“LA REPÚBLICA HEREDITARIA SIRIA: EL FRACASO DE UNA TRANSICIÓN»

Por Aitor Lekunberri

LA REPÚBLICA HEREDITARIA SIRIA: EL FRACASO DE UNA TRANSICIÓN

ÁLVAREZ-OSSORIO, Ignacio y GUTIÉRREZ DE TERÁN, Ignacio (2009) «La república hereditaria siria: el fracaso de una transición». En IZQUIERDO, F. (Ed.) Poder y regímenes en el mundo árabe actual. Barcelona, CIBOB/Bellaterra, pags 265-300.

CONTENIDO

Para más información sobre la familia Asad véase: ¿Es el sectarismo la base explicativa del conflicto sirio?

AUTORES

Ignacio Gutiérrez de Terán

Profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid, y ha publicado diversas obras como “Yemen, la clave olvidada del mundo árabe” (2014), o el “Informe sobre las revueltas árabes” (2012), este último coordinado junto a Ignacio Álvarez-Ossorio.

Ignacio Álvarez Ossorio

Profesor titular de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante e investigador del Taller de Estudios Internacionales Mediterráneos de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado varios libros, como "Siria contemporánea" (2009); "¿Por qué ha fracasado la paz? Claves para entender el conflicto palestino-israelí" (2007); "Elecciones sin elección. Procesos electorales en Oriente Medio y el Magreb" (2009) y “Siria: revolución, sectarismo y yihad” (2016).

ANÁLISIS

Núcleo del artículo:

El artículo “La república hereditaria siria: el fracaso de una transición” aporta elementos muy valiosos para analizar y comprender la evolución política de la Siria actual, planteando un análisis certero de cuál es la aritmética de poder presente en el seno del régimen sirio. Fue publicado en el año 2009, es decir, dos años antes del inicio de la Primavera Árabe y de la Guerra Civil Siria, pero presenta una gran actualidad, en la medida en que ayuda a entender algunas de las principales razones que explican la prolongada supervivencia del régimen sirio tras más de 50 años en el poder.

Tal y como señalan Álvarez-Ossorio y Gutiérrez de Terán, la República Árabe Siria es un estado gobernado desde hace más de 50 años por una alianza establecida entre el Partido Árabe Socialista (Baaz) y las Fuerzas Armadas. Entre 1970 y 2000 el país fue gobernado por Hafez al-Asad, quien presidía de forma simultánea el país, el Baaz y las Fuerzas Armadas. De su gobierno destacaron, entre otros aspectos, la militarización de la vida política, su preocupación por controlar a los servicios de inteligencia, el predominio del control estatal sobre la economía y sobre la vida de la población, así como la adopción de una política exterior basada en el panarabismo y el secularismo.

“Hafez al-Asad asentó las bases del sistema en el interior, cimentado en el control del Estado sobre todos los aspectos de la vida pública y privada de la población, desde la férrea supervisión de la seguridad nacional por parte de los servicios de inteligencia hasta la llamada estatalización o predominio de las empresas e intereses públicos”

(pág. 266-267)

Como militar, Hafez ideó una “cadena de mando que empezaba y terminaba en su persona, esto es, que los máximos responsables del ejército y los diversos servicios de inteligencia dependían directamente de él”. Esta estrategia de control del poder habría tenido, en opinión de los autores, una enorme importancia para asegurar la perduración del régimen. Así, el monopolio de los recursos de poder habría sido un aspecto central del régimen sirio, de forma que los principales puestos de poder quedarían en manos de familiares directos del presidente, pudiéndose hablar de una “asadización de Siria”.

“La verdadera naturaleza del sistema de poder sirio no reposa tanto en factores confesionales, ideológicos o regionalistas como clánico-familiares, ya que es en la familia – nuclear y extendida - de los Asad y toda su red de alianzas estratégicas donde debe buscarse la esencia de aquella”

Tras su muerte en el 2000, Hafez fue sucedido por su hijo Bashar al-Asad (actual presidente), quien ha intentado modernizar las estructuras administrativas y gubernamentales, colocando en puestos de responsabilidad a una nueva guardia integrada por tecnócratas y economistas formados en el extranjero, afianzándose la figura del “consejero presidencial”. Pero, en opinión de los autores, pese a este ascenso de nuevas élites, el “núcleo duro del estamento militar permanece fiel a las directrices de su padre”.

Dentro del mandato de Bashar es destacable el proceso de liberalización económica impulsado por el presidente. Este cuenta con una serie de reformas orientadas hacia el establecimiento de una economía de mercado, a partir de un acuerdo tácito entre el régimen y las élites económicas por el que “el poder aporta cobertura legal y política a las oligarquías afines y estas aseguran un respaldo financiero y empresarial”. En general, los intentos de modernización se han topado con problemas estructurales de la economía siria, como el burocratismo, el desempleo o las regulaciones restrictivas al comercio.

Es precisamente la corrupción el principal condicionante de la economía y el factor que garantiza la estabilidad del sistema, basado en el intercambio de prebendas pero, a la par, entorpece cualquier proceso de reforma

Las élites primarias del régimen de Bashar, es decir aquellas que controlan los principales recursos de poder y pueden competir eficazmente por su control, son esencialmente familiares cercanos al presidente, y han tejido una red de alianzas con familias adineradas. Por su parte, las élites secundarias, es decir aquellas cuya acumulación del poder depende de las primarias y que se presentan en forma de secretarios, asesores, gobernadores, etc., son básicamente las que soportan y garantizan la continuidad del sistema, ya que su posición dentro del sistema depende de la pervivencia de las élites primarias en el poder. Para asegurar el predominio y la supervivencia de estas élites en el poder son muy importantes los mecanismos de cohesión, lealtad, la corrupción en el empleo de recursos como el petróleo o el turismo, etc.

Por debajo de estas élites primarias se halla un conglomerado de élites secundarias, representadas principalmente por secretarios y asesores de ministerios, oficiales de segundo grado, altos y medios dirigentes del Baaz, gobernadores y responsables regionales y locales de los servicios de inteligencia. Estos componen el grueso militante y más activo del sistema y son los que, en realidad, mantienen el control directo sobre la población

(Pág.272)

En opinión de Álvarez-Ossorio y Gutiérrez de Terán, las Fuerzas Armadas y, en especial, su cúpula militar, son el pilar central del régimen sirio, con un poder casi absoluto. Es destacable, sin embargo, que el verdadero peso no reside en el Estado Mayor o en el ministerio de Defensa, sino fundamentalmente en los servicios de inteligencia y la guardia pretoriana.

