión climática. En este sentido, incidía en la preocupación que suscita el cambio climático en los ciudadanos europeos, así como su demanda de acción climática. Al mismo tiempo apuntaba que, pese a las notables diferencias entre países, el cambio climático se presenta como el tercer problema más grave a nivel mundial tras el terrorismo internacional, la pobreza, el hambre y la falta de acceso al agua potable. Asimismo, recordaba que constituye la principal preocupación de seguridad internacional según el Real Instituto El Cano.

Junto a lo anterior, la investigadora alertaba de la gravedad de alejarse del cumplimiento de los compromisos climáticos del nuevo modelo de desarrollo, al tiempo que denunciaba la falta de interés de las potencias por la reducción de la temperatura media. Sin embargo, no todo eran malas noticias, pues mostraba cierto optimismo al referirse a acciones importantes como el planteamiento de crear una sociedad ecológica nacido en China el pasado 2013.

Refiriéndose al abandono del Tratado de París por parte de EEUU, afirmaba que es la segunda vez que el país lleva a un default climático – refiriéndose con ello al Protocolo de Kioto -. Pese a ello, Lázaro volvía a mostrar optimismo al referirse, entre otras cuestiones, al hecho de que la decisión de EEUU se anunciase en 2016 y no en 2009 así como a la disminución del coste de las renovables y la consiguiente minimización del “daño” de la decisión. 

Por su parte, el coronel José Pardo de Santayana se centraba en el papel de la diplomacia rusa dentro del panorama geoestratégico. Aquí, destacó el control estatal sobre las empresas energéticas del país y su utilización para favorecer sus intereses geoestratégicos en Oriente Medio. Así, recurría a explicar la relación de Rusia con Irán, y su aparentemente incongruente relación paralela con Israel y Arabia Saudí.

Respecto a las motivaciones tras la política seguida por el país, Pardo señalaba que Rusia persigue reivindicar y asentar su papel de potencia, así como la implantación de un modelo multipolar en el que se vería favorecido. En este sentido, minutos más tarde el coronel se referirá a la intervención rusa en Siria asegurando que ha sido determinante para otorgar a Rusia -con Alepo y lo que le sucede- la categoría de héroe, de garante del orden en la región.

Por otra parte, relacionaba el país con Europa apuntando que debido a que en torno a 2/3 del mercado energético ruso depende de las exportaciones a Europa, esta se presenta como una región de gran importancia. Según Pardo de Santayana, Rusia estaría focalizada en Oriente Medio, buscando no sólo financiación, sino una vía para evitar las sanciones tecnológicas. Así, perseguiría evitar que Oriente Medio se presente como alternativa al gas ruso que llega a Europa. Por último, estarían los intereses económicos. Con todo, el autor recalcaba que el objetivo último del país no es sino la defensa de su rango de potencia y la alteración del orden hegemónico.

La cuestión de Turquía era tratada por Eduard Soler i Lecha, investigador del CIDOB. Éste explicó cómo las sanciones a Irán suponen una mala noticia para el país debido a una serie de cuestiones fundamentales, a saber, por hacerlo más dependiente de Rusia; por las posibles tensiones con EEUU fruto fundamentalmente de la imposición o no de sanciones a Irán; el aumento de la factura energética y el riesgo político-económico de cara a las próximas elecciones del día 24 de junio. Con todo el investigador defiende que la sensación del país es la de estar aproximándose a una situación crítica. En este sentido, advertía que la retirada de EEUU desde una perspectiva histórica perjudica política y económicamente al dar fuerza a sus aliados en la región, es decir, alimenta la valentía de Arabia Saudí, Emiratos Árabes e Israel.

Respecto a la colaboración entre la Unión Europea y Turquía en el sector energético, el experto aseguraba que se trata de uno de los ámbitos menos complicados. Así, defendía que la posibilidad de colaborar existe incluso ante los baches políticos. En este sentido apuntaba que para Turquía la relación con la UE es necesaria, pero que está la cuestión del interés europeo respecto a las sanciones a Irán.