En el artículo se aprecia, asimismo, la importancia adquirida por los servicios de inteligencia (Mujabarat) en manos de allegados de la familia de los Asad y de militares de lealtad absoluta, que tienen la tarea principal de evitar la aparición de disidencias que puedan afectar el sistema de poder de los Asad. Los Mujabarat se dividen en cuatro secciones: Directorio de la Seguridad Pública, Directorio de la Seguridad General, Inteligencia Militar e Inteligencia de las Fuerzas Aéreas.

La guardia pretoriana, por su parte, es una especie de “ejército de élite autónomo dentro de las Fuerzas Armadas” y constituye el “verdadero garante de la estabilidad del sistema diseñado por Asad”. Su misión es ejercer un control sobre las Fuerzas Armadas y hacer frente a cualquier conato de rebelión interna. Está dividida en diversas unidades, entre las que destacan la Guardia Republicana, las Fuerzas Especiales o la Tercera y Cuarta División Armada.

En cuanto al Partido Baaz, gobernante en el país desde 1963, la Constitución le confiere un papel de “líder de la sociedad”, y pese a que sus máximos dirigentes no forman parte de la élite primaria, en esencia guían sus decisiones a partir de los intereses del círculo de poder cercano a la Presidencia.

El artículo resalta la idea de que, a pesar del mencionado control absoluto del poder por parte de los Asad, también ha existido movilización política en Siria protagonizada por diversos grupos. En primer lugar, los sectores islamistas – destacando el papel jugado por los Hermanos Musulmanes- si bien su desafío fue derrotado a principios de los años 80. En segundo lugar, el Frente de Salvación Nacional formado en 2006 a partir de una alianza entre los Hermanos Musulmanes y el exvicepresidente Jaddam. En tercer lugar, la sociedad civil siria, que demanda reformas económicas, políticas y sociales; como iniciativa de la sociedad civil destaca la Declaración de Damasco de 2005, que reclamaba un gobierno democrático, la igualdad entre ciudadanos, etc. Y en cuarto y último lugar, el pueblo kurdo, que representa en torno al 10 % de la población y que demanda una mayor autonomía y respeto a su identidad cultural.

Finalmente, el artículo resalta el papel geopolítico de Siria dentro del contexto de ofensiva estadounidense en Oriente Medio tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. Así, destaca cómo la administración Bush tuvo una actitud de oposición al régimen sirio a quien acusó de ser aliado de Irán y de apoyar el terrorismo internacional (al dar apoyo a grupos como Hamás y Hezbolá). Además, para debilitarlo implementó un conjunto de leyes, como la Ley de Responsabilidad en Siria de 2003, y sanciones, como la prohibición de las exportaciones de productos estadounidenses a Siria.

En definitiva, se trata de un artículo riguroso, que aporta elementos muy valiosos para entender cómo, en un escenario como el actual, marcado por un creciente desafío a la autoridad central, las élites del régimen siguen confiando en la permanencia de Bashar en el poder, corroborando la idea de la robustez de la red de alianzas estratégicas tejidas por éste en torno a su persona. Así, las élites primarias y secundarias podrían haber llegado a la conclusión de que su supervivencia como élites está muy ligada a la permanencia del presidente en el poder, la cual se ha visto favorecida por la intervención en el conflicto de países como Rusia e Irán, y de actores no estatales como Hezbolá.

Hipótesis:

A partir de un marco teórico: 

El marco teórico del artículo es la sociología del poder[1], que básicamente plantea la presencia de una permanente competición por la acumulación de poder entre las élites. Así, el objetivo prioritario de una élite va a ser siempre la acumulación diferencial de poder, es decir, adquirir más poder que los otros individuos de las élites, estableciendo una relación de tipo circular, que nunca termina. Es decir, según esta perspectiva, en cualquier sistema jerarquizado el poder es el factor analítico fundamental, y para maximizar dicho poder las élites cuentan con una serie de recursos, como el Estado, el petróleo, la ideología, su capacidad de coacción, o su reconocimiento internacional. A diferencia de las élites, cuando la población de una determinada sociedad buscar conseguir un objetivo concreto, establece relaciones de poder lineales, que tienen un principio y un fin, ya que cuando se ha conseguido el objetivo concreto la relación termina.

El marco teórico de la sociología del poder se inscribe y recoge aportes de diversas disciplinas de las Relaciones Internacionales: en primer lugar, tiene un importante componente de realismo, en la medida en que el análisis del poder y la búsqueda de la maximización del mismo juegan un papel central; pero, a diferencia del realismo, no incide en el estado como actor central (no es una aproximación estatocéntrica), si no en las élites, las cuales pueden usar el estado como un recurso para alcanzar sus ganancias en términos de poder.

En segundo lugar, la sociología del poder presenta elementos de teoría crítica, al analizar la posición de poder de una determinada élite desde una perspectiva histórica, entendiendo la realidad como un hecho “histórico” que puede ser modificado por la acción humana. Dentro de la teoría crítica, se relaciona fundamentalmente con la corriente neogramsciana de Cox, la cual a su vez “bebe” de las teorías de Gramsci sobre el poder, la hegemonía como construcción del “sentido común”, la relación entre poder económico, ideas, valores, etc. Esta vinculación con la teoría crítica se aprecia en el reconocimiento del papel que pueden jugar los movimientos sociales y la sociedad civil organizada de cara al establecimiento de un orden social basado en la emancipación.

Basándose en una serie de autores:

 

Haizam Amirah, investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano, especialista en islam político y transiciones a la democracia en el mundo árabe, ha publicado libros como El Magreb: Realidades nacionales y dinámicas regionales(Madrid: Síntesis, 2008)

El alemán Volker Perthes, fue desde 2005 director del instituto alemán de Relaciones Internacionales y Seguridad.

El autor iraní Amir Taheri, de corte conservador, tiene diversos trabajos sobre Oriente Medio y sobre temas de terrorismo internacional.

El estadounidense Flynt Leverett es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Pennsylvania, y es un experto en Oriente Próximo, en temas energéticos, y en las dimensiones económicas de la seguridad internacional.

Stephen Zunes, investigador estadounidense en Relaciones Internacionales, especialista en políticas de Oriente Medio, política exterior norteamericana, y estrategias de acción no violenta.

Steven Heydemann, estadounidense especialista en Oriente Medio, particularmente en Siria, autor de libros como “Autoritarismo en Siria: instituciones y conflicto social” (1999).

NOTAS AL PIE:

[1] Ver IZQUIERDO, FerrAn (2007). “Poder y felicidad: Una propuesta de sociología del poder”. Madrid: La Catarata.

BIBLIOGRAFÍA:

ÁLVAREZ-OSSORIO, Ignacio y GUTIÉRREZ DE TERÁN, Ignacio (2009). «La república hereditaria siria: el fracaso de una transición». En IZQUIERDO, F. (Ed.) Poder y regímenes en el mundo árabe actual. Barcelona, CIBOB/Bellaterra, pags 265-300.

DEL ARENAL, Celestino y SANAHUJA, José Antonio (2015). “Teorías de las Relaciones Internacionales”. Madrid, Editorial Tecnos.

IZQUIERDO, Ferrán (2007). “Poder y felicidad: Una propuesta de sociología del poder”. Madrid: La Catarata.

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Los refugiados sirios en la región MENA

LOS REFUGIADOS SIRIOS ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images

LOS REFUGIADOS SIRIOS, ¿VÍCTIMAS A LA VEZ QUE PROBLEMA?

Por Airy Domínguez Teruel

Bulent Kilic/Agence France-Pressedestroyed Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. AFP PHOTO/BULENT KILICBULENT KILIC/AFP/Getty Images NYTCREDIT: Bulent Kilic/Agence France-Presse -- Getty Images
Fotografía original: Bulent Kilic/Agence France-Presse

La inmolación del joven tunecino Mohamed Bouazizi sería la mecha que encendería la oleada de movimientos sociales que impregnaron la región MENA la primavera de 2011. Un contexto en el que Siria destacaría, no únicamente por la salida a la calle de cientos de miles de personas en búsqueda de reformas y mayores cuotas de libertad, sino por la violenta respuesta del régimen. Los esperados cambios políticos serían sustituidos por una extrema represión por parte del presidente Bashar al-Assad, quien viendo peligrar su privilegiada posición recurriría al sectarismo[1] para confrontar a la sociedad siria y asegurar su permanencia en el poder. De este modo, las protestas se militarizaron dando lugar a un enfrentamiento civil del que se cumplen más de seis años. Un conflicto que ha provocado la mayor emergencia humanitaria desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, con más de 5 millones de refugiados, 8 millones de desplazados internos y más de 400.000 víctimas mortales (CEAR, 2017).

Asimismo, la respuesta de al-Assad y la militarización del conflicto han ido acompañadas de la restricción tanto del acceso a la ayuda humanitaria como de productos básicos. Con ello, el régimen consigue dejar a la población al límite de su resistencia, lo que deriva en tres consecuencias, a saber, el aumento del número de refugiados y desplazados; la obtención del control sobre algunos territorios estratégicos por el régimen, y la puesta en evidencia de que el humanitarismo es para los poderosos una labor política. En relación a la última idea, hay que tener en cuenta que la toma de decisiones de los organismos internacionales en torno a las intervenciones humanitarias no sólo responde a la gravedad de la situación o accesibilidad de la zona destinataria de ayuda, sino también de las estrategias que los actores del conflicto lleven a cabo dentro del territorio en disputa (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 369-370)[2]

Desde los inicios del conflicto en 2011, han llegado a Europa en torno a un millón de desplazados sirios – bien como solicitantes de asilo o como refugiados – [3], una situación que se ha traducido en un duro revés para el continente. Ante la llamada “crisis de los refugiados”, Europa respondió con una estrategia cuyo fracaso ha sido públicamente reconocido.

Refugiado Convención

Entre las acciones mas destacables de la UE en materia de refugiados se encuentran el acuerdo con Turquía y la política de reparto. El acuerdo UE-Turquía entró en vigor en marzo de 2016, fruto de la reunión de los dirigentes europeos en Bruselas donde, saltándose sus obligaciones internacionales, acordaron que toda persona que llegara de forma irregular a las islas griegas sería devuelta a Turquía – incluidos los solicitantes de asilo –. Por su parte, Turquía recibiría una ayuda de hasta 6.000 millones de euros para atender a los refugiados que acogía en su seno, las personas de nacionalidad turca podrían viajar a Europa sin visado y, tras el descenso en el flujo de llegadas irregulares, se activaría un programa humanitario para trasladar a personas sirias de Turquía a países europeos. El resultado fue, a grandes rasgos, la dudosa protección de parte de los refugiados por Turquía y una comunidad refugiada atrapada en las islas griegas bajo míseras e inseguras condiciones (Gogou, K., 2017). Además del incumplimiento de sus dos principios fundamentales, pues ni ha habido expulsiones masivas de Grecia a Turquía, ni se han abierto vías legales y seguras desde Turquía a la UE (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017).

Por su parte, la política de reparto de refugiados que constituía la espina dorsal de la respuesta europea para la reducción de la crisis, manifestaba su fracaso el pasado septiembre de 2017. Así, de los 1,4 millones de migrantes que llegaron a las costas mediterráneas entre 2015 y 2016, el reparto solo alcanzó a 160.000, de los cuales finalmente solo fueron distribuidos 29.144 candidatos (Abellán, L., 2017). Unos decepcionantes resultados que responden a la falta de voluntad política de gran parte de los Estados europeos. 

Pese al papel de Europa como receptor de refugiados, la mayor parte de estos no se encuentran dentro de sus fronteras, sino que, como muestra el Gráfico 1, se hallan en los países limítrofes, siendo Turquía , Líbano y Jordania los receptores más destacados. Alrededor de tres millones están registrados en Turquía; mientras que Líbano ha acogido a más de un millón, convirtiéndose en el país con el ratio más alto de refugiados por habitante —183 por cada 1.000 residentes—. En torno a un millón se marchó a Egipto, Irak o Jordania – siendo Jordania el mayor receptor – (Delle Femmine, L., 2017). 

Fuente: Pew Research Centre

Ante estos movimientos masivos de población y su extensión en el tiempo, la cuestión de los refugiados ha sido securitizada [4]. Estos son tratados como una amenaza para la seguridad societal, un problema o, como afirmaba el sociólogo Zygmunt Baumann, “residuos humanos […] fuera de lugar” en las sociedades a las que migran (Zygmunt B, 2004:16).