Por último, destacaba que la voluntad turca de ser líder regional palpable en la retórica de 2012-2013 se vio disminuida ya en 2013, dándose un reajuste de la opinión regional respecto a ella.

Por su parte, la Doctora Beatriz Mesa García nos trasladaba al terreno de la (in)seguridad en la región del Sahel, entendiéndola como una cuestión clave dentro de la esfera del binomio energía/geoestrategia. En este sentido, abría su intervención afirmando la imposibilidad de un desarrollo energético sin un contexto de seguridad estable. En este sentido, se refería al significativo empeoramiento de la situación en la región del Sahel a pesar de la presencia de las tropas francesas, de los cascos azules de la MINUSMA, anterior al conflicto de 2013, y de los Estados Unidos a través de diferentes programas militares en el contexto de prevención del terrorismo. Alertaba así de que cinco años después nos encontramos con más tensión, más crisis, más inseguridad.

"No puede haber desarrollo energético sin un contexto de seguridad estable"

En línea con lo anterior, la experta apuntaba a la imposibilidad de una solución centrada únicamente en la vía militar, debido fundamentalmente a la capacidad que han tenido los actores no estatales de armase económicamente y militarmente consiguiendo incluso una cierta legitimidad popular, y convirtiéndose en rivales de los Estados del Sahel – débiles, con instituciones frágiles, absorbidas por la corrupción, con cuerpos y fuerzas de la seguridad limitados, etc. –

Si bien el yihadismo era clave en su exposición, la académica se esforzaba en resaltar la existencia de otras inseguridades en la región, como puede ser la alimentaria, y el levantamiento – por medio de la fuerza- de ciertos grupos como nuevo motor económico que funciona como alternativa: la economía criminal.

Basándose en lo anterior concluía que el problema no se reduce a la cuestión del yihadismo o secesionismo, ni a la literatura de una radicalización de las poblaciones sahelianas. Definía así el “problema” como violencia radical – separándola de la connotación religiosa – y destacaba el carácter multifactorial de la inestabilidad existente en la región.

Por otra parte, Mesa denunciaba la visión extremadamente occidental del análisis hegemónico, y en un esfuerzo basado en su andadura por el terreno nos invitaba a ponernos las lentes de aquellos que se encuentran a la otra orilla y a ver el carácter multidimensional de lo que ocurre en la región. A comprender la situación que vive el Sahel como batalla; guerra de grupos tribales; grupos armados, actores internacionales; regionales; etc. Destacando asimismo la importancia del papel jugado por Turquía, Rusia y Arabia Saudí.

Respecto a las relaciones de Europa con la región invitaba a valorar la idea de Marruecos como amigo de España y conductor hacia esta zona. Asimismo, apuntaba al miedo de Europa frente al continente africano como uno de los principales impedimentos para su aproximación al Sahel y, por consiguiente, para su competencia frente al gigante chino – cuya relación con las regiones del Sahel se está estrechando-. Así, para garantizar avances proponía disminuir el miedo y superar la barrera de inseguridad jurídica.

Junto a estas exposiciones Lidia Powell se refería al caso de India, su acusada dependencia del carbón y su iniciada transición de una política enfocada a aumentar la calidad de recursos energéticos, a su intento por mejorar la calidad de los mismos. Una cuestión que sin embargo no se muestra como prioritaria frente a otras como el progreso económico o la justicia social. De igual modo, la experta atendía a otros temas como el enorme reto económico que supone para la India la persecución del bajo carbono en el contexto de la viabilidad comercial del sector eléctrico indio.

Finalmente, tras las intervenciones, el General de la Brigada de Artillería y director del Instituto Español de Estudios Estratégicos, Miguel Ángel Ballesteros y Claudio Aranzadi ofrecerían un balance final, dando paso a la entrega de un ejemplar de la obra del que vosotros podéis disfrutar en el siguiente enlace:

http://www.ieee.es/Galerias/fichero/cuadernos/Energia_y_geoestrategia_2018_.pdf 

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