La aparición, a nivel legal, del refugiado como concepto y problema se remonta a la Convención de 1951 sobre el Estatuto de los Refugiados, que se propuso hacer frente a la situación de los refugiados en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, así como a las expulsiones masivas producidas tras la guerra en la URSS y en países de Europa del Este (González, C., 2017). Para ello se determinó un cambio de actitudes y prácticas en los procesos de toma de decisiones bajo un modelo multilateral – consideraba la aceptación de acuerdos sobre temas de seguridad, derechos humanos, desarrollo y las responsabilidades para los países que la ratificaron –.

Dicha Convención cuenta con una serie de características que pueden derivar en consecuencias negativas para los refugiados. En este sentido, el ordenamiento legal internacional vigente reconoce un sistema de Estados-nación que se basan en su soberanía a la hora de abordar este “problema”. Es decir, la Convención no asegura ni la mejora de las condiciones de los refugiados ni obliga a su aceptación, dando a los países la libertad de definir quién puede ser susceptible de recibir el estatus de refugiado en función de sus intereses de seguridad, sus preferencias y sus leyes (Ghotme , R., y García Sicard, N., 2016: 367). Además, como afirma la investigadora Carmen González Enriquez, se trata de una regulación obsoleta, no cuenta con la firma de todos los países, las normas no abordan la cuestión de cómo financiar la atención a los refugiados – principal problema para el cumplimiento de la Convención – y fue diseñada para resolver una crisis acotada en un tiempo y un espacio, presentándose en la actualidad como el marco para gestionar un problema permanente que traspasa fronteras.

IMPACTO REGIONAL: los casos de Turquía, Líbano y Jordania.

Los casos de Turquía, Líbano y Jordania, sirven para exponer tanto la situación en la que se encuentran los refugiados sirios en la región, así como el papel que juega la securitización o consideración de estos como amenaza – tanto por parte de los Estados, como por parte de la población –. Pues, estos tres países comparten frontera con Siria y reciben un número importante de refugiados.

Turquía:

Turquía cuenta con unos 3´4 millones de refugiados sirios, los cuales se encuentran asentados fundamentalmente en Estambul, Mersin, Adana, y el sudeste del país – donde se encuentran la mayoría de los campos de refugiados – .

Se trata de uno de los países signatarios de la Convención de Refugiados de 1951, aunque ha conservado las restricciones geográficas originales de la misma. Así, sólo se les concede el estatus de refugiado a quienes buscan asilo como resultado de los acontecimientos en Europa. Aquellos que huyen de la persecución de otros países son percibidos como ‘refugiados condicionales’, y aceptados bajo la condición de que estén transitando hacia un tercer país en el que asentarse.

Sin embargo, ante la crisis de refugiados sirios Turquía ha introducido un nuevo estatus legal nacional para estos solicitantes de asilo, incluida la concesión de ‘protección temporal’ y la introducción de un restricción temporal y geográfica (HPG, 2017: 9).

En lo que a la actuación de las autoridades se refiere, durante los primeros meses de la crisis siria Erdogan decidió optar por una posición mediadora. Así, buscaría el diálogo entre Assad y el pueblo sirio, alentándole a realizar reformas con cierto éxito[5]. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos provocaría que la propia Turquía padeciese las consecuencias del enfrentamiento, al tener que hacer frente, en otras cuestiones, al flujo de ciudadanos sirios que se instalaron dentro de sus fronteras (Meneses, R., 2013: 131). Ello se tradujo en un gran reto para el gobierno turco quien, desde entonces, ha liderado la coordinación e implementación del apoyo a los refugiados dejando un espacio limitado para la intervención de otros actores – incluidos la sociedad civil local, cooperativas comerciales, agencias humanitarias –. Todo dentro de un contexto de agitación política, lucha contra el Estado Islámico, y reavivación del conflicto con los kurdos. Entre las acciones más destacadas se encuentra el ya mencionado acuerdo con la Unión Europea de una serie de medidas para reducir la llegada de refugiados a Grecia. Cuestión que ha permitido la deportación de cerca de 2000 personas, reduciéndose las expulsiones a la mitad en 2017, al tiempo que las fronteras orientales de la Unión Europa parecen prácticamente selladas (Garcés-Mascareñas, B., y Sánchez-Montijano, E., 2017) .

Respecto a la situación de los refugiados sirios en el país, esta ha sido mundialmente cuestionada debido a las precarias condiciones laborales y de vida que han de sufrir. En el campo laboral, las estimaciones apuntan a que entre 750,000 y 950,000 sirios trabajan en el sector informal, mientras que los sirios con permisos necesarios para encontrar empleo formal descienden a 15.000. Una situación que responde a múltiples cuestiones, entre ellas, el bajo nivel educativo y la escasa cualificación de quienes permanecen en tierras turcas; el desconocimiento de la lengua vehicular; y las barreras burocráticas que disuaden a los empresarios sirios de establecer empresas formales (International Crisis Group, 2018). En esta línea, la frustración general de la mayoría de los refugiados sirios en el país es la precariedad laboral – un trabajo mal pagado[6], no cualificado y sin protección –. Junto a ello se encuentran situaciones de acoso y maltrato generalizadas (HPG: 22)[7].

En cuanto a los medios de subsistencia de los refugiados, en Turquía se podría hablar de tres grupos. En primer lugar estaría aquel centrado en la supervivencia (aquellos que se encuentran en situación de extrema pobreza, con limitadas redes de apoyo, que luchan para cubrir sus necesidades básicas). En segundo lugar, aquellos situados en el centro (refugiados con algún tipo de ingreso o apoyo que les permite satisfacer parte importante de las necesidades de subsistencia, pero que resulta insuficiente vivir segura y cómodamente). En tercer y último lugar estarían los refugiados enfocados en la integración (estables a nivel económico y con un capital social, lingüístico y educativo fuerte). Lo anterior, sirve para poner de manifiesto la diversidad de prioridades, objetivos y aspiraciones de los refugiados (HPG: 33), a quienes se suele considerar como una masa homogénea que difiere mucho de la realidad.  

Junto a estas dificultades, se encuentra el progresivo recrudecimiento de las tensiones entre las comunidades de acogida y los refugiados sirios. Estas quedan reflejadas en la triplicación de los enfrentamientos violentos en la segunda mitad de 2017[8] y en la muerte de al menos 35 personas. Una violencia que se revela con mayor intensidad en las zonas metropolitanas de Estambul, Ankara e Izmir, donde los sirios son percibidos como una amenaza tanto a nivel político como económico. Aquí, cabría recurrir de nuevo a la concepción de refugiado como problema, aunque esta vez desde el punto de vista de la propia sociedad. Asimismo, una de las cuestiones más preocupantes de la comunidad de refugiados sirios es la situación que sufren los menores de edad. En este sentido, 370.000 de casi un millón de niños sirios en edad escolar no están inscritos y alrededor de 230.000 asisten a los centros de educación temporaria o TECs (International Crisis Group, 2018).

Líbano

Desde los inicios de la guerra, Líbano se ha presentado como país receptor de refugiados sirios llegando a contar con 1´5 millones, el equivalente a un 25% de su población. Una cifra que en la actualidad, se estima, ha descendido a menos de un millón, de los cuales la inmensa mayoría se encuentra asentada en las provincias de Bekaa, Monte Líbano y Líbano Norte.

En el caso de Líbano, al igual que ocurre en Jordania, se trata de un país no signatario de la Convención del Estatuto de los Refugiados de 1951, lo que se traduce en importantes lagunas a nivel de derechos para los refugiados, quienes ni siquiera son referidos como tales en el país.

Si bien la dinámica del gobierno en los inicios no destacó por la facilitación del camino de los refugiados ni por la expulsión de los mismos, en el transcurso del tiempo se ha ido imponiendo el discurso de los refugiados como amenaza para la seguridad. El punto de inflexión lo encontramos con la toma de la ciudad de Arsal por el Estado Islámico (EI), y otros grupos afines, en agosto de 2014. A partir de ahí, el Estado libanés comenzó a plantear restricciones al acceso desde Siria, entrando en enero en vigor las actuales condiciones de entrada para los sirios. De este modo, las autoridades iniciaron la implantación de un sistema de acceso que en su mayor parte no atiende a la situación de conflicto. En él se establecen distintos tipos de visados – turismo, negocios, estudios, tránsito, estancia médica, etc. –, para cuya obtención se ha de presentar una documentación de difícil obtención. Junto a esta vía de acceso existe la opción de entrar mediante la “esponsorización” por parte de un libanés.

A las dificultades de consecución de visados hay que añadir las exigencias extraordinarias para la renovación de los permisos de residencia, entre ellas se encuentran el pago de 200 dólares anuales por cada persona mayor de 15 años; la acreditación de un patrocinador libanés – persona física o jurídica – y presentar el certificado de alquiler de una vivienda (González-Úbeda, M., 2017: 4 -5). Aquí, cabe detenerse en la cuestión del patrocinio o “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo.

Otra de las medidas tomada por las autoridades libanesas ante la llegada de los refugiados, ha sido la orden dada a la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Refugiados de dejar de registrar nuevos casos. Esto se traduce en la imposibilidad de otorgar el estatus de recién llegados como refugiados por ACNUR (Reidy, E., 2018). Además, las autoridades libanesas se han cerrado a la posibilidad de crear campos de refugiados, aunque se han creado algunos de manera improvisada.

La consideración de los refugiados como amenaza a calado igualmente en la población libanesa, que los considera un problema frente a la estancada economía y los débiles servicios públicos del país, así como un posible foco para la proliferación del radicalismo[9]. Una cuestión que repercute en la calidad de vida de los refugiados pero que ha de ser entendida dentro de un contexto. La creciente hostilidad hacia los refugiados sirios cuenta, en el caso libanés, con raíces profundas. Las tropas sirias ocuparon el Líbano desde 1976 hasta 2005 [10], cuestión que ha quedado reflejada en las facciones políticas del Líbano, las cuales se encuentran divididas entre los que apoyan a Assad y los que se posicionan en su contra. Junto a ello se encuentra el temor a que la afluencia de un gran número de refugiados sirios – mayoritariamente sunitas – se altere el débil equilibrio sectario en la base del sistema político libanés[11] (Reidy, E., 2018). Asimismo, Líbano se presenta como veterano a la hora de acoger refugiados, pues no hemos de olvidarnos de la comunidad palestina en Líbano, quien fue obligada a abandonar su tierra en 1948.

Por último, cabría mencionar la precariedad laboral favorecida por la ya mencionada “esponsorización” pues, como afirma María Gonzalez Úbeda, esta exigencia expone a los refugiados a toda una serie de abusos por miedo a que su patrocinador (normalmente el empleador) les retire su apoyo. Junto a ello se encuentra la nefasta situación de los menores, quienes sufren explotación laboral y se enfrentan a importantes dificultades para acceder a la educación. Antes del estallido de la guerra, el 94% de los niños y adolescentes asistían a clases de primaria y secundaria en Siria. Ahora, en Líbano, de la población refugiada menor de 18 años – 49,1% de los sirios en el país – sólo el 40% recibe educación (González-Úbeda, M., 2017: 8).

Jordania:

En Jordania viven en torno a 1´3 millones de refugiados sirios, el 77% de los cuales se encuentra en las zonas fronterizas de Irbid y al-Mafrag, así como en Ammán – la capital –. Según datos de ACNUR, más de 650.000 se encuentran registradas en el país.  A diferencia de las autoridades de otros países, el gobierno jordano se ha posicionado como coordinador en lugar de como implementador de la respuesta a la cuestión de los refugiados (HPG, 2017: 63). Como se señalaba en párrafos anteriores, se trata de un país no signatario de la Convención de 1951, pero ACNUR puede operar en virtud de un Memorando de Entendimiento (MoU) de 1998 con el gobierno. Pese a ello, el gobierno ha rechazado la terminología de “refugiado” de ACNUR, pasando a hablar de “invitados” – carente de significado legal –, con lo que los sirios se encuentran de este modo dentro de un marco legal ambiguo (HPG, 2017: 23).   Al igual que Líbano, en los inicios Jordania mantuvo una política de fronteras abiertas hacia los sirios. En este sentido, Human Rights Watch (HRW) señala que “[h]asta mediados de 2013, Jordania permitió a los sirios entrar a través de todos sus cruces fronterizos informales en el este y el oeste, aunque negó la entrada a muchos hombres sirios que cruzaban sin parientes, refugiados palestinos de Siria y personas indocumentadas” (Human Rights Watch, 2015). Sin embargo, 2013 será el punto de inflexión, pues desde entonces las dificultades de acceso a territorio jordano fueron aumentando hasta el cierre total de las fronteras (González-Úbeda, M., 2017:3).  

Si bien Jordania reconoce el estatus de refugiado a quienes huyen del conflicto, al no haber firmado la Convención del Estatuto de los Refugiados las autoridades no están vinculadas a las obligaciones a las que, según establece la Convención, debe hacer frente el país de acogida. Aquí, quienes llegan desde Siria, ya sea a través de pasos fronterizos legales o de forma irregular, son atendidos por ACNUR en alguno de los campos establecidos, y no requieren de visado para entrar, pasando a ser considerados automáticamente refugiados. Asimismo, las autoridades jordanas han permitido la construcción de campos de refugiados – Zaatari, Mrajeeb al-Fahood, Cyber City y Al-Azra –. Cabe señalar, que pese a la existencia de estos campos, sólo el 20% de los refugiados en Jordania se encuentra asentado en ellos, siendo en el caso de las mujeres sin la compañía de un hombre, debido a la inseguridad de los mismos – los casos de violaciones y matrimonios infantiles se han disparado – (González-Úbeda, M., 2017: 6-8 ).

En referencia a los permisos, quienes se encuentran viviendo fuera de los campos requieren de una autorización legal y de una tarjeta de servicios facilitada por el Ministerio del Interior – para poder acceder a la sanidad y a la educación pública –. Por su parte, a nivel laboral la situación vuelve a ser precaria. Los primeros años, Jordania impidió a la población siria acceder al mercado laboral recurriendo para ello a las altas tasas de desempleo del país – cuestión que cambiará 2016, fruto de un acuerdo con la comunidad internacional – . Ello llevó a la integración de los refugiados en la economía sumergida, y a la disposición a trabajar por escasos salarios y en precarias condiciones, lo que una vez más ha provocado enfrentamientos con los locales.

En línea con lo anterior, en la esfera social, al igual que ocurre en Líbano y Turquía, los refugiados han pasado a ser considerados por muchos locales como la causa de la subida del desempleo, como un problema o una amenaza.

Por su parte, en el campo de la educación los datos mejoran, pero siguen siendo preocupantes. En Jordania, los menores suponen el 51% de los refugiados sirios siendo el porcentaje de escolarización del 70% (González-Úbeda, M., 2017: 9 ).

Conclusiones

En Siria, más de once millones y medio de ciudadanos se han visto obligados a dejar sus casas. En diversos momentos los países vecinos han cerrado sus fronteras, mientras que Israel no se ha dignado a abrirlas. Ello ha provocado que miles de personas se queden atrapadas en la frontera, una situación que junto a otras como las desapariciones, el sufrimiento, las violaciones de derechos humanos, se han convertido en el día a día de aquellos que se han visto obligados a huir del conflicto. Frente a esta situación la comunidad internacional parece haber ensordecido. En este sentido, en 2016 – año con mayores muertes en el Mediterráneo – “[…] la UE no solo rechazó la posibilidad de abrir vías legales y seguras para las personas refugiadas, sino que, además, cerró sus fronteras y […] suscribió un acuerdo con Turquía que vulnera la normativa europea e internacional en materia de asilo” (CEAR, 2017: 26).

Así, los países más cercanos, con una situación socioeconómica ya de por sí complicada, han tenido que enfrentarse al “problema” mientras la comunidad internacional buscaba “alejarlo” y “ solucionarlo” desde la distancia, por medio de una financiación y políticas que se tornan insuficientes. Todo en base a la securitización de una situación que ha permitido que en diversas esferas los refugiados hayan ido dejando su carácter de víctima para pasar a ser vistos como una amenaza, generando la dicotomía del nosotros – nuestra seguridad, nuestro bienestar, etc. – o ellos. Una cuestión que debido al contexto se hace más palpable en países como Turquía, Líbano o Jordania, a los que se ha cargado con la mayor parte de la responsabilidad, la cual sin duda es o habría de ser compartida por toda la comunidad internacional. Quizá, si Occidente se hubiese implicado más en una cuestión que no es sino la garantía de unas condiciones de vida digna de aquellos que huyen de una situación de conflicto, en lugar de aferrarse a sus vallas, el panorama sería distinto.

En defiinitiva, podría decirse que la percepción de los refugiados como amenaza, sumada a otras cuestiones, se ha traducido en el sufrimiento de situaciones de pobreza extrema, inseguridad, abusos, costes psicológicos… Una cuestión que está incidiendo tanto en el presente como en el tiempo venidero, ya que las generaciones futuras no sólo están quedando marcadas por todo lo mencionado, sino que en una parte importante de los casos carecen de acceso a la educación, cuestión que podría afectar gravemente a la capacidad de reconstruir Siria.

NOTAS AL PIE

[1] Esta estrategia de “divide y reinarás” ha intensificado la crisis y las diferencias tanto entre las comunidades sunníes, alauíes, cristianos, como entre los grupos étnicos árabes, kurdos, turcomanos, asirios y circasianos. El objetivo no era otro que infundir el miedo y restringir la conformación de una oposición unificada (GHOTME, R., y GARCÍA SICARD, N., 2016: 369)

[2] La ayuda humanitaria como una herramienta de poder y la intransigencia de los actores armados contribuyen a aumentar el flujo de desplazados. Un ‘problema’ que “[…] se refleja en la dimensión internacional de la guerra civil siria, ya que los campos de refugiados sirios, al “camuflar” militantes o generar desequilibrios sociales, se han convertido en fuentes de inestabilidad en los países de mayor acogida” (Ghotme, R., y García Sicard, N., 2016: 370

[3] Más de 500.000 sirios llegaron a Alemania pidiendo asilo, lo que sitúa al país germano como el quinto cuanto a población siria desplazada. A este le seguirían Suecia (más de 110.000) y Austria (unos 50.000). Junto a los buscadores de asilo, entre 2011 y 2016 en torno a 24.000 sirios se establecieron formalmente como refugiados en Europa (Connor, P., 2018).

[4] La teoría de la securitización es presentada y difundida con la publicación Security: a new framework of analysis (1998). En dicha obra, Buzan, Waever y de Wilde emplean el término securitización para referirse a aquellos actos de habla efectuados por una autoridad considerada como legítima, que se refiere a una “amenaza existencial” la cual requiere de una medida de emergencia. Un proceso que únicamente se define como exitoso si el discurso es aceptado y validado por la opinión pública.

[5] Entre ellas se encuentra la permisión de retorno de los Hermanos Musulmanes, no así su reconocimiento como partido político.

[6] Los sueldos generalmente son insuficientes para pagar los alquileres y gastos de vida, mantener a la familia y ofrecer a los niños la posibilidad de ir a la escuela. Todo dentro de un contexto de precariedad e inseguridad (HPG: 63).

[7] Para más información véase: Syrian refugees: Abuse and exploitation in Turkish garment factories; Turkey detaining, abusing and deporting Syrian refugees, says Amnesty y Turkey’s Syrian refugee problem spirals out of control.

[8] La violencia entre las comunidades de acogida y la de los refugiados se triplicó en la segunda mitad de 2017 con respecto al mismo periodo del año anterior (International Crisis Group, 2018).

[9] A ello habría que añadir el temor por parte de la sociedad a que los asentamientos sean caldo de cultivo del radicalismo. En este sentido, Sheikh al-Rafei, líder de la comunidad salafista en el Líbano – advirtió que los refugiados que sufran una sensación de dislocación y humillación social podrían ser atacados fácilmente por los reclutadores radicales (di Giovanni, J., 2018)

[10] La periodista Patricia Khoder, del diario de Beirut L’Orient Le Jour, contextualiza la presente situación de rechazo afirmando que tuvieron “[…] treinta años de ocupación siria» y que los sirios no se marcharon hasta después del asesinato de Rafik Hariri en 2005. A razón de lo anterior, Khoder compara la actual crisis de refugiados con un escenario imaginario en la Francia de la posguerra, preguntándose cuál habría sido la respuesta de los franceses si 20 millones de refugiados alemanes hubiesen descendido a París tras de la ocupación nazi (di Giovanni, J., 2018).

[11] Como afirma González Úbeda, “Este debate existe desde hace décadas en torno a los refugiados palestinos, también principalmente suníes. La potencial naturalización de ambos colectivos inquieta al resto de comunidades, al repartirse el poder político en el país en función del tamaño de cada una de ellas” (González-Úbeda, M., 2017: 4).

 

BIBLIOGRAFÍA

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Zygmunt B, 2004. Wasted Lives: Modernity and Its Outcasts, Cambridge: Blackwell Publishing.

United Nations Population Fund, Regional Situation Report for Syria Crisis, núm. 27, 1-30 de noviembre de 2014

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¿Es el sectarismo la base del conflicto sirio?

¿Es el sectarismo la base explicativa del conflicto sirio?

Por Airy Domínguez

(Aleppo 20/Septiembre/2012)
Fotografía de Airy Domínguez en la exposición Un día cualquiera de Manu Brabo

Las tendencias sectarias e identitarias predominantes en la historia de Oriente Medio han quedado impresas en el tablero sirio y, pese a no ser la causa única de la situación actual del país, resulta imposible entender lo que está sucediendo sin referirse a la minoría alauí ostentadora del poder en la actualidad. Como afirma Aslam Farouk en Sectarianism in Alawi Syria: Exploring the Paradoxes of Politics and Religion, antes de la división del mundo islámico en estados-nación la identidad se construía en base a la creencia religiosa, quedando los sujetos de los distintos imperios agrupados en función a sus afiliaciones religiosas. Dicha cuestión permitía, incluso antes de la llegada de los otomanos, diferenciar a los alauíes de otros grupos confesionales. Hasta su llegada al poder, el patrón histórico de esta comunidad se movía entre su tolerancia, rechazo o persecución. Opresión y marginación exterior que irán acompañadas de la presencia de divisiones internas más o menos acentuadas. Dicha tendencia, encuentra su punto de inflexión en la conquista de la Gran Siria por Egipto (1834), que resultará en la integración de los alauíes tanto en los aparatos institucionales del Estado como en el tejido social sirio [1].

Años más tarde, en 1916, el acuerdo Sykes-Picot dejaba a Siria bajo un mandato francés que promovió divisiones y construcciones geográficas artificiales. Este se apoyará en las minorías para su propio beneficio y edificará la política, al igual que hicieron los otomanos, en base a lo que Albert Hourani describe como “política de notables”, es decir, sobre una dependencia de las élites locales predominantemente sunnís que recuerda al sistema tribal de Libia, al menos hasta la caída de Gadafi (2011). La ocupación y el dominio francés provocarán la Gran Revuelta Siria (1925), el primer movimiento masivo contra el gobierno colonial en Oriente Medio; este deja ver la existencia de una identidad árabe al tiempo que vaticina la ruptura de la “política de notables”. Por otra parte, la firma del tratado franco-sirio de independencia (1936) pavimentará la vuelta de los apátridas alauíes a Siria, con su consiguiente integración social y religiosa, siendo el fallo del nuevo régimen continuar privilegiando políticamente a una minoría. Pese a ello, Siria asistirá a un pluralismo que permitirá la entrada de partidos como el de los Hermanos Musulmanes de Siria y el Partido Ba´th – este y la armada resultarán fundamentales para el aumento de poder de los alauíes  –.

De la crisis política que sigue a la independencia nace la Revolución Ba´th (1963), un golpe de Estado que permitió el ascenso de dicho partido al poder y de miembros del Comité Militar, un pequeño colectivo de la armada formado por minorías religiosas entre las que se encontraba Hafiz al-Asad. Aquí, los enfrentamientos políticos entre ba‘tíes y naseríes pronto se transformarán en luchas sectarias, especialmente a raíz de la presencia y participación más directa de los Hermanos Musulmanes, mientras que la lucha sunní contra los alauíes, drusos e ismaelíes[2] se intensificará dentro del Comité Militar, siendo tras el golpe de Estado de 1966 cuando los oficiales del ejército y los líderes del partido pasen a ser mayoritariamente alauíes (Marín Guzman, R., 2001). Además, surgirán disputas internas por el liderazgo que terminarán con la victoria de Hafiz al Asad.

Fuente: elaboración propia

De este modo, los centros de poder quedan en manos de esta minoría alauí, siendo la solidaridad sectaria y la represión las piedras angulares que permitirán no sólo que Asad se consolide en el poder, sino que tras su muerte este pase a manos de su hijo Bashar. Este seguirá los pasos autoritarios de su padre bajo una aparente identidad nacionalista árabe que, como apunta Yasin al-Haj Saleh, uno de los principales intelectuales del levantamiento sirio, responde a una táctica para “mantenerse en el poder hasta que muera y dejar su puesto a su hijo” (Postel y Hashemi, 2014). Serán este recurso al nacionalismo, la aparente política dura hacia Israel, y su “oposición” al imperialismo americano, lo que le permitirá mantener una cohesión hasta las revueltas árabes.

Pese al indudable sectarismo existente en la región, resulta difícil creer que este constituya la base explicativa del conflicto pues, como señala Aslam Farouk, hoy nos encontramos ante una sociedad donde la identidad no queda determinada únicamente por las ambiciones religiosas, pues las comunidades de fe han sido sustituidas por naciones-estado, y la nacionalidad se presenta como la base identitaria. En dicho escenario, los alauíes, afiliados a la rama chií del Islam, parecen haber quedado políticamente asociados con el clan Asad, con el que no necesariamente se identifican pero que ha explotado un discurso sectario para ejercer poder político[3]. Una perorata basada en la política de divide y vencerás de la que se hace eco en occidente. Todo ello enmarcado bajo un régimen coercitivo y autoritario cuya respuesta a las revueltas de 2011 ha supuesto la muerte de cientos de miles de personas, y un escenario ideal para la aparición de grupos armados que permiten al régimen vender la idea de la «guerra contra el terrorismo”, garantizar su interacción con las grandes potencias, adquirir legitimidad internacional, y perpetuarse en el poder.

(Aleppo-Siria el 2/octubre/ 2012)
Fotografía realizada por Airy Domínguez en la exposición Un día cualquiera de Manu Brabo

En esta línea, intelectuales como Yassin al-Haj Saleh rechazan la base sectaria del conflicto defendiendo que “cuando una estructura armada utiliza el ejército, los medios de comunicación y los recursos supuestamente nacionales para matar a su propio pueblo porque se opone a un gobierno tiránico no podemos hablar de sectarismo” sino del “aparato represor del Estado” (Postel,D., y Hashemi,N., 2014), y es que secta y Estado son cosas diferentes pese a que puedan coincidir. En definitiva, a pesar de la innegable existencia de factores relacionados con la identidad o la ideología, las acciones de los Estados actúan de acuerdo con la preservación o expansión del poder y sus intereses (Ghotme, R. A., Garzón, I. y Cifuentes, P., 2015).

El sectarismo no es más que una parte de un conflicto de carácter multidimensional, marcado por un legado colonial, donde participan una gran diversidad de actores. Junto al sectarismo, una guerra por el poder de Al-Assad frente a una población que reclama democracia, una pugna por la supremacía regional entre Arabia Saudí e Irán, un espacio en el que Turquía, Qatar y EAU ven una oportunidad para aumentar su influencia, un escenario de la lucha de las fuerzas kurdas para establecer su propia ‘revolución’, y una oportunidad para el EI, es, a grandes rasgos, lo que tenemos en la región.

NOTAS AL PIE

[1] En octubre de 1831, el ejército egipcio comenzó su campaña para conquistar la Gran Siria (entonces parte del Imperio Otomano). Su superioridad militar y la firma de un tratado de paz en mayo de 1833, harán que Egipto pase a considerar a la Gran Siria – junto con Creta y Adana – parte de su dominio. En lo sucesivo, los otomanos buscarán recuperar estos territorios, mientras que los egipcios comenzarán a reclutar sirios en su ejército. En respuesta a la intrusión, en septiembre de 1834 estallará el primer levantamiento Nusayri (Alawi), donde los rebeldes alauitas serán apoyados por los otomanos. En 1841 los otomanos recuperarán Siria reclutando, al igual que hicieron los egipcios, sirios en su ejército – alauíes entre ellos – . Aquí, pese a que el servicio militar obligatorio siguió siendo motivo de rebelión, este se presentó como “ […] en el primer paso hacia la transformación social y la integración de los alauíes en los aparatos institucionales del Estado y, como tal, en el tejido social más amplio de la sociedad siria” (Farouk, A., 2017: 212).

[2] Para más información sobre las diversas escuelas del islam véase nuestro artículo ¿Oriente Medio, MENA, Mundo Árabe? La diversidad terminológica de la región

[3] Como afirma el académico sirio Yasser Munif en el régimen de Assad priman dos discursos, el que le lleva a presentarse en público como un sistema laico, y uno paralelo de carácter sectario. En este sentido, Munif afirma que para consolidar su poder Assad construyó un “sutil” equilibrio entre sunitas y alauitas, así como entre el partido y el ejército, consiguiendo el imprescindible apoyo sunita mediante la otorgación de “[…] algunas posiciones a ciertos generales y comerciantes etc., pero cada vez que había confrontaciones, y en cada purga, los alauitas ganaban y conseguían más posiciones estratégicas dentro del ejército, el aparato de seguridad y dentro del partido. El régimen de Assad jugaba con estas contradicciones, instigando la oposición entre la clase sunita urbana y la clase sunita rural y sunitas de diversas regiones, aprovechando estas contradicciones y diferencias para consolidar su poder”. Junto a lo anterior, el experto retrocede a la década de los 80 para explicar cómo el régimen sirio aplastó la rebelión de la Hermandad matando entre veinte y cuarenta mil personas en Hama, y cómo recurrió a los saudíes para abrir escuelas religiosas y propagar el wahabismo – todo con la aprobación de Arabia Saudí quien se comprometía a no apoyar a la Hermandad– . Con ello Munif pretende señalar que esta dinámica en la que se pronunciaban discursos sectarios entre ciertos segmentos de la población mientras el régimen se presentaba como laico y moderno se repite en la actualidad. Finalmente señala que el régimen emplea “ […] el sectarismo no como un aparato ideológico, sino […] como una herramienta pragmática: abatir a una parte de la población contra la otra para consolidar su poder, en lugar de usar el sectarismo como lo hace ISIS, como fundamento de su Estado” (Khalil., 2017).

BIBLIOGRAFÍA

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Ghotme, Rafat Ahmed; Garzón, Ingrid y Cifuentes, Paola., 2015. Las relaciones internacionales de la guerra civil siria a partir de un Enfoque regional: hegemonía y equilibrio en Medio Oriente. Estudios Políticos, 46, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, pp. 13-32.

Postel, D. y Hashemi, N. (18-03-2014). “La conciencia de Siria”. Rebelion. Disponible en: http://rebelion.org/noticia.php?id=182153 (Consultado el 12/12/2017)

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Khalil, Y., 2017. Entrevista a Yasser Munif: la tragedia siria es hoy una cuestión moral y política clave. Vientosur. Disponible en: http://vientosur.info/spip.php?article12118 [Consultado: 17/01/2018]

Maiquez, M., 2015. Acuerdo Sykes-Picot (1916). Recortes de Oriente Medio [Blog]. Disponible en: https://recortesdeorientemedio.com/the-sykes-picot-agreement-1916-2/ [Consultado: 19/01/2018]

Marín Guzmán, R., 2013. Origen y desarrollo del fundamentalismo islámico en Siria: lucha de clases y enfrentamiento sunní-ʿalawí. Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos., Norteamérica, 50. Disponible en: http://www.meaharabe.com/index.php/meaharabe/article/view/229/226. [Consultado: 19/01/2018]

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